¡Hola Gente!

Este es un cuento que le hice a Anele, una chica del LJ, para su cumpleaños. Espero que les guste en algo

OoOoO

La Catedral

Mi madre jamás quiso entenderlo. Es más, desde que tengo memoria, cuanto más me resistía, ella más se empeñaba en hacerme caminar, en ir por lo menos una vez al día, en hacerme sentir tanto miedo que me paralizaba.

"Vamos a misa", me informaba con ese tono suyo, voz calmada y fina, pero una expresión en su rostro que no daba espacio a dudas. Y yo sentía como el corazón se me paralizaba solo un instante, como si así lograra que la sangre se congelara, haciéndome sentir frío desde dentro y mi piel se quejara de eso erizándose… ¡Recordar la Catedral! ¡Sentir la Catedral! Y sentía ese miedo inundándome, cuando aún estaba en casa, inmóvil, mientras mi madre se afanaba en arreglarme lo mejor posible para ir a misa de seis.

Podía intentar negarme en gritos desesperados, llorando y moviéndome hacia atrás mientras mi madre tiraba de mí hacia la puerta; luego tratar de afianzarme en el arco de ésta, pero ella aún insistía con más vehemencia que antes en no dejarme huir de la catedral. Que recuerde, siempre terminaba caminando de su mano como vaca al matadero, totalmente pálida, seria, dando pasos por inercia, sin ninguna esperanza de poder escapar… con el peinado deshecho, arañazos y abrasiones en los brazos, alguna uña quebrada y mi ropa no tan perfectamente a la vista como ella deseara.

Aunque a simple vista no debía serle notorio a las personas, recuerdo ese terrible miedo de saber que me iba a encontrar de nuevo con esa visión... mi corazón iba tan rápido, que dolía en el pecho. Mi estómago estaba tan cerrado, que lo sentía como un peso muerto y la garganta dolorosa, como los ojos, congelados en ese momento previo al inicio del llanto. Era tanta esa extraña parálisis de autómata, la que me hacía seguir junto a mi madre en vez de correr al lado opuesto de donde íbamos, que ni siquiera temblaba y, aunque sabía que mis manos sudaban por eso leve hormigueo que me hacía querer acariciarla entre ellas, podía sentir el calor y la presencia de mi madre como el último y poderoso protector ante lo que se venía.

Sé que explicarlo no es posible pero ver La Catedral, a contraluz de finales del atardecer, esa construcción que debió ser más blanca que negra hacía siglos, que tenía tantas y afiladas atalayas a lo alto, que era tan majestuosa, enorme… que se me echaba encima siendo yo una pobre niña mortal de menos de cinco años; era más que lo que podía soportar y eso mi madre sí lo entendía, porque cuando estábamos tan cerca y yo la abrazaba de lado, con los ojos cerrados y subiendo de memoria las escaleras, ella me correspondía y me decía cosas como: "tranquila, mi niña, tranquila". La presencia de mi madre lograba aplacar un poco a la otra, la que parecía cerrarse alrededor mío, que me aprisionaba tocándome con un escalofrío en la espalda, que era tan poderosa y yo, tan indefensa en su contraposición…

Y no hablaré de lo que me hacía sentir las Gárgolas que sabía que me veían, siguiéndome, vigilándome, que tenían las fauces abiertas para probar mis carnes y sangre…

Adentro, estaba Jesús en la cruz, con ese perenne dolor que no quería ver; dos santos que tenían más vida de la que debería, imágenes en los vitrales de ángeles y demonios en lucha… ¡Dios Santo! Lo que más recuerdo son las bancas y el decorado cuadricular del piso que es lo que más veía en esos primeros años de mi vida.

Y es que, sino veía nada de lo que estaba ahí, podía sentir que el miedo se iba casi al instante. Que, por más pocas personas que fueran (dejando el lugar aún más grande y yo, aún más pequeña), aunque no le ponía atención a lo que dijera el padre Daniel y siguiera los ritos más por inercia que devoción; lo que hacía soportable la presencia de La Catedral era esa otra, esa que se encontraba en el aire y no en las cosas, esa que estaba en la luz entre los vitrales, la que me hacía sentir a salvo, confortada, amada…

Eso que me hacía explicarme lo que mi madre me decía cuando le preguntaba:

—¿Por qué tenemos que ir tanto a ese lugar? —como todo racionamiento de mi negativa a pasar de nuevo por ese suplicio…

—Porque ahí está tu padre —me decía ella.

Y en verdad lo sentía. Ahí dentro de La Catedral, estaba mi padre.

Con esa realidad prácticamente palpable, en mi pequeña imaginación de niña, yo rebatía las tontas habladurías de las otras mujeres, más que todo ancianas, que veíamos ir a la Catedral todos los días, como nosotras…

—Bien que no sabe ni quién es el padre de esa niña y tiene el descaro de venir, toda hipócrita…

—Puede que quiera condonar el vivir en pecado.

—¿Esa? Si fuera así, dejaría la brujería…

Porque mi madre, tras de haber sido madre soltera a los 17 años, sin haber dicho nunca quién la embarazó, tuvo también la mala suerte de ser la nieta de la curandera y partera de pueblo y seguir el negocio familiar a su muerte…

—No les creas, cariño. Dios quiere a los que cuidan de las otras personas —me decía cuando íbamos de salida, después de que ella pasara por el confesionario para hablar con el padre Daniel y que las mujeres hablaran justo cuando pasábamos, sabiendo que mi madre las oiría y las ignoraría, como siempre lo hizo.

Para mí, ellas eran las mujeres más "en pecado" que conocía. Ellas no había visto a mi madre hacer brebajes y pomadas para quien fuera que necesitara y pagara sus servicios… tampoco la habían visto llorar por cada persona que no pudiera salvar.

Aún menos, sabían que ella lo hacía también para ciertos hombres y una mujer que a veces llegaban con grandes heridas sangrantes, impregnando la casa con un olor metálico que conocí de siempre y otro, otro que no sé como nombrarlo. Ellos sólo recurrían a ella, siempre muy tarde en la noche y con gritos ahogados de dolor que me despertaban por más que mi madre insistía en que hicieran silencio por mí. Eran siempre los mismos, aunque a veces llevaban en rastras a otras personas que yo reconocía como gente del pueblo. Nunca los veía en el camino para llegar o irse de la casa, pero sé que se iban con un sonido de viento y siempre de noche, por más que sus heridas no estuviera del todo curadas, o dejando a la persona del pueblo en manos de mi madre.

Mi madre no me tuvo que decir que ellos y sus visitas, eran un secreto de nosotras. El silencio lo cumplí a cabalidad por simple instinto… las personas del pueblo, por alguna razón, nunca recordaban como terminaban en la casa de mi madre y, a veces, se iban de nuestro hogar maldiciéndola como si ella hubiera provocado las heridas para sanárselas luego.

El padre Daniel insiste en que le pueblo nada tuvo que ver con la noche que me sentí siendo llevada a rastras entre sueños y, después, cuando quise despertar y me di cuenta de que estaba en una banca de la Catedral, sin haber podido evitar ver una vitrina de un ángel peleando con un demonio, ella me abrazara y me dijera:

—Tranquila, mi amor. Aquí estarás bien. —mientras me arrullaba.

Yo sabía que todo estaba mal. Podía percibirlo… el miedo en ella, su voz agudizada y quebrada, el temblor en su cuerpo.

Recuerdo que quise saber qué pasaba, que ella me agarraba muy fuerte, casi me dejaba sin aliento, mientras se mecía y me decía como en un mantra: "Aquí estarás bien".

Y afuera, por las vitrinas, podía oír el viento, ver las sombras, enormes sombras aladas que me hizo cerrar los ojos. No recuerdo los bramidos guturales que pueden producir escalofríos tan poderosos que contorsionan el cuerpo, o los chillidos que podrían hacer doler la cabeza, aunque debí haberlos oídos…

Recuerdo que sentía todo el terror de la Catedral cerrándose alrededor mío y, también, el amor de mi padre en el espacio dentro de ella. De alguna forma, pude dormirme de nuevo. Cuando desperté, mi madre no estaba y el padre Daniel se encontraba sentado junto a mí, hablando con uno de los hombres misteriosos de cosas que hasta después pude entender.

Esa noche, mi madre desapareció (ellos dicen que no murió, pero no me explican más que eso) y pude entender otra cosa que ella siempre me decía cuando le preguntaba porqué estaban esos seres infernales en La Catedral:

—Ellos están ahí para proteger, cariño…

Porque, aunque él no se diera cuenta hasta años después, yo tenía abiertos los ojos cuando vi a uno de esos hombres misteriosos sacar las alas como de murciélago en su espalda, entre las ranuras especiales que tenía en la vestimenta para eso, y salir volando hacia arriba, hacia su puesto antes de que la conversión se terminara por la luz del amanecer.

Después de eso, nunca más le temí a la Catedral y entendí que ella se cerraba alrededor de mí para protegerme. Ahora, le temo mucho más a lo que empecé a saber que existía afuera de ella…

OoOoO

Pues eso fue. Sobra decir que sé que cuando quiero escribir terror, se me va la olla por describir de cierta manera. Espero que eso logre hacer que se ambienten en el relato, y no hacerlo muy pesado. También, que la muy pilla de mi Clío se intentó toda una historia y mitología detrás del relato justo para historias de Adolescentes y cosas sobrenaturales.

Pues eso, que si alguien quiere leer esas teorías, puede decirlo en el review que espero que me den el honor de recibir.

Chau!