Mis zapatos monstruos

Resumen:

Una chica, un fetiche y un par de zapatos.

Mi nombre es Ana Bleckna y mi vida está muy lejos de ser perfecta. Trabajo y estudio para poder salir de mi casa, un lugar donde no encuentro descanso a ninguna hora del día; lo único que me motiva a seguir adelante es la libertad e independencia de poder vivir sola y así conseguir un poco de estabilidad. Mis relaciones amorosas son un fracaso, sólo mi amiga del alma me da esperanzas de seguir adelante.

Ahora apartando toda la mierda de mi vida, debo confesar mi secreta obsesión a las antigüedades. Ahí fue donde los vi, unos zapatos marrones de cuero, muy parecido a los de Robin Hood; desde ese momento –el momento donde me llamaron, me imploraron que los poseyera – la poca e inestable felicidad que poseía se evaporó.

Historia:

Por enésima vez miré el reloj de mi muñeca, mi pie estaba intranquilo debido a la inmensa ansiedad que me invadía. No tenía otra opción, iba a tener que llamarla y soportar otro de sus sermones. Tecleé su número en mi celular, primer tono, segundo tono y…

–Aló –contestó una voz animada y amistosa.

–Hola –le dije tímidamente esperando lo inevitable.

–Ana ¿Por dónde vienes? Pronto comenzará la clase –su voz amistosa cambió a una reprochadora.

–Para eso te llamaba ¿Crees que podrías anotarme en la lista? –le pedí en un susurro.

– ¡¿Otra vez?! ¿Es que acaso no piensas venir? ¿Te gusta ir a reparación? ¡Ya te has saltado demasiadas clases! No puedes depender siempre de mis apuntes.

–Sí, ya lo sé. Tranquila que sí voy, lo que pasa es que llegaré tarde porque me asignaron un papeleo muy tedioso y ahora es que lo estoy terminando.

–Mas te vale que te aparezcas Ana Bleckna, de lo contrario dejaré de ayudarte con esto, me siento como una criminal.

–Deja el drama –rodé los ojos.

–Apúrate y vente que ya entró Gabriela –dicho esto me colgó.

Cori siempre era tan estricta y fastidiosa conmigo cuando se trataba de los estudios. Nos conocimos en la universidad, nuestra primera impresión fue nula, pero con el transcurrir del tiempo fuimos congeniando hasta ser grandes amigas.

Su verdadero nombre es Coromoto Millens, como era muy largo le puse Cori y el mío por ser tan corto no encontramos un apodo llamativo.

La clase que se impartía en estos momentos era la de Historia Medieval y la daba Gabriela Monzón, ella era muy buena, pero a veces mostraba muy descaradamente su favoritismo hacia ciertos compañeros de clase y su evidente odio a mi persona; por eso Cori se preocupaba cuando no iba. Ella era mi salvavidas en todo el sentido de la palabra. Cuidaba de mí en los estudios, veía por mi salud y se aguantaba toda mi palabrería cuando le relataba mis desamores. Sinceramente estaría considerando el suicidio si no la tuviera a mi lado.

Llevaba media hora de retraso cuando salí del metro, si caminaba rápido estaría en la puerta del salón dentro de diez minutos. El aire entraba muy escaso en mis pulmones, mi respiración era entrecortada. Me asomé por la ventana de la puerta, justamente en ese momento Gabriela anotaba algo en el pizarrón; vagué con la mirada hasta que la encontré.

Cori al sentirse observada alzó la vista en mi dirección, sus ojos se iluminaron al verme y una sonrisa disimulada apareció en su perfecto rostro. Ella era muy atractiva, morena, alta, cabello marrón claro, liso y deslumbrante, ojos negros profundos, sin mencionar que poseía un cuerpo ejercitado debido a que pertenecía al club de natación de la universidad, dos veces había sido campeona. Palmeó el puesto vacío a su lado. Entré, causando en Gabriela un disgusto por interrumpir su clase, saludé a Cori con un gesto, me guiñó un ojo como respuesta.

El reloj de la universidad emitió la dulce melodía que anunciaba las ocho de la noche.

– ¿Viste que no te mato ver la clase? –preguntó sarcástica Cori con una sonrisa.

–Apenas sí sobreviví, además no es que no quiera venir.

–Lo sé –permanecimos un rato en silencio mientras caminábamos al metro.

Cori sabía perfectamente que el trabajo era agotador y llegaba muy cansada a clases. Mas de una vez me dormí en el pupitre, hace tiempo que habría reprobado las materias de no ser por su determinación de ayudarme en todo lo posible; recuerdo que a veces pensaba en qué tiempo programaba todo.

Ella vivía con sus padres, era una familia perfecta, los llamaba así porque se notaba que existía el amor en la casa, estaba en el club de natación, los entrenamientos eran arduos y ella era la mejor del equipo; las materias tenían contenidos pesados y ella siempre las eximía. Después de todo eso, cuidaba de su hermanito y sacaba tiempo para incluirme en su vida. Ella era todo un modelo a seguir.

– ¿Mañana irás a la feria de antigüedades? –me preguntó cuando faltaba una estación para despedirnos.

–Claro, sabes que nunca me las pierdo ¿Vienes?

–No puedo, el club quiere que realicemos un entrenamiento extra para las competencias.

– ¡Pero son dentro de dos meses! –se encogió de hombros.

–Quieren conservar el título. Nos vemos el lunes –se despidió saliendo del vagón.

En el camino a casa soñé despierta en las increíbles cosas que podría encontrar mañana en la feria, tenía que levantarme temprano para ver lo bueno antes que se lo llevaran. Al llegar a casa tuve mi dosis de intercambio de gritos con mi madre, la discusión se basaba en por qué no le daba todo mi sueldo si ella me había dado la vida y los mejores años de su juventud. También fui recibida por el atronador sonido del estereo de mis inquilinos que rentaban dos habitaciones en la casa.

Entré a mi cuarto e intenté no pensar en nada y aunque pudiera hacerlo estoy segura que la música escandalosa y los gritos de mi madre hubieran impedido que escuchara mi voz interna. Como deseaba salir de este lugar, era una pesadilla tener si quiera que entrar.

Me acosté y puse la almohada arriba de mi cabeza para disminuir el caos sonoro de la casa. A pesar de todo, el sueño me atrapó antes de lo previsto.

Una chica pequeña, delgada, de piel bronceada, cabello corto negro, liso con un corte grafilado que le daba distintos largos, y ojos del color del café, caminaba por la calle. Poseía una postura elegante, pero su forma de caminar sólo podía ser comparada con el andar de una tortuga muriéndose. Me reconocí al instante, esa chica era yo.

Estaba acostumbrada a tener estos sueños donde me veía desde el aire. La chica entraba a un lugar muy concurrido donde se exhibían varias piezas, se le veía emocionada con cada cosa que veía; todo transcurría con total naturalidad. Hubo un momento en que la chica se detuvo en frente de un puesto, un escalofrío recorrió mi columna. Arriba de un taburete estaban un par de zapatos de cuero marrones, eran muy parecidos a los de Robin Hood. La chica se aproximó para tomarlos, sus dedos ya rozaban la superficie de cuero.

– ¡NO! –grité, abrí los ojos de golpe, mi cuerpo rebotó contra el colchón de la cama. No sé cuánto tiempo necesité para calmarme, pero los rayos del sol ya iluminaban mi habitación, miré el reloj de mi mesa de noche y me sorprendí al ver que eran las siete de la mañana.

Me levanté con pesadez por culpa de ese loco sueño que tuve, más de una vez me reí por dentro por mi reacción tan exagerada, aunque algo dentro de mí tenía miedo. Todo lo olvidé al recordar que hoy era la tan esperada feria, me arreglé lo mejor que pude y salí sin hacer ruido para no tener que aguantar los gritos matutinos de mi madre.

Recordé el sueño en el camino y aún no encontraba la razón de mi temor hacia esos zapatos, parecían normales y hasta lindos.

En la feria no cabía en sí de la emoción. Tazas, trajes, sombreros, espadas, estatuillas, relojes y muchas más cosas por todos lados. Visite varias tiendas sólo para maravillarme de la historia que contaban esos objetos tan valiosos. Entré en otra tienda, mesas, estantes, bibliotecas y escritorios sostenían diversos objetos de la antigüedad; a medida que exploraba sentía como la atmósfera cambiaba, el aire se hacía más denso, mi corazón empezó a latir de forma irregular.

No entendía el por qué del cambio tan extraño de la tienda o de mí. Me detuve frente a una biblioteca llena de libros y cajas. Observé algunos, pero algo me decía que buscara más, que hurgara dentro de las cajas. Mis manos estaban temblorosas, pero no de emoción; era miedo, quería salir, pero algo me lo impedía.

Algo me llamaba, algo me instaba a que siguiera. Una voz femenina me sobresaltó.

– ¿Se le ofrece algo Srta.? –preguntó cordialmente. Aún tratando de calmar los latidos de mi corazón me volteé a verla.

Una señora de unos cuarenta años, de estatura mediana y contextura gruesa, de piel blanca y cabello rubio con ojos azules, me veía curiosa. Miré a mí alrededor y me sorprendí del desastre que había provocado, montones de libros y cajas se hallaban desperdigados por el suelo. Me sonrojé de la vergüenza.

–Lo siento mucho –me disculpé tratando de ordenar un poco aquel caos.

–Dígame qué buscaba con tanta urgencia –me presionó, me sentí indecisa sobre cómo responderle, ni yo sabía lo que buscaba. Le miré y sus ojos dulces derribaron mis defensas.

–Sentí que debía buscar algo –respondí.

– ¿Sintió? –preguntó confundida, le sonreí disculpándome por aquella respuesta.

Acomodé el desorden como pude y justo cuando me disponía a salir, un cofre de la biblioteca cayó contra el suelo rompiéndose al instante, de su interior salieron unos zapatos de cuero marrón ¡Los zapatos de mi sueño! Y un crucifijo. En cuanto los vi me enamoré, me estaban llamando, una ansiedad se formó en mi pecho. Necesitaba esos zapatos.

–No puede ser –dijo la mujer en un hilo de voz, me había olvidado completamente de ella, le miré y noté que sus ojos mostraban pánico, se alejó notablemente de los zapatos que poseían un extraño parecido a los de Robin Hood, se llevó las manos a la boca mientras movía su cabeza de lado a lado. Miré de nuevo los zapatos y una vez más esa necesidad de poseerlos se apodero de mí.

– ¿En cuánto tiene esos zapatos? –le pregunté. La mujer me miró sin salir de su terror interno.

–No puede llevárselos.

– ¿No están a la venta? –movió la cabeza de lado a lado.

–Créame, esos zapatos no son lo que parece –al hablar se le notaba nerviosa.

–A mí me parecen muy monos y si están a la venta me gustaría comprarlos –la mujer se mordía los labios continuamente y su mirada no se apartaba de mi rostro. Iba a decir algo, pero en el interior de la tienda que no estaba visible para nosotras se rompió algo de vidrio, posiblemente un jarrón o una ventana. La mujer vio los zapatos y luego a mí.

– ¿Tiene problemas Srta.? –me preguntó con el rostro inexpresivo.

– ¿Cómo?

– ¿Tiene problemas en su casa, con su novio o con alguna amistad?

No respondí a su pregunta ¿Cómo podía saber ella eso?

–Usted se queja mucho y sueña despierta con algo mejor, espera que un ángel venga y resuelva todos sus problemas. No aprecia lo que tiene –seguí en silencio ¿Cómo podía hacer un psicoanálisis tan exacto de mi persona?

– ¿Quién es usted? –me atreví a preguntarle.

–Soy la dueña de esta modesta tienda, mi nombre es Katherine Wolf. Dígame Srta. ¿Podrías diferenciar a un ángel de un demonio? –le miré extrañada ¿Qué quería decir con eso?

–Yo… –empecé a decir cuando me di cuenta que la biblioteca se nos venía encima. – ¡Cuidado! –le grité apartándome al igual que Katherine.

Mi espalda se encontró con la pared y resulté ilesa, busqué a Katherine con la mirada, se encontraba tumbada al lado de una mesa, una lámpara se hallaba en su regazo. Al ponerle más atención noté que de su frente brotaba un hilillo de sangre.

– ¡Ahy Dios! –exclamé, levantándome bruscamente, ignoré el mareo y corrí en su auxilio, le zarandeé al ver que no respondía a su nombre, lentamente abrió los ojos.

–No puede ser –se quejó como si nada. –Ya es la tercera vez del día que se cae esa cosa.

– ¿Perdón?

–Discúlpeme por ponerla en ese riesgo innecesario. Entonces… ¿Quería los zapatos? –me quedé boquiabierta ante ese cambio tan repentino.

–Sss… sí –contesté dudosa. Tal vez fuera alguna de esas personas con personalidades múltiples.

–Muy bien, espéreme en la caja. En seguida se los llevo –me quedé en el lugar sin poder creer lo que sucedía ¿Qué le pasaba a esa mujer? Al no encontrar respuesta me dirigí al lugar que me indico.

–Por favor dígame su nombre –me pidió con una caja dentro de una bolsa de plástico con el logotipo de la tienda, frente a la computadora, sus dedos esperaban ansiosos por presionar el teclado.

–Ana Bleckna –esperé unos minutos antes que me extendiera la factura junto con el recibo.

–Gracias por su compra –le miré una vez más antes de salir extrañada por ese comportamiento tan inusual.

Caminaba por las calles con una sonrisa de oreja a oreja debido a mi nueva compra. Estos zapatos me hacían sentir completa, la ansiedad que sentía había desaparecido. Entré en mi casa y todo se hallaba en una extraña calma, miré el reloj de mi muñeca, eran las doce de la tarde, todos habían salido a pasear y mi madre probablemente a trabajar ya que era una limpia casas. No me avergonzaba de su trabajo, después de todo era un trabajo honesto.

Entré a mi cuarto, me desplomé en la cama, después de descansar la espalda me dispuse a estrenar mi nueva adquisición. En cuanto abrí la caja y los contemplé me pareció escuchar una voz masculina y seductora.

Te estaba esperando.

Los vi una vez más y en algún lugar de mi mente se encendió una alarma, pero en cuanto los toqué toda duda, toda preocupación y miedo se esfumó. Me sentí intocable y protegida, me los puse y caminé por la habitación.

Me encantaban aquellos zapatos, se amoldaban perfectamente a mis pies, como si estuvieran destinados a mi persona. Desde aquel día mi mamá paro de gritarme, mis inquilinos actuaban con consideración y en el trabajo no me explotaban.

Cada vez que tenía puestos los zapatos todo salía maravillosamente bien, siempre me levantaba pensando en lo malo que tendría que vivir, pero al ponérmelos mi día mejoraba. Como si fueran una especie de amuleto o algo por el estilo que repelía el mal.

Cori me felicitaba por mi continuidad con las clases y mis progresos con los exámenes, hasta me daba el lujo de irla a ver en los entrenamientos

– ¿Hoy no tienes que trabajar? –me preguntó en su descanso secándose con una toalla.

–Es mi día libre.

–Vaya que has mejorado, sabía que algún día madurarías y encontrarías el equilibrio –bromeó.

–Deja de molestarme –me quejé con una sonrisa.

–Oye ¿Y no tienes otros zapatos que siempre vienes con esos?

–Te cuento un secreto –en su cara noté la expresión "Por supuesto que sí, ándele cuenta". –Creo que estos zapatos dan buena suerte.

–Estas bromeando –negué con la cabeza, la sonrisa desapareció de su rostro.

–Desde que los tengo puestos todo ha mejorado, en mi casa mi mamá ya no grita, en el trabajo me entienden y en clases tú haz visto mi progreso.

–Ana… eso se debe a que te estás esforzando, no por un par de zapatos antiguos –pensé un poco el asunto, yo sabía que era una locura, pero era lo que sentía. No quería jamás separarme de los zapatos.

–Pero… –resopló.

–Hagamos una cosa, pasa un día entero sin esos zapatos y verás que todo sale bien –hice una mueca. –Vamos, no seas supersticiosa.

–De acuerdo –me rendí. Un silbato sonó. Cori se levantó para seguir con su entrenamiento. La observé mientras se alejaba.

– ¡Cuidado! –gritó un chico, miré en su dirección y vi como montones de pelotas y aros se dispersaban, algunas eran pelotas de boliche. Varias personas se alejaron para evitar tropezarse, seguí la dirección de los objetos para saber dónde iban a terminar y me horroricé.

Se dirigían hacia Cori, no eran uno ni dos, todos los objetos se dirigían donde estaba ella.

– ¡Apártate Cori! –de inmediato miró hacia la amenaza y se lanzó a la piscina justo a tiempo de evitar caerse.

Un alivio me invadió, en ese momento sentí un ligero calor en los pies, miré mis zapatos extrañada, pero no notaba algo inusual. Todos corrieron a ver a Cori, la estrella del equipo. El chico se disculpo con la cara roja.

–Lo siento, el carro se trabo y no sé cómo se volcó –decía continuamente. Cori trataba de calmarle quitándole importancia al asunto. Aquí fue donde comenzaron los problemas.

Al quitarme los zapatos sentí de nuevo esa alarma interna, mi cuerpo quería advertirme de algo, pero no alcanzaba a saber qué, y siempre que me los ponía esa angustia y preocupación desaparecían.

Me levanté temprano para ir a trabajar, dudé de si ponerme los zapatos o no, decidí hacerle caso a Cori, además era una tontería pensar que mis zapatos fueran de la buena suerte. De seguro todo estaba en mi mente y tal vez por alguna razón del destino las cosas mejoraban para mi futuro.

Estaba en mi cubículo inspeccionando unos archivos cuando escucho la irritante voz de mi jefa, sin duda ese era un mal presagio.

–Ana ¿Ya terminaste con el trabajo que te pedí?

–Sí –me levanté a buscar la carpeta, se la extendí para que la agarrara.

–Veo que por fin te deshiciste de esos cachivaches –me dijo al tiempo que veía mis pies.

– ¿Disculpe? –pregunté ofendida.

–No te pongas así. Esos zapatos eran un asco, no sé ni cómo te los regalaron.

–Yo los compré.

–Ohh. Discúlpame por mi grosería –dijo en un tono falso y una sonrisa cínica en el rostro. Dicho esto se retiro.

Volví a mi asiento tratando de calmar aquella ira contenida, mi celular sonó, era Cori.

–Aló –contesté.

– ¿Piensas venir? –me preguntó con voz cansada, esos entrenamientos ya le estaban pasando factura.

–No, hoy no.

–Después me cuentas lo que te pasó en el trabajo.

–Gracias –le dije por entender, colgué. Era increíble como me conocía de bien.

Apenas salí del trabajo me dirigí a mi casa. Sus habitantes se comportaban como personas civilizadas, cosa que me desconcertaba pero que agradecía. Me tumbé en la cama en cuanto entré al cuarto, antes de quedar dormida una de mis manos tocó el frío cuero de los zapatos antiguos. Un escalofrío me recorrió, quería apartar mi mano de ese tacto que activaba siempre mi alarma interna, pero algo me lo impidió. Me quedé dormida.

Me desperté con sueño, la verdad es que no recordaba el sueño de esa noche, pero pensar en ello me ponía los pelos de punta. Me arreglé y me dirigí al trabajo, al llegar notó una atmósfera muy tensionada. Un grupo de mis compañeros murmuraban, varias señoras tenían los ojos rojos y llorosos, me acerqué a ellos para preguntarles qué estaba sucediendo.

–Buenos días –saludé.

–Ana, acabas de llegar –respondió entre sollozos Laura.

– ¿Paso algo? –ante mi pregunta rompió en llanto. Yo sabía que ella era muy sensible, pero esto de verdad que me desconcertaba.

–Tranquila Laura, vamos por un té –le ofreció Mauricio guiándola a la cafetería.

–Ana, Patricia falleció ayer –me quedé helada ante las palabras de Julio. Un grito estremecedor me hizo temblar. Patricia era mi jefa, la que se había burlado de mis zapatos ayer, con la que me moleste.

– ¿Qué dices? –pregunté en un susurro.

–La asesinaron. Toma –me extendió un periódico y una nota de la gerencia.

La nota informaba sobre la muerte de Patricia y el periódico la explicaba. La habían violado y luego asesinado. Temblé ligeramente.

–Deberías sentarte –me dijo Julio guiándome a una silla que no logré ver.

No era muy consciente de lo que hacía ¿Por qué me sentía culpable de su muerte? Era ridículo y sin embargo era lo que sentía. El grito que escuché hace unos instantes era de ella, algo dentro de mí estaba seguro de eso.

–Te darán una semana libre para que te repongas ya que tú eras su secretaria –siguió explicándome Julio. – ¿Crees poder volver a casa? –asentí, me levanté y vagué por las calles.

Mi vista iba de la acera a los zapatos, recordé las palabras de Katherine, la señora del puesto de antigüedades "¿Podrías diferenciar a un ángel de un demonio?" no sé por qué las recordé. En ese momento mis pies ardieron, gemí de dolor. Era ridículo pensar que yo la había matado, pero mi mente siguió buscando en la memoria.

La vez que Cori me dijo que me los quitara casi sale lastimada y ahora Patricia los humillaba y su castigo fue la muerte.

–Todo esto es ridículo ¡¿Cómo es posible?! Son sólo zapatos, un par de zapatos inanimados –me dije en voz alta, pero mi subconsciente me negó la última parte y yo no lo aceptaba o era mejor decir que algo no me dejaba aceptarlo.

Tardé tres días en reponerme para poder hablar con Cori, le conté lo sucedido el día antes y después del asesinato de Patricia, aunque omití todas mis sospechas, además eran ilógicas.

–Ya entiendo el por qué no has querido ir a clases –dijo asimilando toda la información, soltó un largo suspiro de cansancio y apoyo sus manos sobre sus rodillas, su vista se mantuvo fija en el suelo.

–Esos entrenamientos deben de ser duros –comenté ante su agotamiento.

–Y se están poniendo más exigentes ahora que sólo falta un mes. Espero poder aguantar –respondió sin cambiar de postura.

–Al menos ya estamos terminando el semestre.

–Sí, pronto nos sacaremos ese peso de encima –mostró un poco de disgusto, alzó la vista y me miró fijamente. –Aún los llevas puestos.

Todo dentro de mí se tensiono, agradecía por que ella no hubiera vuelto a mencionar el tema de los zapatos, pero ahora lo hacía. No quería que algo malo le ocurriera, últimamente todas las personas que mencionaban o miraban feo a mis zapatos les ocurrían desgracias. Por qué los seguía usando, por una muy sencilla razón, les temía, ya estaba segura que ellos provocaban esas desgracias y lo comprobé con un indigente que escupió sobre ellos. Lo encontraron muerto, la causa fue que estaba en medio de un tiroteo.

Si me los quitaba y los dejaba abandonados qué me ocurriría. Tenía mucho cuidado para que nadie comentara nada acerca de ellos y a pesar de todas las desgracias que ocurrían a mí alrededor, mi casa seguía en un estado de paz increíble, no quería que eso acabara. Miedo y egoísmo, la pregunta era: ¿Ese egoísmo era mío?

–Es que me gustan –respondí tratando de ocultar el nerviosismo.

–Que se le puede hacer, aunque te noto cada vez más pálida ¿Segura que te encuentras bien?

–Sí –respondí aliviada porque cambiara de tema.

Mis nervios aumentaban a medida que pasaban los días, mis zapatos parecían cada vez más… nuevos. Como si estuvieran volviendo a la vida, como si el pasar de los años no les hubiera hecho efecto alguno.

– ¿Ana Bleckna? –preguntó una mujer entrando a la oficina, despegué mi vista del computador para verle y me sorprendí. Katherine Wolf se hallaba parada a unos metros de mi escritorio, se encontraba nerviosa y por su aspecto se podía ver que no había dormido ni comido bien.

– ¿Katherine? –le mujer asintió. – ¿Necesita algo?

–No necesariamente –me mostré confusa. –Verá, sólo he venido con usted para hablar acerca de los zapatos.

Me puse tensa y ella lo notó.

–Así que ya ha comenzado, es mejor que venga conmigo –asentí nerviosa ante su petición.

Le pedí a Carmen que me cubriera el turno mientras salía. Nos alejamos considerablemente de la gente. Mis pies empezaron a arder.

– ¿Qué tiene que decirme? –le pregunté cuando nos sentamos en un banco alejado de la multitud.

–Esos zapatos usted no tenía por que habérselos llevado.

–Pero usted me los vendió –negó con la cabeza.

–Yo no se los vendí, fueron ellos los que eligieron irse con usted.

– ¿Cómo?

–Ya se habrá dado cuenta que esos zapatos tienen un poder extraño.

– ¿Qué es lo que está diciendo?

– ¿Le han ocurrido sucesos extraños? ¿Las personas que dicen algo en contra de los zapatos salen lastimadas? –me quedé sin habla.

– ¿Co… cómo lo sabe? –pregunté al recuperar la voz.

–Esos zapatos tienen una maldición o mejor dicho son un fetiche –lancé un grito de dolor al sentir el fuego en mis pies. – ¡Quíteselos inmediatamente! –le obedecí aunque me costó bastante sacármelos. Cada vez me costaba más quitármelos y no sabía la razón.

– ¿Fetiche? –pregunté retomando la conversación viendo con temor los zapatos.

–Fetiche son los objetos que poseen poderes mágicos –me mostré incrédula. –Yo también puse esa misma expresión hace años –sonrió sin emoción viendo al vacío.

– ¿Me está diciendo que estos zapatos son mágicos?

–Sí, pero no malinterprete. La magia que poseen esos zapatos es magia negra.

–No entiendo ¿Cómo usted…?

–Esos zapatos eran míos –me quedé helada. –Al igual que usted, los adquirí en una tienda de antigüedades. Vivía con mis cuatro hermanos, todos hombres y mis padres, quienes eran unos alcohólicos. Ya se podrá imaginar la vida en esa casa –hizo una pausa para verme y luego siguió. –Era un infierno vivir en ese lugar, sólo deseaba libertad e independencia, necesitaba paz. Un día sentí que algo me llamaba y justo en la tienda de la esquina, se encontraban los zapatos en la vidriera, desde ese momento necesitaba poseerlos, ellos eran el aire de mis pulmones, así que sin pensarlo dos veces los compré. Al principio las cosas mejoraron, ya se podía vivir en la casa, pero las personas que criticaban mis zapatos sufrían graves accidentes y los que intentaban reemplazarlos…–se detuvo.

–Morían –completé, sus ojos azules me perforaron.

–Hasta ese punto ha llegado. Sí, en efecto, morían.

– ¿Qué hizo luego? –pregunté ansiosa.

–Los seguí usando, tardé varios años en aceptar la verdad, pero algo me hizo verla.

– ¿Qué? –me atreví a preguntar al ver que el silencio reinaba, sus ojos se llenaron de dolor.

–Pensaba deshacerme de ellos. Ese día estaba en el patio de la casa meditando sobre las consecuencias de lo que podría pasarme, pero no me importaba, la culpa me estaba comiendo, merecía la muerte por dejar morir a todas esas personas.

– ¿Llevaba los zapatos puestos? –asintió, se agachó y se subió parte de su pantalón, me impresioné con las cicatrices de quemadas que poseía.

–Pero esto no fue lo peor –le di tiempo a que se recuperara del dolor que me mostraban sus ojos. –Cuando ya me había decidido y estaba a punto de hacerlo, me llegó un olor a quemado intenso, al voltearme toda mi casa se hallaba en llamas.

–Pero eso…

–Los bomberos dijeron que fue provocado. Mis padres habían bañado todo el piso de la casa con botellas de alcohol y sólo vasto un pequeño fósforo para provocar el incendio.

–Y ellos…

–Todos murieron. Mis hermanos y mis padres. Ese fue mi castigo.

– ¿Y las cicatrices de sus…?

–Mi cólera hacia los zapatos me estaba fundiendo a ellos, cegada por la ira no podía sentir el dolor del fuego.

– ¿Entonces cómo pudo sacárselos si no sabía lo que le estaba pasando?

–Después de ver aquello lo que menos quería es que estuvieran cerca de mí. Primero busqué y grité por ayuda, luego me los quité y arrojé lo más lejos de mí. Me tomó mucho tiempo sobreponerme a la noticia de la muerte de toda mi familia, pero sabía que debía encargarme de esos zapatos.

– ¿Cómo lo hizo?

–Una amiga me presto un cofre y los metí dentro de el, los encerré bajo llave y los aparté de cualquier persona que los pudiera poseer.

– ¿Por qué no los quemó o despedazó?

–No lo has intentado ¿Eh? –volvió a sonreír sin emoción. –No funciona y te aconsejo que no lo intentes.

–No entiendo ¿Cómo un par de zapatos pueden matar personas sin hacer nada y no librarse de una caja de madera?

–Los zapatos absorben toda tu energía, para ser precisos, sentimientos y pensamientos negativos. Te parecerá que repelen todas las cosas malas, que son de la suerte, pero no; ellos usan eso para obtener poder. Eso es lo que los hace poderosos, fueron creados con magia negra no sé con qué propósito, pero cualquiera que amenacé su existencia es eliminado.

– ¿Por qué usted no?

–Yo era su portadora. La persona que los alimentaba.

–Aún no me ha respondido el por qué no pudieron salir del cofre –se encogió de hombros.

–Ni yo lo sé.

– ¿Por qué me los vendió si sabía todo esto? –no respondió. – ¿Katherine? –le presioné.

–Ellos me controlaron en ese momento –por alguna razón le creí.

– ¿Qué debería hacer?

–Deshágase de ellos, aún conserva a su familia y sus amigos. No permita que nada les pase –se levantó del banco. –Una cosa más antes de despedirnos. No permita que la controlen, no permita que le impongan sentimientos ajenos –asentí sin entender lo que me decía.

Miré los zapatos y mis pies. No quería ponérmelos.

–Tome –me extendió una bolsa. La tomé y saqué de su interior unos viejos tenis. –Imagine que esto podría ocurrir.

–Gracias –me levanté y metí los zapatos de cuero dentro de la bolsa.

Empezamos a caminar y nos detuvimos en la puerta del edificio donde trabajaba.

– ¿Katherine? –me miró expectante. – ¿Tiene familia? –mostró por primera vez una ligera sonrisa sincera.

–Tengo una hija que vive fuera del país y mi esposo falleció hace algunos años.

– ¿Pudo alcanzar la libertad e independencia?

–Siempre los tuve, sólo que a veces no vemos las cosas como deberíamos –le miré sin entender. –No te quejes de lo que tienes, agradece porque tienes algo por lo que quejarte –dicho esto se alejó.

Reflexioné sus palabras mientras tomaba el ascensor, en cuanto llegué a la oficina se escuchó el chirriar de los frenos de un auto, luego un golpe seguido de exclamaciones y gritos, después silencio. Una roca me cayó en la boca del estómago, me asomé a la ventana que tenía vista a la calle. Un carro había atropellado a una mujer, me llevé las manos a la boca al ver que se trataba de Katherine.

Di vacilantes pasos hacia atrás, todo me daba vueltas, me encorvé al sentir lo inevitable. Mi cuerpo experimentó varias arcadas. Sentía como se agrupaba la gente a mí alrededor, pero a mí qué me importaba. Ellos no sabían la verdad detrás de la muerte de Katherine, ni de Patricia, ni de nada de lo que pasaba. Tosí varias veces y luego me desmayé.

Te di felicidad ha cambio de tu desdicha ¿Por qué me quieres abandonar? ¿No somos felices juntos? Puedo hacer todo por ti, eliminaré a cualquiera que nos amenace. Sólo déjame unirme a ti, seamos uno para que alcances la libertad y dejes atrás todo lo que odias. Dame tu cuerpo Ana. Ana, Ana seamos uno. Ana, Ana yo soy tu verdadera felicidad.

–Ana.

– ¡NO! –grité, temblaba sin parar. Unas manos intentaron tocarme, pero las rechacé con violencia.

–Ana –repitieron mi nombre. –Ana –esa voz me daba confianza, mis defensas se bajaron. –Ana, mírame –volteé a ver de dónde procedía aquella voz y me encontré con Cori. Me abalancé sobre ella y la abracé fuertemente.

–No dejes que me convierta. No quiero ser uno con él.

–Ya, ya –intentó calmarme mientras me acariciaba la espalda.

Era de noche cuando recuperé la cordura, estaba en el hospital, me habían llevado allí luego de desmayarme. Cori me explicó que mi madre la llamó de emergencia al saber de mi estado y ella –como el ángel que era –acudió de inmediato.

Le relaté absolutamente todo lo que sucedió, desde que adquirí los zapatos hasta la muerte de Katherine. También le conté sobre todas mis dudas, pensamientos, sospechas y la voz que acudía a mis sueños.

–Ufff, con todo esto ya no podré presentar el examen final –comentó sentándose en el pequeño sillón.

–De seguro eximiste.

–Al igual que tú.

– ¡¿Qué, qué?!

–Lo que oíste, pero ¿Qué piensas hacer ahora respecto a tus zapatos?

–No lo sé.

– ¿Debería buscar algún cofre o algo?

–No lo sé.

– ¡Que frustrante! –permanecimos en silencio.

– ¿Y dónde están ahora? –pregunté con temor.

–Al pie de tu cama –contestó sin importancia.

– ¡Que! –exclamé asustada.

–Cálmate son sólo zapatos.

– ¿No viste lo que son capaces de hacer?

–Tengo una teoría respecto de ello –le hice gestos para que siguiera. –Sobre esas muertes me parece que ellos –señaló los zapatos. –Sólo pueden utilizar a personas con problemas, es decir que están mentalmente inestables.

– ¿Qué quieres decir?

–Número uno –alzó su dedo indicando el número. –el chico de la piscina, ese día su novia termino con él, por eso después de advertirte de los zapatos pudieron llegar a él y así eliminarme a mí. Número dos: Patricia, una mujer exitosa y firme ¿Cómo podían deshacerse de ella? Utilizando a un hombre que no había tenido sexo por año y medio. Alguien muy fácil de manipular.

– ¿Eso cómo lo sabes?

–Apareció en las noticias, y Número tres: el conductor que atropelló a Katherine se acababa de enterar que su mujer había fallecido en la operación.

–Entonces…

–Sólo pueden manejar a personas perturbadas mentalmente. Lo que tenemos que hacer es mantener la calma y en mi caso estar pendiente de la gente a mi alrededor.

– ¿En tu caso?

–Tú eres su portadora, ellos no te matarán, pero…

–Pero…

–Pero tienes que cuidarte que no te manipule como lo estaba haciendo en tus sueños. Debes ignorar su voz y apegarte a tus decisiones, no cedas ante él.

–Suena fácil de lo que en verdad es.

–Nunca nada es fácil.

–Ahora que lo pienso, si es verdad lo que dices ¿Por qué Katherine me vendió los zapatos? Ella estaba muy firme mentalmente.

–Antes se rehusó ¿Cierto? –asentí. –Después se golpeó la cabeza.

– ¿Dices que el golpe le afectó? –asintió. Me quedé un rato pensando en el asunto. – ¿Te quedaras?

–No tienes idea de la hora ¿Verdad? –se burló, señaló el reloj de la pared que mostraba las tres de la madrugada.

–Increíble.

–Sí.

– ¿Y ahora qué?

–En cuanto salgas del hospital veremos la forma de deshacernos de esos zapatos, por ahora lo mejor es dormir.

–No creo que pueda.

–Cada vez que alguien dice eso se sorprende con el resultado –contestó acomodándose en el sillón. –Hasta más tarde –me deseo.

–Hasta más tarde –le contesté. Sólo dure un minuto despierta antes de caer presa del sueño.

Los rayos del sol impactaron en mi rostro, puse mi mano entre la luz y mis ojos.

– ¿Qué hora será? –me pregunté, vi el reloj de la pared, eran las once de la mañana. Busqué a Cori con la mirada, pero no la encontré, en la mesa al lado de mi cama había una nota. La nota decía:

Fui al entrenamiento, es el último que tenemos. Nos dan una semana de descanso antes de la competencia. Volveré a la una. No se te ocurra irte sin mí.

Atte. Cori.

Me dirigí al baño para asearme y arreglarme un poco. Me fijé que tenía una muda de ropa. Cori siempre estaba al pendiente de todo, no sé que sería de mí sin ella. Al volver a la habitación los vi, esos zapatos que me erizaron la piel al instante.

Esa era la alarma interna que se activaba y cada vez que los tocaba era apagada, o mejor dicho silenciada. Esperé pacientemente a que Cori llegara de su entrenamiento, las horas me parecían días ¿Por qué el reloj no se apresuraba?

Querías paz y eso te di

Un escalofrío me hizo temblar.

Tú me necesitabas así como yo te necesito.

–Basta –dije en voz baja.

Te di felicidad en tu casa y en tu trabajo.

–Basta –repetí, pero más alto.

Dependes de mí para alcanzar tu sueño, yo puedo darte lo que deseas.

Me quedé en silencio.

Libertad e independencia. Paz y felicidad. Yo puedo dártelos.

–No es cierto.

Te lo he demostrado ya, nadie se interpondrá en tu camino, seremos invencibles juntos. Todo lo que desees te lo daré.

–Es un truco.

Sientes mi poder, puedo hacer realidad tus deseos.

– ¡Basta! –grité. La voz seductora desapareció.

Esta era la forma como debía controlar a las personas, si estas mentalmente perturbado era muy fácil caer en la trampa, en la tentación. Cori llegó después de unos minutos, apenas me vio me preguntó qué había pasado, se lo relaté sin omitir ningún detalle.

Me dieron de alta a las cuatro de la tarde y ella me ofreció quedarme a dormir en su casa, cosa que negué rotundamente. No quería que algo malo les pasara por mí.

–Mañana veremos por qué no pueden quemarse –me dijo con el rostro serio. Asentí ante su determinación.

Esa noche no tuve sueño alguno.

– ¿Preparada? –me preguntó Cori. Estábamos en un terreno abandonado frente a una fogata.

–Eso creo.

–Adelante entonces.

Lancé los zapatos al interior del fuego. Se mantuvieron ahí quietos sin moverse como cualquier otro par de zapatos ordinarios, pero de un momento a otro el fuego empezó a oscurecerse. Miré a Cori que me devolvió la misma mirada de temor. Nos tumbamos al suelo cuando el fuego aumentó considerablemente de tamaño.

Sus llamas empezaron a formar un rostro, el rostro más hermoso que jamás hubiera visto "¿Podrías diferenciar a un ángel de un demonio?" Su rostro deslumbrante me hipnotizó, pero sus ojos reflejaron lo que en verdad era. Un monstruo se encontraba tras esa fachada.

Con que intentando destruirme –habló con su voz seductora. –Me gusta cuando me ponen al fuego –su sonrisa me deslumbró.

El fuego empezó a rodearnos, estábamos acorraladas.

Es hora que nos unamos Ana.

Mi corazón empezó a latir con violencia.

No me es suficiente tu miedo, necesitamos un sentimiento más fuerte para unirnos –miró a Cori con satisfacción.

El fuego se aproximó tanto a ella que le quemó parte de su blusa.

–Déjala –grité.

Aún no es suficiente –el fuego la empezaba a envolver imposibilitándole moverse un centímetro.

Miedo, ira, angustia, desesperación, impotencia. Todos esos sentimientos me invadían.

Sigue así Ana. Dame tu cuerpo para así poder volver al mundo. He pasado mucho tiempo sin divertirme.

–Pues, tendrás que esperar hasta la eternidad –le gritó Cori sosteniendo un extintor. El extraño líquido vaporoso empezó a salir con violencia.

El hermoso rostro se desfiguro hasta mostrar su verdadero ser, el verdadero monstruo abominable que era. Lanzó maldiciones y gritos que me helaron la sangre. Ya no quedaban rastros de fuego, en la hoguera se veían los troncos chamuscados y unos zapatos de cuero ligeramente usados. Estuvimos en silencio un muy buen rato, ninguna podía creer lo que acabábamos de vivir.

– ¿De dónde sacaste el extintor? –le pregunté a media voz.

–Sospeche que nos sería útil, pero jamás me imaginé algo así –contestó de igual forma. Le miré sus ropas, estaban quemadas, al igual que varias partes de su cuerpo.

– ¿Atravesaste el fuego?

–Era la única manera de llegar al extintor. No te preocupes, son menores, creo que podré participar en la competencia con ellas.

–Quemarlos no funcionó –le dije conteniendo el escalofrío.

–No.

– ¿Deberíamos cortarlos?

–Ya nos advirtieron que no funcionaba y viendo esto… creo que mejor seguimos el consejo.

– ¿Crees que sólo con encerrarlos sea suficiente?

–Algo me dice que no.

–Me lo temía.

Después de eso mantuve esos zapatos en un lugar escondido para que nadie los viera mientras Cori y yo tratábamos de hallar la manera de neutralizarlos. Desistimos de destruirlos después de nuestro pequeño experimento.

–Mañana es la competencia y aún no hayamos nada Ana –dijo frustrada por aquel problema tan grave.

–No sirve de nada botarlos porque alguien a la final los encontrara.

–No podemos destruirlos porque esa cosa sale para matarnos.

–Tiene que haber una manera –dije con dolor de cabeza por darle tantas vueltas al asunto.

–Lo sé, pero ¿Cuál?

La mataré y serás mía.

Me estremecí con violencia.

– ¿Ana? –no respondí. –Ana vuelve en ti –me zarandeó. – ¿Otra amenaza? –me preguntó cuando estuve consciente.

–Sí.

–Cada vez son más frecuentes –dijo preocupada. –Esos estúpidos zapatos están encerrados y aún así tienen poder. ¿Qué hizo Katherine para neutralizarlos? –se llevó las manos a la cabeza en un intento de concentrarse.

–Se está haciendo tarde –comenté.

–Sé que se me escapa algo. Lo tengo justo al frente y no lo veo Ana.

–Nos queda mañana para descubrirlo, recuerda que tienes una competencia.

–Sí –contestó distraída.

A mitad de camino nos separamos. En mi casa las cosas volvieron a ser como antes, pero por alguna razón me sentí mejor así. Con mi madre gritona, con mis inquilinos desconsiderados y el estereo a punto de reventar por el sonido. Me hacían sentir que había vuelto a la normalidad.

"Siempre las tuve, sólo que a veces no vemos las cosas como deberíamos" recordé su respuesta cuando le pregunté si había alcanzado la libertad e independencia. Contemplé mi entorno.

–Sí poseo libertad, elijo ignorarlos y tengo la fortuna que no son violentos. Además puedo elegir si quedarme o irme –justo en ese momento descubrí que no me iba por mi mamá, me preocupaba esa vieja gritona. Me sonreí.

Mi sueño fue muy intranquilo, me movía de un lado a otro.

Muy pronto seremos uno mi querida Ana.

La sangre se diluía con el agua, alguien sangraba demasiado.

Me desperté de golpe, sentía un vacío en el pecho. Mi celular sonó.

–Aló –contesté nerviosa.

–Ana ya lo tengo. Katherine de seguro tuvo suerte esa vez , pero sé la forma de neutralizarlos, estaba a la vista como te lo dije –habló Cori excitada.

– ¿Cómo? –le pregunté ansiosa.

– ¿Recuerdas el contenido del cofre? Tenía los zapatos y un… –hubo estática en ese momento.

– ¿Cori? –estática, luego se cayó la línea. Golpeé la cama frustrada. –No vas a ganar, no esta vez –le grité a los zapatos que estaban guardados en una caja.

Me preparé para verme con Cori en la competencia, se nos haría imposible hablar mientras se llevara a cabo, pero apenas terminara retomaríamos la conversación.

– ¡Cuanta gente! –comenté sorprendida sentándome cerca de la primera fila para ver mejor a Cori. Ella había esperado tanto este momento, todo su esfuerzo y dedicación serían puestos a prueba.

–Los participantes Stephanie Gil, Anabel Pérez, Luisa Gonzáles y Coromoto Millens prepárense para la primera vuelta –habló el narrador de la competencia.

Muchos gritos de júbilo se oyeron cuando sonó el silbato y las competidoras se sumergieron. Cori había ganado todas las vueltas, éste era el punto clímax de la competencia. Sólo Luisa y Cori competían. El silbato sonó y ambas chicas se sumergieron. Todos se mantenían expectantes porque ambas superaban a la otra en cuestión de segundos.

– ¿Qué hace ese hombre? –preguntó una niña señalando al hombre que se dirigía a la piscina con un cuchillo en la mano.

Toda la emoción se esfumó y fue reemplazado por miedo. Nadie se había percatado de ese hombre hasta que fue demasiado tarde y se sumergió en la piscina con el cuchillo aún en su mano. No servía de nada advertirle a Cori porque no me escucharía sumergida en el agua.

Me levanté del asiento y entre empujones salí de ese gentío que miraba con terror la escena. Escuché gritos, aceleré la carrera, cuando llegué a la piscina ya varios salvavidas se habían sumergido para sacar a ese lunático. El agua se enturbiaba con la sangre de alguien. Mi corazón se detuvo, me acerqué con temor. Todo a mí alrededor pasaba en cámara lenta.

Del agua sacaron al hombre, mi corazón se esperanzó al ver que tenía el cuchillo enterrado en el abdomen, busqué a Cori, pero no estaba, Luisa Gonzáles tampoco. Una respiración desesperada llamó mi atención, volteé y mis peores temores se hicieron realidad.

Luisa traía a Cori a la superficie, estaba inconsciente. Varias personas, incluyéndome, ayudamos a sacarlas. Cori también estaba herida y no respiraba. Los paramédicos le aplicaron RCP sin éxito. Cori no reaccionaba, mi mente estaba en blanco. Formé mis manos en puños y no solté el agarre, las uñas se me enterraban en la carne, pero no sentía el dolor.

Ella no podía morir, todos menos ella. La única persona que me cuidaba y se preocupaba por mí, que me escuchaba y nunca me pedía nada a cambio. Ella no podía morir ¿Qué había de sus sueños? ¿Y su hermanito? ¿Su familia? Nunca la volvería a escuchar reír, ni escuchar sus sermones. Un gran vacío se formó en mi pecho. La cerámica de la piscina se empañaba con su sangre ¡Era demasiada sangre!, los ojos empezaron a aguarse. No Cori, no ella. Daría mi vida mil veces por la de ella.

Una tos me devolvió el alma al cuerpo, la observé conteniendo el aliento. El RCP daba sus frutos, Cori escupía el agua que había tragado.

Los paramédicos se apresuraron y la subieron a la camilla. Su herida era grave. Tenía que ser llevada al hospital rápidamente. Su entrenador la acompañó en la ambulancia y yo esperé en la entraba del hospital. Llegué antes debido a la eficacia del metro.

En cuanto la ambulancia llegó la metieron en la sala de operaciones, no me moví de la sala de espera. Necesitaba asegurarme que estuviera bien. No tenía cabeza para más nada. El doctor salió, me paré al instante.

– ¿Parientes y personas cercanas de Coromoto Millens?

–Aquí –respondí antes que todos los presentes.

–Está fuera de peligro. Pueden pasar a verla. Habitación 215.

Me quedé ahí esperando, primero tenían que ir sus familiares, se veían angustiados; ahora sí me daba el lujo de pensar en los demás.

–Ana, Cori quiere verte –me dijo su madre, me levanté y caminé deprisa a su encuentro. Cori se veía débil, demasiado, pero al menos estaba viva.

–Ana –me llamó en un hilo de voz.

–Aquí estoy –respondí en voz suave.

–Recuerda el contenido del cofre Ana –dijo en un susurro. Asentí sólo para que no se exaltara. –Es demasiado simple –trató de sonreír.

–Se termino el tiempo de visita –informó la enfermera.

–Yo me encargo Cori –le dije con la misma voz.

Salí de ahí encajando todas las piezas. Ese lunático del cuchillo fue controlado por los zapatos, me invadió la ira y el odio, traté de controlarme sin éxito, traté de recordarme de las palabras de Katherine cuando se dejó dominar por ese sentimiento donde casi se fundía con ese ser. De nuevo la ira me invadió al recordarlo, decidí mejor pensar en las palabras de Cori.

No entendía muy bien su mensaje, el contenido del cofre era…

No podía creer que no hubiera visto algo tan evidente y tantas pistas que me dieron para llegar a la conclusión, magia negra, ángeles, demonios, era demasiado simple. Caminé a la casa y para mi fortuna estaba sola, saqué del cuarto de mi mamá la única arma que podría terminar con todo aquello.

Antes de entrar al cuarto suspiré para darme aliento, abrí la puerta. En el centro de mi habitación estaba un joven apuesto que dejaría sin aliento a todas las mujeres, a todas menos a mí.

Siento tu odio Ana. Ya es la hora.

–Sí –me acerqué a ese ser tan despreciable, el ser que por muy poco mata a mi única verdadera amiga. Mostró una sonrisa maligna de satisfacción. Me detuve a dos metros de distancia, alargó sus brazos haciendo el gesto de querer abrazarme.

Déjame calmar el dolor de su muerte Ana.

Me acerqué a él unos pasos más, sus manos sujetaron mis hombros.

–Cori no está muerta –le informé. Rápidamente me atrajo hasta él, el fuego empezó a incinerar cada tramo de mi cuerpo. Gemí de dolor, me abrazó con más fuerza.

Es la hora que seamos uno.

Logré liberar una de mis manos y descubrí el crucifijo que escondía, se lo estampé en el pecho.

–Es la hora que todo esto acabe desgraciado.

Gritó de dolor, su cuerpo se lleno de llamas, poco a poco fue dejándose ver como el monstruo repulsivo que era.

Te mataré –gritó.

–Muy tarde –su forma desapareció, busqué la caja donde tenía los zapatos y dentro de ella puse el crucifijo.

Sellé la caja con montones de celote, tirro y cualquier cosa que la mantuviera cerrada para siempre. Me recosté de la pared calmando los latidos de mi corazón.

–Todo termino –me dije llena de alivio.

La recuperación de Cori fue lenta, pero ambas nos alegrábamos de estar aquí. Me contó de cómo se libró del lunático, quien la tomó por el tobillo y le enterró el cuchillo causando que ella perdiera el aire que contenía, en un momento de adrenalina cuando el lunático no la soltaba se quitó el cuchillo y se lo clavó, de inmediato el hombre se alejo de su persona.

– ¿Y los zapatos no se destruyeron?

–No, por alguna razón son inmunes.

–Por cierto ¿Dónde están?

–En un lugar donde nunca podrán escapar.

–Ya no harán daño a nadie –suspiró de alivio.

–Sí. Gracias a esto ya alcance la paz y estabilidad.

– ¿En serio?

–Sí, sólo que antes no veía lo cerca que estaban de mí.

–De lo malo surge algo bueno.

–Todo depende de cómo lo mires –ambas nos sonreímos complacidas por ponerle fin a esa maldición.

Epilogo:

60 años después

– ¿Cómo se encuentra hoy Padre? –preguntó la cantante de la iglesia.

–Muy bien, gracias Beatriz.

– ¿Preparado para la donación de todos los años?

–Mas que listo.

–Buenos días –saludó un joven. –Mi nombre es Pedro Blanco, soy el encargado de recoger los donativos para la feria.

–Por aquí joven –le dijo el Padre.

Se adentraron en la iglesia hasta estar en una pequeña habitación con diversos objetos.

–Tome lo que guste.

–Gracias Padre –el joven buscó entre los objetos, los que se iba a llevar los apartaba a un lado y los otros los dejaba en su sitio.

Una caja al fondo cayó al suelo. El joven se aproximó, aquella caja estaba sellada como para que nunca se abriera. Iba a dejarla en su sitio, pero su curiosidad por saber su contenido se lo impidió. La apartó junto con los objetos que se venderían en la feria de antigüedades.