"El amor es así como un incendio, suelen ver antes el humo los que están fuera

Que el fuego los que están dentro"

- Jacinto Benavente


And I might drive myself insane
if those lips aren't speakin' my name


Josh tiene diecisiete años, siete de conocer a James… y Yazmin, bueno, Yazmin es su hermana por lo que lleva algo así como una vida de estar con ella. Josh aún recuerda –con una sonrisa de burla- ese caluroso día de primavera en que esos dos cruzaron sus miradas… aunque quizá una mejor forma de describirlo sería: "El día en que James Howard termino lamiendo el suelo por órdenes de una niña"

Aunque más que órdenes, había sido un puñetazo bien dado en el estómago, y eso que Yazmin solo tenía ocho años.

Como ya se menciono, todo comenzó un bonito de primavera, si bien recuerda, en el mes de abril. Su abuela lo había llevado al parque para encontrarse con su amigo y de paso conocer a la madre de este, una mujer alta y rubia de bonitos ojos verdes que siempre le había inspirado algo de miedo.

Él y James estaban comiendo un helado, el suyo era de vainilla y el de James de chocolate (porque a James siempre le ha gustado el chocolate, aunque desde aquella vez, le gusta más que nada en el mundo). Pero retomando la historia, ellos comían un helado sentados en una banca de madera recién pintada al tiempo que conversaban sobre sus estrategias para ganarle en el fútbol a los de quinto año.

Pero fue cuando hablaban sobre Cloe Marchelotti, la niña nueva que era compañera de banca de Josh, esa que siempre llevaba las uñas pintadas de rojo y se reía de manera escandalosa (aunque al castaño no le molestaba, porque creía que Cloe tenía una risa preciosa… que de hecho aún lo cree), fue en ese mismo momento, cuando Josh decía que sería buena idea dejarla sentar con ellos en el almuerzo ya que pese a todo siempre parecía estar sola, que unas cuantas palabras captaron la atención de James.

— Le he dicho muchas veces Mr. Chesse, que no debe comer tierra— murmuró una niña a su espalda. Josh ni siquiera le prestó atención, acostumbrado a las rarezas de su hermana, sin embargo, los grandes ojos verdes de James, mismos que había heredado de su madre, no pudieron evitar dirigirse hacia esa menuda niña de colitas desaliñadas, con ojos pequeños de un color parecido al chocolate y con sonrisa pequeña y de dientes torcidos.

Yazmin levantó la cabeza al sentirse observada

— ¿Qué? — preguntó poniéndose de pie un tanto malhumorada al ver que interrumpían su juego.

— ¿Qué estás haciendo? — preguntó James extrañado, alternando su mirada entre ella y el pequeño muñeco hecho de calcetines que estaba tirado en el pasto.

— No te importa— respondió ella sacándole la lengua antes de volver a sentarse y darle la espalda. James frunció el ceño ante esa contestación.

— Yazz, ¿que te ha dicho la abuela sobre ser tan grosera con los demás? — preguntó Josh, que para su corta edad, ya era algo así como el hombre de la casa. Su hermana se encogió de hombros y él puso los ojos en blanco sin darle más importancia al asunto.

Pero James Howard, que era hijo de un aspirante a senador, no estaba pero si para nada acostumbrado a que nadie, mucho menos una niña, le hablara de esa manera. Así que olvidándose de su helado, se puso de pie y se acerco a la menuda niñita que parecía bastante entretenida diciéndole puras incoherencias al títere.

— ¿Qué estás haciendo? — volvió a preguntar, cruzándose de brazos y parándose frente a la castaña a la cual fácilmente le sacaba unos veinte centímetros. Yazmin torció el gesto y parándose, se puso ambas manos en la cadera, de manera retadora, dándole a entender que aunque apenas y le llegara a los codos no le daba ni un poquito de miedo.

— Ya te dije que no te importa— fue la contestación que recibió antes de que la niña se agachara para coger al juguete— Vámonos a jugar a otro lado Mr. Chesse.

— Solo las niñas tontas hablan con los juguetes— dijo James de manera burlona, haciendo que la pequeña se quedara helada— Y vaya juguete más feo.

Josh se quedó paralizado de la sorpresa, pese a que una voz en su interior le gritaba que corriera a buscar a su abuela, porque estaba a punto de presenciar una masacre. Si algo había aprendido de su hermana, era que nunca jamás, debía insultar al Mr. Chesse. A ver, venían de una familia jodidamente disfuncional por lo que su custodia había pasado a su abuela, una mujer viuda de 49 años que trabajaba como maestra de pre-escolar, rentaban un departamento en la pequeña Italia y con lo que sobraba apenas y tenían para pagar la escuela y comer comida medio decente. Así que entre los pocos juguetes que tenía su hermana, estaba Mr. Chesse un ratón –o intento de este- que su abuela le había hecho con calcetines viejos y relleno de trozos de ropa vieja al cuál la niña quería más que a él, que era su hermano.

Observó detalladamente la escena ya que sus piernas no querían responder, pero contrario a lo que pensó, todo se desarrollo rápidamente y sin mucho dolor. James seguía diciéndole a su hermanita un montón de cosas sobre lo tonto que era jugar con peluches a su edad y riéndose, cuando en una de esas Yazmin se dio la vuelta y sin pensarlo mucho le dio un puñetazo en el estómago que hizo que el rubio se tirara al suelo tratando de jalar aire para recuperar todo el que había perdido debido al golpe.

— Vámonos Mr. Chesse— murmuró la niña abrazando al títere y sacándole la lengua al niño rubio de cara bonita— No nos vayan a pegar lo tonto.

Esa fue la primera cosa más parecida a un insulto que Josh le escuchó decir a Yazmin e iba dirigida a James. Y hablando de él, Josh le miro con una sonrisa durante los cinco minutos que estuvo tirado en el suelo retorciéndose de dolor y tratando de evitar que unas lágrimas se le escaparan ¿Y es que cuando iba a imaginarse que una niña tan menuda iba a tener tanta fuerza acumulada?

La madre del rubio y su abuela se volvieron amigas inmediatamente, por lo que James obtuvo permiso de ir a comer a su casa el siguiente viernes. Y Yazmin y James, comenzaron su relación de odio, debajo de la que él estaba seguro, se escondía amor. Ya que desde ese breve momento, Josh Greengrace supo que esos dos estaban destinados a terminar juntos por más que durante los siete años siguientes, ambos se dedicaran enteramente a negarlo.

Porque James Howard jamás volvió a tomarse la molestia de mirar a otra niña ni jugarle bromas a nadie más. Y porque, desde aquel día, Mr. Chesse se quedó guardado en el fondo del armario.

("Porque solo las niñas tontas juegan con peluches")


Notas de la Autora: Si, me he inscrito a otra de esas tablas del LiveJournal (no es mi culpa, es que son adictivas) No se cuando vaya a publicar la siguiente viñeta, pero espero que sea pronto. Los personajes son Yazmin y James y vienen de mi historia Como ser adolescente y no morir en el intento. Como veis, no es necesario leerla para entender la trama de estas viñetas aunque si no tenéis nada importante que hacer no me molesta para nada que lean y den su opinión. Whatev's, basta de publicidad.

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