#1 UNA PROBADA

Se mordió los labios para no gemir de dolor. Vio su brazo, y la jeringa se llenaba lentamente de sangre. Dolorosamente. Estaba pálida, un poco ojerosa. Y eso que no estaba en sus peores días. Se veía sonriente. Complacida. ¿Por qué? Sí, esa era una pregunta que, a veces, incluso ella misma se hacía. Levantarse por las mañanas, sentir dolor, enloquecer poco a poco entre esas cuatro paredes llenas de locos. Iguales que ella, pero ella sólo podía verlos desdeñosamente. Podría haber salido de allí si quisiera. Que estuviese loca, no quería decir que no fuera capaz de engañar. Pero no quería. Había una razón poderosa, tenía una adicción. Era adicta a algo de allí. O mejor dicho… a alguien. La jeringa se llenó hasta el tope, y sólo entonces el doctor la sacó de su brazo, sin mucha delicadeza.

—¿Para qué examen tiene que sacarme tanta sangre? —preguntó en cuanto él se acercara y cubriera el pinchazo.

—Para ninguno, Mischa —Contestó él con una sonrisa— Pero apuesto a que sí te dolió. ¿La verdad, por favor?

—Sí, me dolió un poco.

—¿Un poco?

—Bueno… Bastante.

Él acentuó la sonrisa, que se había debilitado levemente en cuanto ella dijese "un poco".

—¿Para qué es mi sangre, entonces?

—Oh, para nada —Respondió despreocupadamente— Es divertido saber que te duele y que no reclamas.

Ella se sonrojó, y miró la punta de sus zapatos. No se atrevía a mirarlo demasiado. No en aquel momento.

—Mischa, eres una persona muy inteligente —Le dijo él acercándose hasta el borde de la cama en la cual ella estaba sentada— ¿Por qué jamás mentiste? ¿Por qué nunca saliste de aquí, si podías hacerlo?

—Quiero… sanarme.

—Oh, así que esa es la razón —Dijo él inclinándose hasta quedar a unos pocos centímetros de distancia— No sabes mentir.

—Si sé —lo rebatió ella, sintiendo su cálido y a la vez frío aliento tan cerca de ella.

—La mentira se hace obvia en tus ojos —Murmuró mirándola fijamente— En tus pupilas, cada pequeña partícula de terror a ser descubierta brilla con intensidad, la verdad grita desgarradoramente, puede leerse con facilidad. No sabes mentir.

Ella guardó silencio.

—Ahora, dime la verdad —Dijo como si estuviese pidiéndole un favor, pero con los ojos claramente de estar dando una orden— ¿Por qué no has tratado de irte de aquí?

—Porque yo… estoy… —Dijo lentamente, mirando sus ojos— enamorada.

Él hizo un gesto de compasión falsa, dejando caer un poco los lados de su boca, y alzando los lados interiores de las cejas, mientras le acariciaba la mejilla con suavidad.

—¿Prefieres quedarte aquí antes que dejar de verlo? —preguntó en un tono de voz falsamente amable. Ella sabía que esa era la señal de peligro. La que tanto había estado esperando… Asintió—Pues qué lástima.

Su voz se tornó fría. Jaló de su cabello hacia atrás y se acercó un poco más. Escuchó un leve gemido de dolor oculto en su garganta. Sus labios no se habían abierto aún. Con gesto de asco en los labios y una mirada intensamente gélida, le dijo:

—¿Y él por qué tendría que amar a una loca de patio como tú? No hay nada en ti, nada, que pueda ser bello. Nada digno de ser amado.

Rió suave y cruelmente, antes de empujarla sobre la camilla y alejarse para tomar la jeringa, y hacer caer unas gotas de su sangre en su dedo índice, para luego pasar su lengua por él, y comentar el buen sabor que tenía. Pero ella no lo escuchaba.

—¿Por qué me hace daño? —Preguntó con las lágrimas casi desbordándose de sus ojos— ¿Por qué insiste en hacerme sentir peor de lo que ya me siento? ¿¡Qué clase de distorsionado y macabro placer le da verme sufrir!?

—Te hago daño —Dijo él acercándose y tomándola fuertemente por la quijada— Porque quiero. Porque nadie te creería si dijeras que lo hago. Porque puedo.

La empujó nuevamente, y salió, llevándose con él su jeringa, dejando a Mischa completamente sola. Estaba un tanto despeinada, vestida con un uniforme bastante deprimente, que consistía en una playera y pantalones blancos. Si quería podía ponerse calcetines y zapatos del mismo color, pero no era algo que acostumbrara hacer. Solía usar únicamente un calcetín. La razón por la cual hubiese sido internada, era por su bulimia. Habría podido salir si verdaderamente hubiese querido, inteligencia no le faltaba. Pero ella tenía una adicción grave...

Era adicta a su voz. A sus ojos. A su piel… A su maldad. A todo. Ella estaba obsesionada con él, pensaba todo el día en aquel doctor que hace un par de minutos le habría sacado sangre por placer. Por un loco psicótico que no debería ser doctor. Sino que debería ser un paciente… pero lo amaba. Adoraba aquellos momentos en los cuales él se le acercaba, aunque fuera para humillarla. Le encantaba sentirlo cerca, sentir su aliento tentador sobre sus labios, sentir sus manos sobre su piel, aunque fuesen puños cerrados. Aunque la hirieran. El timbre sonó. Ella suspiró. Indicaba la hora del almuerzo. Ella amaba ese momento, puesto que los doctores almorzaban en el mismo lugar, aunque en una mesa apartada. Así, podía verlo sonreír de forma amigable, y no cruel… Podía verlo como una persona normal, no sádica.

—¡Hola Mischa!

Julietta se sentó frente a ella con tono alegre, seguida de un chico.

—Hola, Julietta —Murmuró.

—Él es Lucas —Presentó su amiga, refiriéndose a su acompañante. Él levantó la vista hacia ella, y le sonrió de forma dulce— Lucas, ella es mi amiga…

—Mischa —Interrumpió con sus ojos fijos en ella— Es un placer.

Los ojos verdes de la chica recorrieron su rostro, haciendo un análisis completo. Tenía cabello hasta los hombros, castaño obscuro, casi negro. Ojos celestes, barba de un par de días. Se le notaban los huesos de su cara, que tenía un tono un poco tostado. Tenía una apariencia un poco sucia, y una mirada tímida pero penetrante.

—¿Por qué estás aquí? —preguntó Mischa comenzando a pinchar su ensalada.

—Señales de trastorno antisocial de la personalidad —Recitó como si se lo hubiera aprendido de memoria— ¿Y tú?

—Bulimarexia —Dijo en voz baja, jugueteando con su comida nerviosamente— Qué asco comer tanto...

—Es sólo un plato de ensaladas...

—Cinco aceitunas, equivalentes a 75 calorías, tomate, treinta calorías —comenzó a decir ella mientras movía las verduras— zanahoria cruda, 57 calorías, lechuga picada, catorce calorías. 176 calorías en total. Creo… que comeré un poco de lechuga… tiene calorías negativas. Son trece calorías gastadas por cada cien gramos. No son cien las que comeré, creo, pero cada caloría cuenta…

Sintió cómo Lucas la miraba, pero no se molestó en hacer lo mismo. Miró hacia la mesa de los doctores, y descubrió al doctor que le quitaba el sueño, observándola fijamente. Ni si quiera se inmutó al notar que ella también lo hacía. Sino que le sonrió amablemente, pero con una mirada significativa. Cómplice. Peligrosa…

—Tienes uniforme blanco… —Murmuró Lucas— ¿Esos son los de…?

—Alta seguridad o "pacientes privados", por así decir —Contestó ella volviendo la mirada hacia su mundo otra vez, mientras comenzaba a comer unas pocas hojas de lechuga lentamente, con una expresión de desagrado— Soy de los segundos. Los de alta seguridad tienen un comedor aparte, lleno de enfermeros por si alguno intenta escapar. Soy la única que está acá de ellos.

—¿Por qué?

—Pues… un doctor se interesó en mi caso —Respondió con una sonrisa tonta— Pero no soy de alta seguridad. Sólo quiso tomarme.

—¿Qué doctor?

—Blacker.

—¿Vlad Blacker? ¿El dueño y director?

—Sí —Suspiró.

—Creo que su nombre es un poco fantasioso —Opinó Juliette.

—Sí, bueno… una amiga de sus padres se llamaba Elizabeth Kostova —explicó Mischa— Como la escritora que escribió "La Historiadora". Es un libro que trata de la búsqueda de la tumba de Vlad Draculea. Así que… Por eso.

—¿Y como sabes tú todo eso? —preguntó Lucas, en un tono que rozaba el reproche.

—Conversé un par de veces con él, después de todo es mi doctor —Murmuró ella masticando otro trozo de lechuga— Y conocía ese libro.

—Ahí viene… —Susurró Juliette, con una mirada cómplice hacia Mischa.

Ella volteó la vista disimuladamente hacia la mesa de los doctores, y lo vio poniéndose de pie, con su plato en su mano. Volvió la vista a su mesa. Era la primera vez que lo veía levantarse de allí antes de que el almuerzo terminara. A pesar de que las voces eran altas, ruidosas y las conversaciones de los internados era un bullicio grande, podía sentir cada una de sus pisadas. Sentía su mirada cruel ardiendo en su cuello. Y luego, el contacto de su mano sobre su hombro.

—¿Tienes un buen almuerzo, Mischa?

Y esa voz… Ella lo miró hacia arriba, y su mirada la intimidó. Sabía que tras esa sonrisa y esa mirada amigable, había un mensaje. Oculto en sus pupilas.

—Bastante.

Bajó la cabeza otra vez. Él miró a Juliette y Lucas, al filo de lo mordaz, antes de agacharse un poco sobre su paciente.

—¿Tienes hambre hoy? Has progresado.

—No mucha.

—Es algo… —Comentó él, tomando la sal y esparciendo más en el plato de Mischa, quién abrió mucho los ojos, y luego lo miró, mientras él continuaba mirando su plato.

—Retendré líquidos… —Susurró ella, más para sí que para él— Eso me hará ver gorda… No quiero comer.

—Mischa, por el amor de Dios —Dijo él acariciándole su cabello colorín— Es sólo un poco de sal…

—No voy a comer —Dijo en voz más alta.

—Come —Le dijo tan suavemente, que ella tuve que leerle los labios para saber lo que decía— ¿A quién le importa si te ves como de dos kilos más…?

—¡¡No voy a comer!! —Chilló poniéndose de pie.

El comedor completo quedó en silencio. Casi todos voltearon a verla. Una chica esquelética, ojerosa y pálida, la miraba de forma casi orgullosa, con una sonrisa ligera. Blacker suspiró, fingiendo decepción.

—Pensé que había una mejora —Dijo en voz alta, cuando llegaba hasta la mesa de los doctores. Fue escuchado por todos, por el silencio casi sepulcral que había. Miró alrededor— ¿Y bien? ¿Qué están mirando? Vuelvan a comer.

Mischa se sintió avergonzada. Se había tardado en comprender… Los doctores habían estado hablando sobre su aparente progreso. Todo había resultado tal y como Vlad había querido.

—Maldita sea —Murmuró volviendo a sentarse.


No sé que tan buena o mala sea e___e Pero me gustaría tener su opinión, para saber en qué aspectos puedo mejorar ^^ Gracias por leer :3

Anacronismo