El andén de los sueños del ayer

El viento hacía bailar a su pelo, como si una mano imaginaria estuviese disfrutando de su suavidad. En el aire había un olor fresco y primaveral y el sol empezaba a rayar en lo alto del cielo, indicando que aquel día podría llegar a ser maravilloso.

Podría, ciertamente, ser maravilloso, pero aún faltaba algo para completarlo.

La noche anterior era como un borroso y feliz sueño en su memoria. Uno de esos sueños cálidos y agradables que se recuerdan con una aureola blanca y difuminada enmarcándolo.

Él la había llamado, sabiendo que hoy se embarcaría en un largo viaje. Toda la noche habían disfrutado de la compañía mutua y de anécdotas interminables salpicadas de nostalgia.

Habían cenado en un restaurante bien decorado, con encanto, en uno de los rinconcitos e iluminados por velas que hacían que sus ojos enamorados brillasen con más fuerza. Durante unas horas, no había nadie más en el mundo que ellos dos, sus almas se habían convertido en una sola, disfrutando del cielo y las estrellas y entrelazando sus dedos hasta casi el amanecer.

Se había enamorado con los años, manteniendo esa amistad y respeto que se tiene al crecer junto a alguien día a día, pero por fin se habían entregado, y bajo la luna como único testigo habían sellado su amor con un beso tierno y dulce que parecía que no tendría fin.

Sin embargo, ella no podía dejar de pensar en que, quizá, todo había sido el sueño de una noche, un dulce y anhelado sueño del que había despertado fría y cruelmente para darse de bruces con un día horrible, aunque hoy el cielo entero había conjurado para que el día fuese precioso, recordándolo la terrible y dura realidad de que estaba sola en el andén de la estación, dispuesta a marcharse de viaje sin compañía y sin un solo motivo para jamás regresar.

Durante la noche no había pensado mucho en ello, pero mientras llegaba a su fin no podía dejar de cuestionarse si aquel amor que sentían, aquel cariño y afecto que habían hecho patente seguiría siendo así por la mañana.

Ambos sabían que ella se marchaba pero ninguno había mencionado el tema y mientras la devolvían a su hotel, como en el cuento de la cenicienta, dejando de sentirse princesa por una noche, ella no pudo evitar preguntarse si él la seguiría amando por la mañana.

Un pitido rompió el aire de la mañana haciendo callar a los pájaritos. El jefe de estación hizo sonar una campana y gritaba a pleno pulmón que todos los pasajeros debían montar en el tren. Era simplemente perfecto, como en una película antigua, pero sabiendo que nadie iba a despedirla.
Se sentó en el tren, tranquilamente, y colocando su maleta en el compartimento junto a la ventana. En fin, siempre le quedaría el precioso recuerdo de aquel dulce sueño en el que se su amor había vivido plenamente una noche.

Un golpe suave en su ventana la distrajo y allí estaba él, sonriendo, agotado de una carrera y con un ramo que había sido agitado con frenesí a través de un largo trayecto. Sonreía y la miraba con cariño y con la mano le hizo un gesto para que abriese la ventanilla.

- Te he traído un ramo. No iba a dejar que te fueses sin más. – le dijo sonriendo y, aprovechando que ella se inclinaba a recogerlo, se estiró y la besó dulcemente. – Te esperaré aquí, siempre. No puedo dejarte ahora que te has hecho realidad.

Ella le devolvió el beso, cogió el ramo y le acarició la cara mientras el tren se ponía en marcha rumbo a lo desconocido. Ella sacudió la mano por la ventanilla, sonriendo, feliz. Estaba viviendo su sueño más preciado y sol brillaba y su pelo se agitaba al viento gritándole al mundo que a veces, los deseos se hacen realidad.

Fin

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Nota: Este texto fue creado para un juego de completar premisas en una página web de literatura.