- Mis nuevos vecinos -

"Qué suerte" pensó la chica mientras cruzaba la calle por sobre la desdibujada línea peatonal que había en el suelo, "a estas horas no hay tantos autos". Llegó al otro extremo del lugar y siguió derecho, muy pronto la asfaltada y ruidosa calle fue reemplazada por una empedrada y tranquila.

Hacía calor; con 38° de temperatura y 43° de sensación térmica, caminar debajo del sol a esa hora era un verdadero infierno. La joven sentía como su piel empezaba a calentarse y una gota de sudor recorrió desde su nuca hasta el final de su espalda.

En ese momento, la chica se arrepintió de no haber traído consigo una goma para atarse el cabello cuando tenía la oportunidad. Su largo cabello de color castaño se balanceaba imperceptiblemente mientras intentaba apurar el paso para llegar lo más pronto posible a su casa. Lo único que quería en ese momento era recostarse en su cama con el aire acondicionado funcionando al máximo.

Cuando cruzó frente a una plaza donde habían varios chicos de su edad y hombres que le llevaban como treinta años, descansando después de lo que seguramente había sido un muy caluroso partido de futbol, todos le silbaron y empezaron a lanzarle piropos, invitándola a pasar un rato con ellos.

"Gente estúpida y asquerosa" pensó enojada mientras los ignoraba y aumentaba el paso. Se arrepintió un momento de no estar un poco más cubierta. En ese momento llevaba un short corto de color blanco, y una remera de jean sin mangas tan larga que le cubría el short, por lo que los hombres seguro pensaban que no estaba usando nada debajo. Tenía puestas sus "sandalias romanas" como las llamaba ella, unos zapatos planos de color azul marino y arena que se ataban con listones a sus tobillos, quedando como zapatos romanos o grecos.

Al llegar frente a su hogar se sintió un poco confundida por la vista que se desarrollaba frente a sus ojos: un gran camión de mudanzas estaba estacionado frente a la casa de al lado. De la parte trasera varios hombres bajaban pesados muebles para luego introducirlos al edificio.

"Así que por fin vendieron la casa…" pensaba emocionada la chica, ante la idea de tener nuevos vecinos. Quería acercarse un poco más para ver si había alguna chica de su edad con quien pudiera entablar amistad, pero para su sorpresa, no encontró a nadie aparte de los hombres que bajaban las cosas del camión.

Seguramente estaban todos adentro. Decidió que iría después a saludarlos, y cuando se volteaba, un objeto cayó súbitamente a sus pies. Recogió el objeto, un libro de tapa dura color rojo, que no tenía ningún título ni nada que lo identificase.

– Gracias por recogerlo – una extraña voz la sorprendió en medio de su investigación sobre el libro, y al alzar la vista se encontró con un par de ojos verdes que la miraban con curiosidad. El chico extendió su mano y ella supo que tenía que devolverle el tomo, pero por algún motivo se había quedado petrificada en su lugar.

Reaccionó después de un segundo, y con vacilación le entregó el libro. El chico le sonrió a manera de agradecimiento, pero en lugar de continuar con lo que estaba haciendo, se quedó frente a ella.

– ¿Vives aquí? – le preguntó, señalando la casa de la chica. Ella asintió – Mucho gusto entonces, yo soy tu nuevo vecino, acabo de mudarme, como ya te habrás dado cuenta – le extendió una de sus manos, ella temblorosamente se la extendió también y la estrechó.

– ¿Sebastián? – una voz de dentro de la casa se oyó, y de pronto salió una mujer de unos treinta años. Tenía los ojos azules y el cabello de un intenso negro azabache, no era muy alta, pero su figura estilizada y elegante le daba un aire como de hada. Sonrió al ver a la chica de cabello castaño y ojos color chocolate, que aun seguía sujetando la mano del chico.

Al darse cuenta de ello soltó la mano del joven inmediatamente. Este, al ver su gesto, lanzó una leve risa, divertido por su comportamiento.

– ¿Quién es esta chica? – preguntó la mujer mientras sonreía amablemente.

– Parece ser nuestra vecina – dijo el chico al ver que esta no respondía. De pronto, como si alguien le hubiera echado un balde de agua fría en la espalda, la chica saltó, sorprendiendo a los dos.

– M-mi-mi nombre es A-ndrea Bra-Brando… – dijo la chica torpemente, parecía estar muy nerviosa sin motivo aparente. Por la cabeza del chico y la mujer pasó el pensamiento de que quizás era alguien muy tímida.

– Mucho gusto Andrea, mi nombre es Diana Montiel, y él es mi sobrino Sebastián, desde hoy seremos vecinos, así que espero que nos llevemos bien – dijo la mujer con la misma sonrisa amable, mientras le daba la mano.

– El gusto es mío – respondió Andrea, finalmente dejando de tartamudear.

– ¿Quieres pasar a tomar algo? – le preguntó Diana.

– ¡No hace falta! – Exclamó Andrea – no quiero molestar… – se corrigió, pensando que quizás había sonado un poco descortés.

– Insistimos – habló Sebastián de pronto – será divertido – le sonrió de una manera tan dulce que Andrea no encontró forma de resistirse.

Entró a la casa cautelosamente. Estaba completamente vacía, exceptuando unos cuantos muebles y varias cajas apiladas por doquier.

– Perdona el desastre – se disculpó Diana mientras buscaba algo en una de las cajas.

– No se preocupe, después de todo, acaban de mudarse – dijo ella mientras entraba a la sala. Diana finalmente se rindió en encontrar lo que sea que estuviera buscando y optó por llevarse la caja hasta una habitación que Andrea creía podía tratarse de la cocina.

Escuchó el ruido de varias cosas siendo desparramadas sobre una mesa. Diana de seguro estaba muy decidida a sacar lo que sea que necesitaba de esa caja. Andrea sonrió, aunque aun se sentía incomoda.

– Siéntate aquí – Sebastián habló de pronto, sorprendiéndola, ella volteó y vio que le señalaba un sofá en medio de la sala, frente a este había una mesita de madera muy bonita. Andrea se sentó y quedó rígida, más aun cuando Sebastián se sentó a su lado.

Se sentía nerviosa y no sabía bien porqué. Miró al chico que tenía al lado: cabello rubio ceniza, un poco rizado en las puntas y ojos verdes, pero no brillantes como una esmeralda, sino, más bien, opacos, de un extraño color musgo, pero muy bonitos. Tenía un rostro un poco aniñado, de seguro tendría trece o catorce. Era muy… "lindo" esa sería la palabra exacta para describirlo, como una chica, por lo pequeño que era.

Sebastián volteó el rostro al sentirse observado y al ver a Andrea le sonrió dulcemente. Ella se volteó bruscamente, rezando para no sonrojarse.

– ¿Cuántos años tienes? – preguntó Andrea, curiosa.

– Quince – respondió con naturalidad, como si estuviera acostumbrado a la pregunta. Andrea se sorprendió, hubiera jurado que el chico no pasaba de los catorce – ¿Cuántos tienes tú? – preguntó el también.

– Dieciséis – dijo un poco apenada, era todo un año mayor que él, agitó la cabeza, enojada, no podía creer que estuviera pensando en estupideces como esa.

– Así que eres mayor que yo… – Sebastián sonreía ante el extraño comportamiento de Andrea, era una chica realmente divertida.

– Aquí les traigo la comida – Diana entró de pronto con una bandeja en la que se veían tres vasos y un plato con galletitas, finalmente había encontrado lo que buscaba – son las tres, es hora de la merienda, ¿no?

– Sí, gracias – Andrea agarró su vaso y una galleta. Era leche chocolatada lo que tomaban y a ella eso le hacía gracia, como cuando estaba en pre-escolar. Sonrió un momento ante el pensamiento.

– Qué bien, ya tenía hambre – dijo Sebastián mientras tomaba su vaso y agarraba una galleta.

La tarde se la pasaron hablando y bromeando. Andrea logró descubrir algunas cosas, como por ejemplo, que ellos venían de un pequeño pueblo del interior, que no eran solo ellos dos, pues el tío de Sebastián llegaría después debido al trabajo, el mismo que los había hecho mudarse allí, y que Diana esperaba un hijo.

El hecho de que Sebastián viviera con sus tíos hizo preguntarse a Andrea que pasaba con sus padres, pero decidió no meterse ya que no le incumbía a pesar de que la curiosidad la estaba matando por dentro.

Cuando ya estaba acabando el día, Andrea se despidió y volvió a casa. Aquella tarde había sido en definitiva una de las más divertidas que había pasado en mucho tiempo. Al entrar a su habitación, cerró las cortinas y encendió el aire acondicionado hasta el máximo, se tumbó en la cama y pensó un momento en lo ocurrido esa tarde.

Los Montiel eran en definitiva gente divertida, probablemente se llevarían muy bien, y aunque una sola tarde no había sido suficiente para conocerlos por completo, al menos se llevaba una impresión positiva por ese día.

– Así que conociste a los vecinos… – decía su padre de manera desinteresada mientras se servía más puré de papa – ¿Cómo son?

– Amables, me invitaron a su casa y comimos la merienda. Me parecen divertidos, así que creo que les van a caer bien a ustedes – Andrea tomó el pote de ensalada y se sirvió un poco. La cena de esa noche consistía en pan de carne con puré y ensalada Cesar.

Como siempre, cenaban los tres solos. En la familia Brando había cuatro miembros: Luis, el padre de cuarenta y seis años, Ana, la madre de cuarenta y cuatro, su hermano mayor, Albert, de veintidós, quien se encontraba en ese momento estudiando medicina con una beca en Japón, y finalmente Andrea, quien tenía solo dieciséis años e iba al colegio como una estudiante promedio. Sus notas no eran malas, pero tampoco eran las mejores, y su comportamiento era normal, tenía amigos pero no causaba problemas, aunque tampoco era una chica callada y tímida.

Terminada la cena Andrea ayudó a su madre a recoger la mesa y lavar los platos mientras su padre volvía al escritorio para corregir exámenes. Luis era profesor de Ingeniería en la Universidad local, y aunque era ya casi fin de año, los exámenes se amontonaban más y más, dejándolo con más trabajo del que desearía. Ana por su parte era maestra de escuela primaria, y de vez en cuando escribía artículos para el periódico, debido a su gran habilidad para la escritura.

Cuando terminó con el trabajo se dirigió a su habitación e hizo lo que por falta de ganas no había hecho esa tarde al volver a casa: llamó a Romina, su mejor amiga, para contarle las grandes noticias de que tenía nuevos vecinos.

– ¿Por fin vendieron esa vieja casa?, ya era hora, te juro que ese lugar ha estado deshabitado prácticamente desde que nacimos – hablaba como solía hacerlo: de manera alegre pero al mismo tiempo seria, de una manera que solo ella conseguía – entonces… ¿Quiénes son tus nuevos vecinos?

– Al parecer un matrimonio y su sobrino – paró al escuchar a su amiga contener la respiración – ¿ahora qué? – le preguntó sabiendo lo que vendría a continuación.

– Así que su sobrino; ¿eh? ¿Cómo es? ¿Es lindo? ¿Cuántos años tiene? – soltaba las preguntas una tras otra, a Andrea le estaba empezando a dar vueltas la cabeza.

– Espera, espera, espera, me estás mareando – tomó aire – cabello rubio y ojos verdes, como unos cinco centímetros más bajo que yo, si es que, tiene quince y… si, es lindo, mucho.

– Vaya, lastima lo de la altura, pero podría funcionar.

– ¿Te olvidas de que ya tienes novio? – le recordó su amiga, era normal que Romina se dejara llevar mucho y olvidara cosas como esas. Romina bufó.

– No hablaba por mí tonta, sino por ti, ¿no crees que es hora de que te consigas un novio de una vez por todas? – Andrea casi podía imaginarla del otro lado del teléfono con su cara de "¡Dah!".

– Pero es un año menor que yo…

– ¡Excusas! Sabes que el que quiere puede y hoy en día no está tan mal visto que las mujeres sean un poco mayores que los hombres.

– Ese no es el punto, ¡a mí ni siquiera me gusta! – Andrea estaba empezando a alterarse, la conversación pasaba de un inocente tema como los nuevos vecinos a uno como el hecho de que ella nunca había tenido novio y necesitaba encontrarse uno ya mismo, aunque sea con el vecino.

– No tienes que alterarte tanto… bueno, tengo que colgar, mi mamá acaba de entrar diciendo que quiere usar el teléfono, hablamos mañana.

– Hablamos mañana – Andrea colgó y lentamente se recostó en la cama. Puso sus manos sobre su estomago y cerró los ojos, había sido un largo día y se preguntaba si no sería mejor dormir ya.

Andrea Brando, dieciséis años, cabello castaño claro, ondulado y ojos chocolate, aunque era normalmente considerada como alguien atractiva entre sus compañeros, nunca había tenido novio o pretendientes, pues siempre actuaba como "una de los muchachos". Ella tampoco se había enamorado, pero pensaba que debía conseguir un novio pronto, o de lo contrario pasaría toda su adolescencia sin haber tenido uno. No estaba muy segura si Sebastián podría llegar a serlo, pero planeaba comportarse lo más femeninamente posible ahora que tenía la oportunidad, y no arruinarlo comportándose como siempre lo hacía.

En sueños se propuso el cambiar y conseguirse un novio, fuera o no Sebastián.