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El viaje en la mañana había sido apretado, pegajoso. La lluvia había empapado mi pelo planchado en vano. Para colmo, la facultad quedaba lejos, muy lejos. Adentro del colectivo había hecho muchísimo calor, mientras que afuera el viento soplaba con ganas y el agua se filtraba por las fibras de la ropa.

Las clases habían sido entretenidas por ser las primeras, aunque no por eso había dejado de bostezar cada dos por tres. Las horas de sueño en faltante se cobraban con energía, al fin y al cabo. Quería llegar a mi casa, tirar la mochila a una distancia importante de mi cuerpo y dormir al menos dos horas. ¿Por qué no dos días? Estaba muerta de cansancio, los parpados me pesaban y mi cuerpo se balanceaba de adelante hacia atrás sobre mis talones.

El ascensor estaba tardando demasiado para mi resistencia y paciencia. Considerando el hecho de que eran solamente tres pisos, opté por las escaleras y bajé rápidamente, saltando los escalones como si hubieran estado calientes. Mis compañeras, con las que charlaba, pero no eran mis amigas, se habían ido cuando el primer ascensor había parado. Yo me había quedado guardando mis cosas con la parsimonia de una persona a punto de caerse de boca al piso.

Pasé los molinetes y empecé a caminar. Seis largas cuadras de la capital hasta la estación del subte. No sabía si el agua que me seguía empapando —porque no había dejado de llover con furia en ningún momento— me hacía la mina más sexy del mundo, al mejor estilo calendario 2011, o si estaba más desastrosa que nunca, pero que la gente se daba vuelta para mirar, se daba vuelta.

Un par de bocinazos me llegaron desde la espalda, lo cual podía deberse tranquilamente a la locura céntrica y a los conductores desesperados por llegar a destino.

Nunca el subte me había resultado más tedioso. El piso resbaloso por la lluvia, humedad a niveles estratosféricos y los vagones llenos hasta el techo. No iba a quedarme esperando a que otro tren pasara, así que me metí por una de las puertas del fondo, a donde la gente era muy vaga como para ir.

Sí, sí. Las clases habían sido un placer, ¡pero que tedio el viaje! Para colmo de colmos, ningún hombre —si a esos intentos de ser humano, género masculino se los podía llamar hombres— se dignaba a ponerse de pie para ceder el asiento. Cinco estaciones del veloz y movedizo subte hasta llegar a la estación indicada.

Ya bastante entrada en nervios, conté las monedas para el colectivo de vuelta, odiándome por tener más chicas que grandes. Ya me veía dos horas en la maquinita metiendo un peso con setentaicinco centavos en moneditas de diez, con los demás pasajeros recordando a mi madre con todo menos simpatía. Pero no podía luchar contra la realidad, no tenía monedas grandes.

El policía que guardaba los molinetes me dedicó una sonrisa que intenté corresponder antes de pasar. Subí las escaleras con mis pies cansados y pesados, y como si hubiera sido poco, adelante tenía a una señora mayor que caminaba a la velocidad de un caracol. Respiré profundo y seguí hasta cruzar la calle y llegar a la parada, la cual estaba vacía.

En aproximadamente veinte segundos, tenía a cuatro personas esperando conmigo, y mi colectivo cerca. Sonreí de placer al saberme sentada en menos de un minuto. Entré y al ser la primera, la gente tuvo que esperar detrás de mí, como había previsto, mirándome impacientemente, pero todo se terminó cuando me senté en mi lugar preferido. Arriba de la rueda, en donde el piso era más alto y tenía un mejor acceso al aire que corría afuera.

Estaba acostumbrada a esa línea de colectivo, aunque la criticaban bastante. No la cambiaba por otra, esa me dejaba a dos cuadras de mi casa y era limpia. Los conductores eran un poco animales, pero no lo eran por completo.

Me gustaba una parada en particular en la que subía mucha gente de golpe. Siempre había una cara interesante que ver, no siempre hermosa. Sin embargo, ese día hasta mi parada preferida me decepcionó, trayendo pocos rostros y todos poco llamativos.

Dediqué unos minutos a limpiar mi celular y mis auriculares con alcohol en gel y papel tisú, porque había explotado un brillo labial en mi mochila, así que todo lo que se encontraba normalmente en el bolsillo secundario estaba embadurnado de gloss. Comencé a escuchar mi música traedora de paz y por un rato mi mente estuvo en blanco.

Para mi sorpresa, en una de las paradas menos interesantes —mi viaje era largo y pasaba por muchas de ellas—, subió alguien llamativo y evidentemente agraciado. Era divertido cuando el transporte público se volvía un escenario para que mi mente de lectora creara inicios varios para novelas románticas.

La chica que se había sentado a mi derecha se levantó y el desconocido, con quien había cruzado una mirada coqueta, se acomodó en su lugar. Se arremangó inquieto el buzo canguro gris, sacó el celular, lo guardó. Volvió a sacarlo y volvió a guardarlo. De refilón, intentando pasar desapercibida, llegaba a ver las manos más venosas que las mías y de dedos más largos. El hueso de la muñeca definido y los vellos castaños en la piel que parecía tener un resabio de sol encima. Si me esforzaba un poco más, llegaba a ver su perfil, nariz respingada, labios delineados.

No podía parar de relamerme la boca seca, incómoda de simplemente tenerlo ahí.

Agustina, no lo conoces. No te hagas la cabeza, no es como que te va a hablar porque se haya sentado al lado tuyo.

La verdad es que nunca funcioné con eso del auto convencimiento. Podía sentir su pierna rozando la mía a través de ambos jeans y su hombro a la par. Seguía sacando el celular y me echaba miradas de soslayo también.

Yo no sabía qué hacer para parecer una de esas chicas interesantes que llaman la atención de los hombres por la calle. Resolví acomodarme el pelo con las manos —ese hermoso pelo similar al de un león estresado—, sacar la manteca de cacao con olor a uva y ponerme para guardarla otra vez.

Mi celular sonó y paré la música. Pude ver como aprovechó el momento para mirarme hablar. Por supuesto, yo me hacía la tonta, porque hacerse la linda constaba en fingir poco interés.

Corté el teléfono después de decirle a mi vieja —sin hacer notar que era ella al resto del colectivo— que tenía viaje por delante todavía.

Giré la cabeza y lo miré directamente por un segundo, antes de volver a mi ventanilla. Era lindo en serio, y yo nunca era osada para esas cosas. Me quedaba en mi lugar como un robotito sin mover un dedo para que nada pasara. Era cómodo, pero siempre me quedaba en el estómago la sensación de ansiedad. Esa sensación que experimenta uno cuando quiere hacer algo y no se anima. Y se queda con las ganas.

El colectivo aminoró la marcha y lo vi removerse en su lugar de forma dubitativa. Era su parada, seguro que era su parada, me dije.

Efectivamente, se puso de pie para bajar y tocó la chicharra.

En un momento de estúpido coraje, me paré dejando todas mis cosas sobre el asiento, tiré del cuello del buzo canguro de color gris y le imprimí un beso en los labios. Él, claro, no me respondió como en una novela apasionada, pero no se alejó tampoco. Tenía sabor a ese chicle con gusto a melón. Escuché que la puerta se abría, así que con el corazón en la boca, lo solté y le dediqué una sonrisa que me correspondió antes de bajar.

Volví a mi asiento y giré la cabeza para verlo mirándome también, con una sonrisa divertida. Volví la vista al frente y sonreí abiertamente. Dudaba que pudiera superar el buen momento del día.