} la manzana envenenada {

Ah, damas y caballeros, damas y caballeros—última llamada.

Éste es el último capítulo, apaguen las luces.

Aquí estamos, hundidos en el mar; aquí, en el fondo, enterrados bajo el agua salada, ¿quieren saber quién se nos unirá? Prosigan al capítulo, lean el final de la historia por ustedes mismos, se han ganado ese último delirio. Porque, como ya dije:

Esto no va a tener un final feliz.


{o6} All Again For You

You were everything

That's bad for me

Make no apologies

I'm crushed...

Black and blue

But you know

I'd do it all again for you

We the Kings, "All Again For You"

Los despertares de Snehvide hacía mucho que habían perdido cualquier semblanza de normalidad. Pocas veces tenia noción del tiempo, no sabiendo si era de día o de noche, y su descanso casi siempre era interrumpido por el propio Nimh, lo cual no contaba en absoluto como un despertar normal; sin embargo, incluso cuando despertaba por su cuenta, procuraba yacer el mayor tiempo posible en la cama, con los ojos cerrados y controlando su respiración, fingiendo que dormía todavía y sabiendo que lo mejor que podía hacer era descansar y recuperarse (incluso si a veces levantarse ni siquiera era una opción, simplemente porque no era capaz de hacerlo).

Su descanso también había sufrido transformaciones casi quiméricas en el lapso de tiempo que había—'vivido' con Nimh (no estaba segura de que otra palabra funcionaria en su situación, y, de todas formas, la gente siempre dice que la vida es dolor). La mitad de las veces estaba tan cansada que sería más apropiado decir que perdía la conciencia en lugar de simplemente dormir; la otra mitad era que verdaderamente perdía la conciencia, aunque la causa de esto último era, invariablemente, Nimh. No recordaba la última vez que simplemente se había ido a dormir y ciertamente no recordaba la última vez que había soñado algo.

No es de extrañar, entonces, que su despertar fuera una experiencia casi surreal para ella.

No abrió los ojos por un largo rato, aunque era incapaz de hacer algo por controlar su respiración y ni siquiera se hacía ilusiones de poder engañar a quien la estuviera mirando porque estaba temblando incluso bajo las pesadas cobijas que no recordaba tener. No, no recordaba la última vez que había soñado, pero acababa de tener una pesadilla.

Le tomó un largo, largo rato atreverse a abrir los ojos, apenas separando los párpados lo suficiente para dejar una rendija de visión entre ellos; lo que vio fue un lugar extraño, lo suficiente para hacerla recordar el día anterior porque en definitiva no estaba en la casa de Nimh. Pero no era su habitación y tampoco era el cuarto de Apfel que recordaba, no era el cuarto de Apfel para nada, a menos que hubiera cambiado toda la arquitectura. De todas formas no se movió, conformándose con quedarse quieta en la cama, mientras trataba de ignorar el sudor frío que le había pegado la tela de la camisa que traía puesta a la espalda y el cabello a la frente.

Fragmentos de las pesadillas de la noche anterior se habían engarzado a su mente como parásitos escondidos bajo la piel, flotaban como témpanos de hielo, chocando unos contra otros; cada imagen, cada fragmento, era singularmente horrible. No estaba segura de cómo dejar de pensar en ello; cómo deshacerse de estos nuevos pensamientos que eran igual de malos que las cosas que no quería recordar. Aunque bastaba con pensar en lo mucho que no quería recordarlos para hacer exactamente eso.

Tenía cicatrices en donde Nimh la cortó, sangró donde la tocó; había huido de aquel lugar y no pensaba regresar. Sin embargo no dejaba de preguntarse cuánto de lo que había pasado era culpa suya y, también, si lo ocurrido (lo que Nimh había hecho, y lo que ella había permitido—el hecho de que lo hubiera permitido) había dejado marcas más profundas todavía en ella. Manchas, recordaba haber pensado, un derrame de tinta en un hoja que nunca había sido del todo blanca…

No podía dejar de pensar en eso por más que lo intentara, quizás porque Nimh había abierto un abismo entre su vida antes y después de haberlo conocido y era uno que no podía cruzar; las únicas memorias claras que tenía eran de Nimh y desearía que no fueran tan claras como si estuvieran quemadas en su piel, pero lo están. Casi todas, al menos. Lo más cercano al otro lado del abismo que recuerda es la primera vez que entró a la casa de Nimh, entre otras cosas porque no había salido desde entonces.

Nimh se había asegurado de que no lo hiciera, al menos entonces; después, todo había sido culpa suya.

Era curioso, no recordaba qué había pasado, ni siquiera podía recordar si había gritado siquiera. En cambio, recordaba la forma de las sombras que se arrastraban perezosamente por el piso y la pared; recordaba el momento preciso en que el cuarto se volvió borroso, luego una mancha gris y cuando finalmente se desvaneció.

Antes de eso no recordaba casi nada, sólo fragmentos inconexos: un montón de palabras sin sentido seguidas de la risa caústica de Nimh, la explosión de dolor frío cuando la navaja se enterró más profundo que nunca antes, un beso en su frente, el chirrido de una puerta cerrándose, la frialdad del suelo cuando intentó arrastrarse para salir.

Por encima de todas las cosas, lo que se había quedado con ella todo aquel tiempo, era el dolor de ese último esfuerzo por huir; las sombras en la pared del cuarto mientras ella yacía desangrándose en la oscuridad; el murmullo incesante de sus palabras hirientes.

Y de pronto, tan abruptamente como había desaparecido, una luz; un foco tambaleante que se mecía de lado a lado pendiendo de un cable roído, o quizás una vela que parpadeaba a cada beso del viento—Apfel.

Snehvide se incorporó, lentamente, cuidándose de no apoyarse en su mano izquierda, y examinó el cuarto con más cuidado. Esa segunda inspección reveló que se encontraba sin lugar a dudas en el cuarto de Apfel, con la mínima diferencia que este cuarto no era el que había conocido y visitado en la casa de los padres del muchacho; el decorado, sin embargo, era prueba más que suficiente: conocía casi todos los muebles, si bien sus posiciones habían cambiado, y había una sola foto de la familia de Apfel. Fuera de eso, parecía el cuarto insulso que se podría rentar en cualquier hotel barato y eso más que otra cosa era la prueba más convincente de la identidad del dueño.

No le sorprendía que ella fuera la cosa más interesante en el cuarto; no le sorprendía que Apfel pensara lo mismo, sin embargo le hubiese gustado que no la mirara de esa manera, como… si estuviera buscando algo. Tal vez todavía estaba buscando reconciliar la imagen pobre que ofrecía con la gloriosa Snehvide que recordaba haber sido, tal vez buscaba culpa o redención o… o…

La pregunta regresó, taladrando la base de su cráneo: ¿Lo sabía? ¿Estaba manchada? ¿Podía ver la mancha, tan claramente como el color de sus ojos?

Tragó saliva y bajó los ojos, un gesto de sumisión que sacudió el mundo bajo los pies de Apfel, quien jamás hubiera creído que tal cosa era posible; no era algo que pudiese ignorar, tampoco. Se sentó en la cama al lado de Snehvide y tomó una de las manos de la joven entre las suyas, apoyó su cabeza contra la de ella lo más gentilmente que pudo, y le dijo que la amaba. Todas las palabras que usó eran suaves, como flores de algodón, pero, al igual que éstas, alguien tenía que sangrar por ellas.

Ese amor, como el de un hombre quemado que se acerca al fuego para protegerse del frío, no traería nada bueno; pero era lo único que tenían.

El tacto de Apfel la confundía, la hacía sentir que perdía el equilibrio; era tan extraño, la ternura, las caricias, el cuidado y las palabras dulces como chispas de azúcar dichas en apenas un murmullo. Aún cuando las manos de Apfel eran ásperas y desesperadas nunca eran crueles, nunca buscaban lastimarla, nunca la fustigaban con el estallido de dolor como una explosión de cristal que siempre esperaba.

Snehvide se preguntó a sí misma, seriamente, en ese momento, si en verdad extrañaba el dolor. Si Apfel la dejaría lastimarlo como antes o si la lastimaría si se lo pidiera.

La sola idea la enfermaba, la hacía sentirse ruin.

Snehvide sabía que no era buena para él, nunca lo sería, pero estaba demasiado desesperada y sola y dispuesta a aferrarse a cualquier consuelo a su alcance, por mínimo que fuera, como para dejarlo ir; para dejarlo encontrar a alguien que lo amara sin hacerlo sangrar por ello. Era demasiado egoísta como para hacer lo correcto.

Ese amor, que había renacido como un brote nuevo en un arbusto reseco, no era nada menos que un milagro; también era algo que no podía durar.

Apfel conocía cada recoveco del cuerpo de Snehvide, pero eso no evitaba que la persona en su cama fuera una completa extraña; no sólo por las costillas y demás huesos que sobresalían bajo su piel, o por las cicatrices viejas y recientes que la adornaban como un elaborado tatuaje; era más que eso. Era un cuerpo cálido pero inmóvil, suave pero cubierto por piel casi escamosa; labios partidos y pálidos, ojos que no parecían verlo, y el toque de sus dedos era tan suave —tan gentil— que sus ojos se llenaron de lágrimas y, antes de que pudiera evitarlo, se atragantó con un sollozo.

Podría amar a Snehvide aún así, lo hacía, pero nunca podría perdonar a la persona que la había despojado de su antigua persona hasta dejar ese caparazón vacío; y, cuando encontró la marca tallada en la espalda de Snehvide, en su hombro derecho (costras apenas formadas encima de marcas ligeramente más oscuras de piel que ya comenzaban a desvanecerse) fue la primera vez que Apfel experimentó la ira. Tras meses de tristeza, soledad, decepción y lastima de sí mismo, era un cambió casi bienvenido.

Incluso si Snehvide no entendía lo que estaba haciendo, incluso si esto era una compensación, un consuelo, o un reemplazo, Snehvide quería a Apfel.

O al menos pensaba que lo quería. En realidad no importaba, Apfel tenía que hacer algo, era el momento de actuar.

Era la única cosa que podía hacer.

(Pero no podía hacerlo por su cuenta, Snehvide era, como siempre, el centro de todo.)

Snehvide supo, en cuanto Apfel le dijo lo que él creía que tenían que hacer, que tenía algo de razón. Podía huir y podía esconderse pero ninguna de esas opciones era una solución, solo estaría posponiendo lo inevitable; porque, si hubiese una palabra que le sentara a Nimh como anillo al dedo, esa sería "inevitable"—inescapable, como un desastre natural. Eventualmente, Nimh la encontraría; eventualmente, Snehvide tendría que seguir corriendo.

La otra opción, como Apfel había notado, era hacerle frente; ir al lugar donde había sepultado su vida anterior y encarar a quien había cavado la fosa.

Snehvide (Snehvide al fin) no sentía miedo por eso, era lo que vendría después lo que no podía soportar. El sólo tener que forzarse a pensar en el futuro la serraba por dentro, como si su esqueleto tratase de abrirse en flor a la fuerza; pero lo peor era que seguía muy consciente de que Nimh había sido una ocurrencia rara, un golpe de suerte, como ser golpeada con un rayo: sin importar que tan terrible fuera, él había sido lo que ella necesitaba y, si lo perdía, si lo dejaba, si lo obligaba a alejarse, estaba segura de que nunca encontraría a nadie como él.

Estaba muy bien que Apfel quisiera salvarla pero eso la condenaría; lo condenaría a él también, tal vez, y si él estaba tan dispuesto a pasar por eso no podía entender como no veía que ella lo había estado (a pesar de que la avergüence admitirlo, a pesar de que se arrepiente, sinceramente). Ninguna razón del mundo podía cambiar eso.

Además, nada de lo que Nimh le había hecho bastaría jamás para lavar las machas de sangre en sus manos, sin importar lo que Apfel quisiera creer.

Después de todo, Blancanieves había muerto incluso antes de la fatídica fruta: con unos listones para adornar su talle, apretados con tanta fuerza que no podía respirar; con una peineta envenenada entre sus cabellos; y, al final, con una mordida a la mitad de la manzana que le había ofrecido la reina. La reina misma había mordido la otra mitad—el cuento decía que sólo una estaba envenenada, pero la aflicción de la reina era también otro tipo de veneno que ya entonces la corroía por dentro.

Snehvide sabía más que suficiente sobre venenos.

Nimh, quien le había enseñado casi todo lo que sabía, más aún.

Era una lástima, entonces, que de entre todas las pócimas y brebajes que conocía, la que se había inyectado en las venas le resultase desconocida. Su nivel de toxicidad era alto, la tasa de letalidad igual, y la adicción era una de las menos gentiles. En casos así, se recomendaría tener cuidado con las dosis; pero Nimh era una persona de excesos.

(Él nunca podría haber inyectado veneno en sólo una mitad de la manzana, pero la hubiera mordido de todas formas.)

El amor era una droga extraña y nueva, y ya sentía los principios del síndrome de abstinencia en sus huesos calados de fiebre. Amor: ¿qué otra cosa podría ser?

La opción obvia sería lujuria, pero sería tratar de engañarse a sí mismo si dijera que se trataba de eso solamente. La lujuria era algo con lo cual podía lidiar, algo que entendía; algo que podía remediar fácilmente. Siempre era fácil, de eso no cabía ninguna duda; y Snehvide no había hecho más que probarlo. Podría tomarla de nuevo, lo quisiera o no, y renovar las marcas que ya había dejado en ella, podía imprimir nuevas en su piel y hacerla llorar, suplicar y gritar…

La había hecho gritar antes; el dolor y el placer no son mutualmente excluyentes en realidad.

Adoraba el cambio casi audible en la respiración de Snehvide en el preciso momento que se daba cuenta que estaban a solas, sin testigos, sin nadie que pueda oírla; adoraba las formas que podían adoptar los hematomas en su piel, los trazos que hacía en ella su navaja, y la manera en que el brillo metálico contrastaba con su sangre. Adoraba el sabor de su sudor, agrio de terror y dolor; adoraba los sonidos que hacia cuando le rogaba que se detuviera; los sonidos que hacia después, cuando le rogaba que no se detuviera.

La amaba. Por supuesto que sí; lo había hecho desde un principio y, en realidad, seguía haciéndolo. La amaba con cada fibra de su ser, pero le había tomado perder todo eso para darse cuenta.

Era una situación que tendría que remediar.

Tendría que lanzar su red una vez, tener cuidado de que Snehvide no se escapar entre las aberturas hechas por el tiempo y la experiencia y, cuando la tuviera lo suficientemente cerca, la atravesaría con su anzuelo con tanto cuidado como si lo insertara a través del ojos de una aguja. La envolvería en seda y algodón, la escondería en un ataúd de cristal con un candado que nadie más pudiera abrir, hasta que la piel se le pudriera y se le cayera a pedazos, hasta que no quedaran más que polvo de sus huesos en el fondo, como un pequeño paraje desértico. Nunca más la dejaría ir.

Mucho menos para que cayera en manos de alguien como Apfel.

Oh, Nimh conocía a Apfel tanto como él mismo; había sido inevitable, en realidad, no hacerlo porque el muchacho parecía no alejarse más de tres pasos de Snehvide. Si hubiese querido, lo habría escogido a él en lugar de a Snehvide (porque, a final de cuentas, obvia era que a Nimh no le importaba nada de lo que nadie tuviera que decir respecto a su conducta); podría haberlo hecho, pero por alguna razón que en esos momentos no había entendido del todo, Apfel habría representado una presa más difícil que Snehvide. Amor, decidió en su cabeza, era tan devoto a Snehvide que aún ahora no estaba seguro de qué exactamente habría tomado para arrancarlo de ella.

Arrancarlo, sí, porque eso es lo Nimh hacía; quitar cosas que las personas pensaban que estaban tan profundamente arraigadas en su ser que nunca podrían vivir sin ellas. Era lo más cercano a un pasatiempo que tenía, era lo que había hecho una y otra vez, desde que tenía memoria; era lo que le había hecho a Snehvide y, también, en cierta medida, lo que ella le había hecho a él. Quería a Snehvide, la quería de vuelta.

Si alguien iba a tener su corazón, sería él; en el sentido literal probablemente, lo arrancaría de su caja torácica con sus propias manos y vería como la vida se drenaba de sus ojos.

(Porque Nimh creía firmemente que cuando amas a alguien harías lo que fuera para mantenerlo a tu lado—lo que fuera.)

No había una manera segura de contactar a Nimh (¿pero qué era segura con él?) y Apfel apenas entendía los conceptos básicos de contactar a alguien (porque nadie estaba interesado en contactarlo a él, tal vez); Snehvide se limitó a esperar y fue lo que mejor funcionó, a final de cuentas. Sabía que Nimh la encontraría.

Siempre.

Con lo único que contribuyó fue con decidir el lugar de su encuentro; el lugar en donde tendría que sepultar algo de sí misma y abandonar toda esperanza de recuperarlo (lo cual resultaba más doloroso de lo que había creído en un principio porque sin Nimh lo que le quedaba era bien poca cosa). Escogió un espacio abierto pero en donde no los molesten los ojos curiosos, una plaza llena de árboles, y se sentó en una banca junto a Apfel, a quien le temblaban las manos.

Ambos esperaron sin cruzar palabra por horas; hasta que las farolas decorativas de la plaza se encendieron y el zumbido de las personas que cruzaban por ahí disminuyó hasta casi desaparecer, dejándolos a los dos sentados en medio de la oscuridad, el silencio y sus propios monstruos internos.

No fue hasta que los ojos de Apfel se llenaron de lágrimas (por la desesperación, por el frío, por no parpadear creyendo que eso lo haría aparecer) que Nimh se dignó a hacer acto de presencia. Se acercó prácticamente sin ruido, un momento estaba recargado contra un árbol y al siguiente estaba frente a ellos—como un verdadero depredador, sobre de ellos antes de que siquiera supieran en qué dirección deberían huir. El meollo del asunto, sin embargo, es que están reunidos ahí porque no pueden huir, a la larga ese camino probaría ser sólo un rodeo muy largo.

Y entonces sus manos rodearon la cara de uno de ellos y se acercó hasta que las pupilas en los ojos aterrados de Apfel no eran más que un par de cabezas de alfiler. Era difícil ignorar el miedo absoluto que titilaba en ellos, pero, así de cerca, era igual de difícil no ver el fervor, la casi locura que lo consumía, con la cual se había llenado hasta cubrir las grietas dentro de sí mismo porque no tenía absolutamente nada más en su vida…

Podía ver por qué a Snehvide le gustaba tanto ese chico.

Lo cual era parte de la razón por la cual quería estrellarse la cabeza contra las piedras que pavimentaban el camino.

Entonces, como un chispazo, Snehvide volvió a la vida.

Se puso de pie casi de un salto, con fuego en los ojos y la boca torcida en una mueca salvaje y atroz, y apartó a Nimh de un empellón sin importarle si sus uñas dejaban marca en las mejillas pálidas de Apfel—Apfel, que era suyo y a quien nadie más podía tocar. Las luces de los faroles proyectaban sombras sobre su rostro, convirtiendo su rostro en una máscara iracunda de sombras y contraluces; en aquel momento volvió a ser ella misma más de lo que había sido alguna vez antes. Era como si alguien finalmente hubiera separado la cara humana tras la cual se ocultaba para dejar al descubierto la bestia que Snehvide era en realidad.

La ilusión no duró, sin embargo, porque allí fue cuando Nimh volvió sus ojos hacía ella (clavos, recordaba haber pensado, hace toda una vida), crucificándola con su mirada, de la misma forma en que lo había hecho una y otra vez; eso bastaba para hacer que la chispa que se había encendido dentro de ella muriera aplastada bajo el torrente de recuerdos que caían sobre su corazón como pisotones salvajes. El golpe de gracia, no obstante, fue cuando —todavía mirándola— dijo su nombre; en un susurro suave y dulce, tan dulce que rayaba en la locura.

Aquello la doblegó por completo; las rodillas se le doblaron y tuvo que apoyarse en la banca para no caer al suelo. Nunca es fácil, nunca, nunca, enfrentarte a aquello que te provoca pesadillas por la noche.

Snehvide sólo podía mirar a Nimh mirarla, con los labios temblando y los ojos enloquecidos. Una vez más, el pensamiento cruzó su mente: manchada, sucia, con una coloración diferente—como un moretón. ¿Es visible desde el exterior? ¿Es obvio?

¿Podía Nimh verlo? ¿Le complacía lo que había hecho con ella? ¿Como una obra de arte en la que plasmara sus colores favoritos, un caballete salpicado de tinta roja, marcas azules y verdes?

Por un momento no deseó más que hacerse un ovillo en el suelo, cerrar los ojos y dejar que la tormenta pasara; dejar que todo pasara hasta que estuviera tan lejos que no pudiera tocarla…

(Su mantra de por favor no me mates, por favor no me mates, era tan silencioso que apenas podía oírlo.)

El único que tenía los sentidos tan afinados para hacerlo la empujó detrás de si en ese momento; interponiendo su cuerpo entre Nimh y ella como un escudo a pesar de que el temblor de sus manos había empeorado. Esta vez, sin embargo, la causa no era tanto miedo como ira. Recuerda demasiado bien las cicatrices en la piel de Snehvide, los restos de su cabello segado con las puntas partidas por la orzuela, la forma en que se encogía cada vez que se acercaba a ella y, más que otra cosa, la forma en que lo mira con ojos casi idos que no lo reconocían del todo y que a todas horas buscaban a su torturador, como si pudiese salir hasta de las sombras del cuarto. Apfel nunca había sentido tanto odio por alguien, nunca había deseado lastimar a alguien más, pero Nimh iba a tener que contar con ese honor.

Esa furia irracional le resultaba desconocida, casi no sabía qué hacer con ella (un paso en falso y sería él quien pagaría las consecuencias, quién se quemará con el fuego que no tenía idea de cómo controlar o apagar), pero aún así era otra fuente de decisión; algo que lo respaldaba, lo empujaba, lo hacía sentirse capaz de enfrentarse a Nimh. Se bebió aquella cólera como un hombre muerto de sed, como si repetir en su cabeza las imágenes de cada moretón de Snehvide lo ayudara a cobrar valor, lo ayudara a .

Se tuvo que pasar la lengua por sus labios resecos y tragar saliva varias veces antes de conseguir hablar; cuando finalmente lo consiguió, a pesar de tener, muchas, muchas razones para justificar la distancia que desea imponer entre él y Snehvide, la ruptura a la que desea someterlos (la había lastimado, podría haberla matado, la había destrozado al punto de que ya no era Snehvide), la que escoge es, a todas luces, la equivocada. Porque lo que salió de su boca fue:

—Se merece a alguien mejor que a ti.

Nimh mostró los dientes en un gesto feroz ante el insulto.

—¿Sí? ¿Y supongo que tienes a alguien en mente?

Y cuando Apfel respondió, lo que salió de su boca sorprendió a todos (él incluido) porque era otra mentira, o se había vuelto loco, o de verdad lo creía (el lugar, el momento, en el que el desierto se convierte en océano).

Yo.

Las olas se estrellaron contra ellos y ni Snehvide ni Nimh pudieron hacer nada para resguardar sus heridas de la sal en la palabra. Lo primero que ambos sintieron fue incredulidad y luego se miraron y, cada uno de manera diferente, comprendió que habían llegado al punto de quiebra de todos ellos, el punto en el que convergían sus ángulos más frágiles unos sobre otros. Aquí era donde todos se rompían sin importar las razones.

Apfel ya había puesto sus cartas sobre la mesa, el nuevo precipicio que había encontrado no tenía nada que amortiguara su caída, ni siquiera arena, así que no habría vuelta atrás. Si no emprendía vuelo no quedaría nada de él que recoger. Podía no creer que fuera a ser suficiente para Snehvide, pero pensaba que Nimh era peor; esta última jugada, ésta última apuesta de todo o nada ya no dependía de él.

Los otros dos también podían ver eso. Una palabra de Snehvide iba a destruir algo irrevocablemente, a alguien—finalmente, después de todo aquel juego de escondidas y cariños como golpes.

Snehvide supo, con toda certeza en ese momento a quién amaba. Supo, también a quien escogería.

Así que, primero, miró a Nimh. Miró a Nimh con los ojos secos y vio como su sonrisa fácil y afilada se marchitaba al instante; vio alarma en sus ojos y luego epifanía.

Lo amaba, tanto como para querer despellejarse los brazos, dejarse en carne viva las manos, los dedos en hueso pelado con tal de ser capaz de sostenerlo de esa manera; pero si lo hacía no podría hacer nada más.

Lo amaba y perderlo no le dejaría un vacío como le había pasado a Apfel con ella: un hueco en tu interior que necesitaba ser rellenado con algo externo; no, sería como cortarse un parte de ella, como perder un brazo o una pierna, algo que siempre te había pertenecido, y seguir sintiendo el dolor fantasma de su ausencia mucho, mucho después. Pero incluso eso era mejor a la alternativa; bestia al fin, Snehvide tenía que mantenerse con vida.

Con Nimh, eso sería imposible. Con Nimh eso sería doloroso. Con Nimh eso no duraría mucho. Con Nimh se arrepentiría de todas formas. Con Nimh nunca volvería a sonreír. Con Nimh…

No tuvo que decir nada, ninguna palabra que pudiera destrozar mundos salió de su boca —ni siquiera separó los labios—, pero cuando dio un paso adelante, quedando justo al lado de Apfel, y tomó la mano de este entre las suyas, el resultado fue el mismo.

Había esperado hasta el momento en que su cazador le diera alcance para revelar que llevaba su propio veneno con ella, y se lo había lanzado a la cara.

Al final, Snehvide no tenía mucho que decir y no porque le faltaran razones, más que nada era porque comprendía exactamente lo que Nimh estaba haciendo—porque era exactamente lo que Snehvide haría, dadas las circunstancias. Lo entendía todo y, por eso mismo, no podía culparlo, no podía recriminarlo—no por intentar aferrarse a algo tan desesperadamente, la única diferencia estaba en sus métodos.

Lo verdad era que ella y Nimh siempre habían sido muy parecidos y resultaba gracioso porque era como intentar huir de sí misma una y otra vez.

(Y, de todas formas, no hubiera podido formar las palabras porque su lengua de cristal se había hecho trizas dentro de su boca y, aunque no podía saborear la sangre que debería de haber estado ahí, tenía que masticar las palabras que nunca se hubiera atrevido a decir, algunas más que otras, hasta que se convencía de que no eran del todo mentiras.)

Nimh podría no haber estado muy bien informado con respecto a lo que significaba "amar", pero conocía de sobras las connotaciones de romper algo; y eso era lo que Snehvide acababa de hacer, lo que había escogido hacer.

Para Nimh, la caballerosidad (como muchas otras cosas) estaba muerta y jamás se había molestado en aprender aquello de que si amas a alguien tienes que dejarlo libre; entre otras cosas porque iba en contra de todos sus principios y porque nunca antes había amado a alguien. Por eso había sido necesario desenroscar sus dedos de los restos de esa relación maldita que había tenido con Snehvide, habían tenido que apartarlos uno a uno, doblándolos en ángulos imposibles hasta que ya no tenía con que sostenerse.

Se contempló a sí mismo, sobre el abismo, en la delgada línea que existe entre tener y perder, y decidió que hay formar más rápidas de morir que algunos venenos, y que era mejor sufrir ahora que después.

Él, que siempre había podido volar por encima de los demás, sintió como sus alas se volvían carbón y se quemaban; después de aquello no quedaba más que caer al fango y hundirse. Y, como Snehvide, le obsesionaba saber que este desenlace era, al menos en parte, culpa suya.

Quien siembra vientos recoge tempestades, era un refrán popular y parecía finalmente entenderlo. No, eso no era del todo cierto, siempre había entendido, pero ésta vez le tocaba vivirlo.

Al final, Nimh sabía que había estado equivocado, pero eso no importaba—todo ese tiempo, había sabido que estaba equivocado, pero la noción que tenía de "equivocado" era defectuosa, para empezar.

Nunca hubiera creído que algo tan comercializado como el amor podría ser tan intenso (no bello, no dulce, no glorioso, no feliz) como lo describían. Desafortunadamente, tuvo que aprender que sí lo era. El amor podía ser la salvación de alguien y, también, su destrucción. Podía arruinarte con la más amarga de las memorias en una dosis que sólo tardaba un instante en entrar a tu corriente sanguínea.

Y lo había destruido, un poco; apenas lo suficiente para saber que jamás podría pensar en ella sin que le doliera el pecho.

Se fue como había llegado, dejando una mezcla entre una memoria y una herida impresa en ambos; se fue, sabiendo que aún tendría un pedazo de Snehvide que lamer en la oscuridad, el sabor de sangre en el paladar, su voz haciendo ecos en sus oídos y que jamás podría sacarla de sus pesadillas (incluso cuando llegara el momento en que deseara hacerlo).

Y una vez que se hubo ido, una vez que no había un enemigo contra el cual protegerse el uno al otro, cualquier semblanza de unión entre Snehvide y Apfel se derrumbó (y ambos se dieron cuenta de que no tenían ni idea de qué necesitaban para mantenerse unidos por su cuenta). Las rodillas de Snehvide, que tan valientemente la habían sostenido bajo el peso de los ojos de Nimh, comenzaron a temblar y tuvo que sentarse, sintiéndose de pronto drenada, adolorida y cansada de todo.

Par Apfel, todas estas eran señales de peligro. Podría haber volado en el último momento pero tenía la impresión de que en cualquier momento se derrumbaría, se estrellaría contra el suelo o una roca, recibiría un flechazo, sus alas desaparecerían y ya no sería capaz de levantarse (o no querría hacerlo).

Sus manos, también, comenzaron a temblar. Se arrodilló una vez más junto a Snehvide y apoyó su cabeza en su regazo.

—Tengo miedo —le dijo, dándose cuenta de que, de todas las cosas que debería de haber sentido en esos momentos (alivio, alegría, euforia, satisfacción) esa era la única emoción que lo llenaba, lo calaba hasta la médula.

Snehvide apretó los labios en una delgada línea y asintió con la cabeza de forma rígida.

—Deberías.

No obtendría ningún consuelo de ella pero en realidad nunca lo había esperado.

—Te amo —continuó diciendo, sintiéndose a punto de llorar—. No puedo… No tengo suficiente dentro de mí para sentir esto por nada más… Tengo tanto miedo de que te vayas que no puedo pensar. No puedo—no puedo—

Snehvide se inclinó sobre el muchacho en su regazo y le pasó los brazos alrededor del cuello. Era lo más que se había acercado nunca a decir "te amo".

Así que Apfel alzó la cabeza y la besó.

El sabor era tan dulce como la azúcar refinada pero también agrio; como sidra hecha con manzanas envenenadas.

Un brindis por tu coronación, señora Blancanieves.

Y, por favor, vuelve a dormirte.

No, no es un final feliz.

En muchos sentidos, no es un final en absoluto.

Pero cuando cerró los ojos y respondió al beso, moviendo los labios lenta, casi mecánicamente, Snehvide cerró un capítulo de su vida. Lo cual quería decir que tenía el resto de la misma por delante.

Ni siquiera le importó que al día siguiente Apfel comprara una navaja.

Un brindis…


Este, como era de esperarse, es el capítulo más largo. Y sí, siempre fue mi intención terminarlo de esta manera.

Ahora, para los más curiosos, aquí está mi dramatis personae:

Snehvide: "Blancanieves" en danés.

Apfel: "Manzana" en alemán.

Nimh: "Veneno" en irlandés.

Aparte de esto, no sé que más puedo decirles sobre esta pieza—la terminé, está hecho.

Este capítulo se cierra (si, para mi también).

Upon the bank, she stood
In the cool
Of spent emotions.
She felt, among the leaves,
The dew
Of old devotions.
Wallace Steven, "Peter Quince at the Clavier"