Cap. 32

Extra

Dalya (quince años después)

El timbre sonó, recordándome la visita de mis padres. Fui a abrirles, después de dejar de cortar las verduras para el guiso.

– ¿Y los niños? ¿Dónde están? –preguntó mi madre después de haberse instalado.

–Con Kaith, en el bosque.

–Aún no me gusta que jueguen allá –respondió mi padre. –El bosque no es un lugar seguro para unos niños –rodé los ojos.

–Voy a buscarlos –dije terminando de cocinar.

Mientras los buscaba, pensé en Max y en lo increíble que era que se hubiera ido con Andrea al espacio, se camuflajeaba como otras especie para que no lo descubrieran. De vez en cuando nos visitaban y con cada visita me asombraba del cuerpo de Max. En definitiva el espacio era el mejor gimnasio que cualquiera pudiera imaginar.

A lo lejos observé a Kaith en su forma de Adonis, viendo a una niña de trece años, de cabellos largos tan blancos como la nieve y ojos morados. La niña lo embistió a una velocidad asombrosa y Kaith se dejó caer mientras reía.

–Mamá, mira lo que puedo hacer –reclamó mi atención un niño de diez años. Aparté mi vista para posarla en un niño de cabello corto blanco y ojos morados. El niño mostró una sonrisa al tener toda mi concentración.

Su cuerpo se envolvió de un rayo, levantó su brazo con la palma extendida hacia una roca. El rayo lentamente rodeó su brazo y con una velocidad extraordinaria, golpeó la roca, chamuscando su superficie.

– ¡¿Lo viste?! ¡¿Mamá, lo viste?! –exclamó saltando de emoción.

–Estos niños no son seguros para el bosque, papá –pensé, mientras aplaudía para felicitar a mi pequeño. Me aproximé a donde la niña y al verla sola le pregunté.

–Cleo ¿Y tu padre? –la niña me miró con una sonrisa.

–Detrás de ti –respondió.

Antes de voltearme, unos brazos me rodearon la cintura y una voz seductora susurró en mi oído.

–Te atrape –me volteé y me puse a centímetros de su rostro.

–Pero yo siempre soy la que gana –le dije antes de besarle.

– ¿Y tus padres llegaron? –preguntó, prediciendo la razón de mi llegada. Asentí.

– ¿Los abuelos vinieron? –preguntó emocionado Mark. Al responderle saltó de emoción. –Le mostraré al abuelo que ahora puedo hacer cinco flexiones. Cleo, los abuelos llegaron –su hermana se unió a sus saltos de emoción.

–Chicos, quiten su transformación –les grité cuando noté que seguían con el cabello blanco. De inmediato los niños volvieron a su forma natural. Cleo recuperó el color negro de su cabello y sus ojos volvieron a ser azules, y Mark recuperó el color rojo de su cabello y sus ojos también cambiaron de tonalidad al azul.

–Me hubiera gustado que alguno tuviera tus ojos –comentó Kaith, mientras caminábamos de regreso.

–Así como son, son perfectos. Nadie se quedara pegado mirando sus rostros.

–Lo dudo porque sacaron tu belleza –habló con voz seductora.

–Contrólate o Cleo y Mark tendrán otro hermanito.

–Es difícil contigo a mi lado.

–La cara de mi padre te ayudará a recuperar el control –le bromeé. Él rió.

Mi papá aún no se olvidaba de las lágrimas que derramé por él cuando nos separamos.

–Aún tengo tiempo para ganármelo.

–Todo el tiempo del mundo –agregué.