Esta era la historia de Marina, pero para entenderla, debemos comenzar con alguien más: su padre Isaak.

Isaak no era un hombre rico ni afortunado, y no podía darle las oportunidades que otros podían brindarle a sus hijos, pero al menos había hecho lo más mínimo que en su concepción del mundo podía hacer: un oficio fijo para su hija.

El trabajo de Isaak era el de ser el proyeccionista del cine del pueblo: una labor complicada, pero estable, que le garantizaba al menos obtener el pan de cada día, lo suficiente para alimentar y vestir a Marina.

Pasaron los años, y eventualmente el ciclo de existencia de Isaak fue cumplido, y Marina fue nombrada la nueva proyeccionista del cine, poniendo en practica todas las lecciones que su padre le había dado.

No era un trabajo que le permitía socializar demasiado, siendo irónico si consideramos lo que pasaba en una sala de cine: las familias se reúnen para disfrutar de una función, los enamorados se encuentran ahí para abrigarse en la oscuridad amándose en las sombras, y aquellos viejos amigos de toda la vida se encuentran ahí para ponerse al día.

Todo pasaba ante sus ojos, no solo en la pantalla, sino fuera de esta, pero en su propia vida, nunca pasaba nada.

Los turnos eran prohibitivos, y su único día de descanso era exclusivamente para hacer reposar su brazo, consumido de dolor por mover el proyector, y su vista, lastimada entre el contraste de la luz y las sombras de un cinema.

Pero nada podía detener los sueños...

Esas películas, esas ventanas a otro mundo eran un pequeño desahogo, y a pesar de la dificultad de su trabajo, al menos podía dejar su mente soñar por esos minutos y horas de función.

Podía soñar que era una Ilsa Lind o una Scarlet O'Hara, viviendo la aventura de su vida con un hombre que sentía nada más que amor y pasión por ella: podía soñar que usaba esos elegantes vestidos que Marilyn Monroe lucía o las joyas de una Audrey Hepburn, pasando sus noches en fiestas con un mar de gente diferente; una conversación cada cinco minutos, y un amor en cada corte de escena...

...esas películas eran la vida que deseaba ¿Patético? Quizás, pero ¿Que acaso no todos hacemos lo mismo? Al menos esa cuestión era el consuelo que Marina se daba tras cada filme, cuando su fantasía terminaba...

Al menos tenía ese cartel, su favorito: en este, se veía a un fuerte y viril galán de antaño sosteniendo fuertemente de la cadera a su amada, una heroína de una belleza clásica que nunca pasa de moda; el arte del cartel era hermoso, muy bien diseñado, muy bien dibujado, y los colores: rojos vivos y llameantes con negros discretos y melancólicos; un simple letrero, un objeto de adorno parecía vivir más que ella misma.

¡Cuanto tiempo perdido deseando estar en el lugar de esos amantes! Pero ¿Pueden culparla? Cuando apenas ganas lo suficiente para llegar a la semana siguiente, las cosas del amor y el corazón quedan en segundo lugar: se tiene que comer, se tiene que sobrevivir, y eso era Marina: una sobreviviente.

Y así fue hasta que a su vez, fue ella quien le debía pagar su factura, en forma de su juventud y su apariencia.

Pero no solo fue ella la que se desgastaba, sino el propio cinema: otrora atrayente de grandes multitudes, se veía rebasado por los nuevos tiempos, y un humilde cine no podía competir contra ellos, y poco a poco la audiencia fue disminuyendo, pero ella nunca dejó de ir a trabajar, donde al menos podía escapar de su realidad y sumergirse en ese mundo de la pantalla de plata.

—Francamente querida...me importa un bledo—replicaba Marina aquel día en esa proyección de una de sus películas favoritas, la cuál había visto tantas veces ya, que podía transcribir el guión entero.

Y el cinema intentó modernizarse, pero ni eso fue suficiente, hasta que llegó aquel día.

—Marina ¿Puedes venir un momento?—Interrumpió el administrador, al entrar en la sala de la proyeccionista.

—Claro que si Señor Pietrovski.

Y entonces, después de tanto sacarle la vuelta a la realidad, el señor Pietrovski soltó esas palabras que tarde o temprano iban a escucharse.

—Marina, ya lo sabes muy bien, así que seré breve: el cine va a cerrar.

Marina deseaba decir algo, pero no sabía qué, y deseaba hacer algo más, pero había tanto y a la vez tan poco; al final, solo le quedó aceptar el telón final de su vida en el cine.

—Marina, sabes muy bien que tienes garantizada una pensión, de eso no te preocupes—le aclaró el señor Pietrovski.

—No lo puse en duda patrón, y lo agradezco mucho, pero...usted sabe...es difícil decir adiós.

—Lo se...

El Señor Pietrovski abrazó fuertemente a su empleada, deseando que dicho gesto pudiera mitigar un poco el dolor y la tristeza que Marina sentía.

Y la última noche, de la última función llegó, y ni el hecho del próximo cierre del cine pudo atraer a alguien: vinieron cuatro personas, y cuatro personas se fueron.

Antes de salir para siempre del cine, Marina dio un último paseo en el edificio, recordando entre sus pasillos, sus butacas y claro, su propio cuarto: el cuarto de la proyeccionista, llenó de material promocional, algunos mejor preservados que otros, y de los proyectores: el nuevo, traído desde hace años y el antiguo, con el que había empezado su trabajo y que era el responsable de su actual dolor de brazo.

Pero ya no había tiempo ni energías para hacer corajes ¿Para qué? Esa maquina le dio de comer durante años, y al final, era solo eso: una maquina.

Y ademas, antes de irse, quería ver una cosa una vez más...

...Marina alistó el viejo proyector, y puso el rollo de su filme favorito, para disfrutarlo una vez más antes de partir; no le fue fácil, sus fuerzas estaban mermadas, pero era la única manera que tenía de ver esa película para después, decir adiós.

Citó el filme en todo momento, sabiendo cuando sonreír, y cuando llorar.

—Francamente querida...me importa un bledo—dijo junto con la banda sonora del filme, pero de ahí no continuó...

La maquina se había trabado, y al querer detenerla, de pronto un fuego apareciendo: el fuego alcanzó a lastimar el rostro de Marina, y esta cayó al perder el equilibrio, mientras que las flamas pasaban del proyector a los alrededores, llenado pronto de rojo el lugar.

Marina tardó en poder levantarse y en abrir los ojos, y al hacerlo, se veía rodeada por aquel rojo incandescente; la propia salida estaba en llamas.

Ella sintió miedo y desesperación: las lagrimas comenzaban a brotar de su rostro al no poder hacer nada más que esperar el final inevitable, al no tener algún otro lugar por donde escapar, y de a poco, su mente se resignaba, se hacia a la idea que ese sería el final de su función.

Pero entonces, si ese era el final, al menos vería algo que valiera la pena.

Abrió la puerta del cuarto de una pequeña bodega de material antiguo, que aun no había sido alcanzada por el fuego, y ahí, todavía expuesto en el fondo, el cartel favorito de Marina.

Ya no había tiempo de lamentaciones, o de pensar que pudo o que no pudo ser: todo lo que quedaba era recordar, y para bien o para mal, casi todos son recuerdos después de cierta edad eran de películas.

Lastima que nunca pudo sentirse en los brazos de un amante loco por ella como en ese cartel, se decía mientras más humo ingresaba, mareandola un poco y haciendola entrecerrar los ojos ocasionalmente.

—Nunca es tarde—le dijo una voz masculina.

Al abrir los ojos brevemente, Marina no encontró a nadie junto a ella; debió ser solo una ilusión, pensó, pero la voz no tardaría en aparecer de nuevo.

—Siempre hay un momento, aunque sea breve, para vivir y recuperar lo perdido, después de todo...mañana será otro día.

Y entonces Marina lo vio: el letrero era diferente esta vez, con solo aquel hombre, hablando con ella ¿Se había vuelto loca? Pensó Marina, pero al borde de la muerte, la locura no tiene porque ser menos real que nada.

—¿Me estas hablando?—preguntó Marina.

—¿Hay acaso alguna otra dama aquí?—dijo ese hombre, cuya galantería apenaban un poco a la mujer, jamás acostumbrada a oír esos avances de nadie.

—Pero...

—No cuestiones nada, solo ven conmigo....

Y el hombre le extendió la mano; Marina se sujetó fuertemente de esta y ella se vio dentro del paisaje de ese cartel: su ropa era diferente, ya no esa humilde vestimenta de una trabajadora, sino un largo vestido de las telas más finas y delicadas, y su piel se sentía diferente: suave, tersa, joven una vez más, y su cabello: ya no tenía el tono gris, sino había recobrado el color oscuro de sus días mozos.

Había tanto en la cabeza de Marina, era como el sueño de una vida, pero aquel galán, ese hombre no quería que nada arruinara el momento: no dudas, no cuestiones, solo tomó a Marina de sus caderas, y selló el encuentro con un beso.

El incendio ocupó una breve nota en los periódicos y las noticias del pueblo; había otras noticias que dar, y nadie parecía dar un bledo por un viejo edificio destruido y una anciana muerta: cosas así pasan todo el tiempo, a lo largo y ancho de todo el mundo; solo quedaba limpiar el lugar, y preparar el terreno para uso nuevo.

Los trabajadores limpiaban las ruinas del antiguo cinema, donde todo había sido consumido, incluyendo, según los expertos, el cuerpo de Marina.

Pero algo si había sobrevivido al fuego de ese infierno, al contrario de lo que originalmente se pensó.

—¿Qué es eso?—preguntó uno de los trabajadores.

—Es un viejo cartel de una película—respondió su colega tras sacar de las cenizas el objeto encontrado.

Era un cartel, ilustrado con la figura de dos amantes, con el hombre sujetando a su dama de la cadera y besándola con pasión...¿Como había sobrevivido un cartel antiguo a esas llamas? Bueno, supongo que eso le corresponde a los expertos...

...pero creo en la mente de quienes hayan oído de esta nota, la respuesta es clara...