- Epílogo -

Las vacaciones de verano habían llegado nuevamente. Se encontraban a mitad de enero, esperando pacientemente la llegada del nuevo año escolar. Andrea se recostó en el mueble de jardín de la casa de Sebastián mientras miraba al despejado cielo azul, con una sonrisa en los labios.

_ Al fin, paz y tranquilidad – susurró el chico quien se sentó a su lado. Andrea lo miró con una sonrisa en los labios, la cual Sebas correspondió inmediatamente.

_ No tenía ni idea de que pudiera ser así, lo lamento – se disculpó la chica con su mejor carita de arrepentimiento. Sebas rió, para distender el ambiente.

_ No es tu culpa, es la culpa de tu hermano, por no habernos avisado antes – dijo mientras se acercaba más a ella – entonces, ¿Qué tal si terminamos lo que estábamos haciendo allí dentro? – le preguntó intentando lucir seductor. Andrea tuvo que aguantarse las ganas de reír, esa clase de expresiones no le quedaban para nada.

_ Lo lamento Sebas, pero si me lo dices haciendo esa cara, no creo que pueda hacer más que reír – se disculpó al ver la enojada expresión de su novio. Este suspiró.

_ Como sea – entonces se puso en alerta – oh no – susurró. Andrea se levantó, asustada.

_ ¿Acaso…? – pero no pudo terminar de formular la pregunta, pues una chica rubia se abalanzó sobre ella, casi tirándola al piso.

_ ¡Andy, Sebas! ¿Por qué nos dejaron plantados? – preguntó Jazmín, la novia del hermano de Andrea, haciendo un ligero puchero. Los dos muchachos suspiraron agotados, mientras Albert se dirigía hacia ellos lo más rápido que podía.

_ ¡Jazmín! ¡Te dije que los dejaras solos! – dijo mientras miraba apenado a la pareja. Su novia hizo un pequeño mohín antes de separarse de Andrea y mirarlo con los labios fruncidos.

_ ¿Por qué eres tan malo? ¡Sí yo solo quiero estar con Andy y Sebas! – se quejó. Mientras Albert distraía a su novia, Andrea y Sebastián se escabulleron fuera del jardín, y una vez en la calle, corrieron lejos para que la chica no los alcanzara.

Porque ese verano, y en vísperas de que tenían un mes libre en la universidad, Albert había decidido visitar a su familia, trayendo consigo una pequeña sorpresa: a su novia. Estaba ansioso porque la conocieran, y a toda la familia pareció caerle muy bien. Era alegre, tenía una personalidad divertida y además era un poquito hiperactiva. Pero claro, las cosas habían empezado a salirse de control cuando Jazmín conoció a Sebastián… y descubrió que era el novio de Andrea. Desde entonces no los dejaba en paz. Según ella eran "la pareja más adorable que podía existir en el mundo" y cada vez que podía, pasaba tiempo con ellos o los interrumpía en momentos íntimos, por llamarlos de alguna manera, sin intención, claro.

Cuando Jazmín dejó de despotricar contra su novio, se volteó para seguir agachapando a la pareja, pero, para su sorpresa, estos no estaban. Habían desaparecido. Se volteó a ver a su novio con cara de pocos amigos.

_ ¡Lo hiciste a propósito! – le dijo mientras levantaba un dedo acusador. Albert rió.

_ Soy el primero en decir que no me gusta que mi hermana esté sola con un chico, sea este su novio o no – se estremeció al pronunciar la palabra "novio", aún no se hacía a la idea de que su dulce hermana menor estuviera saliendo con alguien – pero, admítelo, los estás asfixiando con tu constante "cariño". Al menos déjalos estar solos de vez en cuando – terminó de decir. Jazmín suspiró.

_ Lo sé, lo sé, pero… ¡no puedo evitarlo! Sabes cómo me pongo cuando encuentro algo adorable, y tu hermana y Sebas son…

_ La pareja más adorable que existe en el mundo, ya lo sé – completó con una sonrisa. Jazmín estaba obsesionada con todo lo que considerara "tierno" y solía ponerse muy violenta con tal de estar cerca de algo así, por lo que no le sorprendía que reaccionara de esa manera ante su hermana con su novio. Esa era una de las características que más le gustaban de ella, y no la cambiaría, por nada del mundo. Esta lo miró con ojitos decaídos, y él no pudo hacer más que acercarse y abrazarla con dulzura, a pesar de que ella intentaba liberarse.

_ ¡Suéltame! ¡Traidor! – decía empujando contra su pecho. Albert rió.

_ ¿De verdad quieres que te deje? – le preguntó con voz juguetona. Jazmín asintió – pesada – dijo soltándola y alejándose. La chica lo miró un tanto confundida, mientras fruncía el ceño.

_ Bueno, tampoco es para que te pongas así – le dijo mientras intentaba tocarle el hombro. Él se sacudió, alejándose de su tacto – ¡hey! ¡No seas malo! – exclamó a punto de llorar. Albert tuvo que aguantar las ganas de reír por su martirizada expresión, pero al final no pudo más y estalló en carcajadas, que solo hicieron a Jazmín cabrearse y marcharse enfadada. Fue sujetada por la cintura, y atraída a Albert hasta que este posó su mentón sobre su cabeza – ¿Qué demonios te pasa? Primero actúas enojado y después te burlas de mí – se quejó con los ojos cristalinos. Albert negó con la cabeza.

_ No puedes culparme, es muy divertido burlarse de ti, siempre pones unas caras que… – pero no podía continuar hablando, pues Jazmín se removía, como un animalito pequeño intentando huir de un cazador. Albert rió una vez más – te amo – susurró en su oído, y entonces Jazmín se detuvo.

_ Yo también – respondió. Y olvidando toda la pelea anterior, sonrió – me encanta tu familia – agregó – son muy divertidos, en especial Andrea y Sebas – Albert rodó los ojos – ¡hey! Tienes que admitir que lo son – le dijo ladeando la cabeza. El chico asintió, suspirando.

_ Supongo – contestó – pero por ahora, ¿Por qué no los dejas tranquilos? – le preguntó. Jazmín bufó, pero terminó aceptando al asentir con la cabeza, reposando la mejilla contra su pecho, dejándose abrazar por él.

Diana miraba con una sonrisa por la ventana de la cocina, mientras mecía de un lado a otro al pequeño Juan, quien dormía plácidamente en sus brazos. Definitivamente, esa Jazmín no le hacía las cosas fáciles a Sebastián, pero eso era lo divertido, ver como él y Andrea intentaban huir en vano de su constante acoso. Por ahora Albert la tenía contenida, sin embargo, eso no duraría mucho, tal y como había sucedido las veces anteriores.

Volteó tarareando una canción, y se dirigió a la sala, donde Roberto miraba televisión.

_ Cuanto me alegro que hayamos podido quedarnos – dijo sentándose junto a él. Este la rodeó con un brazo y apagó el aparato, para dedicarse por completo a su esposa e hijo.

_ Quizás – contestó, mientras Diana le pasaba a Juan, con cuidado de no despertarlo – al menos es más fácil así, no tengo que conseguir un nuevo trabajo – sonrió cuando su hijo se removió ligeramente, para volver a calmarse y dormir tranquilamente. Ya no era un recién nacido pero aún así era muy frágil, ni siquiera llegaba al año de vida. Diana rió por lo bajo.

_ Puedes decir lo que quieras pero yo sé que te alegra ver a Sebastián feliz – comentó haciéndose la desinteresada. Roberto rió, a su vez.

_ Puede ser… – contestó fijando su mirada en ella – después de todo, ¿Quién no quiere la felicidad de su familia? – dicho esto dio un suave beso en la frente de Juan y se acercó aún más a Diana, para que pudieran contemplar al niño juntos. Como una pareja de casados normal haría.

Acariciaba uno de los peluches en forma de oruga de la tienda. Era color rosa y verde, una combinación horrible, pero de algún modo, interesante.

_ Esa cosa es asquerosa – dijo Bruno mientras tomaba el peluche y lo volvía a poner en la canasta de dónde Margarita lo había sacado. Ella lo miró con cara de pocos amigos.

_ No se te olvide que yo también tengo participación en esto – contestó con voz enojada mientras volvía a tomar a la oruga, pero un solo vistazo más, y volvió a ponerlo donde estaba. Bruno le sonrió con sorna – no te creas, tan solo le he encontrado un hilo suelto – aclaró. El chico la miró con cara de "sí, claro" pero no dijo nada y continuó andando.

_ ¡Ah! Mira este – dijo mostrándole una pelota de futbol – ¿no quieres comprarla? – preguntó con una sonrisa de oreja a oreja. Margarita suspiró.

_ Ni siquiera sabes si es niño o niña y ya quieres comprarle una pelota – le dijo mientras llevaba inconscientemente su mano al vientre, donde se encontraba su futuro bebé. Bruno se encogió de hombros.

_ Estás siendo muy machista, ¿Quién dice que solo los niños pueden jugar futbol? ¿O nunca viste a Andrea? – le preguntó intentando hacer una broma. Margarita rió.

_ Quizás tengas razón – entonces tomó la pelota y la puso en la canasta – ya me muero por saber que será – dijo volviendo a acariciar su vientre. Bruno sonrió.

_ Aún faltan cinco meses y medio, hay que tener paciencia, mientras, ¿Por qué no elegimos nombres? Para chica me gusta el nombre Botidiana, para chico, Cleopatrusco – Margarita lo golpeó en las costillas antes de que continuara diciendo estupideces.

_ ¡Ni se te ocurra ponerle esos nombres horribles a mi querido Austin o Ana Paula! – le dijo mientras hacía como que protegía al bebé. Bruno no pudo evitar reír.

_ Lo sé, lo sé, tan solo era una broma – contestó mientras la rodeaba por la cintura y le daba un cariñoso beso en el cuello. Margarita se sonrojó instantáneamente.

Hacía poco más de un mes, que sabían que esperaban un hijo. Se habían enterado poco después de su "aventura", cuando Margarita se había dado cuenta de que algo andaba mal con su ciclo menstrual. Pensando lo peor, fue sola a un médico dónde le confirmaron sus sospechas: estaba embarazada. Por un tiempo lo mantuvo oculto, no solo de su familia y amigos, sino también de Bruno. Pero tarde o temprano tendría que hablar así que terminó confesándolo. Al primero al que se lo contó fue al padre, por supuesto. ¡Hubieran visto su reacción! Margarita aún la tenía claramente grabada en su cerebro, y dudaba que algún día pudiera borrársele de la cabeza. Había sido de oro: con los ojos abiertos y la mandíbula completamente desencajada, se había desahogado gritando que no podía ser y maldiciendo al destino que confabulaba en su contra. Pero después del susto inicial y la depresión por su estupidez, vino el sentido de responsabilidad al que no pudo ignorar.

Los dos idearon la manera de reunir a sus respectivas familias, y una vez estuvieron todos juntos, anunciaron el gran suceso. Sus padres casi mataban a Bruno, junto a Rosa, quien se había vuelto completamente loca. Lo más chistoso del asunto era que todos parecían lanzarle la caña a Bruno, sin tener en cuenta que ella había sido parte del embarazo tanto como él. Pronto ambas partes se calmaron, a excepción de Rosa, quien tardó un poco más en aceptarlo, por lo que el siguiente paso fue la gran reprimenda de los padres a sus hijos y un periodo en el que fueron tratados con frialdad.

Claro que como todo periodo, pasó, y ahora tenían, sino el completo, al menos el apoyo parcial de ambas partes, razón por la que en ese momento podían permitirse comprar cosas para el bebé. Lo siguiente en su lista, después de contárselo a sus padres, fue decírselo a sus amigos, quienes estuvieron tanto o más sorprendidos que los últimos. En su caso el tratarlos con frialdad no fue parte de la reacción, pero si comenzaron a molestarlos más con el tema de los bebés y el sexo seguro, bromas que venían más que nada por parte de Javier, a quien Bruno había aprendido a ignorar en su hipocresía. Comparado a su amigo, él tan solo lo había hecho una vez, y ya se había metido en un embrollo mucho peor que cualquiera en las que el pelirrojo podría haberse metido antes.

Pero al final, todos lo aceptaron, incluyéndolos, pues ahora esperaban con ansias el nacimiento del bebé. Bruno había querido proponerle matrimonio a Margarita apenas se había enterado, pero ella se negó alegando que aún eran muy jóvenes, y tenían todo un futuro por delante.

Aunque claro que eso a Bruno le importaba un carajo y de todos modos planeaba pedírselo, una vez que naciera el niño, para que Margarita no se quejara de que no habían esperado.

Se dirigieron a la caja para pagar sus cosas, donde una chica muy joven, los atendió, no sin antes darles una mirada curiosa. Habían recibido tantas en los distintos lugares a los que habían ido que ya ni se inmutaban por ellas. ¿Tan raro era ver a dos adolescentes comprando cosas para su bebé? Ok, olviden la pregunta.

Salieron de la tienda, aún tomados de las manos, mientras Margarita decía en voz alta una lista con un montón de nombres para su futuro hijo. Bruno la escuchaba atentamente, mientras, en algún lugar de su mente, pensaba en lo mucho que había cambiado su vida desde que había conocido a esa muchachita tan especial, y ahora, formaría una familia con ella. Aunque pareciera loco, se sentía preparado, claro, después de todo el problema que se había hecho al principio, pero, ¿Quién no lo haría, si estuviera en su situación? Porque ahora, lo que más quería, era permanecer con Margarita por el resto de su vida, y sin importar qué, haría ese sueño realidad.

_ ¿Me estás escuchando? – preguntó Rosa a un lado de Lucas, un tanto impaciente. El chico suspiró, al tiempo que volteaba a verla.

_ Sí, lo estoy haciendo – respondió desinteresado, para luego llevarse una cucharada de helado a la boca. Rosa bufó, quitándole el pote que tenía en sus manos y llevándolo hasta el otro lado de la banca, lejos de su alcance, lo que hizo que el chico la mirara con odio contenido – devuélveme mi helado – ordenó con un tono tan frío como el hielo. Rosa abrió los ojos con sorpresa, mientras le entregaba de nuevo el pote y volteaba el rostro, asustada.

_ De verdad, Lucas, no sé qué te anda pasando, últimamente estás muy frío conmigo – comentó cabizbaja, con el labio inferior sobresaliéndole ligeramente. Lucas soltó una maldición por lo bajo, cuando se ponía así, no podía tratarla mal.

_ Lo siento – le dijo realmente apesadumbrado. Ella levantó la cabeza tímidamente y le dedicó una de sus dulces sonrisas, las cuales le encantaban. "Si se comportara así todo el tiempo, sería más divertido estar con ella" pensó en su fuero interno, mientras le devolvía la sonrisa. Su relación con Rosa en relación al capitulo anterior, no había mejorado en nada, continuaba exactamente igual, con la excepción de que, ahora, lo dejaba pasar más tiempo con sus amigos, y por ende, con Mario.

De acuerdo, quizás si había mejorado un poquito. Descubrir que su hermana menor estaba embarazada había resultado un gran shock para ella. Bruno aún le debía una por evitar que la chica lo degollara vivo, pues si no hubiera sido por él, muy probablemente el chico hubiera terminado sus días en algún callejón oscuro y húmedo.

Pero, aunque se hiciera la enojada, Lucas sabía que en el fondo, a Rosa le encantaba la idea de ser tía. Seguramente era eso lo que la había ablandado un poco con respecto a tener el control en todo, y a pesar de andar quejándose una y otra vez sobre la irresponsabilidad de su hermana, Lucas sabía que no podía estar más feliz por ella y la familia que formaría a partir de ese momento, aunque sonara ilógico, pues un embarazo adolescente no era algo que uno normalmente celebrara.

Lo tomó de la mano, sorprendiéndolo, pues normalmente ella nunca hacía ese tipo de contacto. Buscó sus ojos pero los encontró ocultos tras sus largas pestañas, mirando al piso. Sus mejillas estaban levemente sonrojadas, lo que le daba el aspecto de ser una dulce y tranquila muñequita, aunque bien sabía Lucas que eso era solo una máscara, pues la realidad era que una fiera leona se escondía tras aquel rostro angelical. Aún así, se sentía feliz por ello, pues aquel disfraz le daba la oportunidad de ser una de las pocas personas que conocían su verdadera personalidad, lo cual lo hacía sentir orgulloso.

Sin dudarlo un segundo, apretó un poco más su mano, y llevándola a su rostro, la besó tiernamente, como un caballero, tal y como a Rosa le gustaba. Esta levantó la cabeza, y su rostro se sonrojó aún más. Lucas sonrió, mientras acariciaba su mano, y ella no pudo evitar devolverle la sonrisa con entusiasmo. Después de todo, ¿Quién dice que la botellita es un juego tonto?

Mario sostenía en sus manos la bolsa que le había entregado su madre. Sacudió la cabeza, completamente abrumado ante la idea de lo que iba a hacer. Respiró hondo unas cuantas veces, y cruzó la puerta del hospital.

Llegó hasta el ascensor, y sin dudarlo un segundo, apretó el botón con el número cuatro grabado en él. Se sabía de memoria los pasos que tenía que dar: primero a recepción, para informar de su llegada, después cruzaría unas puertas amarillas, seguiría derecho hasta la imagen de un trébol de cuatro hojas, dónde giraría a la izquierda, una vez allí, preguntaría por el enfermero que había atendido a su madre, cuando esta había tenido que internarse por culpa de una influenza que se había salido de control. Esperaría en los sillones azules cerca de los baños, y después llegaría él…

No sabía exactamente qué haría una vez que lo tuviera en frente, pero no se preocuparía por eso en aquel momento, en el que seguía en el ascensor, pues si lo hacía probablemente se acobardaría, como siempre que se decidía a visitarlo.

Cuando las puertas del aparato se abrieron, caminó con paso lento, siguiendo todos los pasos que había dictado en su memoria antes. Preguntó por el enfermero, y cuando la vieja recepcionista le dijo que lo haría llamar, se sentó en las ya conocidas sillas azules. Ahora su corazón iba a explotar en su pecho, los nervios lo estaban carcomiendo vivo. Tuvo que decirse varias veces a sí mismo que no huiría, que ya había llegado demasiado lejos, pero, ¿Qué más podría hacer si cada vez que pensaba en él, miles de mariposas cruzaban por su estomago? Patético.

Cerró los ojos, al oír sus pasos acercarse. En definitiva, era él, podría reconocer esos pasos donde fuera.

_ Hola Mario – saludó amablemente Matt, inclinándose para estar a su altura. El chico abrió los ojos inmediatamente, y al verlo, se sonrojó notoriamente. Bajó la mirada, apenado – ¿Qué te trae por aquí? – continuó el enfermero, ignorando la extraña reacción del chico. Mario pareció recordarlo entonces, y le entregó la bolsa, sin mirarlo a los ojos.

_ Mi mamá las cocinó, y yo le dije que te podrían gustar… – no continuó hablando, pues ya no sabía cómo continuar. Matt tomó la bolsa, y con un gesto de cabeza, preguntó si estaba bien abrirla. Mario asintió.

La abrió, y se llevó una grata sorpresa al ver unas galletitas con forma de animalitos dentro. No pudo evitar soltar una suave risa ante el gesto.

_ Pues sí me gustan, y mucho – le dijo con una clara sonrisa en el rostro. Entonces Mario se animó a mirarlo, justo en el momento en el que se llevaba una a la boca – tú mamá cocina delicioso, me encanta – halagó comiéndose de inmediato otra. Mario sonrió.

_ Qué bien, ella estará feliz de escucharlo – dijo con una dulce sonrisa en los labios – por cierto, te invita a cenar, esta noche, si quieres… – ofreció un tanto dubitativo. Matt se levantó.

_ Allí estaré – contestó – ahora tengo que irme, ¿eso era todo lo que querías decirme Mario? – preguntó para asegurarse de que no dejaban temas sueltos. Mario asintió, entonces Matt se despidió y se fue.

El chico lo miró atentamente hasta que su figura desapareció en una esquina. Al final no había sido tan malo, después de todo, había podido verlo, sin hacer ninguna estupidez, y ahora cenarían juntos, esa misma noche. Suspiró, mientras se levantaba. ¿Qué diría su madre si lo viera en esa situación? ¿O Lucas? ¿O Sebastián? ¿Se asustarían, lo repudiarían? No tenía ni idea, pero por ahora, prefería guardar ese extraño sentimiento que tenía dentro suyo, al menos hasta que estuviera completamente seguro de lo que sentía. Porque en ese momento, sabía que Matt le gustaba, pero no estaba seguro de que fuera real, después de todo, como bien dijeron sus profesores en una charla sobre sexualidad, a esta edad era fácil confundirse, nada más. Aunque en el fondo supiera, que esto iba más allá de una simple confusión.

Como sea, ni que fuera que Matt podría llegar a interesarse en él. Caminó de vuelta el camino que había hecho, para volver a casa, a darle la noticia a su madre de que esa noche, tendrían un invitado para cenar.

Si una cosa podía decir Esteban, era que Andrea había acertado bastante en su primera descripción de Camila: a veces actuaba como una persona normal, amable, educada, todo lo que quisieran decir de ella, pero otras podía ser un maldito cubo de hielo, una asquerosa perra sin sentimientos y completamente cruel.

_ ¡No! – exclamó mientras se dejaba caer dramáticamente en su lugar. Camila rió a plena voz, festejando su trigésima quinta victoria del día – ¿no tienes siquiera un poco de compasión? – le preguntó con cara de falso horror. Camila negó con la cabeza.

_ Lo siento querido, pero si se trata de Mega Race II, no tengo ninguna consideración hacia los perdedores, nunca – confesó con una sonrisa malévola cruzándole por el rostro. Esteban la miró con los ojos en rendijas. Se levantó, y avanzó hasta ella, arrinconándola contra la pared.

_ ¿Ah, sí? – preguntó mientras se acercaba peligrosamente a ella – ni siquiera por un… – y la besó, despacio y dulce, como si se tratara de la primera vez. Los dos no tardaron en compenetrarse en el beso por completo, olvidándose del juego, de las personas curiosas que pasaban por allí, y hasta de sus nombres. Lo único que existía en ese momento eran los dos, y aquel dulce contacto que no se terminaba nunca. Finalmente, se separaron a falta de aire, y Esteban sonrió a una roja Camila con suficiencia. Esta apartó la vista, avergonzada – beso – concluyó lo que había dicho en primer lugar. Ella sonrió.

_ Nunca – respondió y lo alejó con una mano. Esteban bufó, ahora se quería hacer la difícil…

_ Vamos, Cami, no seas así – le dijo tomándola de la cintura. La apretó contra sí y susurró en su oído: – tan solo te pido un poco de consideración – Camila se estremeció pero negó con la cabeza.

_ Ni lo creas – le dijo riendo, se volteó y volvió a plantarle un beso, pero esta vez, en la mejilla – no es mi culpa que apestes manejando un auto virtual – dijo quitándole la lengua. Esteban rió.

_ Entonces pido la revancha, esta vez ten por seguro que te venceré – contestó mientras la soltaba y volvía a posicionarse en el vehículo ficticio del local. Camila suspiró, pero aceptó el reto. Este chico jamás sabía cuando rendirse, ¿cierto?

De nuevo se encontraban en el escritorio de la casa de Anette, revisando distintos libros y papeles mientras conversaban animadamente. Pablo tomó un libro que estaba cerca de una de las patas del escritorio. Ese día hacían limpieza general por lo que la mayoría de los volúmenes se encontraban despatarrados en el piso, de modo que les fuera más fácil organizarlo todo.

_ Lamento quitarte tu tiempo así – dijo en un momento determinado Anette, mientras revisaba distraídamente una carpeta con varios papeles. Pablo volteó a verla.

_ No importa, sabes que me encanta ayudarte – contestó levantándose y llevando el libro a la sección que le correspondía.

_ Mmm – contestó Anette sin prestarle mucha atención. Pablo suspiró y caminó hasta ella, para tomarla del brazo y levantarla. Esta lo miró con curiosidad.

_ Creo que es hora de un pequeño descanso – sonrió para darle mayor desenvoltura a sus palabras. Anette asintió, de acuerdo con él. Ya habían pasado más de tres horas en ese lugar, sin nada más que hacer que organizar y organizar, por lo que no les vendría mal un pequeño descanso. Salieron del escritorio y fueron hasta la cocina, dónde Anette sacó algunas tazas y bolsitas de té.

_ ¿Quieres un poco? – le preguntó. Pablo asintió mientras buscaba en el refrigerador las masitas que había visto antes, las encontró rápidamente y se las llevó a la mesa, dónde se sentó a esperar que Anette volviera. Esta prendió la hornalla y cuando dejó la tetera al fuego, se acercó a él.

_ Entonces… – comentó Pablo, Anette le prestó toda su atención – ¿Qué haremos ahora? – preguntó un poco ido. La mujer se encogió de hombros, dando a entender que no sabía. Después de todo, las cosas entre ellos solían ser así, la mayoría del tiempo estaban envueltos en silencios que no eran para nada incómodos. Se sentían bien estando el uno con el otro, y casi nunca sentían la necesidad de llenar los espacios con conversaciones. Era como si se complementaran el uno al otro, y eso era algo poco común de encontrar, en la sociedad actual.

La pava lanzó su característico silbido al hervir el agua. Anette se levantó y sirvió el té, para llevarlo luego hasta la mesa. Los dos tomaron en silencio.

Al terminar, lavaron sus respectivas tazas y volvieron al escritorio, para continuar con su tarea. Desde que las clases habían acabado no podían salir tan seguido como antes, por la probabilidad de que alguien conocido los encontrara, pues los jóvenes salían más durante las vacaciones. Aunque eso no les importaba. Pasaban la mayoría del tiempo en casa de Anette, conversando, viendo televisión, u otras simplemente sin hacer nada, como acababan de hacer. Era algo que los llenaba de paz, y estaba bien para ellos.

Ahora lo único que esperaban era a que Pablo terminara el colegio, y entonces podrían hacer su relación pública, sin necesidad de ocultarse más por temor a que los acusen. Sería lindo, y aunque aún no planeaban casarse, tarde o temprano lo harían, pues no imaginaban una vida sin el otro a su lado. Así de fuerte era su relación.

Linda terminó el cigarrillo y lo lanzó al piso, para luego pisarlo con fuerza. Hacía media hora que estaban sentados en ese parque, mirando el agua de la fuente frente a ellos correr, sin hacer ni decir absolutamente nada. Javier terminó también con su cigarrillo, y haciendo lo mismo que Linda, lo apagó, para luego mirar al frente de manera desinteresada.

_ Entonces, ¿otra vez huyendo de casa? – preguntó para iniciar conversación. Linda tembló un poco, y bajó la mirada, pero de todos modos contestó:

_ Es lo mejor que puedo hacer, esos dos imbéciles se preocupan más por sí mismos que por mí, no sé ni porque me tuvieron si lo único que iban a hacer era ignorarme – se quejó poniendo una cara de verdadera amargura. Javier suspiró.

_ Y por eso interrumpiste mi siesta, para que venga a este mugroso parque y te consuele, ¿no? – preguntó mirando al cielo. Linda asintió, sin preocuparse por las palabras de Javier. Ya estaba acostumbrada a que se quejara de todo siempre. Giró la cabeza, para ver como este encontraba gran diversión en un grupo de jovencitas que pasaban cerca. Eso hizo a Linda rabiar, sin pensarlo mucho, le dio fuerte pisotón que hizo que el chico se encogiera en sí mismo, para evitar lanzar el alarido que quería salir de su boca.

_ ¿En qué mierda estás pensando? – le preguntó cuando creyó poder soportar el dolor sin llorar – ¿tienes que hacerlo tan fuerte? – preguntó enojado. Linda volteó la cara, dispuesta a ignorarlo, eso lo hizo rabiar aún más.

_ Si, tenía que hacerlo, ¿Por qué carajo tienes que mirar a otras chicas? Al menos si vas a hacerlo, hazlo cuando yo no esté – le dijo inflando los cachetes. Javier la miró confundido por su respuesta, pero al final no pudo evitar sonreír con sorna, para acercársele lentamente.

_ Así que estás celosa, ¿eh? – le susurró al oído. Contra todo pronóstico, Linda se volteó para enfrentarlo, con su rostro a escasos centímetros del de él.

_ Sí – contestó sin más. Eso confundió aún más a Javier – estoy celosa, ¿algún problema con eso? – preguntó alzando el mentón. Javier la miró un rato anonadado, pero al final, terminó lanzando una carcajada muy fuerte, que atrajo la atención de varias personas que pasaban por allí. Linda se sonrojó al ver a toda esa gente prestándoles atención – ¡tranquilízate! – lo instó intentando calmarlo poniéndole las manos en los hombros. El chico alzó la vista, aún riendo, y la miró de una manera que la dejó helada.

_ Vaya, vaya, por supuesto que no tengo ningún problema con ello, es más, estoy encantado con la idea – le dijo acercándose cada vez más a ella. Linda intentó alejarse, incomoda por su repentina cercanía, pero Javier puso ambos brazos a sus costados, dejándola atrapada.

_ ¡Hey! ¡Invades mi espacio personal! – se quejó, poniendo ambas manos en su pecho, en un intento vano de alejarlo. Grave error, Javier aprovechó su momento de distracción, y se lanzó a su boca, para besarla de una manera que casi la deja sin aliento. No tardó mucho en corresponderle, llevando ambos brazos a su cuello, disfrutando del juego que sus lenguas hacían dentro de su boca. Se separaron varios minutos después, respirando agitadamente, Javier la miró a los ojos, mientras se lamía de manera lasciva los labios.

_ Tabaco y cerezas – dijo sin dejar de mirarla, haciendo que se sonrojara notablemente – mi favorito – y sin más, volvió a besarla. Linda no sabía muy bien qué clase de relación tenían, si eran tan solo amigos o algo más, pero sea lo que fuere, en ese momento la traía completamente sin cuidado. Lo único que planeaba hacer era disfrutar del sabor de sus labios, sin nada ni nadie que se interpusiera en su camino.

Corrieron a todo dar, hasta que sus cuerpos pidieron a gritos un descanso. Se detuvieron mientras respiraban agitadamente, intentando tranquilizar el ritmo de sus respiraciones.

_ ¿Crees que nos encontrará? – preguntó Sebastián cuando creyó recuperar la voz. Andrea se encogió de hombros.

_ Siempre lo hace, de alguna manera. Es como si tuviera un radar con ella – decía entre una bocanada de aire y otra – da miedo – concluyó irguiéndose. Sebastián frunció el ceño, pero tuvo que darle la razón, de alguna manera u otra, Jazmín siempre terminaba encontrándolos.

_ Entonces, ¿Qué haremos? – preguntó de verdad preocupado. Andrea se lo pensó un momento, mientras miraba alrededor. Entonces, su rostro se iluminó, probablemente al reconocer el lugar.

_ Tengo una idea – dijo mirándolo con diversión. Sebastián se limitó a seguirla, cuando esta avanzó hasta una parada de autobús – iremos a casa de una amiga, dónde no podrá encontrarnos – Sebastián la miró arqueando una ceja, ¿amiga?

_ Con que huyendo de tu futura cuñada, ¿eh? – preguntó Romina mientras se ponía un par de aros frente al espejo del recibidor. Andrea asintió, mirándola con pesar.

_ No nos deja en paz, nunca, tenemos que huir de ella si queremos estar solos – se quejó acercándose cada vez más a ella – no es que nos caiga mal, pero… también queremos nuestra privacidad. Nos ayudarás, ¿verdad? – preguntó ladeando la cabeza. Romina suspiró.

_ Pueden quedarse aquí si quieren – se limitó a contestar. Andrea y Sebastián intercambiaron miradas de felicidad – pero nada de hacer cosas raras, ¿de acuerdo? – dijo con un tono pícaro en sus palabras. Andrea no tardó en ponerse roja como un tomate, mientras miraba a su amiga con veneno en los ojos. Romina rió quedamente, ah, hacía tanto que no molestaba a Andrea.

_ ¿Cómo qué cosas? – preguntó Sebastián inocentemente. Ambas mujeres voltearon a verlo sorprendidas – ¿Qué? – dijo cuando vio a Romina aguantando la risa y a Andrea negando con la cabeza – ¡¿Qué? – volvió a preguntar, sin entender la reacción de ambas.

_ Supongo que Sebas siempre será Sebas, sin importar qué – dijo Romina mientras se dirigía a la cocina – suerte amiga – le susurró al oído a Andrea, antes de guiñarle un ojo, logrando que la chica casi se atragantara. Su amiga desapareció y Andrea se sintió incapaz de mirar a Sebas a los ojos, este se acercó, y le tocó el hombro.

_ No comprendo, ¿de qué clase de cosas estaba hablando Romina? – preguntó de verdad confundido. Andrea suspiró.

_ Te lo diré cuando seas mayor – se limitó a contestar mientras se alejaba, camino a la sala. Sebastián frunció el ceño, siguiéndola.

_ Ah vamos, no puede ser tan malo – insistió sentándose en el sofá junto a ella, la chica se negó a hablar – Andrea… – susurró haciendo un mohín, consiguiendo que el corazón de la chica casi de un vuelco en su pecho. Sin pensarlo mucho (quizás sí, todo con tal de que Sebas dejara ese incomodo tema) se abalanzó a su boca y le plantó un beso casi animalesco en los labios. Al principio Sebas se mostró un tanto sorprendido, pero no tardó en corresponderle, con tanto o más entusiasmo del que ella demostraba.

El timbre sonó pero ninguno de los dos le hizo caso. Probablemente se tratara del novio de Romina, quien, como bien les había dicho esta al recibirlos en su hogar, iba a recogerla para salir en una cita. Escucharon los pasos de Romina dirigirse de la cocina a la puerta principal, y luego como abría la susodicha.

Después todo quedó en silencio. De seguro Romina ya había salido. Sin preocuparse por nada más, continuaron ahondando más y más aquel beso que parecía no tendría final. Sebas se deshizo de toda sutileza y, en un acto casi impulsivo, se abalanzó sobre Andrea, recostándola en el sofá, quedándose él sobre ella.

_ Creo que ya comprendo a qué se refería Romina – susurró en su oído, logrando que la temperatura en el cuerpo de Andrea subiera al menos cien grados más. Rió suavemente contra su cuello, antes de volver a besarla de manera un poco más lenta. Entonces, escucharon un grito.

_ ¡No están aquí, en serio! – esa era la voz de Romina. Por instinto, Andrea y Sebas pararon todo tipo de contacto y se levantaron inmediatamente, a tiempo de ver como Jazmín ingresaba con una sonrisa malévola en el rostro.

_ ¡Los encontré! – gritó antes de abalanzarse sobre ellos. Ambos chicos no pudieron evitar suspirar de agotamiento, al verse rodeados por los brazos de Jazmín – Albert no puede contenerme por mucho tiempo – les dijo guiñándoles un ojo, justo en el momento en el que el susodicho entraba, seguido de Romina.

_ ¡Jazmín! – exclamó. Esta los soltó inmediatamente, y quitándole la lengua a su novio, huyó por la puerta trasera, mientras Albert intentaba alcanzarla, sin éxito, en el jardín. Romina suspiró.

_ Estos dos – dijo moviendo la cabeza de un lado a otro. Sebastián y Andrea intercambiaron una mirada extrañada, antes de volverla a posar sobre la pareja quienes hacían ese divertido juego del gato y el ratón en el jardín. Entonces se volvieron a mirar y no pudieron evitar reír, como dos niños pequeños. Sebastián tomó de la mano a Andrea, haciendo que se levantara.

_ Huyamos – susurró en un movimiento de labios. Andrea miró una última vez al jardín, y asintió, para desaparecer junto a su novio, sin que ninguno de los presentes se percatara.

No sabían a dónde irían, tampoco les importaba mucho, lo único que realmente valía la pena en ese momento era estar juntos, no separarse nunca, y sobre todo, disfrutar siempre del otro. Porque a pesar de las dificultades que pudieron atravesar en el camino, a pesar de las subidas y bajadas, a pesar de todo, estaban juntos, aunque en un principio no se diera, aunque en un principio no hubiera sido nada más que un dulce desamor.


FIN

Señoras y señores, hemos llegado al final de "Dulce Desamor", si, lo sé, es triste, pero tampoco iba a ser la historia eterna, no? Bueno, como ya saben, quiero agradecer a todos y cada uno de los que leyeron, si han llegado hasta acá, aunque no hayan comentado, es algo muy importante para mí, y me llena de mucha felicidad saber que pudieron soportar los primeros diez aburridos capítulos de esta historia y seguir adelante. También, por supuesto, agradezco a todos los que me comentaron y comentarán por este capi, así como los que dejaron de hacerlo o empezaron a hacerlo casi al final, no saben lo feliz que me hacían con cada uno de sus divertidos comentarios n.n

También, otra cosa: ustedes saben que si encuentran algo mal escrito o que no se entendió pueden decírmelo, no? yo lo corregiré con mucho gusto :) ah! y no se olviden que aunque esta historia terminó, yo sigo con la otra: "Broma del destino" que espero le den una oportunidad, aunque no sea de romance, puedo asegurarles que estará muy buena (que modestia...)

Y en cuanto a otras historias: por ahora creo que me tomaré un pequeño descanso (de las de romance, sigo con el otro ;) pero, quien sabe, si se me ocurre algo divertido y quiero publicarlo... últimamente estoy con la idea de seguir publicando historias de este mismo fic, o sea, pequeñas historias aparte con los personajes de esta novela, que no sean Andrea y Sebastián, así que si quieren seguir atentos a mis actualizaciones, bienvenidos sean (esa es otra manera de decirles que sigan leyendo mis fics O.o)

Así que ya saben, esta historia termina pero quizás siga con otras, el tiempo lo dirá. Un último agradecimiento a todos, y un enorme beso por leer mi fic completo, de verdad, aprecio mucho eso.

Nos leemos! ;)