La misma brisa surcaba ambos pueblos; al alejarse crecía; al extenderse sobre la hierba y dispersarse llegaba como pequeños suspiros a los rostros obreros, marcados y cicatrizados por las arduas luchas vividas antaño.

El pueblo del Sur se extendía desde las cadenas montañosas hasta la costa de un mar embravecido. El pueblo del Norte prosperaba desde las montañas hacia un horizonte infinito.

Ambos pueblos emprendían cada día a un ritmo diferente.

Los del Este fueron por siglos sus invasores. Los pueblos lucharon largas batallas por lograr su libertad ante el sometimiento. La geografía del Sur les complicó la labor, puesto que los enemigos llegaban por mar.

La batalla dura y angustiosa finalizó primero para el pueblo del Norte, lograron desocupar sus tierras de tropas conquistadoras y dedicarse a prosperar como nación. En cambio, en el Sur, los enemigos permanecieron por un tiempo extenso e inmemorable, acabando con los oriundos, llevándose sus cosechas y animales, saqueando las tierras antes tan duramente trabajadas.

El pueblo del Sur no se rindió pese casi tener la guerra perdida, sus sueños de independencia y libertad inundaban su mente, ardían en su corazón, los obligaban a despertar cada día y mantener firme su espíritu. Esa convicción y resistencia perseverante logró por fin que los conquistadores dimitan de su incautación.

Los sureños celebraron su victoria el último día de batalla; bebieron, bailaron, gastaron hasta el último comestible sobrante por los invasores.

Aún ebrio se levantó un ex esclavo. Miró a su alrededor; todos: hombres, mujeres y niños, se encontraban fuera de sus casas, durmiendo con beneplácito en las calles. Eran libres, libres de hacer lo que por siglos les habían privado. Respiró el aire fresco, sin saber si era buena idea por el grado de alcohol en su sistema, pero ¿qué más daba? Podía hacer lo que quisiese.

Orgulloso miró a su alrededor una vez más y la ineludible pregunta apareció en su mente para hendirse en su cerebro: ¿Y ahora qué?

Durante siglos habían luchado por sueños notables sin preguntarse qué harían una vez que derrotasen a sus sometedores.

No tenían semillas, no tenían ganado, menos herramientas o presupuesto para comprarlas. No fue hasta dos días después que el hambre y la escasez les hizo notar el grave problema al que se enfrentaban…

***

— ¡Los pueblos del Este deberían abastecernos! Ellos nos dejaron en esta situación. Podemos trabajar duro, pero sin recursos es imposible —protestó a todo pulmón uno de los obreros que había luchado en la adusta guerra.

—Ellos no nos darán nada, nos echarán en cara que no podemos mantenernos sin su sometimiento y que nuestra libertad es una utopía. No podemos ir con ellos y agachar la cabeza, ya lo hicimos demasiado. Si no contamos con los recursos necesarios hay otros lugares de donde obtenerlos. He escuchado de viajeros que el pueblo del Norte es próspero; alimento y dinero no les falta, tanto así que ya ni se preocupan por cultivar el campo, se dedican a explorar otros placeres de la vida —los hizo razonar otro campesino.

— ¿Sugieres que los conquistemos entonces? —preguntó desconcertada su mujer.

—No, no podríamos conquistarlos, someter cuando fuimos sometidos solo enfadaría a los dioses de la justicia. Trabajar para ellos no sería agachar la cabeza, sería un esfuerzo honesto por reunir recursos para nuestro beneficio. Una vez conseguido lo necesario nos dedicaremos exclusivamente a recuperar nuestras tierras, tal cual como nos contaron nuestros abuelos que eran.

Escépticos comentaron la sugerencia en murmullos. Con muy poco convencimiento un grupo de luchadores campesinos se aventuraron hacia las tierras del Norte, sus vecinos neutrales.

Tanto los del Norte como los del Sur se miraron extrañados. Pocas eran las veces que aquellos, hasta hace poco dominados, llegasen a esa gran nación.

Las cicatrices y la piel quemada por el sol diferenciaban a los sureños. La gente del Norte los miraba con cierto temor, preguntándose los motivos de la incursión.

Con incomodidad siguieron su camino, contemplando a su alrededor, notando las grandes diferencias entre su pueblo y el nuevo en el cual se aventuraban. Sin duda era grande, hasta su población era mayor. Las tierras fértiles eran labradas con la ayuda de grandes máquinas, la gente vestía con finas telas impecables. Sus manos sedosas y delicadas denotaban que nunca habían probado el trabajo de campo.

Poca era la gente que trabajaba, las labores bien distribuidas evitaba que ciertas personas realicen esfuerzo físico.

Pese al temor inicial, el grupo de campesinos Sureños se presentó con cortesía y ofreció sus servicios: arduo trabajo a un bajo costo, aún más bajo que el de los Norteños trabajadores. Con duda, los oriundos les delegaron trabajos sencillos, y complacidos con su labor los encargos fueron más numerosos.

El prospero pueblo miraba con buenos ojos a los recién llegados. Realizaban los antiguos oficios que en los tiempos ya inmemorables de guerra y conquista sus antepasados hacían.

Un par de meses trabajaron, la paga era poca, pero por la gran cantidad de funciones reunieron una considerable cantidad para volver a casa.

Los sureños se impresionaron, ese pequeño grupo de aventurados campesinos había regresado con beneficios. Algunos usaron lo ganado para invertirlo en sus tierras y, por qué no, iniciar negocios diferentes al trabajo de cultivo. Otros regresaron al Norte junto a un grupo numeroso que se animó tras atestiguar la fortuna de los primeros arriesgados.

Casi imperceptiblemente el pueblo del Norte se llenó de sureños, quienes realizaban desde las más sencillas a las más complejas labores, poniendo empeño y sudor en trabajos que los mismos norteños ya no se sentían capaces o indignos de realizar.

Años pasaron de este encuentro de pueblos. El número de sureños crecía con rapidez y los norteños parecían cada vez menos en su propio territorio. No fue hasta un soleado día que un observador y escandalizado norteño se percató de la situación.

Enfadando y confundido corrió a la casa del líder. De forma poco convencional los sureños invadían, extendían su pueblo de forma demográfica y las tierras por las cuales los antiguos norteños habían peleado se llenaban de desconocidos desafortunados.

Al escuchar las palabras del desconcertado hombre, el líder salió a su balcón, tal como se lo habían advertido, sus prósperas tierras eran habitadas por los infames extranjeros.

Llamó esa misma noche a una reunión, ni un norteño debía faltar. Después de que un par de trabajadores del Sur preparasen el banquete y acomodasen la plaza central, el líder aclamó:

— ¿Qué nos pasa norteños? Estas tierras que nuestros ancestros liberaron para que sus descendientes aprovechemos, se llenan de extranjeros codiciosos, que buscan quitarnos el fruto de nuestro trabajo por su propio beneficio.

— ¡Sí! ¡Hay que exiliarlos! —gritó eufórico un hombre.

— ¡Que no pisen nuestras tierras! ¡Si las suyas no sirven no es nuestra culpa! ¡Que trabajen en el Este! —lo siguió otro caballero.

— ¡Así será! Desde mañana la gente del Sur regresará sus tierras para no volver a pisar las nuestras —anunció el líder con un fuerte clamor, haciendo llegar su mandato hasta el Norteño más apartado.

Tristes y desolados los sureños empacaron. Tomando sus pertenencias y el maletín que guardaba las herramientas de su oficio, caminaron hacia las montañas, trepando alto mientras se despedían en la distancia de los amigos norteños que con el pasar de los años habían conocido.

Los pocos norteños que despidieron a sus amigos regresaron a su nación. Contemplaron las calles casi vacías y silenciosas, sin el ruido de las conversaciones y cantos del pueblo del Sur. Tras una última observación, la ineludible pregunta los arremetió: ¿Y ahora qué?

No fue sino hasta dos días después que notaron que sus campos no se labraban solos, sus casas no se limpiaban, el trabajo físico no era algo que sus suaves manos de terciopelo pudiesen soportar.

Sin trabajo esas tierras comenzaron a morir, la hambruna los atacó, así como las enfermedades. Ya habían pasado siglos desde que todos los norteños tuviesen que trabajar y esa nueva generación que había expulsado a los extranjeros, no había pensado en cómo se las apañaría sin sus obreros.

El pueblo del Sur por su lado, lentamente comenzó a crecer. Gracias al dinero ganado y trabajo duro del cual sus habitantes nunca se habían olvidado, su nación prosperaba como lo había hecho el Norte hacía años.

***

— ¡Es culpa del Sur! —en medio del caos y desesperación se alzó la voz de una mujer—. Llegaron y nos quitaron el trabajo, nos hicieron olvidar como subsistir sin ellos. ¡Ahora se fueron y moriremos puesto que no sabemos realizar la labor de la que ellos se encargaban! ¡Se fueron con el conocimiento y nuestros recursos!

— ¡Es verdad! Su pueblo crece demasiado gracias al dinero que nos arrebataron, recuperemos lo nuestro ¡es lo que digo! —un furioso hombre se dirigió al líder, quien pensó en las palabras pronunciadas por su pueblo.

Llamó a la calma, pasó la mirada de derecha a izquierda, mentalmente reconociendo los rostros pálidos y desnutridos.

—Se llevaron nuestra dicha y prosperan a nuestras espaldas —afirmó asintiendo con la cabeza —. ¡Recuperaremos lo nuestro! —repitió las palabras del hombre.

Haciendo uso de sus últimos alimentos se prepararon. Armados y furiosos el aún numeroso pueblo corrió hacia el Sur, con un fuerte alarido de guerra bajaron de las montañas.

Como un enjambre llegaron; los sureños se atemorizaron, sus antiguas armas que usaron en guerras pasadas ya habían sido cambiadas por pico y pala. Tomando lo que tuviesen al alcance libraron su última lucha.

Madera contra metal, fuego contra paja se libró la fiera batalla. El Sur luchador dio toda su alma por proteger su hogar añorado y arrebatado por años.

Un último gemido se dejó escuchar en medio del panorama sangriento. Mujeres y niños, varones y ancianos, todos habían luchado hasta expirar el último aliento, tiñendo de rojo su entrañable tierra, depositando su esencia y alimentando las últimas cosechas con su sangre guerrera.

El Norte contempló su labor, las últimas chispas de la madera ardiendo sonaron únicas antes del alarido de victoria.

Lo habían logrado, tras su lucha habían recuperado lo perdido. Cultivos que se extendían vastos hacia la costa. Animales saludables, aptos para alimento y trabajo. Algunas propiedades sobrevivientes al fuego podrían ser reparadas y habitadas.


Comieron y bebieron toda la noche, festejando el triunfo sobre el Sur, habían logrado lo que el Este no consiguió; mas, los poderosos pueblos del Este demostrando mayor sabiduría, habían conquistado, no exterminado.

¿Y ahora qué? Se preguntó el líder norteño al despertar la mañana siguiente. El territorio del Sur era suyo, el del Norte también, sin querer habían extendido sus dominios ¿podría ser mejor? De conquistados a conquistadores, con dos pueblos prósperos muy pronto hasta las tierras del Este serían de ellos también. Así pensaba satisfecho, sin caer en cuenta que a pesar de la conquista su gente a trabajar aún no habían aprendido.

Tragó saliva con nerviosismo; convirtiendo sus sentimientos en histeria sacudió los cadáveres sureños. Necesitaba uno, sólo uno que le enseñase cómo labrar, cómo construir, cómo arreglar el desastre que habían cometido. Ya era tarde, su gente comenzó a levantarse, no se dieron cuenta entonces, y no fue hasta semanas después que el último tubérculo fue arrancado del sembradío y el hambre los azote de nuevo.

— ¡Es tu culpa! —Le recriminaron al líder—. Nos incentivaste a echar a la gente del Sur y a matarla después. Las cosas estaban bien antes, cuando vivíamos los placeres de la vida y los sureños trabajaban para nosotros ¡Ahora no tenemos nada más que tierras baldías!

El resto de gente alzó su voz al cielo en señal de aprobación. Con la ira en las venas, el fuego en sus corazones, tomaron al líder y lo colgaron de un desnudo y seco árbol.

Satisfechos por cobrar venganza y encontrar un culpable a su mal, hicieron uso de lo último de licor.

Semanas pasaron, la gente moría. Al menos el lago les brindaba agua dulce y el hambre se saciaba con tierra. En un momento de desesperación arremetieron a devorarse, esperar vehementes quien caía primero para servir de alimento.

El pueblo del Este volvió tras no escuchar noticias de sus viejas colonias. Cuál sería su espanto al encontrar tierras estériles y salvajes bestias que se devoraban mutuamente. A punta de fusta y látigo dominaron a los escasos norteños, y obligados aprendieron atrabajar.

Años de esclavitud pasaron, los descendientes de los indolentes norteños trabajaban la tierra sin descanso. Los viles pueblos del Este sacaban nuevamente provecho de sus sometidos, agradeciendo la guerra que hacía años les había devuelto sus colonias, mientras los dominados respiraban la brisa suave que penetraba sus fosas nasales, llenando su espíritu con sueños de libertad.


Espero me hagan críticas y comentarios, gracias :)