Capítulo 1.

Cuando somos niños creemos en la magia tanto como en los mitos y leyendas que rodean nuestro entorno. Pero, por mucho que lo olvidemos al crecer, no significa que no sigan ahí.

Londres. ¿Dónde guardas el sol? ¿A quien le muestras su belleza?

Mama. Llueve todo el día. Hace frío y parece que nunca amanecerá.

¿Dónde encontraré las claras luces del despertar si hay nubes que no nos dejan verlas?

Llevo una semana como londinense y ya parezco entender porque detestabas viajar a este lugar. Solo en la distancia divisas los campos y los valles donde una puede correr con libertad. Se ven las montañas desde la ventana de mi cuarto. Supongo que por eso los Harlow me la ofrecieron. Saben que soy claustrofóbica. Como tú.

Se que me dijiste que los Harlow son buena gente y no te lo niego. Dijiste que cuidarían de mí si algún día te pasaba algo. ¿Predijiste tu muerte?

Supongo que nunca lo sabre. Nunca lo recordaré. Ellos dicen que recordaré el día que nos vimos por última vez. Si al menos me acordaré de tus últimas palabras. Si al menos supiese si llegué a despedirme de ti. Me haría sentirme feliz. ¿Enfermaste? ¿Por cuánto tiempo?

Tan solo tenía seis años. Y después de tu muerte, te escribo todos los días.

Supongo que espero que contestes, que algún día abra el correo y en la bandeja de entrada encuentre un pequeño sobre que ponga, De: Mama. Pero todos los días la abro y no hay un mensaje tuyo.

Hoy he llorado. Me he dado cuenta, de que a medida que pasa el tiempo y crezco, ignoró la idea de recordar lo que paso aquel cuatro de Julio. Dicen que los niños tenemos el don de ocultar aquello que más nos duele en lo más profundo de nuestra memoria para no sufrir al recordarlo. ¿Será por eso que no lo recuerdo? Será por eso, que tampoco recuerdo a papa.

Nunca me contaste quien era, ni donde fue. Algún día nos encontraremos y tendremos tiempo de contármelo todo.

Suspiré y miré a la puerta donde Amanda, la señora Harlow estaba apoyada en el marco de la puerta esperaba que yo terminase de escribir. La miré y sonreí. Ella una mujer tan bien puesta, tan joven y ya se había hecho cargo de mi. Se colocó su melena morena y lisa detrás de la oreja y sus ojos marrones me miraron con un brillo especial que siempre le había caracterizado.

- Tú dirás Amanda.

Ella entro y se sentó al borde mi cama, ni me moleste en cerrar el portátil para que no viese lo que le escribía a mi madre. Ella tan solo sonrió.

- Sabemos que no estas a gusto en esta casa.

¿Cómo se había dado cuenta? Tan solo llevo una semana en esta casa. ¿Tanto se me nota? Vamos Alice, respira hondo y sonríe.

Eso hice. Sonreí.

- No es eso. – sin poder evitarlo miré avergonzada el suelo.

Amanda sonrió ante mi inocencia.

- Vamos a buscar una casa más grande.

-NO. – Mis ojos se llenaron de rabia y odio.- No, dejadlo. Ya estoy harta de que siempre este yo por delante de vosotros dos. Me importa muy poco lo que mi madre pidiese que hicieseis por mí. Desde lo ocurrido, siempre he sido yo. ¿Qué pasa con vosotros? Pensad en vosotros por una vez en vuestras vidas. ¿Pensáis que no se lo que ocurre? Amanda, ¿Por qué no tienes tu propio hijo? ¿Por qué no me dais respuestas tras diez años de largos tormentos? No somos una familia feliz. Lo sabes. Sabes que cada día tu y Paulo os distancias más y no haces nada para evitarlo. Yo soy la culpable. Ya estoy cansada. No se si te sonara egoísta o no. Pero quiero que me dejéis en paz de una vez por todas.

Noté la tristeza que Amanda trató de ocultar tras una sonrisa. A pesar de mi insistente mirada desafiante ella no apartó la suya. La guerra de miradas duró tan solo unos segundos, fui incapaz de sostenerla y con suspiró por mi parte volvimos al incómodo silencio de antes.

El silencio me dio que pensar. ¿Qué había ocurrido aquella mañana? ¿Por qué yo? ¿Por qué ella? ¿Cómo fue? ¿Por cuánto duró? Eran tantas las preguntas y Amanda nunca había querido contestarlas. Cada vez que le pregunto sus ojos se ennegrecen y su aura se tiñe de oscuridad. Maldita sea. ¿Por qué no lo puedo recordar? Ni siquiera puedo dibujar su rostro en mi mente.

Sin darme cuenta aquellos pensamientos, aquellos deseos de revelación y sentimientos fluyeron, saliendo fuera a través de un llanto. Ella se acercó a mi pero Paulo colocó la mano sobre su hombro y ambos salieron del cuarto dejándome sola.

¿Qué me estaba ocurriendo? Las cosas no habían salido como yo esperaba. Me levanté y me senté en la silla, abrí un nuevo correo en la bandeja de entrada y mis dedos parecieron ir solos.

Mamá, soy yo. Alice.

Se que me acabo de despedir, escasos unos minutos. Pero ya no soporto más.

Esa mirada no es la que yo conozco mamá. Amanda ha cambiado de mirada desde el mismo momento que pisamos Londres, yo entristecí pero ella pareció morir. Miró el avión como si hubiese olvidado algo.

Paulo pretendió que no ocurría nada y la hizo caminar tomándola de la mano, guiándonos por los anchos pasillos del aeropuerto. Recuerdo como Paulo miraba a Amanda y la abrazaba por la cintura mientras ambos caminaban en un intento de animarla.

Sus lágrimas eran amargas. Lloró. Lloro como nadie había llorado nunca. Paulo la ignoró y yo también pretendí hablar por teléfono alejada de ambos y escuche las únicas palabras de consuelo de el. "Todo ira bien".

Aquel simple: "Todo ira bien". Me dolió. No sabes cuanto… Los miré de reojo y sentí como la mirada de Paulo se clavaba en mi espalda. Continué caminando, esta vez no miré atrás en ningún momento.

No sé ni por que demonios escribo esto. Supongo que te importa poco. Desde hace años que no te veo. Desde hace años que no se ni que te ocurrió. No recibo respuestas y ya no recuerdo tu cara. ¿Qué más dará todo lo que te escriba si tu nunca contestas?

Total estás muerta.

Escribí la última frase del e-mail llena de rabia y dolor, lo envíe y apague el portátil.

No soy nadie ni pretendo serlo. Solo quiero saber que ocurre a mí alrededor.

Salí de mi cuarto con la chaqueta en la mano y busqué con la mirada a Amanda y Paulo. No están en casa. Perfecto. Aproveché la ausencia de ambos para salir a dar una vuelta. Pero me equivocaba mis oídos me habían fallado y si se encontraban en casa.

- ¿A dónde vas? – Amanda me había cogido de la mano y ambas nos mirábamos con lágrimas en los ojos. - ¿Te vas? ¿Nos dejas?

Paulo apareció por detrás de Amanda y me miraba con su misma serenidad de siempre. Maldita sea ¿Por qué no podía descifrar sus sentimientos? Eso me perturbaba. Amanda es como un libro abierto pero Paulo siempre tiene la misma expresión de escultura griega. Nada. Nothing. No hay nada que ver en su cara. ¿Acaso le importa que me vaya? No creo. En cambio Amanda siempre ha sido como una madre para mí. La madre que nunca tuve.

Mis manos temblaron bruscamente y Amanda me soltó asustada.

- ¿Estas bien? – Lloró Amanda – ¿Quieres hablarlo?

¿Hablarlo? No me hagas reír Amanda. Serás como un libro abierto a la hora de mostrar tus sentimientos. Pero hasta un ratón se daría cuenta que no hay nadie mejor que tu para cambiar de tema.

- No, necesito despejarme. Pasear me hará bien.

***

- ¡Ya esta bien, Col! – Gritó Mark – no pienso tolerar que trates al cuerpo de policía como si fuesen perros. Compórtate como un maldito hombre. – esa frase tan solo dibujó una sonrisa irónica en mis labios. - ¿Se puede saber de que te ríes?

Insolente.

- No me río de ti. – Le dije – Me ha hecho gracia tu comentario sobre los perros.

Pero no se por qué. Maldita sea me gustaría saber por que…por que… ¿lobos? ¿Perros? Temo admitir que mi memoria falla. Es frustrante. Demasiado frustrante. Si al menos supiese que me ocurre.

Me levanté sonriéndole y miré por la ventana.

- He decidido cambiar un poco las cosas. Nada del otro mundo.

Mark no pudo evitar ponerse nervioso. Lo noté.

- ¿Cómo que cambiarlas? ¿Ha pasado algo verdad? – dijo él.

- Tranquilo, mí querido amigo, no seas impaciente. Verás que las cosas saldrán según lo previsto. – el silencio se hizo en la sala, el esperaba el momento indicado para explotar. Era más que obvio.

1, 2, 3, 4, 5,6…vaya, tarda más de lo normal…

- ¿Se puede saber como me dices que me quede tranquilo cuando hay nueve miembros de nuestro cuerpo hospitalizados por culpa de tus arriesgadas investigaciones que no llevan a ningún lado?

Boom. Explotó. Habrá que ponerse serio. Vamos a bajarle los humos a este idiota.

- No me hagas perder la paciencia. – Mi tono le sobrecogió y cerró la boca – Ambos sabemos que no quieres que la pierda. – Mi tono se endureció y le miré por el reflejo del cristal. – Será mejor que no me enfade ¿Entendido? – el tan solo asintió – Perfecto. Se que mis ultimas salidas no han sido las mejores, pero tampoco han sido en vano los ingresos de nuestros subordinados. Gracias a ellos se contra quien nos enfrentamos.

Tuve que mirar mi libreta y el me siguió con la mirada. Le miré y su mirada se desvió en cuestión segundos.

- ¿Contra que?- dijo hinchando su pecho de valor.

Lobos. Apunté la palabra lo más rápido que pude en mi libreta. Me acordé, al menos de lo suficiente. Sonreí felizmente y miré a Mark con cara de sádico. No pareció asustarse, supuse que hacía esa cara más de una vez y estaba habituado a ella.

-Contra el diablo. – después de estas palabras estalle en risas, tratando de ocultar mis verdaderos sentimientos, desconcertando a Mark. – No te preocupes por cosas sin importancia y no saldrás mal parado. – Le miré y vi su temor en su mirada, apestaba a miedo. – Ahora tráeme los informes que te pedí hace dos horas. – Pero a pesar de la seriedad de mis palabras y de mi tono el joven me ignoró y continuó con la conversación.

Maldito insolente. Debería respetarme. Solo esta aquí por ser el hijo de mi jefe.

- Col no me cambies de tema. Que seas un viejo lobo no quita que no me de cuenta de lo que ocurre a mi alrededor – esperó a que mostrase enfadó pero me quede callado esto empezaba a ponerse interesante. Se me estaba revelando, no le iba a quitar sus minutos de gloria y una buena historia que contarle a sus amigos. – Varios cadetes, si este es el nombre que se les puede dar, desconfían de tu posición al mando. – Vamos que quiere mi puesto. – He intentado convencerlos de que tus acciones son por el bien del cuerpo – De eso no hay duda. – pero esto no tiene ni pies ni cabeza. – No la verdad que te estás andando un poco por las ramas. – Se que he vuelto al mismo tema de antes…y que no te hace ni pizca de gracia que la gente se tome en broma tu trabajo. - ¿Es necesario que comente? ¿O tan solo específico que me quiere quitar el puesto? – Pero nadie sabe a donde queremos llegar. – pues si tu no lo sabes que llevas dos días en esta oficina, nadie lo sabe. – Necesitamos culpables de los crímenes cometidos. – Y yo que pensaba que buscábamos gominolas. Aguafiestas.

Bueno se terminaron sus minutos de gloria.

- Tendremos a esos criminales que tanto quieres. ¿Se te ofrece algo más?

- ¿Pero cuando? La prensa nos presiona a nosotros y tú desde aquí – indicó el despacho – no te das cuenta. Pero Mike no puede salir de su casa por la noche, Amelia se ve obligada a ir escoltada por dos hombres del cuerpo. Nosotros no pedimos esto.

No tú pedías las gominolas que no encontramos. Mi paciencia se agota.

- ¿Qué no pediste? – suspiré.

- Trabajar como perros y no obtener nada a cambio.

- ¿Y que se supone que tengo que hacer yo al respecto? ¿Acaso crees que es culpa mía? Si es así más vale que lo digas y ambos iremos a hablar con tu padre. – A medida que Mark había empezado a hablar mi furia había incrementado como nunca. Nadie había conseguido enfadarme en tan poco tiempo desde hacía mucho.- Lárgate.

- ¿Qué? – dijo el confuso.

- Que te vayas y me traigas los informes de una puta vez. No tengo toda la noche. – Mark asintió y salió del despacho.

Miré el reloj, era tarde. Pero eso no evitaría que me quedase toda la noche analizando hasta el último detalle del asesinato que había sido cometido dos calles más abajo. He vivido muchas cosas, y sabía que algo no andaba bien por Londres. Los asesinatos habían comenzado escasos meses atrás y no habían cesado. Convirtiendo la ciudad de Londres en un cementerio de cadáveres. Donde las desapariciones eran cada vez más frecuentes y las llamadas de socorro incrementaban de una forma escandalosa.

Esperé un rato a que Mark se decidiese y me trajese los informes, pero pasó media hora y nadie entro por la puerta. Así pues me levante y salí en búsqueda de alguna nueva pista; algo a lo que poder aferrarme y concluir algo para la prensa. Caminé lentamente, observando como mis agentes trabajaban de una forma desanimada y sin motivación alguna. Todos jóvenes y alegres que habían ido cayendo después de cada asalto. Vi el viejo tablón verde y destartalado donde por fotos, fechas y flechas se explicaba como cada caso en específico se veía enlazado a las pruebas de otro caso. Mi cerebro automáticamente se puso a pensar. Pero no me dio mucho tiempo a llegar a una conclusión, ya que sin darme cuenta había llegado a la oficina de A.E.P.F.

- ¡Sargento! Es un honor verlo pasar por aquí. ¿Qué le trae por Asuntos Extraordinarios y Poco Frecuentes? – sin darme cuenta el Señor Tipps estaba enfrente mío, con una sonrisa de oreja a oreja.

- Lo mismo de siempre me temo. – La sonrisa del viejo desapareció inmediatamente.

- Ya le he dicho muchas veces, que aquí nadie llama quejándose de animales. Para eso tiene que ir a la perrera. – cerró la puerta. - ¿Quieres un café? – Sirviéndose una taza.

- NO, gracias. Se que tengo que pasar por allí, pero esos lugares nunca me han gustado. He preferido y prefiero esperar a que alguien se digne en llamarlo a usted antes que pisar la perrera.

- Nadie lo hará sargento. Ni siquiera se porque esta oficina sigue en pie, a pesar de las frecuentes llamadas de lunáticos afirmando haber visto alienígenas o que se han visto platillos volantes. Esta oficina es la que menos importancia tiene. Sin ofender yo creo que aquí el jefe suyo cree en estos seres y por eso la mantiene. – Se paseo de un lugar a otro con la taza en la mano y sonriéndole – No crea usted, sargento, que no me he dado cuenta de las intenciones de su superior. Hace varios días le he visto rondar por esta oficina. – Riéndose levemente –Tenga cuidado que no se le vaya a adelantar a usted y ande buscando lo mismo.

- No lo creo mi querido amigo. Si es cierto lo que usted y realmente este interesado en los alienígenas; puede ser que solo busque datos irrelevantes a mi caso.

- Puede ser, pero mis años de experiencia son muchos y me han dicho que confiar demasiado es peligroso. Yo, por eso, amigos tengo pocos. – tras decir esto, nos despedimos con un apretón de manos y salí sin hacer ruido. Volviendo a mi despacho por el mismo camino, sin detenerme a contemplar a mis empleados ni a analizar el tablón, sin demostrar atención alguna a todo aquello que me rodeaba tomé mi gabardina y el paraguas del perchero de mi despacho, encaminándome a la salida de la comisaría.

Entré en mi mercedes plateado y coloqué el retrovisor de perfecto modo. Una sombra negra se vio reflejada vagamente saltando de un edificio a otro de bajo nivel, en mi retrovisor.

¿Pero qué?

Miré hacía atrás. Nada.

Juraría haber visto algo…La gente de aquí cada día esta peor.

Tiré marcha atrás y me fui de camino a mi casa ignorando lo que había sido eso.