Es curioso. Muchos pensamos que nuestros sueños no son más que imágenes al azar, que nada tienen que ver con la realidad. ¿Y si esto no fuera así? ¿Y si alguien controlase lo que soñamos? Sobre eso trata este fic. Y, aunque parezca mentira, esto no es algo que haya pensado, si no que salió sin más.

En fín, os dejo con la lectura. Espero no matar a nadie.

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Ella, enfundada en un vestido que terminaba antes de llegar a las rodillas, con las piernas cruzadas y una mano sobre el regazo, me miraba divertida, sentada en un trono que presidía aquella cavernosa estancia. Sostenía una flor única, una rosa roja de tallo plateado, con la que ocultaba la sonrisa que blandía sin apartar sus ojos azules de los míos. Su pelo rubio caía sobre sus hombros y espalda, los cuales aquella fina tela dejaba al descubierto.

Estaba solo con aquella mujer en una sala amplia, circular, con un gran número de columnas formando una rueda. Se iluminaba por el perenne fuego de una enorme lámpara de araña, colgada de un techo tan alto que ni las llamas alcanzaban a alumbrarlo. Intenté recordar cómo había llegado allí. No pude. Tampoco pude rememorar nada anterior a encontrarme frente a esa figura escapada de un cuadro renacentista. Parecía que había nacido en ese mismo instante, por obra de aquella mujer. Di un paso hacia ella.

— ¿Dónde estoy? —Pregunté.

Me respondió con un gesto de su mano. Me detuve al instante. La mujer se puso de pie. Lanzó la rosa, que quedó clavada a apenas unos metros de mí. Su sonrisa era ahora completamente visible, me asustaba y hechizaba al mismo tiempo. Alzó el brazo, dando comienzo a lo que ella llamó "la prueba".

Ante mí apareció una criatura monstruosa. Su cabeza recordaba a la de un toro, sin ser tal. El cuerpo era el de un león, y se alzaba sobre las patas de un caballo. Los brazos parecían humanos, aunque cubiertos de pelo; cada uno de ellos era más grande que mi cuerpo entero. En la cola silbaba una serpiente, y de su espalda nacían dos grandes alas de plumas negras. Esta imagen me paralizó por completo. Al reparar en mi presencia rugió, exhalando fuego a su vez. Extendió hacia mí una enorme mano, intentando atraparme. Lo esquivé en el último segundo, tras recuperar la movilidad. Sin darme tiempo a reaccionar atacó otra vez, lanzándome contra la pared y rompiendo una columna de paso. Sus ojos inyectados en sangre no dejaban de mirarme. Los míos recorrían la estancia, buscando un lugar donde huir, algo con lo que defenderme. Vi que algo brillaba en el suelo.

Me fijé en la flor clavada en el centro de la habitación, la cual no era ya una rosa. El tallo plateado se había transformado en una espada, en cuyo filo se reflejaba la luz del fuego. En la empuñadura, una piedra con forma de capullo resplandecía con un leve fulgor. Un rubí. Me lancé a la desesperada, evitando como pude los golpes que lanzaba y que pasaban a escasos centímetros de mi cabeza. Pude cogerla. La hoja era ligera. La interpuse entre la bestia y yo. El monstruo miraba mi acero como si se tratase de un palillo de dientes.

La criatura exhaló fuego de nuevo. No tenía dónde esconderme. Estaba de nuevo paralizado, viendo a cámara lenta como las llamas se acercaban a mí. Cerré los ojos, esperando una muerte certera. Ésta no llegaba. Reuniendo el poco valor que me quedaba, los abrí de nuevo. No había ni humo no fuego, sólo un intenso fulgor proveniente del rubí. La empuñadura ardía, sin causar dolor. La agité, liberando el incendio que había devorado. La bestia rugió de dolor. Cayó al suelo. Sin darle tiempo a levantarse trepé por su pecho, hundiendo el acero en él. Un nuevo bramido cruzó el aire. El monstruo expiró.

Me giré. La dama aplaudía, radiante. Me acerqué a ella, arrodillándome al llegar. Requirió mi espada, la cual apoyó sobre mis hombros.

—A partir de hoy—dijo—, serás mi paladín.