El siguiente relato lo tenía escrito hace un tiempo y no sabía qué hacer con él, finalmente me he decidido a publicarlo aunque sea para hacer propaganda al foro Pink Lemonade pues está basado en mis personajes del Pink Rol (juego de rol que hacemos allí, si queréis participar en la segunda parte estáis a tiempo de inscribiros)

La historia es muy freak y bizarra y los personajes están muy locos, pero este relato es algo más dramático y tierno.

Idril es un personaje especial y algo fuera de lo común. Cuando lo creé, no era más que un príncipe vanidoso y malcriado. No sabía muy bien qué saldría de esto, lo único que sabía era que en algún momento se enamoraría de la líder de los rebeldes y que ella le secuestraría y le mataría. Eso fue lo único que hablamos entre Hikari y yo.

A medida que la historia avanzaba, yo me iba sintiendo más a gusto con el personaje y su multifacética personalidad me salió sola. Es un personaje hecho para que al principio todo el mundo le deteste y luego se le vaya cogiendo cariño a medida que se va descubriendo cómo es en realidad. De hecho Idril es como una parodia pues tiene todo lo que a mí no me suele gustar de los hombres: es andrógino y metrosexual, vanidoso y egocéntrico, idiota, tiene una habilidad asombrosa para hacer que todo gire a su alrededor y es bastante niñato, pero ¿y qué culpa tiene él de todas las cosas extrañas que le pasan? Si os pusieseis en su lugar comprenderíais que su vida no es nada fácil. Al final me metí mucho en el personaje y me salió tan tierno que no he podido evitar cogerle un cariño bastante especial. Creo que es el personaje que en el fondo tiene más de mí, o una parte reprimida de mí más bien.


La tibieza de sus manos se iba perdiendo con cada temblor, por ello se la aferré más fuertemente; quería traspasarla el calor de mi corazón, pero ella no parecía notarme. Estaba junto a mi madre, no me había separado de su lado porque sabía lo horrible que era estar solo, pero ella mantenía sus ojos fijos en algún lugar que no era yo, con una neblina de melancolía empañándolos. Si seguía así yo sabía que la perdería, pero no quería reconocerlo, la sola posibilidad de que eso ocurriese me aterraba.

Pensé que si no podía verme, quizás pudiese oírme, por eso la canté. No sé cuanto tiempo estuve susurrándole melodías que me había esforzado en aprender ya que nadie me las había cantado, hasta que conseguí que reaccionara. Su cabeza se giró lentamente hacia mí. Estaba convencido de que mi madre era la mujer más hermosa del mundo, si tan sólo se recuperara yo podría hacer que se olvidara de ese maldito que nos abandonó. Le sonreí, animándola a devolverme el gesto, pero su boca se retorció para alcanzar a decir en un tono apenas audible:

—Aléjate de mí.

Me costó asimilar aquellas palabras. Me aferré aún más a su mano y cerré con fuerza los párpados, permitiendo que la sal humedeciese mis mejillas.

—¡Aléjate! ¡Largo!—insistió.

Me negué a hacer algo así. A esas alturas ya me era imposible contener el llanto, pero no me importaba, yo quería estar con mi madre.

Ella se volvió histérica, atacándome, y los guardias tuvieron que intervenir, sacándome forzosamente de allí. A mis espaldas podía escuchar los murmullos de los nobles, estaba al tanto de lo que opinaban de mí: si mi madre moría, yo era su único heredero, el trono me pertenecía a pesar de mi impopularidad, pero aún me quedaba bastante para la mayoría de edad. No tenía ánimos para poner sonrisas falsas por lo que me alejé de allí corriendo. Había pocos lugares a los que retirarme para que no me molestaran. Una de las opciones era encerrarme en mi habitación pero así sólo conseguiría deprimirme más por lo que decidí perderme entre el gran bosque que protegía nuestro palacio.

Recostado sobre la espesa alfombra verde me sentí un poco mejor, mas no lo suficiente. Si fuese más poderoso podría curarla, sin embargo no era más que un inútil que lo único que sabía hacer era tocar el arpa y recitar poemas. La fresca hierba me hacía cosquillas en la piel y las hojas de las copas de los árboles dibujaban sombras sobre mí al ser mecidas por el viento, pero la sombra más grande era la que crecía en mi corazón e iba extendiéndose como un cáncer a medida que mi desesperación aumentaba. Tenía que controlarla, me lo habían dicho muchas veces, si mamá se enterase se enojaría todavía más.

En la rama de un roble, una cría de mirlo más espabilada que sus hermanos se había salido del nido al sentirse hambrienta; unos palmos más adelante, enroscada a la rama, aguardaba una serpiente, acechante. Me incorporé de un salto para rescatar a la avecilla, pero mi ayuda no fue necesaria cuando la madre de las crías descendió en picado a salvar a su hijo. Las avispas de un avispero próximo al nido se unieron también en contra de la serpiente. Mientras observaba el enfrentamiento supe que él se estaba acercando a mí, la naturaleza me avisó. Me giré y efectivamente, allí estaba él.

—Así que estabas aquí—me saludó con una media sonrisa de las suyas, aunque ésta cambió de repente en cuanto percibió la oscuridad que destilaba. Pensaba que ahora era cuando se enfadaba y me soltaba todo el sermón, pero en lugar de eso se quedó observándome en silencio, con una expresión indescifrable. Me sentí un poco incómodo bajo el escrutinio de su intensa mirada y así se lo hice saber.

—Deberías estar con mamá—repliqué con cierta amargura. Gelsey era el único al que mi madre parecía querer a su lado y mis celos resultaban más que evidentes pero si así menguaba su sufrimiento, ¿quién era yo para impedírselo? Ya que yo era incapaz de aliviar el dolor, no me quedaba otra que dejar que ese hombre se encargara de ella.

Ignoraba los motivos por los que Gelsey había decidido quedarse cuidando de un hada moribunda y de su problemático hijo, por amor me constaba que no era aunque se trataba de la versión que la mayoría defendía. Por lo visto se conocían de mucho tiempo atrás, pero tampoco hablaban demasiado del tema. Quizás ansiaba la corona, pero ésta nunca le pertenecería, así lo marcaban las leyes de nuestra raza.

Gelsey se acercó a mí y me tiró del brazo, acercándolo a su rostro para examinarlo.

—Se ha dormido, es mejor dejarla descansar —me explicó mientras estudiaba la extraña quemadura negra que me había hecho mi propia madre cuando perdió la compostura. De alguna forma hizo brotar una flor curativa y exprimió su néctar sobre la herida. El ungüento me escoció muchísimo y para no gritar tuve que morderme con fuerza el labio inferior, no quería mostrar debilidad delante de ese hombre, aunque al hacer eso los ojos se me empañaron de lágrimas lo que fue peor aún ya que detestaba llorar delante de él. Sé que se había percatado de ello, por eso sacudió la cabeza negativamente.

—Ellette no te odia.

Que no me odiase no quería decir que me quisiera. Tal vez "odiar" resultaba demasiado suave para lo que de verdad sentía…

—Se debe a que soy un inútil —musité cabizbajo—. Si pudiese hacer como tú…podría curarla igual que tú me has curado —dije frotándome el reverso de la mano que había sido herida, ahora inmaculada.

—Sabes que lo intento, estoy usando todos mis conocimientos en su tratamiento y seguirás siendo inútil mientras sigas pensado que lo eres.

Aquellas palabras me calaron en lo más hondo. Sabía que tenía razón, pero una parte orgullosa de mí me impedía admitirlo.

—Es mi culpa que esté así, por eso me detesta.

—Te he dicho que eso no es cierto, pero resulta más fácil hacerte la víctima.

—¿Entonces cómo me explicas su comportamiento? —repliqué alzando la voz.

Él no respondió de inmediato sino que meditó cuidadosamente la respuesta. Sus profundos ojos negros aseveraban sus rasgos, fuertes y marcados en contraste con el resto de silfos que éramos de rasgos delicados. Su larga melena caoba que llevaba recogida en una coleta reposaba sobre su espalda bronceada. Incluso las vetas verdosas de su piel eran diferentes a la de los feéricos de la zona.

La procedencia de Gelsey resultaba todo un misterio, un día llegó sin más haciéndose un importante hueco en la vida de todos hasta el punto en que se me hacía difícil recordar cómo eran las cosas antes de su llegada, bueno, salvo que yo pasaba mucho más tiempo con mamá. De lo que no había duda era de que poseía más conocimientos mágicos que nadie y que su aura imponente intimidaba a cualquiera menos a mamá.

Cuando supo cómo contestarme, volvió a hablar, envolviendo sus palabras con ese acento tan especial que nadie lograba identificar. Normalmente sabía disimularlo, pero muchas veces lo deslizaba entre las letras finales, seguramente adrede para recalcar que no le gustaba ser contrariado.

—Sus motivos son lo de menos. Lo importante es que ha sido capaz de realizar un hechizo bastante complejo, ¿no crees?

Ante esa observación me quedé mudo de asombro.

—Unos días atrás habría sido incapaz, pero si tiene energía suficiente para atacarte es que ya está mejor —concluyó, satisfecho.

Busqué con la mirada a los mirlos, que se hallaban a salvo piando en su nido mientras que a la serpiente no le había quedado más remedio que retirarse.

—¡Eso es! —exclamé. Gelsey alzó las cejas dejando entrever su escepticismo mas le ignoré—. ¡Tengo una idea!

Antes de que le diese tiempo a reaccionar yo ya había echado a correr, tenía claro a donde dirigirme.

Media hora después dos miembros de la Guardia Real cargaban conmigo sobre sus espaldas mientras que un tercero nos precedía; Gelsey los había enviado tras mí al comprender mis intenciones. Mi cuerpo había quedado tan magullado que no tenía fuerzas para andar por mí mismo y mi aspecto era penoso, con la ropa echa jirones y mi largo cabello plateado por una vez en mi vida lucía desaliñado.

Ante nosotros pude contemplar una figura resplandeciente. Mi madre había acudido a nuestro encuentro. Con sus clarísimos ojos azules examinaba llena de horror mis heridas. Necesitaba de la ayuda de sus damas de compañía para sostenerse en pie y se la notaba temblorosa y pálida, pero al menos había abandonado su lecho después de ciento cuarenta años.

—¿Te has vuelto loco o qué? —me regañó—. ¡Eres un inconsciente! Sólo a ti se te ocurre adentrarte en la caverna del troll. ¡Sabes que ese lugar está terminantemente prohibido!

Cuanto más aumentaba su enfado, con más energía se movían sus brazos y su hermoso cabello, idéntico al mío, bailaba con frenesí siguiendo sus movimientos. Por eso, en vez de avergonzarme o arrepentirme, esbocé la sonrisa más ancha de toda mi vida. Los presentes se lo tomaron como un gesto de desfachatez por mi parte, ¿pero y qué? Todo lo que hacía les parecía mal, una cosa más en la lista no era nada comparado con la felicidad que me embargaba pues al igual que la madre de los mirlos había dejado de hacer lo que estuviese haciendo por socorrer a sus hijos, ella había acudido a mí al saberme en peligro.

—Ya verás cómo te vas a poner mejor, mamá —dije sin cesar de sonreír.

Ella se quedó inmóvil, con los ojos dilatados por la perplejidad y pasados unos instantes que a mí se me hicieron eternos, se dobló como un lirio fracturado por el viento, cayendo sobre sus rodillas, derrumbándose. Las lágrimas afloraban como cristal líquido por sus mejillas, resbalaban por su barbilla, salpicaban el suelo. Me quedé afligido ante este hecho, otra vez la había vuelto a hacer llorar.

Gelsey se apresuró a colocarse junto a ella, izándola en brazos. Era tan fuerte…y yo tan débil. Me lanzó una última mirada furibunda mientras desaparecían para dirigirse a sus aposentos. Los curiosos fingieron que retomaban sus tareas, pero podía oírlos murmurar, mis oídos estaban más desarrollados que los suyos, cortesía de mi querido padre. Donde quiera que estuviese jamás le perdonaría lo que nos había hecho.

Los días siguieron transcurriendo y las estaciones se sucedían una tras otra al son de mi Canción de la Vida para que las flores supieran cuándo tenían que abrirse y cuando dejar caer sus pétalos. Aquello era lo único que se me daba bien, tarea propia de la reina de las hadas pero como ella estaba indispuesta siempre había tenido que hacerlo yo.

Mamá y Gelsey se casaron. Fue una ceremonia discreta, pero el reino estuvo de celebraciones durante un año entero. El tiempo transcurre diferente para nosotros los feéricos que para los humanos. Se considera mayoría de edad a partir de los ciento ochenta ciclos anuales. Algunos días ella mejoraba y se podía disfrutar de su melodiosa voz canturreando alegremente por los pasillos del palacio, otras volvía a recaer y cada vez estaba más convencido de que trataba de evitarme. Cada vez que la veía danzando despreocupadamente y me acercaba a ella para abrazarla, al verme siempre se daba la vuelta y desaparecía encerrándose en su habitación, para deshacerse entre las sábanas de su cama. Mi sola visión la consumía.

Tenía ciento sesenta años cuando finalmente sucedió lo inevitable.

Me encontraba en la sala del trono, tocando el Arpa de Cristal con gesto de hastío como era habitual. Las flores continuaban abriéndose y extendiendo su manto multicolor, pero sin embargo los pájaros no cantaban. Ese presagio no indicaba nada bueno. Quise ignorarlo, autoconvencerme de que todo se solucionaría y así de obstinado aumenté la concentración en mi tarea, hasta que irrumpió en la habitación una de las mujeres de compañía de mi madre con el rostro cubierto por una máscara de sordidez.

—Su Tutor desea verle, majestad.

Mis dedos se congelaron entre las cuerdas del arpa. Me había llamado "majestad". Me incorporé bruscamente y me encaminé lo más deprisa posible hacia la habitación de mi madre. Por el camino me topé con los idiotas de Owen y Archie. Crucé por el medio de ambos, empujándoles, ahora no tenía ganas de escuchar sus falsos halagos.

Llegué sin aliento a la alcoba real. Varias hadas se encontraban allí, derramando sus lágrimas anisadas. Sobre el lecho de mi madre yacía su cuerpo, casi tan transparente que parecía de cristal. No quedaba fuerza vital en ella, la luz ya no brillaba en sus ojos.

Gelsey estaba al lado de la cama, de pie, con el rostro completamente impasible. No había indicios de ojeras bajo sus ojos ni rastro alguno de sal en sus mejillas. Lucía solemne, más imponente que nunca. Ya no tendría que fingir más que amaba a mi madre. Se había convertido en mi Tutor y en el rey Regente durante los siguientes doscientos años tal y como anunciaron unas hadas.

Yo sostenía las manos de mi madre arrodillado ante lo que quedaba de ella, aprovechando sus últimas gotas de calidez. Temblaba tanto que por un momento parecía que la mano de mi madre había recuperado la vida. Todavía tenía la ingenua esperanza de que abriese los ojos de un momento a otro. Quería volverla a ver sonreír, poder aunque sea disponer de cinco minutos más para decirla lo que nunca me atreví a contarle. Ella era todo lo que yo tenía, todo por lo que había luchado durante ciento sesenta años. Y se había ido. Al igual que todas las flores cuando llega el otoño, comenzó a marchitarse y su invierno había llegado al fin con la diferencia que no habría más primaveras para ella. Su otoño había comenzado el día que nací yo y ni siquiera había estado junto a ella durante sus últimos minutos.

Cuando finalmente nos dejaron a solas a los tres, Gelsey se dirigió hacia mí, ignorando mi llanto.

—Albergas un gran poder en tu interior, pero tus inseguridades lo bloquean. A partir de ahora eres libre, Idril. Ya no tienes que preocuparte por ella nunca más.

Mi estado emocional me impedía analizar sus palabras con claridad, pero lo que me estaba diciendo me enfureció, ¿cómo se atrevía? Seguía temblando, pero esta vez por la ira que me produjeron sus palabras.

—¿Cómo puedes decir eso? —grité, enojado.

—Es la verdad y lo sabes. Ahora puedes vivir tu propia vida y será mejor que la aproveches, uno nunca sabe qué planes se reserva el destino y menos para un ser tan especial como tú —dejó caer enigmáticamente.

Gelsey me estaba exasperado. Mamá acababa de morir y él, ¿se ponía a hablarme de cosas freaks?

Sentía la energía fluyendo a través de mí. Ésta era tan fuerte que se arremolinaba en forma de chispas azuladas alrededor de las puntas de mis dedos. A diferencia de otras veces en las que este torrente de energía me producía tal dolor que era incapaz de darle forma, esta vez me gustaba lo que sentía. Dolía, pero era un dolor agradable y quería que Gelsey lo sintiera también.

El suelo comenzó a temblar y de pronto, surgieron numerosas raíces verdosas que se enroscaron alrededor del cuerpo de mi padrastro, inmovilizándolo, mientras que una más gruesa y afilada amenazaba con traspasarle el corazón. Los labios de Gelsey se curvaron en una afilada sonrisa. No sé cómo lo hizo, pero las raíces que le sostenían se rompieron y cayeron al suelo, como cáscaras vacías de serpientes.

—¿Lo ves? Ahora que ella no está has podido hacer magia. Tienes mucho potencial pero te queda lo más importante: saber controlarlo.

Me dejé caer sobre mis piernas mientras me clavaba mis propias uñas de lo fuerte que cerraba los puños.

—Llora, desahógate todo lo que quieras y cuando te hayas descargado de todo eso que tienes dentro, te sentirás mucho mejor. Tu poder cambiará el mundo.

En ese momento no podía ni imaginarme hasta qué punto Gelsey estaba en lo cierto. Tampoco me habría creído nunca los dinosaurios rosas existían de verdad, ni que las diosas se reencarnaban en hadas oscuras. Jamás hubiese podido imaginarme que el Sombrerero Loco existía y se tiraba a la Parca ni que yo me acabaría enamorando de una bruja sociópata que deseaba matarme, y mucho menos que los vampiros tenían hasta tres personalidades y múltiples poderes extraños, ni que existían ríos de chocolate y lagos arco-iris. Nunca podría imaginarme a mí luchando contra unas mantis religiosas que hacían Kung fu o contra un licántropo de nueve metros enamorado de mi prometida. Pero todo esto era cierto, tanto como que en alguna parte del mundo existe un guardia que calza una 57 de pie. Así es la historia de mi vida, un ser que nació de un hada de luz y de un elfo oscuro, pero todavía me quedaban doscientos años para comprender que cuando una humana chiflada llamada Madelaine estaba cerca, los límites de lo imposible dejaban de existir.


Si os interesa saber más sobre esta historia aquí podéis leerla (quitad los espacios que si no no salía): http:// pink-lemonade. foroactivo. com/pink-rol-f35/

Si queréis leerla desde el principio lo cual es una locura porque escribimos muchísimo, iros a "Primera Parte" y se empieza en el Salón, aunque cuando la historia arranca del todo es a partir de que llegan a las Ruinas Encantadas.

Si os interesa participar en la Segunda Parte también estáis a tiempo.

Me sale solo escribir sobre estos personajes por lo que lo mismo escribo algún relato más.

Gracias a todas mis compañeras del Pink Rol, me río muchísimo a la vez que me hacéis tirarme de los pelos en muchas ocasiones xD