¡Hola, Gente!

Éste lo hice para nell_charentes en livejournal. Espero les guste en algo.

Vacaciones

Estaba harto. Harto y cansado. Llevaba más tiempo del que quería recordar en ese trabajo y, después de haber hecho tanto, de ir por el mundo en misiones que, según ellos, sólo él podía desempeñar, ¿no era justo tener algún descanso?

"No", se dijo en silencio, "No, para ellos no será justo". Había estado por media hora, quizás más, sentado en la acera del frente de la del "Banco Maghreb". El más valioso en el planeta pero, a la vez, el que debía tener la peor fachada de todas. A la par de los rascacielos que lo rodeaban y, cada vez más, parecían ahogarlo, él se mantenía inalterable: Apenas cuatro pisos de altura, una arquitectura gótica, que recordaba a una iglesia o castillo funcionado con un edificio. Las rocas oscuras de sus paredes enmohecidas, las ventanas llenas de polvo y nadie siquiera se acercaba a las puertas de madera dobles con manchas de humedad. Ni los grafitis en la fachada eran bonitos: sólo palabras sin importancia ni color que, también, parecían viejos.

Los humanos comunes pensaban que era una construcción sin usar en al menos cincuenta años, y que no había derribado porque era "patrimonio histórico". Quienes fueran los que estuvieran al cargo de ese edificio, aunque no se preocuparan mucho por tener en buen estado su exterior, sí se encontraban más que interesados en no dejar que ese espacio fuera usado por cualquiera que quisiera el lugar.

Al (como se hacía llamar), miró al "Banco" entre las personas que caminaban en las dos aceras y los autos de la calle. Estaba sentado a un costado de las escaleras de algún edificio lleno de oficinas importantes para los humanos. Aunque se encontraba invisible, había hecho una pequeña barrera (como todo yinn que se respete) para que los humanos no chocaran con él.

Dio una respiración y se levantó para caminar entre la gente, aún invisible, hacia donde debía ir. De alguna manera había logrado que, aunque iba prácticamente en línea recta, nadie o nada golpeara con él y aún pareciera (la mayoría del tiempo) que el orden humano en ese lugar no se rompía.

Sonrió al pensar que, pronto, esa construcción del banco sería sospechosa y que terminaría siendo derrumbada después de que los "inquilinos" se cambiaran, junto a todas las reliquias, de país. Luego negó con apatía y hasta un repentino acceso de debilidad corporal. No, mejor que no fuera pronto. No quería vérselas con todo lo que conllevaba pasar de lugar las cosas (por decirles de alguna forma) que había ahí y, además, hacer a otro lugar la "Cueva de los tesoros".

Apenas estuvo frente a la puerta con los vidrios llenos de radios pero no quebrados, ésta abrió. Él entró y se encontró con la oscura como bienvenida. Si fuera luz, sí hubiera sentido sorpresa y, tal vez, temor. Pero esa negrura que nadie podría desentrañar, le fue hasta acogedora.

—Señor Al —le dijo la voz del ser confinado a la cueva, en la antigua lengua de los yinn.

—¿Fattâh, cómo has estado? —Preguntó con naturalidad y en el mismo dialecto, como si estuviera hablando con alguien a la par, y no con una voz gruesa y varonil que parecía un eco a sus oídos.

Caminó por varios minutos. Siempre era así. Podía ir de un lado a otro, a derecha, izquierda, hasta devolverse y siempre terminaba entrando a donde se le esperaba. Parecía que a donde fuera en ese sitio, se llegaba más a razón del tiempo caminando, que de distancia o dirección.

Como único entretenimiento, pensó en los objetos que él había traído durante tantos años de trabajo para los Hechiceros de la Cueva. Cada uno de ellos, y parte de sus historias, parecían una bruma leve en su cabeza, sin pensar o recordar demasiado en alguno. Además, esperaba a que Fattâh respondiera y oía sus pasos extrañamente agudos en el suelo que no podía ver, pero sentía muy regular.

El protector sin cuerpo que era, y no era, esa construcción; se mantuvo en silencio y eso lo hizo sentir cierta desazón al cabo de varios minutos. Fattâh fue uno de los más poderosos ghül de tiempos mucho más antiguos a los que en que Al apareciera en el mundo. Sin embargo, Fattâh había sido atrapado por uno de los Hechiceros y vinculado a la "Cueva de los tesoros" por tanto tiempo que, en esos momentos, había perdido mucho de la personalidad que alguna vez tuvo. Simplemente parecía existir, cada vez más, para lo que se necesitara de él como morada y defensa del sitio.

No que el Fattâh que él recordara, el de hacía unos tres siglos, fuera el ser más amigable y agradable con quien estar. Lo que pasaba era que Al había sido atrapado y vinculado también a un objeto por algunos siglos. De esos años, la gran mayoría estuvo encerrado… y no, después de vivir eso, no le deseaba a ningún aliado estar a punto de perder su propia personalidad.

Cerró los ojos, por más que no pudiera ver algo, y se regañó: "No, aquí vas de nuevo". Pero no lo podía evitar. Cuando la recordaba, siempre se tenía que dar un momento para sentir el agradecimiento y la aún, aunque cada vez más leve, melancolía que su recuerdo le abría en el pecho.

Si su Badry, cuando lo heredó de su anterior amo antes de morir, no lo hubiera terminado deseando a él, probablemente estaría en una de las cámaras secretas de la Cueva, inconsciente en el anillo. O, sino afuera, haciendo travesuras a los humanos. Él no era de los que fueran amables con ellos antes de que lo encerraran, pero tampoco fue especialmente cruel…

Sin embargo, lo que más le agradecía era que después de ella, él nunca volvió a ser el que era antes de ser vinculado al anillo. Podía haber perdido de su poder al ser de nuevo un sirviente, pero tenía cierto margen de acción y, además, gracias a Badry, estaba más completo como ser viviente, se podría decir.

Viéndolo desde esa óptica, no le había ido nada mal. Casarse con Badry como ella quería, cuando se suponía que no debía, y hasta tener un hijo y descendencia gracias a ella había valido la pena. Y así seguía creyéndolo, por más que terminara como esclavo de los Hechiceros de la Cueva después de que Badry se le muriera en su ancianidad, terminara así su deseo, y los Hechiceros pudieran administrarle el castigo.

Y sabiendo la clase de castigos que podían dar, a él le había ido demasiado bien.

Gracias a la misión de encontrar, vincular y traer a ese lugar a los más desenfrenados ifrits había conocido tanto del mundo, que su vida había sido lo mejor que podía ser. Bueno, a él no le encantaba haber estado en peligro de desaparición más veces de las que ya contaba, pero ¡Ey! Era el más completo de los yinn, el único que también podía ser hechicero por la humanidad que aún conservaba desde los años en que fue esposo de Badry… o el único que de ellos que no se confinara a una Cueva.

Y justo después de recordarla a ella y todo lo que se había suscitado en su existencia gracias a esa mujer (¡era increíble que aún se sintiera sobrecogido por eso!), se dio cuenta de que estaba frente a los Hechiceros de la Cueva.

Eran dos, aparentemente una mujer y un varón… o escogían esas forma, como él prefería la masculina después de que Badry lo eligiera como marido.

Además de eso, no sabía mucho de ellos. Se decía que alguno era un gran hechicero humano que pudo, de alguna forma, controlar el poder de un marid en su cuerpo y así, hacerse inmortal. El otro, era un marid en toda regla que había conseguido tener magia como los hechiceros y que, al ser de los pocos siempre amables con los humanos, había terminado aliándose con el otro. ¿Cuál era el que siempre se presentaba como hembra o varón? ¿En verdad eran pareja? ¿Por qué se habían recluido en la Cueva, y, desde antes que cualquierarecordara, se instituyeron como jueces de los yinn? De esas y muchas otras preguntas no tenía respuesta, porque los Hechiceros jamás las contestarían.

Esa manía de no contestar a preguntas más que con evasivas, lo ponía de mal humor. Además del hecho que siempre que salía de esa Cueva, en su mente no recordaba más que las palabras de los dos y sus voces, una masculina y otra femenina. Nada del sitio, de cómo se veían, ni siquiera de la entonación de sus palabras. Muy injusto, más porque Al sabía que ellos veían en él, todo en él, aún desde antes de estar en su presencia.

Por eso, al sólo verlos, sintió como regresaba a su persona la apatía que antes, al caminar, se le había tranquilizado un poco.

Después de la última misión (donde el ifrit era marid que había enloquecido), y de haber durado tanto tiempo para poder vincularlo, mientras el ifrit dejaba el lugar destruido, muchos humanos muertos o con las vidas destrozadas… necesitaba vacaciones de ellos, sus mensajes misteriosos que no eran de ayuda a la hora de luchar y de toda esa vida suya, que no otra cosa que "misión, espera de no menos de tres días si una lesión seria no la prolongaba más y, nueva misión". ¿Qué haría con ese tiempo para sí mismos? No importaba, simplemente lo deseaba y, sabía, se lo había ganado.

Pero antes de pedirles algún tiempo sacó de su chaqueta la pulsera, de oro con runas en la lengua mágica del desierto, que ellos le habían dado para que vinculara al ifrit, y se las presentó.

—Aunque con más dificultades de las que cabría esperar, aquí les traje el yinn que quería que encarcelara.

—Oigo y siento rencor en ti—le contestó el de la voz femenina.

"¡Pero qué inteligentes!" pensó con sorna, "con razón nos dicen "genios" los occidentales"…

—El que estés acostumbrado a visitarnos no te da derecho de tomar libertades con nosotros, recuérdalo —reclamó en seguida el que le había hablado, como si él hubiera dicho las palabras que simplemente habían pasado por su cabeza.

Apenas se controló de pensar algo más de lo que creía sobre que se metieran en su cabeza de esa manera. Controló su enojo, y siguió hablando con todo el respeto que podía.

—Lo siento, pero cometí el error de creer, como ustedes no me dieron ninguna advertencia o me facilitaron algún objeto o magia para esa misión, que ese ifrit no era especialmente poderoso cuando sí lo fue. Por eso duré más de dos meses en la misión.

—Lo sabemos. Es bueno ver que te has recuperado totalmente de las heridas antes de llegar aquí —dijo el de la voz de varón.

Estuvo a punto de gritar "¡Ese no es el punto!", pero no lo hizo. Aún así, esperó a que alguno de ellos lo amonestara por haberlo pensado.

Pasaron varios minutos en silencio, sin que ellos lo amonestaran y sin que él tuviera nada más que comentar sobre el asunto. Sabía que los Hechiceros pasarían de saber de las bajas humanas, con tener el yinn y que sin los humanos sospecharan de su existencia, eran felices. Por lo que él se empujó a decir el otro tema que le interesaba de una vez, no dejando al nerviosismo meterse en su cuerpo:

—Tengo más de trescientos años cumpliendo a sus órdenes. La gran mayoría, sino todas, las he cumplido con gran éxito. Además, estarán de acuerdo conmigo en que, exceptuando a unos pocos como Fattâh, que un yinn haya servido de continuo y por tanto tiempo a un solo amo casi nunca se ha visto. Por lo que creo que pedirles, respetuosamente, una década como sabático, es justo.

El silencio en el lugar era tan grande y largo, que Al estuvo tentado en irse dando por hecho su negativa, pero no lo hizo. Nunca debía irse de la presencia de los Hechiceros sin que ellos lo aprobaran. Era una de las reglas de su extraño protocolo, como la de: "no hagas preguntas, que no conseguirás respuestas claras".

—Te daremos algo que deseas —dijo al fin el de la voz femenina, que solía ser el que más hablaba.

Se dio cuenta de que, estúpidamente, esas palabras lo hizo sentir ilusión, por más que sabía que no debía esperar mucho de ellos. Solían ser, a su manera, embaucadores. Como buenos yinn, al fin y al cabo.

—Toma. —y él recogió de la mano del Hechicero que parecía mujer, un anillo.

, se dijo al ver el nuevo objeto para que fuera vinculado a un yinn. Otra misión. Como había esperado. Bajó los hombros y la cabeza, cerrando los ojos. Ese cansancio no físico, sino mental, lo estaba atacando de nuevo. Estaba tan harto…

—¿De qué se trata la misión? —tuvo que decir, como buen esclavo.

—Tú lo decidirás —le respondió la voz femenina—. No sabemos de qué se tratará. Eres el primer yinn que tiene lo suficiente de humano para poder ser su propio amo.

Al subió la mirada. ¿Estaba oyendo lo que estaba oyendo?

—Tu castigo ha terminado. Ya no nos debes servidumbre —remató el de la voz masculina.

Al no sabía qué le pasaba. Temblaba, le costaba ver el anillo en sus manos de lo tanto que lo hacía y, se dio cuenta, las lágrimas en sus ojos. Era tanto, tanta emoción en su cuerpo, que la mente se le había bloqueado y quería llorar y gritar, y saltar y… se había quedado ahí, petrificado, el cuerpo temblando de contener tanto sentimiento dentro de él.

—Yo… yo… no creí que… —intentó hablar, apenas pudiendo verlos, apenas pudiendo siquiera abrir la boca y mover la lengua y, menos, dar con las palabras para expresarse. Sabía que lágrimas recorrían sus mejillas, las sentía hasta llegando a su cuello.

—Además —siguió el que tenía la voz femenina—. Te damos permiso de ver a tu descendencia…

Y cayó, porque simplemente le había hecho tener, en la mente, la información de cientos de personas a las que Al sintió tanto cariño de sólo saber que existían, que se sintió caer al suelo, no pudiendo su cuerpo sostenerlo más en pie de la felicidad, la tremenda felicidad. Empezó a reír, enloquecido.

—Ya te puedes ir. Pero recuerda, aunque casi tengas alma humana, sigues siendo un yinn. Si vuelves a hacer algo en contra de nuestras leyes, no seremos tan indulgentes contigo —dijo el de la vos masculina, y el silencio que le siguió fue el más cómodo que algunas vez Al hubiera sentido.

No supo por cuanto tiempo estuvo riendo, llorando, orando, dando gracias ahí, postrado con la cabeza hacia el suelo. Simplemente supo que, cuando por fin pudo ponerse en pie, se dio cuenta que estaba a menos de un metro de la puerta de entrada.

—He estado alegre por ti —le respondió Fattâh, a la pregunta que hacía tanto tiempo le había hecho.

—Gracias, camarada. —le respondió él, con una sonrisa hasta ya dolorosa en su boca, y una voz aún débil.

Al pensó que iría a visitarlo continuamente, para hacerle preguntas. Tal vez eso lo ayudara a no olvidarse de él mismo… la conciencia de que esa era su primera decisión como yinn libre después de más de 800 años en esclavitud, lo dejó embriagado, viendo sin ver la calle frente a él, cuando Fattâh le abrió la puerta para despedirlo.

—Te visitaré, Fattâh. —fue su despedida.

—Gracias, señor Al.

Y, mientras se ponía el anillo en su dedo meñique (seguía con la medida que usara su Badry cuando ella lo usaba, y no lo quiso cambiar). No se hizo invisible, caminó por la calle sin dirección alguna, y sin importarle que su cara algo trastornada extrañara a algunos humanos.

Luego, volvería la alfombra voladora que había dejado en el callejón donde aterrizara esa mañana, imaginando que nunca obtendría unas vacaciones. En ese momento, sólo quería caminar, caminar y ver y sentir el mundo, porque hasta este parecía haber cambiado a ser más hermoso. Un mundo donde él era libre, tenía que ser más hermoso…

OoOoO

Y eso fue, ¿algún comentario?