Capítulo 10.

Dos almas que vagaban por campos en tiempos de oscuridad.

No creo que llegase a recuperarme nunca de mis heridas. Pasaron dos días desde la última vez que pise la sala de curas. Agradecí que parasen y me dejasen tranquila aun que solo fuese por dos días. Durante esos dos días Nicolás había venido a informarme de que ocurría fuera de la perrera. Habían comunicado a Amanda y Paulo que yo había muerto al igual que en el colegio. Todos creyeron que yo había muerto mutilada. Bonito final para mi vida. Aun que a este paso seguramente mi muerte sería peor.

No creí por ningún instante que Amanda y Paulo se hubiesen tragado esa bola. Pero no quedaba otra que creer en ella. Puesto que si no era así Aurón se dedicaría a hacerme preguntas de quienes eran y si sabían algo. Pero ni yo misma sabía con certeza si ellos sabían algo.

Cada noche, desde el principio de los experimentos, Nicolás entraba en mi jaula y me contaba historias sobre los clanes cercanos que habitaban las tierras de Londres. Comprendí a que bando pertenecía yo y a cual pertenecía el.

- ¿Cómo te honra decir que estas en el clan de Aurón?

- No me honra joven. Yo no me encuentro en ningún bando, simplemente me veo arrastrado por la ignorancia de mi hija hacía lo que no creo justo. – interfirió el.

- Huye. Deja todo atrás. A mi no me importa quedarme atrás. Las cosas no pueden ir peor. Solo te digo que creo estar en el paraíso estos dos días que no me molestan.

Nicolás tan solo rió con amargura.

- Deberías saber que ahí fuera hay un mundo que espera que les guíes.

-¿Guiar a quien? No importa en que lado o en que clan, crea estar. Ni siquiera se por que pelean y no lucharé si es por una razón injusta.

- Eres joven e inconsciente. Yo se menos que tu acerca de la profecía o de porque has sido elegida. Recuerda que yo tan solo soy un simple humano al igual que mi hija.

- ¿Por qué puedes hablarme? O sea…eres un humano y a pesar de ello te entiendo. – pregunté yo desconcertada.

- No solo Sara y yo te podemos entender. Supongo que cualquier humano puede escuchar tu pensamiento. – Contestó el.

- ¿Por qué es un pensamiento? ¿Por qué no un ladrido o un gruñido?

- Tu voz se escucha como pensamiento por que dudo que de otra forma seamos capaces de entenderla.

Me arrastre por el suelo hacía él y apoye mi cabeza en sus piernas dejando que acariciase mi pelaje. Supe que procuraba no molestarme acariciándome a ratos.

- Te diré una cosa Alice. Algo de lo que por desgracia no me siento orgulloso. A pesar de mi apariencia de inglés, vengo de una tribu lejana de América. Soy demasiado viejo para acordarme de su nombre. Mi tribu adoraba a los lobos. – Mi mirada se reflejo en los ojos de los ancianos y vi su pena – Hablaban de las profecías y leyendas que yo, por desgracia, no recuerdo con certeza. Hablaba de paraísos de ciclos lunares. Donde lobos o lobas solían pelear por la justicia. Cuando me hice mayor y conocí a la madre de Sara, las cosas cambiaron en mi vida. Ella era inglesa por eso nos mudamos aquí. Mis ancestros me avisaron del peligro. Un peligro que yo negué. Cuando Sara tenía seis años, su madre murió en manos de un lobo. Desde entonces he odiado a los lobos… lo que siguió después es otra historia. Que prefiero callar.

Levanté la cabeza y miré con lastima a Nicolás. Sequé las lágrimas que caían por sus cachetes de un lengüetazo y volví a mirarlo a los ojos.

- Ojala y algún día perdones a los lobos. Por desgracia ahora entiendo porque estas en este bando. – Argumente yo con pena.

Vi el dolor reflejado en sus ojos, aquellas palabras le habían dolido. Yo sabía que el no me odiaba, pero sabía que no solo estaba en este bando por su hija. Me levanté y me fui a las mantas que el me había dado para dormir más a gusto. Me hice un ovillo y cerré los ojos. La conversación había terminado.

El lo entendió y me dejo sola sumiendo en la misma soledad y claustrofobia que hacía algunos días ya iba sintiendo. Sabía que me volvería loca si no conseguía salir de esta jaula tan pequeña.