La canción del Tesoro Maldito

Permítanme presentarme, mi nombre es Henry Parker, pirata de profesión.

La historia que les voy a contar es sobre la desdichada aventura de un barco llamado "Sirena Negra", su capitán James Curtis y su obsesión con el tesoro de María José Villalobos, la "Novia Sangrienta".

Se estarán preguntando ¿Quién es la "Novia Sangrienta"? Fue el terror de éste lado del Caribe y de la Costa Negra, muchos aseguran que fue una noble española que enloqueció al ver morir a su marido y el resto de la tripulación del barco donde viajaba hacia el Nuevo Mundo. Se convirtió en pirata para vengarse del responsable de llevarla a la locura.

La embarcación, la tripulación del capitán Curtis y yo nos encontrábamos tomando un descanso en la Isla de la Tortuga.

—Mi buen Henry, finalmente he conseguido una pieza clave para culminar la búsqueda que me propuse- me dice el capitán mientras hablábamos en la taberna, bebiendo buena cerveza.

—No me había comentado sobre esa búsqueda capitán ¿Algún tesoro en particular?

Me muestra un fino y detallado mapa.

—Este mapa nos llevará al tesoro que muchos desean tener, pero les cunde el miedo con solo mencionar el dueño, perdón la dueña.

—No me digas que es ese tesoro.

Nadie quería ir a buscar ese tesoro, se decía que estaba en una isla donde los hijos caníbales de Lilith y Satán devoraban a los que se acercaban a sus costas. También se decía que la "Novia Sangrienta" sacrificó cuatro de los hombres de su tripulación para dejar su tesoro en ese sitio.

—Saldremos al amanecer. Con ese tesoro, mi buen Henry, nos podemos olvidar de ser piratas y vivir tranquilos.

—Si es que regresamos con vida.

La isla Diablo, allí se encontraba el tesoro, la antesala al Finisterre para unos, para otros la entrada al infierno.

El viaje iba a ser largo, desde el punto en donde nos encontrábamos, un viaje por las temidas aguas del Sur del Caribe.

A la mañana siguiente, luego de rezar, salimos.

Que horrible día para navegar, un viento terrible y nubes oscuras justo a donde viajábamos.

—Esto hará el viaje más interesante. No te preocupes.

Fue lo que me dijo el capitán, haciendo caso omiso a nuestras sugerencias.

El mar regresó a su estado habitual durante el viaje, indomable, salvaje, furioso; el oleaje se llevó al timonel, a varios artilleros y buenos combatientes.

No había puertos en las cercanías, y el viaje de regreso parecía una opción, aunque insensata.

—Debemos regresar capitán, no sea necio-le advertí.

—Falta poco mi buen Henry para llegar, no te desanimes ni desmayes.

—Quedamos pocos en la tripulación ¿Quiere perderla?

No respondió a mi pregunta, pero al parecer si lo deseaba, quizás para tener que repartirlo entre menos personas.

Se decía que con ese tesoro fácilmente se podía nombrar al portador como el Rey Pirata. Pero la codicia desmedida puede llevar a la locura.

Llegamos a la isla. Con menos hombres, apenas si llegábamos a los ocho, y no era un buen número estar explorando una isla. Y apenas dos hombres esperando en el barco.

Caminamos sin descanso hasta un claro.

—Hemos llegado. Vamos a excavar.

Nos ordenó, sin considerar nada sobre nuestras condiciones.

—Capitán, por favor estamos agotados…

El mejor guerrero no completó sus súplicas al capitán, este le disparó a sangre fría en la cabeza.

Confirmé lo que decían de ese tesoro, enloquecía al que lo buscase.

Los que quedábamos seguimos las órdenes del capitán, pero lo peor estaba por ocurrir.

Sacamos el tesoro esa noche y dormimos bajo las estrellas, solo para amanecer cautivos en el pueblo de unos salvajes de piel color cobre.

¿Serían caníbales? No quería quedarme para averiguarlo. Pero tal situación parecía incomodar al capitán.

Desarmados y muy lejos del barco, salir iba a ser tarea muy difícil de lograr.

—Nadie me separará del tesoro. Nadie.

Decía siempre el capitán, con un tono perturbador.

Nos llevaron ante el líder de aquella tribu. En la choza más al centro de la edificación del poblado de los salvajes. El resto de nosotros estábamos con miedo.

—Si dejan el tesoro de amiga, yo les dejaré partir.

Nos dijo en perfecto ingles.

Pensamos que era lo más sensato, pero el capitán se oponía.

—Ni muerto.

Dijo y después de esas palabras tumbó unas antorchar, causando un incendio que se propagaba de casa en casa. En ese incendio murieron los que quedaban de la tripulación, me salvé cuando me vieron ayudar a algunos inocentes.

La tribu me aceptó como uno, pero le habían fallado a aquella mujer que les enseñó tanto y que le prometieron custodiar su tesoro.

—Con cumplimos una promesa, pero ganamos otro amigo, pero jura una cosa.

Me dijo el cacique, el día que finalmente pude terminar una balsa suficientemente ruda para cruzar el mar.

—Lo que quiera jefe.

—Que regresaras el tesoro de amiga.

— ¿No importa el tiempo que me demore en hacerlo?

Y con esas palabras nos despedimos, tras cuatro años de estadía en la remota isla.

Partí sin saber a donde llegaría, y toqué tierra, sin querer, en una colonia española, La Provincia de Nueva León. Ahí estuve preso.

Finalmente decidí hacer algo más provechoso, me establecí en la Costa Negra, con un nuevo nombre y oficio, cronista, y esperé a alguien lo suficientemente loco para una aventura de la que no hay marcha atrás.

James Curtis se hizo con el título.

Y ha lanzado un reto, ahora que siente que la Parca lo está acechando.

Su preciado tesoro está en su camarote, esperando un nuevo dueño, solo deben abordar su barco cuando lo vean en alta mar.

Dicen que su barco, el "Marcela", y su tripulación son invencibles. Son los lobos de mar más sanguinarios del Caribe.

Ni los corsarios que hacen vida aquí en la Costa Negra se atreven a atacarlo.

Mis buenos amigos claman venganza, mi conciencia calma y la mar me llama de nuevo a navegarla.

Le pido paciencia y más tiempo a Dios para concretar mis planes.

Así nació la canción que hoy entono sobre un tesoro que puede llevarte a la locura o a ser el Rey Pirata.

Fin