NA: Para saber más de los personajes, la novela y para soportar la espera durante la semana, pasen por mi Tumblr. Está dedicado a mis tres proyectos actuales.

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25

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Everett le devolvió el beso de manera automática, bastaba que sus labios se tocaran para que el interruptor cambiara en su interior y él sólo pudiera pensar en la mujer entre sus brazos. Cualquier culpa o preocupación desapareció, sólo era consciente de ella, de que estaba a su lado otra vez. Probar esos labios nuevamente era lo mejor que le había pasado en las tres semanas que llevaba alejado de Prudence. ¿Cómo había podido seguir viviendo sin besarla? ¿Sin respirar su perfume? ¿Sin sentir su calor?

Sin darse cuenta, fue recostándola sobre la cama cubriéndola casi por completo. La besó profundamente, sus manos recorriendo ese cuerpo que tanto había adelgazado. Se detuvo en seco cuando fue capaz de sentir las costillas bajo sus dedos. El palpar sus huesos le hizo recordar que ella no estaba bien y que él no podía olvidarse de aquello. Debía cuidarla, debía ayudarla a estar mejor. Pero ella no estaba dispuesta a dejarlo ir pues lo volvió a agarrar del cuello y tirar de él para darle otro beso. A Everett le costó la vida mantener su mente en lo más importante en ese momento: Prudence.

—Ven, vamos a la cocina —dijo él alejándose lo suficiente como para sentarse otra vez en la cama.

—No —sentenció ella—. No hasta que me repitas otra vez lo que dijiste recién.

Él se sintió muy incómodo. Sabía a la perfección a qué se refería ella, pero repetir esas palabras seguía siendo tan difícil como había sido decirlas la primera vez. Simplemente le era complicado expresar sus sentimientos, se trababa por completo y todo su cuerpo se revelaba contra él y las órdenes de su cabeza.

—Yo… yo… —empezó a balbucear otra vez.

—Por favor… ya lo dijiste una vez. Sólo necesito que lo repitas, saber que es real y que no lo soñé.

Everett sintió como si el nudo en su pecho se apretase, ver esa mirada desconfiada y hasta asustada en sus ojos le dijo que ella estaba siendo sincera, que de verdad temía que pudiera estar soñando. Sólo verla así hizo que se olvidara de cuán difícil podía ser hablar de sus sentimientos. Por lo mismo, le tomó el rostro y lo acercó al suyo.

—Estoy enamorado de ti —le dijo con voz seria y profunda.

Los ojos de Pru brillaron de alegría y la sonrisa volvió a aparecer en sus labios. Cerró los ojos unos instantes y respiró profundo como si necesitara concentrarse. Cuando los abrió, su mirada era tan determinada que un nudo de ansiedad se armó en su estómago.

—Y yo me enamoré de ti, Everett —confesó ella y esas palabras hincharon el corazón de Everett de pura felicidad. Todas las dudas y temores se esfumaron en un latido. Ella sentía lo mismo, no podía pedir nada más a la vida—. Me has hecho tanta falta —gimoteó apretando con fuerza la tela de la chaqueta de él en sus puños.

—Lo lamento tanto, te juro que no volveré a dejarte así —prometió el castaño y le dio un suave beso en los labios—. Jamás podré perdonarme por el daño que te he hecho. Cuando te vi en la cama yo… —su voz se quebró, incapaz de decir todo lo que había sentido cuando entró y casi no la había reconocido.

Ella bajó la vista como si estuviera avergonzada por lo que él la acercó a su cuerpo y la abrazó con delicadeza, depositó varios besos en la coronilla de la cabeza de la pelinegra y la meció suavemente mientras susurraba palabras cariñosas.

—Anda, vamos a la cocina, que necesitas comer algo. Estás muy delgada —le dijo él—. Y no lo tomes como un cumplido, ¿de acuerdo?

Pru carcajeó suave y asintió con la cabeza antes de ponerse de pie y caminar al lado de Everett hacia la cocina, mas él tuvo que ayudarla porque apenas se podía mantener derecha por ella misma. Con cada signo de debilidad que ella mostraba, Everett se sentía peor, pero haría de todo para compensar el daño que le había hecho a su Prudence.

Llegaron a la cocina y él la sentó en un taburete mientras le preparaba una contundente comida muy rica en azúcares y carbohidratos para que ella recuperara fuerzas. También, prácticamente, la obligó a comer de a poco. Ella necesitaba recuperar su peso, pero por sobre todo, la vitalidad. Aunque ya se notaba un cambio, pues sus mejillas tenían más color comparadas a cuando la había visto al llegar.

La llenó de comida hasta que ya no pudo más y luego la llevó de nuevo a la habitación donde la acostó y conectó el reproductor de DVD para que pudieran ver una película juntos. Ella necesitaba descansar y él no se iría hasta que estuviera seguro que ella estaba bien y aún así, no se creía capaz de alejarse de ella por más de diez minutos. Tampoco podía dejar de tocarla de alguna manera, ya fuera una caricia furtiva o un beso robado. Ella no se quejaba, así que él seguía mendigando mimos.

Juntos, acostados sobre la cama, abrazados y bien abrigados, vieron una comedia para subir los ánimos, pero Everett tuvo los ojos puestos sobre la pelinegra todo el tiempo. A veces hasta él creía que era un sueño, pero la tocaba y se daba cuenta que ningún sueño podría igualar la sensación que le producía sentir su piel.

Cuando la película terminó, ellos se pusieron al día, pero sinceramente no había mucho que decir pues sus vidas durante las tres semanas pasadas habían sido un borrón que apenas tenía sentido para ambos.

—¡No puedo creer que perdieras el empleo! —le comentó Everett cuando ella le contó que había sido despedida— ¿No hay manera de que lo recuperes? —inquirió después y ella negó con la cabeza.

—No y no quiero recuperarlo. Ya me trajo suficientes problemas y estoy harta de tener que andar con un secreto por la vida, de no poder contarle a mis padres lo que hago para ganar dinero.

Él la abrazó fuerte, poniéndose en su lugar, tratando de imaginar lo difícil que debía haber sido vivir tanto tiempo ocultando semejante información a la familia. Había sido un verdadero idiota por no comprenderla desde el primer momento y por su culpa ella había perdido el empleo, aunque por un lado se alegraba pues la idea de ella bailando como Anastasia a otros hombres le hacía hervir la sangre por los celos, aunque claro, eso no se lo diría.

—¿Y qué vas a hacer para continuar tus estudios? —le preguntó él pues si ella trabajaba en el club era para pagarse la especialización que estaba haciendo en la universidad.

—No sé… quizás tenga que congelar y continuar cuando pueda juntar suficiente dinero. Puede que consiga un trabajo de medio tiempo que me ayude a pagar la renta, pero no será suficiente para la mensualidad de la universidad —su voz se oía tan agotada que él se estremeció, la preocupación vibrando dentro de él, su mente a toda velocidad tratando de buscar una solución para su problema.

—Será mejor que duermas un poco y cuando despiertes pensaremos juntos en algo qué hacer, ¿de acuerdo?

—¿Estarás aquí cuando despierte? —preguntó ella y él sintió como si lo hubiesen golpeado en el pecho.

—No me iré a menos que tú así lo quieras.

—No quiero que te vayas —dijo ella en un bostezo.

Se acomodó mejor abrazando el cuerpo de él y a los pocos minutos se quedó profundamente dormida sin perder la sonrisa del rostro. Por la mente de Everett sólo pasaban posibles ideas para ayudarla. Podría tratar de conseguirle un nuevo empleo, pero sería difícil que fuera de medio tiempo. Quizás podía ayudarla con un poco de dinero para la mensualidad, pero dudaba que ella aceptara algo así. Podía decirle que se fuera a vivir con él así sólo se preocupaba de la mensualidad y no del alquiler, pero si hacía eso, ¿qué haría Bel? No podría pagar todo ella sola y dudaba mucho que Pru dejara a su prima en esa situación. Entonces, ¿qué podía hacer?

El teléfono de Pru comenzó a sonar y él se apresuró a contestarlo para que no la despertara. En la pantalla aparecía una foto de la castaña que casi lo había matado, por lo que imaginó que el motivo de la llamada era para verificar la situación.

—Todo está bien. Hice que comiera y ahora está durmiendo —fue lo que dijo al contestar, como si de un soldado bajo estrictas órdenes se tratara.

—¿Arreglaron todo? —preguntó Bel del otro lado de la línea.

—Sí —una sonrisa en sus labios se dibujó al recordar lo bien que se habían arreglado las cosas. Aún le era difícil de asumir que ella también lo amaba, pero así era y él era inmensamente feliz—. Todo está bien ahora. Me encargaré de que recupere sus fuerzas y vuelva a ser la de siempre —prometió.

—Perfecto —exclamó Bel—. Entonces no volveré al departamento esta noche… hmmm… mejor no vuelvo durante todo el fin de semana así ustedes se ponen al día tranquilamente sin que nadie los interrumpa.

Everett soltó una risita nerviosa, aunque por dentro estaba muy agradecido de la idea de la castaña. Se despidieron y él volvió toda su atención a la pelinegra. Verla dormir lo capturaba, hipnotizaba y le robaba el aliento. Aún así como estaba de agotada y demacrada, era la criatura más hermosa que había visto y había cambiado su vida por completo. ¿Cómo no amarla? Era perfecta para él y no volvería a permitir que algo lo alejara de ella.

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—Con todo lo que me haces comer, mi colesterol superará la cantidad de japoneses en el mundo —exclamó Prudence cuando Everett le puso en frente un pote con papas fritas.

—No seas exagerada, también comes muchas cosas saludables. Pero debes recuperar el peso que perdiste —se justificó él.

—¿Te das cuenta que me pides todo lo contrario de lo que una mujer normalmente hace? —le dijo ella aceptando el pote y comiendo una de las papas.

—Lo sé y creo que no deberías quejarte. La mayoría daría la vida por un novio que les pidiera que comieran mucho y trataran de subir de peso.

—Pero que conste que cuando llegue a mi peso normal vas a detenerte de alimentarme como si le dieras comida a un ejército —condicionó ella y él se puso la mano en el corazón para hacer el juramento.

Dos semanas desde que Bel lo había llevado al departamento para que hablara con Pru y ella ya estaba mucho mejor. Había recuperado peso y fuerza, su rostro estaba lleno de alegría así como sus ojos, ya no se le marcaban los huesos y estaba llena de vitalidad. Volvía a ser la Pru de siempre, con sonrisa incluida. Everett se sentía orgulloso de ella y de lo rápido que se estaba recuperando.

Todo había quedado en el pasado y ahora sólo les quedaba seguir avanzando, y lo estaban haciendo muy bien. Aún tenían el problema del dinero, ella había conseguido un nuevo empleo de medio tiempo como camarera en un pequeño bar donde a veces subía al escenario a cantar, pero que no le daba la cantidad de dólares necesarios para estudiar y pagar la renta. Pero estaban buscando la solución entre todos.

—¿Sabes de qué tengo ganas? —preguntó ella cuando llevaba la mitad del pote con papas fritas. Él la miró con las cejas enarcadas en una actitud inquisitiva— Fresas con crema batida…pero no de la manera convencional.

Si la frase no hubiese sido suficiente para entender lo que ella quería decir, bastaba mirarla a los ojos. El corazón del castaño dio un salto por la expectativa y una sonrisa cómplice se dibujó en su rostro.

—Tenemos sólo crema —informó él.

—Oh, servirá igual —ella se puso de pie y abrió el refrigerador del departamento de Everett para sacar la crema batida—. Ahora, ven conmigo, bebé.

Ella lo tomó de la mano y lo arrastró hasta la habitación de él donde no se detuvo hasta empujarlo sobre la cama. Él no podía dejar de sonreír, le encantaba cuando ella tomaba el control de la situación aunque no fuera por mucho.

Gateó sobre él lentamente hasta acomodarse sobre su cadera, sólo entonces comenzó a desabotonarle la camisa y acariciar la piel que quedaba al descubierto. Deslizaba sus pequeñas manos delicadamente, disfrutando con el roce de piel contra piel. Fue depositando tiernos besos en el torso de él mientras iba en ascenso hasta llegar a su cuello y finalmente a sus labios, los que besó a consciencia mientras él la tomaba por la cadera y la acariciaba por sobre la ropa.

—¿Sabes? —habló ella sobre sus labios, mirándolo con una intensidad que lo quemaba por dentro— Sin duda esta no es la mejor manera de consumir calorías —Pru alargó la mano para agarrar el envase de la crema y agitarlo antes de quitarle la tapa— aunque es muy probable que las quememos todas, ¿no?

Su sonrisa era maliciosa y estaba cargada de promesas. Él sólo pudo sonreír en respuesta y levantar la cabeza para besarla una vez más. No le cabía la menor duda de que quemarían todas las calorías de la crema batida.


NA: Último capítulo. Gracias por leer esta novela, espero la hayan disfrutado. Ya empecé una nueva, pero no la subiré aquí por el momento. Quizás más adelante. Si tienen alguna duda sobre la historia, me dicen y yo les contestaré. A las que tienen cuenta, claro. Las otras pueden preguntarme por twitter o Facebook (mis cuentas están en mi perfil). Gracias nuevamente. Hasta la próxima.