¡He aquí el epílogo! Perdón por la tardanza, hace cerca de una semana que lo había terminado pero en esos mismos días, quitaron mi internet ¬¬ Sí, eso fue mala suerte. Aparte de que no tenía mucho tiempo para escribir, tengo algunos compromisos por el fallecimiento de mi abuela y cosas relacionadas con la universidad. Así que ya saben.

Había dicho que esta historia era un Short Fic, o sea que tendría en promedio unos 10 capítulos. También había dicho que faltaban dos capítulos para finalizar, pero decidí juntar esos dos capítulos en un Epílogo.

Espero que lo disfruten tanto como yo. GRACIAS A TODOS POR EL APOYO, LA PERSISTENCIA Y LOS COMENTARIOS POSITIVOS. ¡MIL GRACIAS!

Ahora lean y comenten ;D


Tardó varios segundos en encontrarla y en cuanto lo hizo, se arrastró por el suelo, ensuciando sus impecables prendas hasta lograr atravesarla. Pero tardó demasiado en hacerlo que cuando se levantó, dos hombres se encontraban apuntándole con sus pistolas.

—No te muevas, o te vuelo la cabeza—le ordenó uno de ellos que tenía la vista fija sobre su frente, dispuesto a disparar hasta por el más simple movimiento.


Epílogo


Hizo y deshizo miles de planes, ideas y simples consejos que su mente le daba para escapar de esa terrible situación, de aquel callejón sin salida y en donde dos hombres amenazaban con mandarla directamente a lo que era el cielo o el infierno. Los segundos transcurrían y los sujetos comenzaban a empuñar y apuntar con mayor confianza, preparados para cualquier alarmante movimiento.

Myriam pasó saliva con dificultad, exponiendo a ojos ajenos todo el nerviosismo que atacaba su cuerpo hasta ponerla temblar. Sus manos sudaban y sus piernas se tambaleaban sin soportar otro minuto conteniendo el peso de su ser. Desprendió la mirada de los cañones de las armas largas y divisó el extenso pero áspero camino que la invitaba a correr a través de él, como si de alguna forma le dijera que ahí encontraría la libertad que tanto anhelaba.

Los individuos armados se percataron de ese ligero pero muy sospechoso movimiento y enseguida se encargaron de advertirle con una voz imponente.

—Ni lo pienses. No escaparás.

Dos segundos después un estridente y agudo sonido polifónico les hizo sobresaltarse y enseguida buscar de dónde provenía aquel ruido que interrumpía las amenazas y un momento muy tenso. Los tres observaron un celular que se yacía bocabajo sobre la tierra, en aquella zanja que momentos antes la joven atravesó.

La primera reacción de Myriam fue soltar un corto y espontáneo quejido al percatarse que se le había caído el teléfono de Karen del bolsillo, y sabía que no podría ser tan rápida para tomarlo y salir corriendo, así que optó por dejarlo y huir en esas milésimas de distracción para precipitarse hacia detrás de un arbusto seco, pero suficientemente espeso para hacer que los tiradores perdieran un poco de precisión.

— ¡Maldita perra! —Le gritó uno de ellos cuando se giró y comenzó a correr a toda prisa— ¡Síguela, qué esperas!

Tres disparos se escucharon pero sólo uno alcanzó a darle a Myriam.

La adolescente gritó de dolor cuando la bala rozó contra su brazo. Se tambaleó amenazando caer al suelo, pero fue suficientemente hábil para impulsarse y seguir corriendo a través del improvisado camino de tierra suelta, procurando mantenerse oculta detrás de aquellas frágiles y tupidas ramas.

— ¡Corre, corre! —apresuró un sujeto a otro, que intentaba pesimamente pasar por debajo de la reja. Pero aquel espacio era tan estrecho que su ancho cuerpo le hacía la dura la tarea.

Myriam dejó de pensar en el agobiante dolor y siguió corriendo casi sin visibilidad hasta que subió un considerable montículo y cayó de bruces contra las piedras. Reprimió otro quejido y se levantó para mirar hacia atrás, temerosa de que los hombres estuvieran cerca de atraparla. No vio a nadie y se relajó por un momento. Se puso de espaldas contra aquella colina y bajó su cuerpo para ocultarse. Era un muy pobre escondite, pero era lo mejor que podría encontrar en esa zona desértica.

No tardó demasiado para estremecerse de nuevo. Unos pasos y un par de exclamaciones de furia se oyeron peligrosamente cerca. Myriam mandó una mano a su boca y cerró los ojos, como si de esa manera se pusiera salvo de todo. Tardaron relativamente poco para darse por vencidos y regresar con maldiciones de por medio.

—Por favor, vengan pronto—musitó con la respiración acelerada.

La adrenalina fue bajando con los primeros minutos y se sintieron los estragos de la acción. El dolor volvió a resentirse en su brazo y sus ojos se ajustaron a la oscuridad para notar que su prenda estaba rota en línea recta, por debajo de su hombro. Utilizó los dedos de su mano derecha para separar la tela manchada de sangre y ver con claridad la herida.

—Demonios—masculló apretando los dientes al ver el pedazo de carne que le faltaba. Giró la cabeza a otro lado y volvió a ver corte después de controlar sus ganas de vomitar.

Era un verdadero alivio que la bala no se hubiera incrustado en su cuerpo, sino que solamente había rozado y arrancado literalmente su piel, con una profundidad de apenas tres centímetros. Lo malo, era que no sabía qué hacer, nunca había tomado clases de primeros auxilios o algo por el estilo, por lo que recurrió a lo que veía en las películas; un torniquete con un pedazo de tela para evitar una hemorragia. Arrancó con bastante torpeza un largo trozo de su blusa y la amarró poco más arriba en torno a su brazo. Soltó un profundo suspiro lleno de frustración, no había duda que en la televisión todo se veía más fácil de lo que era. Lo tendría en cuenta para protestar en la siguiente película de guerra que viera…Si es que salía viva de ahí.

Siguió esperando escuchar las sirenas de las patrullas, debido a que se le hacían eternos los segundos que transcurrían. Quiso tomar el teléfono de su pantalón para mirar la hora, pero no encontró nada. Desesperadamente buscó de nuevo hasta recordar que se le había caído. Un quejido de angustia brotó de su garganta y se acostó por completo sobre la tierra, con las manos contra la cara. No podía creer que le estuviera pasando eso. Primero obligaba a la única aliada y amiga en su complicada vida para que la ayudara a escapar. Ella, por supuesto, se ofrecía a hacerlo otorgándole un sagrado celular, pero que luego ella lo dejaba en manos enemigas. En donde seguramente ya se habían enterado que le pertenecía a Karen, era más que obvio con ese fondo de pantalla en donde ella aparecía.

Se lamentó y no pudo controlar que un par de lágrimas huyeran de sus ojos. No deseaba pensar que pudieran hacerle a Karen si llegaban a encontrarla, seguramente confabularían en su contra por ser la cómplice de la prostituta de Kin. Sólo deseaba que algún día llegara a perdonarla.

Dejó de pensar en cosas malas y se exigió mantener las esperanzas. La fe mueve al mundo, se dijo a ella misma mientras miraba el cielo estrellado. Apretó las manos inconscientemente, provocando que su brazo herido palpitara.

El tiempo pasaba con lentitud o rapidez, no lo sabía. Había perdido la noción del tiempo, se sentía cansada y la pérdida de sangre colaboraba con ello. La noche no parecía aclararse ni siquiera un tono, ni había rastro de que el sol apareciera pronto, sino todo lo contrario, la oscuridad se asemejaba a un monstruo aterrador que se alimentaba de todo a su alrededor, consumiendo la poca luz que había en los objetos para dejar a su víctima sin ninguna defensa, como ahora mismo ocurría con ella.

Se abrazó las piernas para mantener el calor, ya que la fría e imponente noche le hacía titiritar. De pronto, se imaginó ser acechada por cientos que invisibles personas, o quizás animales. Sí quizás agresivos y hambrientos animales… tal vez coyotes. Se apretó aun más y cerró los ojos para evitar las alucinaciones.

De pronto, escuchó un ruido muy cerca de su escondite. Se escuchaba como si algo o alguien movieran los arbustos ásperos, avisándole que se aproximaba. Myriam abrió los ojos de par en par y retuvo su respiración. Su temor iba en aumento y le era imposible controlar su ritmo cardiaco. Buscó desesperadamente una roca para defenderse y luego la apretó contra su mano. El sonido seguía ahí, como si se burlaran de ella, retándola. Hasta que estuvo demasiado cerca y Myriam se levantó de golpe con un grito precipitado.

— ¡¿Qué es lo que quieres? —gritó con la mano preparada por encima de su hombro. Nuevamente no encontró a nadie, excepto a la oscuridad. Miró hacía abajo y sintió que algo corría lejos de sus pies, quizás un conejo o una rata, quien sabe. Soltó un suspiro de alivio y su risa nerviosa comenzó a resonar—Estoy volviéndome paranoica—soltó la piedra y se rascó la cabeza con inquietud.

Echó un vistazo al final de la ruta que le había indicado Karen; el pueblo de las fiestas. Divisó unos pequeños puntos de luz, evidenciando la larga distancia que los separaban. Entre el miedo y la emoción comenzó a caminar hacia aquella dirección, no podía soportar más tiempo sentada en la oscuridad sin saber qué sabe que cosas estaban vigilándola, sólo esperando el momento en que se quedara dormida para comérsela.

Avanzó a paso lento al mismo tiempo que su imaginación la traicionaba, las sombras se convertían en propensos depredadores y las estrellas del cielo ahora se asemejaban a ojos curiosos. No estaba segura en ese lugar.

Trotó ansiosa y un tanto jadeante. Pero entre más corría menos parecía acercarse a aquellas luces del lejano pueblo. Pensó si la posibilidad de ser rescatada ahí era segura, pero sus cavilaciones volvieran a engañarla y de repente se sintió insegura a los extraños. No podía confiar en nadie y menos en personas que vivían incivilizados en una región abandonada.

— ¿Qué hago, qué hago? —preguntó mordiéndose los labios.

Un estruendo casi ensordecedor la hizo agacharse y cubrir sus oídos de modo instintivo. Dio la media vuelta hacia la hacienda en donde había presa y logró percibir gritos, ráfagas de disparos interminables y las solemnes sirenas de la policía.

Sonrió con absoluta alegría y las lágrimas de satisfacción recorrieron su rostro.

—Están aquí…Están aquí—musitó en un hilo de voz. No podía creerlo, le era casi imposible hacerlo. No era un sueño, no era una alucinación, en verdad la policía estaba ahí, la iban a salvar…Por fin.

Sus piernas flaquearon y casi cae de rodillas de la incredulidad. Se apoyó con su brazo sano y se irguió con valentía. Si era ahora de dejar las inquietudes atrás, mirar al frente y entregarse a la ley, así lo haría. Era consciente que ellos primero atraparían a los narcotraficantes, no había duda que ella les había dado una valiosa y seguramente muy anhelada información. Prácticamente les había entregado en charola de plata a, quizás, uno de los más grandes magnates del narcotráfico. Los atraparían gracias a ella. Pero no quería alguna recompensa, sólo anhelaba desaparecer de ese infierno y no volver a verlo jamás.

El alboroto cada vez se hacía más insoportable e inspiraba a Myriam alejarse lo más posible de él. Pero no podía, debía de encontrar a los policías y decir que ella era la prisionera hasta que la pusieran bajo un resguardo, no ahí, donde la noche sombría la hacía sentir indefensa.

Esperó por un tiempo más, hasta que los disparos cesaran un poco. Lo menos que deseaba era recibir una bala perdida y quedarse tirada, desangrándose.

Cuando aquel escándalo se apaciguó, no se sintió del todo tranquila; eso quería decir que alguien por fin había ganado: Buenos o malos. No lo sabía. Los policías tenían el factor sorpresa de su lado, pero los otros desalmados hombres tenían aquella garra que los hacía disparar a muerte y sin piedad. Huirían, lo sabía, pero antes debían de encargarse de los estorbos y llevar toda su mercancía a otro sitio.

Cruzó los dedos rogando porque los vencedores fueran los buenos, así que se aventuró a caminar dentro de la hacienda. Regresó por la ruta y echó un vistazo para cerciorarse de que los tipos con poderosas armas no estuvieran. Así era, y con un sigilo envidiable, se encargó de volver a donde horas antes se encontraba: detrás del centro de comunicaciones.

Contempló horrorizada el desastre que había, lo que antes era una fiesta bien adornada, ahora se convertía en un lugar decorado para un auténtico Halloween. Yacían cuerpos sin vida sobre el suelo, además de las sillas, mesas, cisnes de cristal, la comida, copas, platos y todo lo demás, estaban destrozados y esparcidos por todos lados. Como los estragos que causa la gente cuando huyen de un edifico tras las primeras sacudidas de un terremoto.

Bendijo que fuera de noche, ya que la sangre no llegaba a verse desde ahí. Sintió una agobiante curiosidad por descubrir quienes eran los muertos. Se acercó lentamente y se agachó hasta uno de ellos. Con una mano temblorosa tocó la espalda de éste y cerró los ojos antes de girarlo. Cuando lo hizo y lo miró, no pudo controlar que un gritó saliera de sus labios. Cubrió su boca y se alejó lo más rápido posible del cuerpo inerte.

—Policía, policía, policía…—susurró aterrada al ver una insignia en su uniforme. Luchó por controlar su angustia y analizó los otros diez cadáveres. Eran cinco policías y seis narcotraficantes. Al menos eso le daba una ligera esperanza, pero no muy alentadora.

Estaba parada en medio del territorio cuando un par de gritos impacientes estallaron cerca de ella. Un grupo de siluetas de unos siete hombres avanzaban corriendo a su dirección. Myriam sonrió agradecida y agitó los brazos al aire.

— ¡Aquí estoy! ¡No disparen, no soy uno de ellos! ¡Por favor, sáquenme de aquí! —gritó mucho antes de que llegaran hasta ella.

Aquellas sombras, que antes la joven creía que eran las personas que la ayudarían, se aproximaron lo suficiente para revelar a que bando pertenecían; hombres rudos, unos cuantos encapuchados, ropas informales y con AK-47 en sus manos, dejaban claro que no la ayudarían en nada.

— ¿Myriam?

Una voz ya muy conocida la llamó con un timbre incrédulo. Myriam lo miró en frente de todos, con un porte autoritario. Ese era Kin.

Sus piernas reaccionaron con tanta rapidez que hasta ella misma no se dio cuenta que había salido corriendo en una dirección opuesta.

— ¡No disparen, no disparen! —escuchó ordenar a Kin de modo demandante. No le importó nada excepto alejarse de él. Le dolía los pulmones el respirar ese aire frio, pero más le dolía imaginarse que Kin volvería a encerrarla contra su voluntad.

Sintió que la seguía a un ritmo mucho más rápido que el suyo y trató de apresurar su paso, pero la oscuridad la traicionó y tropezó con el torso de un cadáver, haciéndola aterrizar dolorosamente contra el suelo pastoso.

Olvidó por completo el dolor de su rostro, el de su diafragma y hasta la jaqueca que la mataba lentamente cuando sintió que la jalaban de la ropa hasta ponerla de nuevo de píe. Le costaba recuperar el aire por ver el rostro enfurecido de Kin a escasos centímetros del suyo, más que por el golpe mismo.

— ¡¿Por qué escapaste? ¡¿Por qué lo hiciste? —le gritó con los ojos desorbitados de la ira. No contestó, no porque no quisiera hacerlo, sino porque simplemente no podía.

—Myriam… Respóndeme—masculló.

—N-no lo…soporto más—dijo ella a duras penas. Kin frunció el ceño y una indescifrable expresión cruzó su rostro.

— ¿Por qué? —musitó.

— ¿Por qué? —Preguntó incrédula—Como quieres que me sienta feliz cuando me tienes encerrada, siendo maltratada y sin tener al menos un poco de libertad ni privacidad. Siempre rodeada de personas queriéndome matar. Por eso.

—Te he dado todo. Tu no lo comprendes, no te das cuenta—repuso con indignación, tomando con más severidad el cuello de su blusa.

—No me has dado nada de lo que yo quiero, aun por más simples que sean. Nada—contestó repentinamente deprimida—Tú me obligaste a hacer esto, Kin. Nunca me hubieras dejado…

— ¿Qué tú qué? ¡¿Tú llamaste a la puta policía? ¡Dímelo, no me mientas! —presionó automáticamente sus brazos, haciéndola gemir de dolor.

—No me dejaste otra opción…Kin, por favor, me lastimas—dijo con los dientes apretados.

—Eres una… Eres una maldita—rugió y luego la soltó de su agarre. Se alejó unos cuantos pasos y regresó a mirarla mientras restregaba su rostro y cabello con brusquedad—No debiste hacerlo.

—Me alegro haberlo hecho—susurró casi para sí misma.

—Kin, ya vienen esos malditos infelices. Debemos escapar ya—le urgió uno de los sujetos que estaban a unos cuantos metros de distancia. Se notaban bastante nerviosos y sus ojos iban a lado a lado, temerosos.

—Ahora los alcanzo, váyanse y cubran a mi padre—les ordenó sin mirarlos.

—Pero Kin…

— ¡Ya me escucharon! Lárguense.

Y lo único que les quedó a los hombres, fue irse. Continuaron su camino corriendo a toda prisa, perdiéndose en la noche más nebulosa de todas. Kin cerró por dos segundos los ojos y al volver a abrirlos, el opaco brillo de sus pupilas se volvió un tanto líquido.

—Sé que hice mal al obligarte estar conmigo. Pero… esperaba que al paso del tiempo, te acostumbraras—su voz sonó extraña. Con un toque de sinceridad y a la vez mentira. O quizás Myriam lo veía así, le era difícil creerle después de lo que había pasado.

Sabía que no era un tipo mentiroso, pero no podía confiar en él.

— ¿Qué quieres decir con eso? Pensé que después de que te aburrieras, me mandarías a… no sé, acabarías conmigo. ¿Crees que me volvería como un perro fiel y soportaría todas tus fechorías? Claro que no—gruñó.

—No me refiero a eso. Creí que tú…—se detuvo y no pudo continuar.

— ¿Pensaste que me enamoraría de ti? —argumentó Myriam con suspicacia. Kin no respondió, sólo se limitó a mirarla fijamente, clavando sus ojos claros en los de ella. Era como si estuviera retándola.

— ¿Y qué sucede si fuera así, eh? —inquirió acercando su rostro al de ella. Myriam dio un paso atrás para mantener la distancia.

Buscó en su corazón un rastro de amor hacía Kin, pero no podía encontrarlo. Las semanas que estuvo con él, lo único que aumentó fue el resentimiento, la frustración y el coraje, pero no el amor… no podía, le había hecho demasiado daño para olvidarlo con tanta simpleza.

—No puedo enamorarme de alguien que me hiere todo el tiempo—cruzó sus brazos—No es sano.

— ¿Y quién demonios estableció lo que es sano y lo que no? Rompamos todas las reglas, que no existan—dijo Kin acariciando su mejilla con los dedos.

De pronto, otras voces se escucharon a lo lejos. Sólo era cuestión de segundos para que estuvieran rodeándolos, y ellos lo sabían. Myriam miró a Kin, confundida por no verlo correr, quizás era consciente de que estaban de su parte o quizás se resignó y pensaba entregarse. Rechazó inmediatamente el segundo pensamiento.

—Ven conmigo—pidió Kin tomando su mano. Myriam parpadeó repetidas veces, sin saber que responder.

— ¿Pero q-que…? Estás loco—negó con la cabeza y trató de deshacerse de su mano, pero fue inútil, la sostenía con firmeza.

—Vámonos lejos, sin nadie más. No volveré a encerrarte en ninguna prisión, no te prohibiré nada. Nada de reglas. Sólo tú y yo. Acepta—aunque literalmente suplicaba, su voz sonaba concisa y hasta un tanto dominante.

—Kin…

—Vámonos Myriam. Todo saldrá bien, podemos salir adelante, sé que me quieres.

Las voces se acercaban y Myriam se dio cuenta que aquellas no eran las típicas maldiciones que lanzaban los delincuentes, eran ordenes establecidas. Eran los policías que estaban a punto de llegar.

—No puedo, no quiero. Lo siento—negó nuevamente, causando una deformación en el semblante de su captor—Si no quieres que te atrapen, te sugiero que escapes ahora mismo—indicó mirando de reojo el lado de donde provenía el ruido. Kin la ignoró y siguió exigiendo.

—Ven conmigo Myriam—continuó con dureza.

—No.

—Ven conmigo.

—No, Kin.

— ¡Ven conmigo maldita sea! ¡Ven conmigo! —sacó su pistola corta, aquella misma con la que había asesinado a Dante y le apuntó con ella.

Myriam dio un paso atrás, intimidada. No podía creer que volviera a hacerle eso. No quería morir estando tan cerca de su ansiado deseo, no podía ocurrirle aquello ahora mismo.

—No te amo, Kin. Y tú tampoco me amas. Déjalo ya—indicó con una voz tan dulce, que hasta al mismo Kin le causó un estremecimiento. Sus ojos se entrecerraron y por un momento creyó que iba a llorar, pero no. Bajó el arma con serenidad.

—Te veré de nuevo Myriam, lo juro—afirmó con tanta seguridad que la joven sintió miedo de que fuera verdad.

—Que dios no te escuche—susurró para sí misma.

Kin giró la cabeza y logró ver las sombras acercándose. Enseguida miró a la joven adolescente e hizo un ademán de despedida. Corrió unos cuantos metros antes de que Myriam lo llamara.

— ¡Kin!

Se detuvo inmediatamente, esperanzado porque por fin había accedido a irse con él. Pero se llevó una gran decepción cuando preguntó otra cosa.

— ¿Cuál es tu verdadero nombre?

Soltó una risa irónica y la miró por encima de su hombro. Decidió decirle la verdad, ya no tenía caso mentir.

—Víctor…Víctor Quintero.

Notó una mueca de su parte.

—Te queda mejor Kin—dijo ella con un levantamiento de hombros.

Él le otorgó una imperceptible sonrisa y le dio la espalda para volver a correr. Se perdió entre las sombras azabaches y desapareció sin dejar rastro.

Los oficiales llegaron hasta Myriam y le concedieron la ayuda que ella tanto esperó. Le hicieron unas cuantas preguntas que no dudó en responder mientras la llevaban de regreso a su hogar… su único y dulce hogar.

Semanas después…

Las cosas mejoraron notablemente después de ser liberada del infierno que había vivido. Todavía sentía la adrenalina y el temblor de sus manos cuando estuvo a punto de llegar a casa, junto con sus padres y su hermano. Recordaba la mirada incrédula de su padre, la expresión conmocionada de su madre y la alegría que se esparcía en el ambiente gracias a su pequeño hermano. Se sentía como si fuera ayer, y quería que siguiera así.

Los abrazos, los besos y las lágrimas se expusieron sin cesar aquel día y seguían haciéndolo hasta ese momento. Escuchaba a su mamá llorar de alegría en la habitación junto a su papá; rezando y agradeciendo al cielo cada minuto. Ahora se daba cuenta que tanto la habían extrañado.

Tenía protección en su casa debido al gobierno. Habían dicho "protección de testigos" para cerciorarse que, cuando atraparan a alguien más de esa banda de narcotraficantes, ella pudiera reconocerlo. No le molestaba tener a una patrulla vigilando su hogar. Era simple, porque todavía no habían capturado a Kin y temía que pudiera dañarla o llevársela de nuevo. Seguía teniendo miedo.

Era una locura, todo era una locura. Se esforzaba por olvidar, pero siempre que lograba superarlo volvía a caer en depresión, no se atrevía a atravesar la puerta principal. No sabía por qué le ocurría ahora y no cuando estuvo encerrada en esa hacienda endemoniada. El rostro de Kin y Dante asechaban sus sueños, sin dejarla vivir en paz, hasta que un día recibieron una visita que le dio una increíble tranquilidad.

—Hace unas cuantas horas detuvieron a un comando armado a unos cien kilómetros de aquí, cerca de la costa. Atraparon a cinco hombres, con ellos a dos menores de edad y creemos que tenemos al hijo de Quintero, se hace llamar Kin. Habías dicho que él te tenía secuestrada pero tenemos que asegurarnos que hablamos de la misma persona. Queremos que lo identifiques y si resulta ser el mismo, lo encerraremos por varias décadas—explicó el oficial Héctor, clavando sus dedos pulgares en su cinturón.

— ¿Tienen a Kin? ¿Están seguros? —inquirió Myriam con nerviosismo. Sus padres simultáneamente posaron una mano sobre su hombro, en modo de apoyo.

—Necesitamos de ti para estar completamente seguros—agregó Héctor con un asentimiento.

—Está...Está bien—accedió mordiéndose el labio.

—No tengas miedo, estás con nosotros—y eso mismo era lo que le preocupaba.

La llevaron hasta la estación y personas vestidas muy formalmente la recibieron educadamente, supuso que eran abogados. Le informaron lo que tenía que hacer y ella asintió a todo lo que dijeron. Estaba demasiado nerviosa, no quería ver a Kin pero si sólo tenía que señalarlo, así lo haría. No podría hacerle daño en una cárcel de máxima seguridad, todo dependía de su palabra.

La encaminaron un hombre y una mujer elegantes junto con Héctor que mantenía una mano sobre su brazo, como si de esa forma pudiera defenderla de todo. Entraron a un pequeño cuarto rectangular y lo primero que observó fue el cristal en frente de ellos.

Héctor notó la expresión aterrada de Myriam, que enseguida se encargó de aclararle las cosas.

—Es un extraño cristal. Tú puedes verlos con claridad pero ellos no a ti. No te preocupes por eso, no puede hacerte daño.

Myriam pasó saliva sonoramente, y negó lentamente.

—No es eso lo que me preocupa. Él sabrá que yo fui quien lo delató, no hay otra persona más que yo que puede hacerlo.

El oficial palpó su espalda y trató de apaciguar su temor.

—En cuanto lo señales, lo llevaremos directamente a la cárcel. No podrá salir de ahí. Tranquila.

La joven asintió desorientada sin realmente prestar atención, más bien veía ansiosamente el cristal por donde saldría Kin junto con su característica expresión de superioridad ¿Todavía la conservaría?

—Ya van a salir—informó Héctor cruzando sus manos detrás de su espalda. El pánico volvió a consumirla y por un momento cegó su visión.

Ocho hombres de características similares entraron del otro lado, sosteniendo un letrero con su número plasmado en él. Se acomodaron en sus respectivos lugares y cuando alzaron la vista, lo miró.

Un quejido salió de sus labios entreabiertos y retiró rápidamente la vista de él. Unas impredecibles lágrimas rodaron por sus mejillas. Las palpitaciones de su corazón se rebelaron hasta poder sentirlas en sus oídos.

— ¿Te encuentras bien? —preguntó Héctor inmediatamente y asintió vagamente—Entonces ¿Lo has visto? ¿Está aquí?

Se obligó a alzar de nuevo la cabeza y lo contempló minuciosamente. Sostenía de modo desinteresado el número cuatro. Aunque los otros tipos tenían ciertos rasgos parecidos a los de él, jamás podría confundirlo. Jamás.

Kin miraba al frente y parecía atravesar el engañoso espejo hasta llegar a Myriam. Sonrió de lado y sintió que la observaba fijamente, como si supiera que estaba allí. Tembló y tragó saliva por su garganta seca para hablar, pero no pudo producir sonido alguno.

—Myriam, ¿puedes decir qué número es? —insistió el joven policía.

Se esmero en pensar en las consecuencias de un futuro. Si no respondía y si dudaban responder, podría ocurrir algo que hiciera a Kin salir más pronto de la cárcel y eso es lo que menos deseaba. Pero si decía la verdad, todos sus problemas se acabarían, sus miedos y las preocupaciones se esfumarían con tal sólo decir su número. Podía hacerlo, lo haría y no se arrepentiría de ello.

Como antes había dicho, el amor no nace a partir de la presión, de la demanda o el hostigamiento. ¿Cómo poder querer a un hombre que le hizo tanto daño? Es imposible, para cualquier mujer, para cualquier persona. No había lógica en ello. El amor era de dos; no de tres, tampoco de uno. Dos y sólo dos. Y en ese extraño y bizarro romance que había vivido con Kin, simplemente había uno enamorado…o quizás ninguno, nunca lo sabría con seguridad.

Todo acabaría con decir una simple palabra. Y eso bastaría por ahora.

—El número cuatro—dijo antes de salir por aquella puerta para regresar a la libertad, con la frente en alto.


¡FIIIIIN! :D Espero que les haya gustado, a mí me gustó el final.

Sé que muchas se quedaron inconformes con este final, ya que la mayoría de ustedes querían que Myriam se quedara con Kin. Pero siendo realistas y con buen sentido común, esa relación no hubiera funcionado para nada. Kin hirió consciente o inconscientemente a Myriam, y eso es algo muy grave.

No sé ustedes, pero yo creo que una relación sentimental debe haber honestidad, confianza, amor y sobretodo, respeto. Algo que carecen estos protagonistas, así que espero que no me crucifiquen al leer esto xD Es el final que hice y espero que les guste a alguns :)

¡GRACIAS DE NUEVO POR TODO! Se aceptan opiniones, comentarios, quejas, críticas y todo. GRACIAS POR ACOMPAÑARME EN ESTE FIC. ¡Saludos y hasta luego! ;)

¡COMENTARIOOOS!

PD: Ya está listo el capítulo 1 de La bizarra familia Clarkson, secuela de Doctora Corazón ;)