Esta historia, así como sus personajes, escenarios y hechos son completamente de mi autoría y prohíbo su reproducción, total o parcial, en cualquier otro sitio que no sea éste.


No Estamos Locos

-5-

Pablo estaba terminando de comer cuando su única amiga allí llegó a su lado, con una sonrisa en los labios, tarareando una melodía que él no conocía, pero que se oía alegre. Ella venía simplemente feliz.

Habían pasado dos semanas desde que Carla le había prometido encontrar la forma de salir de esa cárcel blanca y le había dicho que llegarían hasta las últimas consecuencias con tal de demostrar que él estaba bien de la cabeza y testificar diciendo que Tamara estaba viva y la policía debía buscarla… junto con Hugo para encerrarlos en la cárcel.

—¿Dónde andabas?— preguntó el hombre, preocupado—. Te he buscado por todas partes y no te he encontrado en toda la mañana.

—Estaba terminando de trazar nuestro plan— aseguró—. ¿Adivina, Pablo, qué tengo dentro del zapato en este momento?

El muchacho lo pensó un momento, pero las únicas cosas que se le ocurrían que de verdad importaran y los ayudaría a salir del psiquiátrico, no cabían en una simple zapatilla.

—No sé, ¿qué es?

Carla lo miró un tanto enojada y cerca de hacer puchero.

—Tú no sirves para este juego— se quejó ella—. Pues…— comenzó a decir y se acercó más a la mesa al tiempo en que comenzaba a susurrar—. Tengo las llaves para abrir la mayoría de las puertas. Esta misma noche, saldremos de aquí.

—¿Las llaves? ¿Cómo?

—Mis secretos no te los puedo revelar— explicó juguetona su amiga—. Sólo te puedo decir que eran de un guardia de seguridad.

Y Pablo quedó más que sorprendido ante esa revelación. ¿Qué habría hecho aquella muchacha con tal de tener en su poder aquellas llaves? Prefería no hacer más preguntas sobre ese tema.

—¿Y luego? ¿Qué haremos? ¿A dónde iremos?

—Nos vendrá a recoger una amiga mía— contó Carla—. Ya tengo todo previsto.

—¿Una amiga? ¿Ana?

—¡No! Ella no quiso involucrarse en esto. Vendrá por nosotros Tina. Nos esperará a unos kilómetros de aquí con una camioneta y ropa y nos llevará hasta tu casa. Allí buscaremos las pruebas y listo.

El plan no estaba tan mal, de hecho, estaba bastante bueno. Y se sorprendía lo bien que lo había hecho su amiga, de pronto Carla tenía todo arreglado, como por arte de magia, sin dudas, sin ella, no lograría hacer nada.

—¿Tina es de confianza?

—Por supuesto. Nos conocemos desde la infancia, cuando yo tenía cinco. Prácticamente crecí con ella, es como si fuéramos una.

—Perfecto. Entonces, ¿todo listo?

Y Carla asintió. El escape de ellos era esa noche.


A las doce de la noche y cuando ya todos estaban durmiendo, ambos salieron de sus respectivas camas y caminaron hasta los anchos pasillos claros que tan bien conocían. Se habían puesto de acuerdo de antemano para encontrarse allí, y luego, huir.

—¿Por qué dirección?— preguntó Pablo—. No tengo idea de cómo salir de aquí.

—Creo que es por allí— susurró Carla, comenzando a andar.

—¿Crees?

Ambos andaban con miedo, susurrando y haciendo el menor ruido posible, después de todo, estaban fugándose, estaban escapando de un lugar donde deberían quedarse encerrados para siempre.

El corazón de Pablo latía con violencia, estaba temblando y su respiración iba cada vez más agitada. Tenía miedo, pero no sólo del escape, sino de lo que se encontraría fuera. ¿Cómo serían las cosas? ¿Qué pasaría? ¿De verdad Hugo había planeado todo? ¿Y con qué fines?

—¿Crees que este plan resulte?— susurró Pablo.

—Claro— contestó Carla—. Miguel me ayudó a crearlo.

—¿Miguel? ¿Y cuándo hablaste con él?

—Siempre estamos en contacto— fue su simple respuesta—. Me viene a ver seguido.

El corazón del hombre comenzó a ir más de prisa, tenía miedo y estaba muy nervioso. Llegaron hasta una puerta grande y blanca, la cual abrieron sin que ésta pusiera resistencia. Pero aquella no era la que buscaban, no era para salir, sino una mucho más importante. Acababan de encontrar el cuarto donde estaban todos los registros de los pacientes.

—Me equivoqué— dijo Carla—. Perdona. Vamos por el otro lado.

Pero antes de marcharse, Pablo notó algo y una idea brilló en su mente. Si eso era posible, las cosas cambiaban. Sin decir nada, dejó a Carla atrás y entró en pequeño cuarto lleno de muebles y repleto de papales y archivos. Comenzó a buscar como loco, por todas partes, olvidándose ya de si hacía ruido o no.

—¿Qué buscas?— se alarmó Carla—. Debemos irnos, alguien puede venir.

Pablo revolvió otro cajón más y por fin encontró el archivo que andaba buscando. Lo tomó entre sus manos temblorosas y lo abrió en la página que quería.

—Nunca…— comenzó a explicarse—. Me dijiste por qué estabas aquí— recordó.

Miró nuevamente el gran papel.

Carla Alarcón, veinte años, problema: Ver personas que no existen, jugar con amigos imaginarios, inventar teorías que alguien la persigue y pensar que todo es una conspiración para atraparla a ella y sus amigos. Tiende a actuar normal y parece sana, pero es un peligro.

Pablo levantó nuevamente la vista y se concentró en la mujer que le había estado haciendo compañía todas esas semanas, días, donde pensó que podía confiar en alguien. Y ella era… una más de ese lugar.

—No estoy loca— se defendió Carla, seria—. No lo estoy. Ese papel miente… Mis amigos te pueden probar que no estoy loca.

Pablo se atemorizó, mientras se daba cuenta que todo estaba mal y todo aquello en lo que estaba creyendo estaba erróneo.

—¿Tus amigos?— repitió—. ¿Ana? ¿Tina? ¿Miguel? ¡No existen, Carla! ¡Tú los inventaste!

—¡No vuelvas a decir eso!— gritó la mujer, dando grandes zancadas, acercándose más a él—. ¡Ellos sí existen! ¡Lo hacen! ¡Me vienen a ver! ¡Yo los veo y conversamos! ¡Ellos existen!

El hombre dejó los papeles sobre la mesa y se acercó a otro fichero, buscando los registros de visita, si daba con ellos podría comprobar si aquellas personas realmente iban o no a encontrarse con Carla.

—¡Son mis amigos!— comenzó a llorar la chica—. ¡Nunca me han dejado! ¡Los conozco desde que tenía cinco años! ¡Ellos no me lastiman! ¡No como mamá y papá!

Pablo se detuvo al instante y se volteó para ver el rostro de angustia de Carla, sus ojos desorbitados, como mostraba signos de estar traumada. ¿Qué le pasaba?

—¿Tus padres te hicieron algo?— Se atrevió a preguntar.

La muchacha se llevó sus manos a su cabeza y fue cayendo lentamente hacia el suelo, mientras miraba en todas direcciones. Nombrar a sus padres había sido un error.

—Ellos no me quieren— comenzó a decir—. Ellos me van a lastimar— Y comenzó a llorar nuevamente—. Ellos me quieren muerta… A ti también, Pablo— dijo, levantando levemente la cabeza—. A ti también. Debemos irnos… Debemos huir con Tina.

Y a la mente del hombre volvió la idea del escape. Antes de todo el espectáculo que estaba dando Carla, antes de saber su verdadera condición, ellos iban a escapar… en el auto de Tina. Pero ahora, nadie los esperaba, nadie los ayudaría a llegar a su casa para investigar si Hugo…

Pablo palideció al instante, mientras se daba cuenta de la posible verdad. No podía ser cierto. Comenzó a negar con la cabeza, no creyendo sus propias ideas, mientras el miedo lo embargaba. Se arrodilló junto a la joven y la sujetó de ambos hombros, con fuerza.

—Lo que me dijiste, ¿es verdad? ¿De verdad lo crees?— preguntó, alterado.

—Sí, Pablo— aseguró Carla—. De verdad nos quieren muertos.

—¡Eso no!— se enfadó—. Dijiste… Pensaste que me tendieron una trampa. Vamos a escapar para ir a mi casa, porque dijiste que Hugo era el malo y me engañó. ¡¿Es verdad?! ¡¿De verdad pensaste eso?! ¡¿O lo inventaste?!

Teniendo en cuenta que Carla pensaba que todo era algo confabulado para lastimarlos, era una idea que surcaba por la mente de Pablo, atemorizante, echando abajo todo lo que creyó. Carla lo había engañado, había hecho que él tuviera esperanzas, le había asegurado que Hugo había hecho todo y que Tamara, el amor de su vida, estaba viva. Pero ¿y ahora? ¿Cómo creerle a una loca que inventaba historias como esas todos los días?

—¡Dime la verdad!— se enojó Pablo y zarandeó a la joven hasta que la hizo llorar con más fuerza.

Pero ya qué importaba…

No, si importaba y él tenía que llegar hasta el fondo de eso. Tenía que saber si de verdad merecía estar en aquel lugar. Tenía que salir de allí, ir a su casa y probar la loca teoría de Carla, quizás estaba loca… pero podía tener razón.

—¡Dame la llave!— exigió Pablo.

Se marcharía de allí, usaría la llave que Carla había robado y haría todo solo. No se la llevaría con él, era demasiado peligroso dejar a una persona demente en la ciudad, y él no estaba para hacerse cargo de ella.

Pablo le volvió a pedir la llave, pero como la mujer estaba ida y en realidad no lo veía, la soltó y jalando una de sus zapatillas se la arrebató para buscar la llave, pero en cuanto lo hizo, no encontró nada. Se apresuró en tomar la otra pierna de Carla y también le quitó su calzado, pero allí tampoco había nada.

—¡¿Y la llave?!— Gritó, pidiendo explicaciones—. ¡¿Y la llave?! ¡¿Dónde dejaste la maldita llave?!

—¿Llave?— repitió Carla—. ¿Qué llave?

—¡La llave que le robaste al guardia! ¡¿Dónde está?!

Pero la joven en respuesta sólo comenzó a reír, con una risita de una niña de seis años.

—José se llevó la llave. ¡Le encanta esconderme las cosas! Siempre anda jugando.

—¿José?— y lentamente, Pablo fue perdiendo sus fuerzas y soltando a Carla-

—Sí, José. ¿Lo has visto? Debe andar cerca de Camilo y Elena. ¡Les encanta andar por allí! Pronto vendrán a buscarme…

Ya era suficiente, ya no la podía seguir escuchando. ¡Ella estaba mal! ¡Loca! Pablo se levantó y comenzó a caminar para salir de allí. Él no se daría por vencido, en última instancia, rompería las mismísimas paredes con tal de salir de allí, no necesitaba a Carla, ni a sus amigos ni sus estúpidas teorías. Todas estaban mal.

Y Pablo se detuvo al instante.

¿Todo lo que ella había dicho estaba equivocado, entonces? ¿Todo? Ella había dicho que él no… Pablo cayó de rodillas al instante. Carla le había asegurado que él no estaba loco, pero ¿cómo saberlo ahora? ¿cómo saberlo? ¿Era un demente, así como ella? Quizás lo era, desde el principio y no se había dado cuenta, quizás estaba engañado, como Carla. Tal vez él merecía estar ahí, quizás Tamara si estaba muerta y todas las cosas que decían de él era verdad.

Sus ojos se empañaron y comenzó a llorar desconsoladamente, mientras golpeaba el suelo con sus puños una y otra vez. ¡¿Estaba loco?! ¡¿Él estaba loco?! ¿Cómo iba a saberlo? Todo apuntaba a que sí.

Y además, ya no podrían salir, sus planes estaban truncados, no existía la dichosa llave, no iba a escapar de allí. Lloró con más fuerza, gritó de rabia, de impotencia, no sabía nada, estaba tan confundido y no sabía qué hacer.

—¿Estás bien?— preguntó una voz.

Él dejó de llorar y levantó su cabeza para ver qué pasaba ahora. Carla lo miraba desde arriba, sonriendo, preocupada, hablándole nuevamente.

—No pareces estar muy bien— volvió a decir ella—. Y me habías preocupado.

Carla se arrodilló a su lado y llevó una mano a su rostro, para secarle las lágrimas.

—Me llamo Carla— se presentó—. ¿Y sabes? Eres el único aquí que se ve como yo: cuerdo— Sonrió—. No me digas que me he equivocado— pidió—. Tú no estás loco, ¿verdad? Se ve en tus ojos. No estás loco.

Pablo podía recordar aquel parlamento, era lo mismo que Carla le había dicho la primera vez que se encontraron: Que él no estaba loco. Pero ¿qué debía creer? todo lo que acababa de pasar, le decía que sí. Para empezar, ella lo estaba.

Y en ese momento, él lo entendió. Pablo no saldría de allí nunca, moriría en ese lugar, ya sea si estuviera demente o no… Y Carla era la única persona que le decía que no estaba loco. ¿Qué debía creer? Pues lo que no lo hiciera sufrir. Esa era su elección.

Pablo sonrió.

—Me llamo Pablo— se presentó—. Y tienes razón, somos iguales. No estamos locos.


Y se acabó! xD Gracias a los que leyeron y comentaron! :) Para mí fue importante x)