EL PRINCIPIO

Volví a la realidad de golpe, como si acabase de despertar de una pesadilla. Aunque aquello era real. Notaba el peso de su cuerpo inerte sobre mí y el frío de la sangre que recorría mi cuello. Aún me temblaban las manos.

Pasaron unos segundos, que para mi parecieron eones, en los que quería reaccionar y pensar en una forma de lógica de actuar. Hice un esfuerzo y aparté el cadáver de mí, después me separé rápido hacia una esquina y me quedé contemplando el cuerpo mientras me abrazaba las rodillas para contener la angustia.

Había tenido que hacerlo. Yo jamás hubiese pensado en algo así, ni en ser capaz de matar a alguien sin más, pero en esa situación no era yo misma. La policía sabría que había sido en defensa propia.

Pobre Sam. Tendido en el suelo, con el destornillador sobresaliendo de su cabeza como si fuese una antena. Habíamos sido compañeros durante años, habíamos coincidido en varios proyectos y tareas y, aunque siempre se había mostrado interesado en mi, nunca había intentado nada hasta ese día.

Todo había sucedido muy de prisa, nos habían mandado a buscar material al taller de electrónica para montar unos cuantos ordenadores a modo de servidor, pero anclados a la pared, por lo que nos hacían falta destornilladores y un taladro. Nuestros compañeros del taller siempre tenían de sobra, así que les cogeríamos unos cuantos prestados. Sam y yo charlábamos, aunque no recuerdo sobre qué, y yo estaba cogiendo unas cajas de tojinos y tornillos cuando, de pronto, Sam se tiró sobre mí, empezamos a forcejear y me desgarró la ropa, creo que hasta intentó morderme o vete tú a saber qué. Tenía los ojos fijos en mi e inyectados en sangre. Estaba como loco, yo me puse histérica y traté de quitármelo de encima, como no lo conseguí busqué algo con qué aturdirle pero mis manos sólo encontraron un destornillador. Saqué fuerzas – llámalo adrenalina o que me vino Dios a ver – y se lo clavé en lo primero que encontré: su cabeza. Me sorprendió haber sido capaz de clavárselo pero se ve que lo hice porque Sam se quedó quieto, con todo su peso sobre mi y la sangre recorriéndome.

No sabía cómo iba a explicarlo, me resultaba hasta incomprensible y también me parecía mentira pero ahí estaba el cadáver de Sam para recordarme que no, que por más que lo desease aquello no era una pesadilla.

Yo le había matado.

Pasaron horas hasta que fui capaz de dejar de temblar y ponerme en pie. Tenía que avisar a la policía, entregarme o lo que fuese. Era horrible.

Caminé por el pasillo hasta nuestra aula para coger el móvil y avisar a emergencias o a quien le correspondiera. El camino, que sólo me llevaba diez minutos recorrer a diario, se me hizo largo y kilométrico.

El mundo entero a mi alrededor parecía haberse paralizado. Todo estaba en silencio, no se oía ni el trino de los pájaros del jardín de fuera, ni los coches rodando en el aparcamiento. Todo le hacía un homenaje silencioso a Sam.

Quizá, si no estuviese en shock, habría sido más rápida asociando conceptos pero, sinceramente, ¿Quién mantiene la compostura con algo así?

En una situación normal, me habría dado cuenta de que, un martes a las once es imposible no escuchar a los compañeros irse y llegar con sus coches, el altamente improbable que no te cruces con alguien en los pasillos y que es bastante raro que pájaros acostumbrados al constante ruido no trinen cuando hace sol.

En una situación normal…me habría dado cuenta de que algo no iba nada bien.

Afortunadamente, cuando el mundo se confabula para jodernos a todos, siempre hay una luz de esperanza que nos informa de la verdad. La mía fue una bofetada de realidad que me sacó del shock y me puso camino de la histeria cuando descubrí que todos mis compañeros yacían muertos en el suelo de la clase.

Había sangre por todas partes, trozos de ropa y ¡piel! Arrancados y ensangrentados. Algunos tenían mechones de pelo en las manos y a otros les faltaban de las cabezas. Era dantesco.

Se me había olvidado lo que iba a hacer allí, me quedé paralizada mientras un espasmo recorría mi cuerpo…y vomité. Tuve que agarrarme al marco de la puerta para no caerme.

Analicé la situación, no entendía qué es lo que había pasado pero, fuese lo que fuese, les había matado a todos. ¿Quizá un alumno loco se había cargado a todo el mundo? El miedo a que un chico loco y armado anduviese suelto por allí me invadió. Pero – se veía que mi mente empezada a funcionar – de ser así, ¿Por qué no había oído disparos? No podía haber sido eso. Así que, ¿cuál era la explicación?

Lamentablemente no pude seguir atando cabos ya que un superviviente empezó a gemir. Algún compañero había recuperado el conocimiento así que fui a ayudarle. El que se movía era Kevin.

- Kevin, ¿estás bien? – pregunté, aunque no sé por qué siempre nos pasamos la vida diciendo chorradas, era bastante evidente que estaba fatal, tenía el cuerpo lleno de arañazos, heridas sangrantes y magulladuras.

No me contestó pero siguió intentando ponerse en pie, aunque no tenía éxito.

- Espera, te ayudo.

Me agaché junto a él. Si podía girarle quizá podría sentarle y luego ponerle en pie. No se me ocurría otra cosa porque él era bastante más alto que yo. Le informé de mi plan y me dispuse a darle la vuelta. En medio del proceso Kevin gimió, miré hacia él y vi sus ojos inyectados en sangre. Instintivamente le solté, él siguió arrastrándose hacia mi y alago en mi interior – instinto de supervivencia o sentido arácnido, nunca lo sabremos – me hizo comprende que Kevin no necesitaba mi ayuda, al menos con mis conocimientos básicos de primeros auxilios.

Quería correr pero algo en mi, mi lado más humano y maternal, me obligaba a quedarme. Una voz en mi cabeza chillaba que debía salir corriendo. Aquel debía de ser mi día de suerte porque varios compañeros empezaron a moverse hacia mí. Decidí que, ya que parecía que todos estaban mejor, era un buen momento para salir huyendo.

El corazón se me salía del pecho, notaba los latidos en mis sienes, me faltaba la respiración. En la carrera, por el rabillo del ojo, vi a mucha gente tirada en el suelo o moviéndose. Seguía sin saber qué estaba pasando y dudaba que lo supiese alguna vez.

Finalmente, tras cruzar dos pasillos y bajar por la escalera de incendios, llegué al aparcamiento. Por primera vez me arrepentí de no venir al campus en coche. Tendía que correr a casa. Alguien sabría qué estaba ocurriendo. Dirían algo en las noticias, por lo menos en el canal local.

No se veía a casi nadie en el aparcamiento. A lo lejos, parecía que había un grupo de chicos jugando con algo. Quise correr hacia allí pero estaba cansada y una fuerza superior a mi me advertía de que había peligro. Intenté fijarme más en los chicos: también estaban ensangrentados y con la ropa desgarrada y parecía que estaban… ¡comiéndose un gato muerto! Por lo menos, esperaba que estuviese muerte. Sentí pena por el animal.

Comencé a caminar, alejándome de los coches y por el lado más despejado de árboles. Pensé que con más visibilidad y distancia tendría algo de ventaja. En fin, la gente se había vuelto loca en un abrir y cerrar de ojos, y yo no estaba en medio de esa historia de casualidad.

Mi casa no estaba muy lejos pero tenía miedo de encontrarme con más gente como esa. Era una zona relativamente transitada. Quizá no todos estuviesen así, a lo mejor había sido sólo en el campus. Puede que la gente se hubiese estresado con los exámenes o que hubiesen tomado drogas con efectos muy fuertes. En fin, en ese momento se me ocurrían mil ideas.

Por el camino, mi teoría se fue desmoronando, había más cuerpos tirados y ensangrentados, algunos parecían moverse cuando pasaba yo, otros seguían quietos. Apuré el paso. En casa estaría a salvo.

Crucé varias calles hasta llegar a mi casa. Mi primera impresión era que mi barrio también estaba igual. Demasiado silencio, demasiada calma. No había tráfico. Eso siempre era raro. Mi calle tenía circulación hasta por las noches así que ni un coche a lo lejos era muy mala señal.

Comprobé el jardín de la entrada, sólo por asegurarme de que no había nadie allí y eché la mano al bolso para sacar las llaves.

¡El bolso!

Se me había quedado en clase con mi móvil, mi cartera y mis documentos. ¡Bien por mí! Con la sorpresa se me había olvidado.

Mi casa era pequeña, de dos plantas y un pequeño altillo, no era muy vistosa pero era nuestra, de mis padres, más bien. Ellos no estaban, ya que se habían ido una semana de vacaciones a Hawai así que, vista la situación, tendría que romper una ventana. Decidir cuál me llevó un tiempo, no todas mis ventanas eran fáciles de abrir. Finalmente, opté por la del aseo de la planta baja, que era una de esas ventanas en dos partes y la mitad inferior se puede subir hacia arriba empujando unos tiradores.

Con mi chaqueta vaquera, o lo que quedaba de ella tras el ataque de Sam, hice un rollo compacto alrededor de mi mano y golpeé la ventana hasta que el cristal partió. Sacudía los cristales de la chaqueta mientras maldecía a la industria del cine por hacer parecer los allanamientos tan sencillos. Metí la mano por el hueco, la mejor forma de entrar sería por los pies o de cabeza. Demasiado estrecho para pasar de lado. Como no quería partirme la crisma decidí entrar por los pies. Ya había pasado una pierna cuando una mano firme me agarró fuertemente el hombro.