Pshaa... Ha pasado casi un año desde que mi Word borrara este capítulo la primera vez que lo escribí (¿ven? esto es lo que me hacen los traumas), pero he tenido una semana bastante mala (y apenas es miércoles en la madrugada) y pensé: '¿qué me animaría más que escribir sobre gente muerta? ¡Nada!'

Así que aquí tienen, un nuevo capítulo de esta cosa.

Como advertencia, esten preparados para algunas descripciones un poco... um grotescas; es lo que hace mi mal humor. :/

También, usualmente detesto incluir paredes de texto para presentar a los personajes, pero ésta vez era necesario, por eso la primera parte es un poco... expositoria, pero aguantenme sólo por este capítulo, ¿okay?


III – Cadena

I rocked shut

As a seashell.

They had to call and call

And pick the worms off me like sticky pearls.

Sylvia Plath, "Lady Lazarus"

Su nombre es Cailean Heketoro; 'Heketoro' es el apellido que heredó de su padre y, a pesar de todas las burlas que le ha ganado con sus compañeros de escuela (todavía puede recordar todos esos '¡eje, toro!' repetidos como si de verdad fuera algo gracioso), nunca le ha disgustado y siempre ha amado a su padre, como ama a toda su familia. Su familia, que es especial, porque Cailean nació con una persona que siempre creyó que estaría con ella toda su vida, que nunca ha dejado que esas burlas sobre el apellido que compartían realmente le hicieran daño porque había una línea que nunca dejo a nadie cruzar, porque Rory trata de protegerla de todo a pesar de ser menor que ella. No es como cuentan otros, no nació segundos después de ella, ni siquiera minutos; el parto, por lo que le han contado, aunque eso no es mucho, fue doloroso y complicado y demoró lo suficiente como para que tuvieran cumpleaños aparte; no que eso importe, jamás les ha importado.

Tienen una hermana pero no se parece a ellos; si ellos son la viva imagen de su madre (algo de lo que ambos están orgullosos), entonces Caliana es el reflejo de su padre, con el cabello ensortijado y negro, negro, negro, como el ala de cuervo, y ojos amielados con toques de marrón, gris y verde, aunque es un verde completamente diferente al de los suyos. Ella ha sido siempre diferente a ellos, en todos los aspectos. Su interés siempre fue la tela, tanto al comprar ropa como el hacerla, pero Caliana no se detuvo ahí, porque sus manos eran mágicas. Podía dibujar cualquier cosa, podía darle texturas y color y olor y movimiento a un simple dibujo a lápiz; podía cortar, coser, bordar, moldear chiffon, seda, satín, algodón, lino y demás en algo que atraía las miradas una vez que lo traías puesto. Su madre había estado tan feliz, su padre había presumido eso a todos cuantos conocía (y a algunos cuantos que no, también), ella y Rory habían aceptado calmadamente ser usados como maniquíes. Caliana, Caliana había estado tan contenta, como si aquello fuese lo único que importaba, realmente importaba en su vida, su única pasión, su único anhelo.

Todo lo que el recuerdo produce en Cailan es envidia; ella nunca había sentido algo como eso, algo tan fuerte por algo y ahora, ciertamente, lo resentía. Se sentía vacía.

Desearía haber tenido algo aparte de Rory, porque ahora está—

No.

No. No. No.

Se traga las lágrimas y cuenta hasta diez; toma aire…

Su nombre es Cailean Heketoro; su primer nombre también es parte de su herencia, empieza con 'c', al igual que el nombre de su madre—Caoimhe—, y que la madre de ésta, y la madre de ésta, y así sucesivamente. Es una especie de tradición familiar, nombrar a las mujeres de la familia dependiendo de esa sola letra, y también es una tontería. Ha pasado tanto tiempo, tantas generaciones preocupándose porque la tradición se mantuviera, que han olvidado la razón de que existiera en primer lugar; si le pregunta a su madre, no lo sabe, y si le pregunta a su abuela… pues ella tampoco lo sabe y, si lo supiera, quién sabe si se lo contaría. Lo cierto es que la abuela Cherise no se ajusta muy bien a la idea que Cailean tiene sobre cómo debería ser una abuela.

En su mente una abuela siempre ha sido una persona que prepara chocolate caliente cuando hace frio, y compraba dulces y golosinas que realmente no se suponía que comieran, pero igual lo hacían, cuando eran pequeños, y, más tarde, cuando eran demasiado grandes como para interesarse en los dulces, les regalaban todas esas cosas que sus padres no aprobaban del todo, pero que no les quitarían una vez que ya tuvieran en su posesión; también se suponía que se sentaran con ellos y les contaran historias, sobre su familia y cualquier otra cosa. Al menos la abuela Awhirei hacía todo eso. Su nombre completo era Awhireinga, pero nadie lo usa nunca, y es la razón de que su padre tenga el apellido Heketoro en primer lugar, pero también es gracias a ella que pueden decirles a los compañeros de clase que tienen sangre maorí en las venas, lo cual casi siempre causa curiosidad y reacciones más positivas que el burlarse de cómo se llaman.

Cailean está orgullosa de ello, al igual que Rory, de poseer un trozo de una isla remota con leyendas que nadie más conoce excepto ellos y la abuela Awhirei, y tal vez Caliana, pero ella era demasiado mayor como para estar interesada en oírlas para cuando la abuela Awhirei comenzó a contárselas a ellos. Es una lástima que la abuela Awhirei no supiera la historia de por qué su nombre (y el de su madre, y el de su madre) empiezan con 'C', porque sin duda se la habría contado.

La garganta se le cierra y puede sentir como sus pulmones luchan por succionar aire; se estremece y siente como si en cualquier momento fuese a hundirse en la tierra… Otra vez. Respira hondamente y comienza de nuevo.

Su nombre es Cailean Heketoro; tiene un gato llamado Ruibarbo, lo encontraron un día en que llovía, maullando y chillando como poseso, escondido en una caja junto a un árbol. Rory lo escuchó primero, pero ella fue quien lo agarró, aunque estaba mojado y frío y mordía, y lo llevó a casa, lo baño y le dio de comer. Le puso el nombre porque su madre hacia de vez en cuando un pastel de ruibarbo con fresa, que siempre sabia a los últimos días de primavera y los rayos de sol de media tarde; era una receta que aprendió de su abuelo, no de su abuela, porque ella no cocina nunca en realidad. Su abuelo es una de sus personas favoritas en todo el mundo, y quien cumple con todo lo que ella piensa que un abuelo debería hacer, y en realidad no se parece nada a la abuela Cherise. Se llama Keith, y es un nombre magnifico, mucho más bonito que el de su padre—Irirangi—y ellos son sus personas favoritas en todo el mundo, también; le gusta contar historias de cuando era joven y a ellos les gusta escucharlas, a veces incluso les muestra fotografías y Cailean puede ver que el cabello que ahora es plateado solía ser dorado, pero sus ojos azules siguen siendo vivaces y sonrientes, como él.

No tiene abuelo paterno, nunca lo ha tenido; su padre no conocía, nunca conoció, a su padre, y la abuela Awhirei nunca habla al respecto. Cailean siempre pensó que era porque estaba—

Tiene que ahogar el chillido; se mece, adelante y hacia tras, con todo el cuerpo tenso y, de pronto, sin aviso alguno, algo se revienta en alguna parte entre de sus costillas… Casi puede sentir como su garganta se llena de líquido y antes de toser, gritar o algo, lo intenta de nuevo.

Su nombre es Cailean Heketoro; no sabe nada acerca de confeccionar ropa, no es buena para coser, ni bordar, ni tejer, como su hermana, ni siquiera puede resolver crucigramas tan bien como su hermano, pero le gusta cocinar y sabe hacer velas; tomó un curso el verano pasado en vacaciones y la verdad es que le quedan muy bien, figuras—estrellas y manzanas y gatos y personas—moldeadas en cera de varios colores… Cera que se derrite, se escurre hasta el suelo, deformándose lentamente, hasta que la llama se apaga sin ningún sonido cuando se consume totalmente. O con un soplido, antes de si quiera darse cuenta de que estaba en peligro. Era casi como morirse—y ella lo sabe bien, ¿no?

Hunde la cabeza entre sus brazos y cierra los ojos con fuerza; continúa meciéndose, entre crujidos y el goteo terrible de algo que se le escapa poco a poco. Ruidos que no deberían estar allí, pero que sería imposible que no estuvieran.

Lucha por respirar, por recordar cómo se respiraba cuando las lágrimas le bañan las mejillas y siente a su cuerpo romperse y fluctuar a ratos; tiene la impresión e que sus pulmones cambian de lugar, apretándose hacia su columna vertebral mientras sus costillas se hunden hacia dentro, pero eso no le impide pretender que no está pasando. Pretender es todo lo que hace, simplemente porque hay pocas cosas más que pueda hacer.

Lo que había pasado…

Se negaba a reconocerlo porque reconocimiento equivalía a realidad, y no podía permitir que ese dolor fuera más real de lo que ya era. Así que lo intenta, una vez más.

Su nombre es Cailean Heketoro; tiene quince años, su cumpleaños es el treinta de septiembre, su color favorito es el magenta, a pesar de que muchos piensan que es solo otro tono estúpido de rosa, y es otra de esas cosas en las que es diferente de Rory; su flor favorita es la mimosa, y es una de las primeras tres cosas que ve cuando despierta—dependiendo de la posición en la que se haya dormido—porque hay una maceta en su cuarto que fue regalo de Rory.

Siempre pensó que era una flor gentil y frágil, dulce en su timidez.

Pero ahora, encogida sobre sí misma, las rodillas pegadas al cuerpo y los brazos pegados a las rodillas, los dedos crispados, las uñas cavando surcos en su carne, como si solo eso la mantuviera entera, es cuando es capaz de entender—entender de verdad—un conocimiento tan profundo y antiguo que le atraviesa la garganta con la espina de un sollozo y el dolor que trae el aprendizaje más básico y esencial.

Es miedo, puro, crudo, y no otra cosa; un terror ciego que todo lo consume y te deja sin poder moverte, ni pensar.

Y es exactamente lo que siente en esos momentos.

Porque no podía ver a Rory; no quiero decir de la manera convencional, aunque tampoco podía verlo de esa, pero era ese 'ver' íntimo al que ella se había acostumbrado, la mente de Rory, sus pensamientos, llegaban como ecos a la suya en forma de colores: una pizca de verde espolvoreado, una mancha de rojo liquido, un muro de amarillo garabateado, tonos de marrones cálidos y pinceladas de azul muy claro, casi transparente. Esa era la parte de Rory que se encontraba todavía engarzada a lo que era ella, pero ahora la había perdido.

Cailean estaba sola, una; incompleta.

Y nada de lo que haga puede resguardarla de esa verdad.

x

Estaba a punto de romper en llanto, eso lo sabía. Aunque no estaba acostumbrado a interactuar con humanos y no había sostenido una conversación real con alguien en años (Anise no contaba), era bastante obvio, incluso para él, que la niña estaba peligrosamente cerca de echarse a llorar. Sus labios estaban temblando, sus hombros se estremecían, y las cuentas de sus pulseras tintineaban siguiendo el ritmo de las sacudidas de sus manos. Tenía los ojos húmedos y que empezaban a adoptar una coloración rosada fácilmente atribuida al agua salada que empezaba a reunirse en sus comisuras, lo que le hacía ponerse francamente nervioso. No faltaba mucho para que empezara a hacer esos ruidos.

Los—sollozos.

Se encogió mentalmente ante la perspectiva.

La idea de acercársele en esos momentos no era ni remotamente algo que hubiera escogido en otras circunstancias, hubiera preferido por mucho marcharse y volver cuando se hubiera calmado, pero esa opción tampoco era viable porque representaría una perdida significante de tiempo y tiempo era lo que menos tenía. Respiro hondo (aunque no le era necesario respirar, hondamente o no) y, cuadrando los hombros, se aproximó a la figura que estaba hecha un ovillo en el piso; cuando estuvo lo suficientemente cerca se aclaró la garganta y preguntó, en el mismo tono que otra persona usaría para inquirir si ya había terminado tu sesión con el psiquiatra:

"¿Necesitas un abrazo?"

La espina de Cailean se puso rígida y emitió un sonido de sorpresa, alzando la cabeza para contemplar al hombre que se encontraba frente a ella; era de noche, y su visión estaba bastante borrosa, y el hombre estaba de pie en medio de la acera como si fuera perfectamente normal y la estaba mirando, o, al menos, estaba mirando en su dirección y parecía que le estaba hablando a ella, porque la única otra cosa en su dirección era una coladera y de verdad no creía que le estuviera ofreciendo un abrazo a una coladera—

El hombre se quitó el sombrero beige de ala ancha y lo sostuvo nerviosamente contra su pecho, antes de animarse a repetir su pregunta.

"¿Necesitas un abrazo?" Y luego añadió, crispando los dedos sobre su sombrero: "Parece que vas a llorar."

Cailean lo miró boquiabierta—le estaba hablando a ella; ese hombre, fuese quien fuese, podía verla. Habían pasado horas desde… el accidente… y nadie había podido verla, u oírla, o tocarla, sin importar cuánto pataleara y gritara y suplicara; y ella no se había podido mover de ahí. Habíann sido las horas más largas y horripilantes de toda su—

Se atragantó y sus ojos se llenaron de nuevas lágrimas, que lentamente empujaron fuera a las que se habían secado en las comisuras tras la repentina aparición del hombre. Tardiamente, eso le recordó que el hombre todavía aguardaba por una respuesta.

"¡Oh!" Exclamó, casi en un graznido, evitando mirarlo de la misma forma en que él evitaba mirarla a ella. "Oh, n-no. Yo-yo sólo-" La voz de Cailean tembló, hasta que fue interrumpida por un hipido (el precursor de los ruidos que no tardarían en seguir). Agachó la cabeza, con los ojos cerrados. "S-si…"

El hombre suspiró, con esto podía lidiar, y mientras más rápido lidiara con ello, mejor. Se arrodilló junto a ella y jaló su cuerpo hasta apretarlo contra el suyo, sin importarle la manera en que sus huesos crujían y se movían en las direcciones equivocadas, o la manera en que Cailean inmediatamente comenzó a desangrarse sobre de él; simplemente se limitó a sostenerla entre sus brazos, silenciosamente.

Y Cailean lloró; lloró como si tuviera cinco años de nuevo, queriendo a su mamá, a su papá, a su foca de peluche; queriendo que Rory le apoyara su mano en la cabeza y le dijera que todo iba a estar bien.

Pero Rory no estaba allí.

Y nada estaba bien.

No sabría decir cuánto tiempo pasó llorando, lamentándose de una vez de todo lo que había perdido ese día, pero cuando se tranquilizó y el hombre se separó de ella lentamente, como una gaza de una herida, se sentía casi mejor; sus huesos estaban todos en sus lugares y ni uno sólo de ellos protestó cuando el hombre la ayudó a ponerse de pie—ponerse de pie, había creído que nunca podría hacerlo de nuevo, permanecería sentada en ese mismo lugar, sobre una mancha de sangre que se expandía y desaparecía eternamente bajo ella.

Las manos le temblaron y se forzó a levantar la cabeza, separando sus ojos del piso; el hombre parecía estarla estudiando con ojo crítico, como si la evaluara, pero se mordía el labio inferior nerviosamente. Finalmente se pasó una mano por los cabellos rubios cenizo y dijo:

"Mira, no quiero hacerte sentir… peor… pero, ¿sabes?, tienes un problema…"

Una de las piernas de Cailean se dobló hacia afuera y ella estuvo a punto de caer; afortunadamente, su interlocutor alcanzó a sostenerla, aunque parecía más bien molesto por la interrupción que preocupado por su bienestar. Cailean fijó su vista de nuevo en el charco que en esos momentos todavía (todavía) no se formaba a sus pies, en el sombrero de ala ancha que había caído sobre él cuando el hombre había detenido su caída.

"No puedes dejar este lugar," continuó hablando él, de una manera en que casi sonaba apurado. "Estos sentimientos, toda esta tristeza y arrepentimiento… el vinculo que te une a alguien que dejaste atrás… son, demasiado fuertes, excepcionalmente fuertes." La tela del sombrero comenzó a teñirse de un color más oscuro mientras él hablaba, pero la única que prestaba atención a eso era Cailean. "Triste, desoladora, desesperanzadamente fuertes… No puedes ser libre."

Su columna se arqueó hacia atrás con un jadeo sofocado y un reguero de sangre salió de su boca, alcanzando a salpicar la gabardina beige y la camisa blanca del hombre, quien tan sólo se apresuró a hablar más rápido.

"Pero estoy dispuesto a hacer un trato contigo."

Sus pulmones se comprimen, se está ahogando, dando boqueadas, luchando por respirar—está pasando todo de nuevo.

El hombre maldice, se deja caer de rodillas, la recuesta sobre el pavimento mientras el estomago y el pecho se le hunden con el sonido de sus costillas quebrándose bajo nada, nada en absoluto.

"Cálmate, tienes que calmarte, si no te calmas esto te seguirá pasando, seguirás reviviéndolo una y otra vez—"

Remuriéndolo, piensa una parte de ella, una parte minúscula que no está enloquecida de dolor y terror.

"Cailean, Cailean, cálmate, cálmate, de verdad no tenemos tiempo para esto—"

Cailean.

Ese era su nombre, su nombre: Cailean.

Toma una bocanada de aire, como si hubiera estado aguantando la respiración bajo el agua, y todo su cuerpo vuelve a estar completo de pronto y lo mira, simplemente lo mira, con sus grandes ojos verdes llenos de preguntas; y él le devuelve la mirada y dice, casi en una exhalación:

"Tenias un gato, ¿verdad?"

El uso del tiempo pasado es como una patada a las espinillas, algo truena, como un lápiz partiéndose por la mitad. El hombre se da cuenta de sus error, sigue hablando, cada vez más rápido y sin dejar de lanzar miradas preocupadas hacia un lado.

"Intercedió por ti," dice él, Cailean no tiene idea de lo que está hablando; "estoy obligado a darte una oportunidad."

Cailean todavía no entiende de qué va todo esto, Cailean todavía no entiende muchas cosas.

El hombre sigue hablando, cada vez más nervioso.

"Febrero es, después de todo, el mes de los gatos…" Se interrumpe, sus ojos se pierden por un momento, como si acabara de recordar algo. Prosigue: "Por cierto, hola."

Ella lo mira incrédula, todavía sin entender; lo único que hace este hombre es crear preguntas.

"¿Hola?" Repite con voz ronca, sin atreverse a abandonar el soporte que le ofrece el frío suelo sobre el que está recostada.

El hombre asiente, sin el menor atisbo de sonrisa en su rostro, como si todavía esperara que fuera a desmoronarse en cualquier momento (lo cual bien podría pasar, se dice a si misma).

"Gusto en conocerte, Cailean," dice entonces, con toda formalidad, y luego añade: "Será un placer trabajar contigo."

Bajo otras circunstancias, quizás se hubiera sentido persuadida de reír aunque fuera un poco; bajo sus circunstancias actuales, sin embargo, no puede darse ese lujo, así que lo mira, con sus ojos entrecerrándose desconfiados.

"¿No deberías… primero decirme de qué se trata todo esto?"

Cailean no es estúpida, no va a venderle su alma al primer espíritu-cosa-lo que sea antropomorfo que se le cruce en su camino; si hay vida después de la muerte (y la hay, aunque no una por la que valga la pena morirse, en su caso), entonces su alma inmortal o lo que sea debe de valer algo.

El hombre la ignoró, eligiendo ese momento para hurgar en uno de los bolsillos de su gabardina hasta extraer un reloj dorado de considerable tamaño, al que miró fijamente, con una expresión casi dolida.

"Bueno, en realidad, vas a trabajar para mí, no conmigo," le dijo, todavía con los ojos fijos en la caratula del reloj y las manecillas que se movían bajo ella. "No es que quiera apurarte ni nada, bueno, , pero en realidad no te queda mucho tiempo. Tienes que tomar tu decisión ahora."

"¿Trabajar contigo? ¿Tomar una decisión?" Suenan como todos los ingredientes de su propia versión de Fausto, se incorpora, casi esperando caerse hecha astillas y lo mira airadamente. "¡No voy a tomar ninguna decisión hasta que no sepa que está pasando!"

El hombre le dirigió una mirada impávida.

"¿Quieres quedarte aquí? ¿Así?" Añadió, gesticulando con su mano.

Cailean se encogió, sintiendo como sus huesos se preparaban para romperse en un impacto que ya había sido.

"… no."

El hombre asintió de nuevo con la cabeza, antes de volver a mirar su reloj y fruncir el ceño.

"Entonces tienes que aceptar mi oferta," volvió a mirar el reloj, se mordió el labio inferior de nuevo, y luego la miró a ella. "¿Aceptas mi oferta, Cailean? ¿Por tu propia y libre voluntad?"

Le sostuvo la mirada a esos ojos amatista, casi esperando descubrir alguna mentira en ellos, y, cuando no encontró ninguna, asintió con la cabeza.

"Supongo…"

En alguna parte de la ciudad comenzaron a sonar las campanadas que anunciaban la hora; el hombre dejó escapar un suspiró aliviado y, por primera vez, sonrió.

"Perfecto, perfecto," murmuró bajo su aliento, mientras extendía su mano hacia su sombrero, y lo inspeccionaba cuidadosamente. "Justo a tiempo, también, creí que no íbamos a lograrlo…" Con otro suspiró se colocó el sombrero en la cabeza, encontrándolo decente, y volvió a dirigirle su atención a Cailean. "De verdad pensé que no íbamos a lograrlo…"

¿Lograr qué? Quiso gritar ella.

"Un poco más y te hubiera perdido," el hombre cambia de posición, se sienta, extiende su piernas hacia adelante y apoya sus manos en el asfalto mientras alza el rostro para contemplar las nebulosas estrellas en el firmamento, casi ocultas por las luces artificiales de la ciudad. "Un poco más y habría tenido que hacer todo el trabajo solo…"

Mueve su cabeza de nuevo, su barbilla casi tocando su pecho, mientras la mira con una nueva luz en sus ojos, con una sonrisa que le hace pensar en tazas de té y patchoulis y popurrís de valses y polkas, y Cailean casi puede creer que tomó la decisión correcta.

"Todo va a estar bien, Cailean," le dice, y bajo la luz de los faroles casi se ve joven, aunque algo en su rostro no cuadra con ninguna edad.

Cailean se encuentra a si misma creyéndole.

Y entonces él se incorpora y le ofrece una mano para ayudarla a levantarse y, cuando ella al toma, le pregunta:

"¿Quién eres?"

El hombre la mira, confundido, por un instante.

"¿No te lo dije?" Pregunta y luego, frunciendo el ceño: "Claro que te lo dije."

Cailean lo mira sin comprender, con su mano todavía sujeta en la suya; el hombre se quita el sombrero con su mano libre y hace una reverencia.

"Para ti, soy Febrero."


PAM PAM PAAAAM.

Como bonus por la demorada actualización, este capítulo es más largo que el primero y el segundo juntos-por bastante.