¡Hola, Gente!

Éste cuento lo hice para dryadeh en livejournal. Espero les guste en algo.

Noche de Chicas

Ella caminaba con una gracilidad segura y suave, junto a esa solemnidad en su mirada alrededor y la sonrisa en sus labios de pura satisfacción.

Todo el que la viera sabía que era ama y señora de la tierra bajo sus pies, los pesados y ancestrales árboles (que movían sus ramas como agradecimiento a que ella los acariciara ligeramente cuando pasaba a sus lados), la hierba que acariciaban sus piernas a cada paso y de las flores que esperaban ser lo suficientemente hermosas y que su olor fuera lo suficientemente dulce para ella.

Pero él, al verla acercarse, sintió como si un líquido frío llenara su estómago, lo hiciera querer vomitar mientras sus pulmones se desinflaban, dejándolo sin aliento.

Desnuda, suave, sonrosada… humana y sobrenatural a la vez. La luz lunar que entraba por entre las ramas y las hojas de los árboles parecía querer tocarla y hacerla refulgir un poco, mientras su mirada hasta cariñosa se posaba en las suyas.

Un horrible escalofrío recorrió todo su cuerpo y dejó hormigueando a su piel, tan perlada de sudor ya, que la brisa lo hacía tener frío hasta en los huesos. Antes, si hubiera visto que sus ojos se posaban en él, su cuerpo se habría revolucionado, sí, pero de lujuria. Sin embargo, en ese momento, sólo tenía terror.

Ella se acercaba a él. A cada paso que daba, miraba, sonreía y asentía con alegría a las otras. Algunas de ellas rieron en respuesta… ¡Las muy malditas! La oleada de enojo le dio de nuevo la capacidad de mover su cuerpo lo cual pudo agradecer sólo un segundo, porque cuando la mirada de la recién llegada se posó en él, ella dejó de sonreír y frunció el ceño. Supo que era el momento de intentar escapar con todas sus fuerzas o…

Aunque sus brazos eran pequeños, la potencia de sus grandes músculos y la presión con las que sus pesuñas arañaron las enredaderas que ellas habían usado para aprisionarlo a un árbol, lograron que se hicieran un resquicio en su prisión. Antes de que ella terminara de acercar su cabeza a su altura, el sátiro se vio libre y echó a correr lo más rápido que pudo.

Cuando se vio por debajo de las ramas de los árboles, ya lejos del claro y el gran árbol al que lo había apostado, sintió una oleada de regocijo que lo hizo reír y correr más rápido que nunca. Pero dos gruesas raíces lo tomaron de las patas y lo llevaban inexorablemente, arrastrándolo por el suelo y abriendo grandes canales en la tierra que parecía hacerse suave sólo para ellas, hacia donde estaban ellas.

Entre las varias veces que dio vueltas por la fuerza de esas raíces que lo jalaban sin piedad, pudo ver que ellas habían empezado a danzar alrededor del gran árbol que adoraban, riendo, saltando y cantando muy alegres, esperando por él como si fuera sólo un gran entretenimiento.

Cuando se dio cuenta, sus manos sangraban dolorosamente de las varias veces que había intentado aferrarse a algo para poder salvarse y, antes de que pudiera reparar en otra cosa, estuvo estampado de nuevo contra el árbol, sin poderse mover. Las enredaderas envolvían (con una sensación peor que si fueran serpientes) todas sus extremidades y el cuello.

En el idioma antiguo, la recién llegada llamó a la calma:

—¡Chicas, chicas! —sus brazos estaban en alto y palmeaba unas pocas veces que, en sus manos, eran suficiente para hacer música—. ¿Alguien me podría decir por qué él se merece nuestro castigo?

Aunque a cualquier otro le hubiera sido hasta tranquilizador que la que parecía la líder no supiera qué pasaba, para él no lo fue. Eso quería decir que ella era La Disidente, la única que sólo estaba una noche cada seis días. La más irascible y desalmada de… tal vez todas las de sus especies.

Y él que se había reído de saber de ella sólo unos días antes, en la gran fiesta de dos días que le habían hecho por su llegada. Ahora, viéndola, estaba seguro que las miradas que muchos le dieron cuando hizo sus bromas, y aún estando medio ebrios, era más que justificada.

Pues cuando una de ellas, la de hoyuelos y cabello muy negro y enrulado, se acercó a la mujer y se dieron un abrazo, temió que lo sabría de esa forma como todas parecían saber lo que las demás habían pasado. Lo que él había intentado hacerle a la de cabello negro, estaba siendo vivido por la líder en esos segundos que duró el abrazo. Y, después de eso, no saldría incólume.

La mirada de la mujer le mandó (después de despachar cariñosamente a la muchacha), increíblemente, no la hizo más fea sino más hermosamente imponente.

—Ya veo. ¿Quisiste violar a una de mis chicas?

A él le hubiera encantado poder abrir la boca más que para intentar poder llevar un poco de oxígeno a su cuerpo… las demás mujeres gritaron, asintieron y se airaron, aunque su forma de hacerlo fuera como en un coro que llegara al momentos más álgido de una tragedia.

Pero ella, la líder, lo miraba en silencio y seriedad.

—Se sabe que no vamos a tolerar nunca más que se usen nuestros cuerpos. ¿Tú lo sabías también? —acercó una mano, los dedos finos y suaves, a su cabeza. Él intentó alejarse, pero no lo logró. Se extrañó que no sintiera dolor o algo terrible cuando ella lo tocó apenas con las yemas y cerró los ojos un instante. Luego, alejó la mano como si hubiera estado tocando la cosa más asquerosa que ella pudiera imaginar—. Ya veo. Acabas de llegar, pero sabías que no podías acercarte con esas intenciones a nosotras. —Pensó un instante viéndolo, muy severa y respirando profundamente. Parecía estarse controlando de hacer algo violento, lo cual resultaba hacer que él pensara en lo peor que le podría pasar. Luego dijo—: Como hospitalidad a los invitados a este bosque, tendremos piedad contigo.

El lamento de las otras no fue oído por él, que sentía tan felicidad que…

—… Sólo serás medio castrado. Perdonaremos tu vida y tus testículos.

—¿¡Qué!? ¡¡¡NOOOOO!!!! —el terror le dio de nuevo voz, mientras movía su cuerpo de allá para acá, tratando de salvarse.

¿Un sátiro sin pene? ¡No era mejor, más honroso para él, que lo mataran!

Las mujeres reían ante el espectáculo, se acercaron, lo rodearon y miraron con ojos espeluznantemente brillantes. La líder sacaba una afilada hoz de madera desde el tronco del árbol, (metiendo la mano en este como si sólo se tratara de agua), la de cabellos ondulados se acercó más a él.

—Tú eres la agraviada, tú tienes el honor.

El grito de horror y dolor, las risas y los cantos se oyeron por todo lo que quedaba del bosque y llegó ante los otros sátiros, que estaban comiendo y bebiendo… y haciendo como que ningún otro de los suyos estaba siendo castigado. Él tenía la culpa. Ellos lo habían entendido después de tres muertes y siete castraciones, hacía varios años: no se podían acercar a ellas, si ellas no querían que se acercaran. Se lo habían intentado decir y él no les creyó, por lo era su culpa. Dos de ellos brindaron por él y tomaron de sus botellas, el licor cayendo por su boca hacia los cuellos.

Pero, poco después, y haciendo uso de los que les quedaba de raciocinio en medio de tanta bruma etílica, se recordaron bajarse a ras de suelo, mirar subrepticiamente entre las ramas, ¡nunca arriba de ellas! Y, jamás, acercarse más al río.

El sonido de sus pasos, música, risas, canciones… llegó hasta ellos antes de que las mujeres aparecieran entre los árboles felices, viéndose, abrazándose, riendo y jugando entre sí con la aparente ingenuidad de unas niñas. Muchas de ellas se tiraron al río de aguas cristalinas mientras otras, afuera, seguían la música.

Mucha de la noche estuvieron así y la más feliz de ellas, era la líder. Y ellos las vieron, alegres, dándose a la idea de que sino se portaban bien.

—¡Ey! ¡Un poco de licor no nos vendría mal! —gritó la líder entre tanta algarabía, mirando a uno de ellos y diciéndole que llegara, con unos sensuales movimientos de dedos.

¡Y todos, todos los sátiros, de todo tamaño, formas y estados de ebriedad, se pusieron en pie desde los alrededores y fueron hacia ellas, a celebrar!

Sólo una vez cada seis días, las dríades volvían a ser las de siempre. Cuando llega su líder, y ellos tenían que aprovechar.

-o-

Ella se levantó de sobre la alfombra de musgo verde y seco en la que había estado, apenas sintió llegar al sol. Dejó a uno de los sátiros, de los más altos y con sólo cuernos y una cola de caballo, durmiendo ahí, después de haberse esmerando tanto con ella esos últimos momentos de la noche.

Tenía que alejarse al instante y con rapidez. Sin volver a ver atrás, pasó de entre un árbol a otro… sus cabellos dejaban de ser tan largos, rubios y sedosos, perdiendo volumen, brillo y color, para a estar casi totalmente encanecidos. Sus facciones ya no eran simétricas y aparecían arrugas rodeando sus ojos, labios y en la frente, como en el cuello. Sus pechos caían y engordaban, su cintura y caderas se llenaban de grasa y algunas estrías, su piel estaba algo reseca y varias venas eran más visibles…

Ya estaba casi totalmente convertida cuando llegó a las afueras de la cabaña y buscaba la ropa donde la había dejado. Dejó el vestido como estaba, y se puso la pijama. Luego de saludar a sus plantas en el gran invernadero con la mirada, entró a su casa con todo el cuidado y silencio que había perfeccionado en tantos años de llegadas tarde semanales y se alistó a acostarse.

Cuando lo miró ahí, canoso, barrigudo, con las cejas más largas de lo necesario y roncando tan fuerte, ella sonrió y se acurrucó junto a él. Recordaba al botánico que hace casi setenta años había conocido en los bosques, del que se había enamorado y el que le había cambiado su vida.

Y ahí, después de tantos años, cinco hijos y trece nietos, podía estar feliz de ir una noche con los suyos y disfrutar como por varias décadas hizo, pero sabía que él y esa vida, era su vida.

—… No te oí llegar —le dijo él, después de que el despertador lo despertara al instante y ella, apenas se terminaba de acomodar a él—. ¿Cómo estuvo tu noche de chicas? ¿Algo salvaje que deba saber? —bromeó.

—No. Hablamos de flores, ropa, nietos e hicimos las delicias hablando sobre los vecinos.

Él la miró y vio a la joven muchacha que había sorprendido bañándose desnuda en un río, cuando se había perdido en el bosque. Al verla, y recordar toda su vida juntos, no le importó saber que le mentía, que siempre le había mentido sobre sus ausencias las noches de los sábados. Porque ella siempre regresaba, y eso era lo importante.

—Duerme un poco… yo veré a las niñas hoy.

Ella le asintió y se durmió al instante, mientras él iba a regar las flores del invernadero.

OoOoO

Y eso fue… ¿algún comentario?