¡Hola, Gente!

Este regalo lo hice para another_pilgrim en livejournal. Espero les guste en algo.

El Peregrino

Una carreta pasaba a la par de él, traqueteando y ladeándose un poco, porque una de las ruedas de madera estaba algo partida. Aún así, iba con un ritmo constante, llevado con insistencia por dos burros que no necesitaban la fustiga de un adormilado carretero, para saber que su trabajo era seguir el camino de tierra, entre una pared rocosa y el interminable y joven maizal.

El Peregrino dejó de mirar al cielo azul y tan despejado, que hería un poco sus ojos por el resplandor solar, por más que el aire y el viento fueran lo suficientemente frío para hacerlo sentir ese tenue dolor en la piel expuesta.

Con un movimiento pausado y sereno, se fijó en lo que fuera que había producido ese sonido constante detrás de él y que, en ese momento, estaba prácticamente a su altura.

La carreta con el hombre medio dormido no le despertaron ganas de gritar y pedir que lo dejaran subirse en la parte de atrás (cuyo heno parecía hasta cómodo) y los vio ir, con tranquilidad.

Le encantaba el camino. Se podía decir que en su vida, ese era uno de los momentos que más le gustaban. Él, su cayado, la mochila con algo de comida y ropa y… los milagros. ¿Un poco de dolor que el suelo y sus piedras, irregularidades y dureza lo hacían tener, después de pasar como si nada la cada vez más angosta suela de sus zapatos? Eso no era algo. Había perfeccionado tanto la habilidad de caminar, caminar y seguir caminando, que lo hacía por inercia, sin sentir el dolor, cansancio, hambre, sed, frío, calor, lluvia… hasta el momento en que fuera necesario sentirlo, justo para que lo remediara de alguna forma.

Por eso no le pidió al cochero que lo llevara, por eso y que sabía que si él se subía, la rueda de la carreta se dañaría del todo, y el hombre en verdad tendría problemas para llegar al pueblo. Sin él subirse, sin él hacer algo, haría un bien al hombre, para que llegara a la casa y esa rueda pudiera ser cambiada sin problemas.

Por lo que, dado que podía y quería seguir caminando, simplemente lo hizo. Volvió la mirada de nuevo al cielo, detrás del maizal que se movía con el viento, y lo arrullaba a él con su monótona y natural sinfonía.

Tal vez más tarde, el carretero lo vería por primera vez y él, de nuevo. Al fin y al cabo, que iban a la misma localidad.

-o-

Sabía que el niño lo había estado viendo por un rato, pero simplemente se quedó aún ahí, en la entrada del pueblo, esperando.

Oyó la risa del pequeño rapaz, detrás de uno de los barriles con especies de la tienda más cercana a la entrada. Él también sonrió. Debía ser de cierta forma gracioso para el niño que él se hubiera quedado varios minutos ahí, esperando. Como si fuera una extraña estatua, aunque con ropa, cabello y mochila que sí se movía al son del viento.

Iba a verlo para decirle algo, cualquier cosa, cuando oyó que venía el caballo que había estado esperando.

Bien, esa era el momento en que consideraba que su vida era una locura porque él estaba loco; que se gritaba internamente que debía dejar de meterse en esas situaciones y volver a su casa, ser un agricultor, tener una esposa y varios hijos y no, no hacer cosas como meterse de la nada en el camino de un caballo porque, simplemente, algo (que no podía ni describir, menos explicar) le dijo que lo hiciera.

Pero fue sólo un momento, uno que era rápidamente sacado de su cabeza, entre dos exhalaciones que dio para tomar valor y el instante en que movió los pies, dio dos grandes pasos y se puso justo al frente del caballo.

El mismo, una mancha café y negra frente a sus ojos y los brazos que puso instintivamente entre el animal y su cabeza; relinchó de nervios, se puso en dos patas y quiso atacarlo. Un grito ahogado del montador fue acallado por los sonidos que profería el caballo y por el dolor que sintió en el antebrazo, donde el casco del animal lo había logrado rasguñar. Aún así, el Peregrino pudo oír lo que había estado esperando: el sonido de algo metálico y grueso cayendo.

Casi al instante, el movimiento que sentía cernirse sobre él con una imponente presencia, terminó. El caballo había bajado las patas, aunque se movía aún un poco nervioso, en el mismo lugar, bufando por los ollares. El Peregrino subió la cabeza y bajó los brazos, sintiendo como su cuerpo se tranquilizaba y el dolor del rasguño en el antebrazo se intensificaba. Aún así, sonrió, mientras sorbía saliva como una manera de no quejarse por el dolor.

—… ¡Majadero zarrapastroso! —oyó los gritos enojados y algo agudos del montador. Un joven perteneciente, a todas luces, a las esferas más altas de la sociedad de ese lugar—. ¿¡Qué hace metiéndose así en el camino!? ¡Quítese inmediatamente!

El Peregrino tuvo ganas de pensar que el latigazo que pasó muy peligrosamente por arriba de su cabeza iba dirigido al caballo aún muy nervioso, pero sabía que no era así. Aún así, se movió a un lado y, servicialmente, hizo la mejor de sus reverencias, pidiendo disculpas. Mientras lo hacía, se percató entonces de la bolsa de cuero que se le había caído al hombre, la recogió y se la tendió tan humilde, que siguió con la mirada en el suelo… vaya, sí que no había llovido en días: éste se veía amarillento, seco y hasta quebradizo, aunque firme. Sintió como el hombre tomaba lo que era suyo de su mano y, sin oírle del todo lo que fuera que le espetara (¿para qué tener los oídos abiertos a palabras necias?), espero hasta que se fuera para mirar de nuevo al niño.

El chico le devolvió una mirada indignada y de furia, aunque luego le preguntó:

—¿Por qué hiciste eso? —como si pensara que era idiota.

El Peregrino fue hacia él con una sonrisa, mientras levantaba a la altura de su rostro, con suave y expedita fluidez, una de sus delgadas manos. Ésta, con un movimiento rápido, hizo aparecer como por arte de magia, dos monedas de oro en dos de los huecos entre sus dedos.

El niño abrió los ojos muy sorprendido y lo miró con una expresión maravillada. El Peregrino le guiñó un ojo y luego le hizo una reverencia, menos cortés pero más real que la anterior, como si su más grande placer fuera hacer trucos para su audiencia, aunque sólo se tratara de ése niño en ese momento. Luego, acercó el rostro y le tendió las monedas.

El niño, aún sin creerse su suerte, no iba a desaprovechar esa oportunidad y enseguida llevó sus manos sucias de tierra y sudor hacia las monedas pero, en un repentino movimiento, el Peregrino las volvió a esconder.

—¡Ey! —le exigió el niño.

El hombre parecía tener una expresión contrariada mientras se volvía a levantar en toda su altura (no mucha, pero lo suficiente en comparación al niño). Luego, lo miró sonriente y apenado:

—Lo siento, niño. Aún no.

Y así, como si estuviera tan seguro de sus decisiones (fuera esa mantenerse de pie, tirarse frente a un caballo o simplemente seguir marchando), el Peregrino siguió su camino por la calle principal, adentrándose en el lugar.

El niño miró a los lados. Un carretero, como su mula, venía por el lado contrario, hacia donde se diría el hombre de ropas pajizas, un sombrero algo puntiagudo, cayado y una bolsa en la espalda, caminando con una tranquilidad que le parecía ofensiva. ¿Es que acaso nadie se daba cuenta de quién acababa de llegar? Pensó el niño, contrariado. Siguió viendo al rededor. Al frente, unas mujeres, que eran las mejores chismosas del lugar, golpeaban a un lado de su casa de madera y sobre su huerta, las alfombras para quitarles la suciedad. No, no se habían dado cuenta, sino, estarían hablando entre ellas… los gritos más allá de la bifurcación de caminos (que ya había pasado el Peregrino), de unos niños que pasaron por ahí corriendo, lo despertaron de su aturdimiento.

¿Es que nadie se dio cuenta?, se preguntó el niño, al corroborar con la mirada que ni el encargado de la tienda, que casi siempre estaba muy despierto a cualquier imprevisto (por eso era fan difícil de robar una de sus manzanas), había salido afuera a seguir con la mirada al recién llegado… El niño tuvo ganas de gritarles: ¡Oigan! ¡Un mago acaba de llegar! Y estuvo a punto de hacerlo, alistando su dedo para señalarlo como prueba, cuando se dio cuenta de que ya no se veía en el camino.

-o-

Al día siguiente, el Peregrino se sentía mucho mejor. Había comido y bebido mientras se sentaba a hablar, con la mujer dueña de la pequeña pensión, de las cosas de ese pueblo. No que no sintiera, de cierta forma, que ya sabía lo que le contaba; simplemente, deseaba que ella tuviera con quién hablar. Después de eso, se había ido a dormir, pero sólo después de darse un muy buen baño en un río cercano y de comprarse una nueva (aunque muy humilde) muda da ropa. Pasó toda la noche en la mullida cama, sin tener sueños de lo tan tranquilo que durmió y, al abrir los ojos, ya estaba listo para cuando el sol asomó por cielo, sentado en la cama y viendo por la ventana. Justo cuando vio al firmamento totalmente clareado, se puso en pie y salió a la calle.

Tenía que reconocerse que, luego de haber caminado por días, era ése otro de los momentos que más le gustaban y uno de los preferidos al encontrarse en un nuevo lugar. El inicio de otro día después de esas horas de puro descanso… Además, había podido cortarse un poco el pelo y hasta ajustarse mejor la barba. Tal vez fuera algo impropio para un itinerante como él, pero en verdad le importaba sentirse limpio, perfumado y acicalado lo mejor posible.

De esa manera, y con algunos objetos en su saco, se dispuso a ir a trabajar.

No fue difícil hacer que un corro de personas se aglomerara alrededor de él, apenas empezó a hacer unos malabarismos y ya la gente estuvo acercándose con extrañeza y, luego, interés, más los niños.

Pronto, mientras el cielo se iluminaba y calentaba un poco, estuvo dejando los malabares a un lado, y empezado a hacer algunos trucos con monedas, bolitas y naipes. Sí, lo estaba haciendo bien: la gente se asombraba con cada nuevo truco, y luego reía, hablaba entre ella y aplaudía con energía, cada vez más, sin decaer.

Cuando finalmente, poco más que una hora después, dio por terminada s función y pasó su sombrero, y al hacer la enorme reverencia, los aplausos fueron grandes.

Así las dos veces más que repitió la función. La mayoría de los que lo veían, repetían la experiencia, pero el que de ellos más le interesaba, el niño que lo había visto llegar, aunque estuvo en las tres funciones, solo se mantenía ahí, viéndolo, casi sin dejarse llevar por la alegría.

Pronto, cuando terminó la tercera función y fue en busca de su almuerzo/desayuno, el niño caminó detrás de él, como si se hubiera dado la misión de ser la persona que registrara todos sus movimientos.

Algo azorado, se volvió a él:

—¿Te enseño algunos trucos? —le preguntó—. Ya que me quieres seguir, podríamos hacer algo productivo.

El niño, que según él había hecho un gran trabajo en su misión, estuvo a punto de escabullirse de su vista cuando el Peregrino lo miró y le habló, fue hacia él aún con una expresión seria y cruzado de brazos.

El Peregrino sonrió, pensando que al parecer aún no olvidaba lo de las dos monedas… Sacó dos bolas de su bolsa y empezó a enseñarle los malabares y a decirle de la técnica. El niño le dijo una palabra malsonante y se fue del lugar…

El Peregrino hizo otro tanto, pero esa vez, fue hacia el restaurante que en la noche se convertiría en taberna, a fungir como contador de historias y hacer sonrojar a una camarera que lo necesitaba…

-o-

Al día siguiente, el Peregrino salió de la posada a la hora en que se dijo que debía hacerlo. Ese era el día en que se iría del lugar. No tenía nada más qué hacer ahí, el camino y los milagros lo esperaban… como el niño en medio de la calle, que parecía haber estado a medio camino de apostarse al frente de la posada en donde él estuvo.

—¡Buenos días! —le dijo él, sonriente.

La verdad era que nunca, desde que iniciara su viaje, le había pasado que una persona lo recibiera y despidiera de algún lugar. Que esa persona fuera un niño enojado con él, no le hacía perder la alegría por la situación.

—¿Ya se va? —en verdad no fue pregunta, fue como una afirmación recriminatoria.

—Sí —le respondió, encogiéndose de hombros.

El niño fue hacia él, enojado, altanero… indignado y dolorido, también.

—¿¡Y mis monedas!?

El Peregrino vio dentro de sí. Sí, ya era momento de darle las monedas. Con el mismo movimiento que hiciera el día que llegó, apareció las monedas en su mano y, esta vez, sí dejó que el niño las tomara. Aún así, como el pequeño parecía verlo y esperar algo más de él, le preguntó:

—¿Algo más que quieras de mí?

El niño pareció dudar un poco, pero finalmente, le preguntó rápido y brusco:

—Si luego podía ganar monedas con lo de sus trucos, ¿por qué se metió en el camino de aquel caballo para robar estas monedas y dármelas a mí?

El Peregrino sonrió divertido y asombrado. ¡Ah vaya! Tenía un pequeño genio frente a él. Decirle la verdad le salió de la nada, al fin y al cabo, que lo podía tomar como un juego o una mentira de su parte:

—La verdad, no tengo idea de porqué sentí que debía dártelas en ese momento, cuando luego supe que en la casa en la que eres esclavo, se habrían dado cuenta del dinero y te habrían dado una paliza por robar de nuevo. —el niño lo miraba con los ojos más abiertos y brillantes que hubiera visto. Él siguió con la historia—. En cuanto a por qué me metí en el camino del caballo, simplemente quería que el caballista se pusiera de mal humor.

—¿Por qué? —le soltó el niño, en verdad interesado.

El Peregrino no le supo decir. En su mente, tuvo la idea y la sensación de LA mujer… la mujer que el Destino tenía para él. No sabía qué tenía que ver el tener que poner de mal humor a aquel caballista con ella, pero sabía que, de alguna forma, eso habría hecho que su camino estuviera cada vez más despejado para cuando la conociera y estar con ella.

Sin darse cuenta, el pensar en ella le abrió la mente al milagro y, como si uno viniera a la par de lo otro; empezó a caminar, viendo, conociendo de a poco y, a la vez mezclados, los que fueron esa vez: como la felicidad de un niño que lo vio haciendo malabares, fue contagiado a la madre lisiada en su casa, mientras él trataba de repetir sus movimientos. O la camarera que se bañaba y veía hacia su reflejo desnudo con una sonrisa, cuando hacía años que no se sentía hermosa, después de que su marido se fuera de casa. O como uno de los jornaleros le contaba a otro una de sus historias de taberna, riendo, haciendo que el trabajo fuera menos fuerte y cansado. O a la posadera, que veía con una sonrisa que él le había reparado sin que se diera cuenta, una puerta. O…

—¿Por qué? —la pregunta insistente del niño, a la vez le tomaba fuerte y varias veces su camisa, lo hizo volver a verlo, apartándose de los pueblerino, viéndolo con sorpresa.

—¿Por qué qué? —apenas pudo decir, sin entender.

—¡Pusiste de mal humor al caballista! —le contestó, como si fuera obvio.

El Peregrino miró al niño y, más allá. Se dio cuenta de que estaba en el camino con un roca de un lado y maíz del otro… miró atrás, rápidamente: había caminado al menos treinta minutos alejándose de ese lugar, y lo más seguro, el niño lo había seguido todo el tiempo, porque no parecía que estuviera cansado después de haber corrido hacia él. Paró de caminar y el niño hizo otro tanto, esperando una respuesta.

—Eso me acercará más a mi amada.

—¿De qué forma? —le preguntó el niño, al parecer sin poner en duda su afirmación.

El Peregrino no le preguntó al niño qué hacía yéndose con él del pueblo y empezó a caminar, mientras le explicaba su vida… el niño le siguió el paso, haciendo preguntas y creyendo en las respuestas que él le diera.

El hombre sonrió: al parecer, no iba a estar solo hasta llegar a su destino. Alguien lo había encontrado a él para seguir juntos sus caminos.

OoOoO

Y eso fue, ¿algún comentario?