Infierno

Atraviesas con desgano el living; tus zapatos negros de charol hacen eco sobre el piso de cerámica. Arrastras tu mochila turquesa con pesadez durante todo el camino a tu habitación. Ignoras el rictus serio de tu padre y los ojos acuosos de tu madre que te observan desde la cocina.

El subir las escaleras al segundo piso se te hace agotador. El interior de tu cuarto te llena de calidez e intimidad, lo que más atesoras. Te es imposible sentirte así en el resto de la casa.

Las palpitaciones en tu pecho comienzan a acrecentarse al deshacerte de tu uniforme. No notaste lo fría y oscura que estaba la atmósfera hasta que quedaste sólo en ropa interior, y se te puso la piel de gallina.

Te quedas estática. Las paredes aguamarina están cubiertas por imágenes de mujeres hermosas. Te miran, acusadoras, con sus enormes ojos de colores exóticos. Allí están; no las conoces mucho, no te molestaste en investigar. Algunas son cantantes, otras actrices que viste de casualidad en la tele y te hipnotizaron; también modelos. Incluso algunas de tus compañeras de clases, aquellas que siempre resaltan en el aula.

Ese ardor en tu pecho paulatinamente te incendia. Sabes que ya es la hora. Los pasos vacilantes —tus pies parecen plomo— te conducen hacia el espejo. No puedes reprimir las lágrimas; se deslizan con lentitud agónica por tu rostro, como si te quemaran.

Tus brazos se ven flácidos. Gorda.

Tus pechos están caídos. Gorda.

Tu estómago —te dan arcadas, ¡qué desagradable!— se ve hinchado, groseramente protuberante. Gorda.

Tu vista desciende aún más, y ya te es imposible contener tus gritos.

—¡Gorda, gorda, gorda! —chillas— ¡Soy tan fea!

Te echas en la cama, intentando ahogar tu llanto histérico con la almohada. Le das golpes furiosos al colchón; resuenan secos en la quietud.

Te retuerces con impotencia, aferrándote más a las sábanas, como si quisieras destrozarlas —¡gorda!—, hundiéndote en tu miseria —¡gorda!—, ahogándote en tu fealdad. Gorda.

Te quedaste dormida llorando y gritando. Las mujeres hermosas observan los huesos prominentes de tu columna, tus vértebras que se adhieren grotescamente a tu espalda, las costillas que sobresalen de tu esternón; todos los huesos de tu cuerpo son visibles, y se transparentan por la palidez casi mortuoria de tu piel.

«Qué surrealista», comenta una voz femenina, seductora.

Las paredes color aguamarina adoptan de pronto una tonalidad opaca. Sobre ellas, luciéndose con soberbia, las mujeres hermosas esbozan sonrisas macabras.

«Gorda»


Ojalá se haya entendido el sentido. Sobre lo último, las chicas de los pósters casi vivas y atormentándola desde sus lugares, me pareció propio de mí —me gustan los finales un poco fantasiosos—. Espero les haya gustado.

La anorexia es el más doloroso y triste de los suicidios; con cada día que pasa, morís un poco más.

Díganle no a los transtornos alimentarios. Hay que comer para vivir.

Un beso.