Resumen:

Una tribu de ogros que está en medio de dos reinos. El reino de los guerreros y el reino de los caballeros. Dos reinos que cumplían con un tratado de paz, se auxiliaban el uno al otro como los reinos hermanos que eran. Pero la ambición, la seducción del poder logró enemistarlos.

Ahora, ambos reinos se encuentran en guerra, y constantemente son atacados por los ogros, que cobran innumerables vidas inocentes. Una guerrera con un pasado sombrío, querrá cobrar venganza contra los ogros que enviaron los caballeros, pero descubrirá un secreto que cambiará radicalmente su objetivo.

Primer ataque

Me hacía paso entre las personas para poder ver la llegada de los guerreros que volvían de su encuentro con los caballeros.

El reino de los caballeros y el reino de los guerreros, decidieron unir fuerzas al tener un enemigo en común, los ogros.

Existían ogros entre ambos reinos, y cobraran innumerables vidas. Por esa razón, se creó un tratado de paz, donde los guerreros y los caballeros unían fuerzas, y exterminaban a las tribus existentes entre ambos reinos.

Solté una exhalación cuando, por fin, pude salir de la multitud. Observé como un grupo de guerreros se acercaban, contuve el aliento mientras mi corazón se detenía. Con la mirada busqué incansablemente a un hombre, corpulento, alto, cabellos rubios y ojos verdes, con piel blanca. Empezaba a impacientarme al no verlo dentro del grupo de los guerreros. Las personas a mí alrededor se reunían con sus respectivas familias, cuando encontraban al miembro faltante.

Mi mente empezaba a jugarme bromas pesadas al ver que no estaba el hombre que ansiaba ver. Todos esos guerreros fueron a combatir, y si… y si él no lo había logrado. No, eso era imposible. Él era el mejor de todos en todo el reino, no existía alguien que pudiera igualarle, pero entonces ¿Por qué no estaba entre el grupo que regresó?

Unas manos grandes y fuertes me levantaron del suelo por la cintura. Me volteó justo antes que gritara. Apenas le vi, mi corazón saltó de alegría.

– ¡Papá! –exclamé, abrazándolo por el cuello.

– ¿Te asusté mi ángel? –me preguntó, con su voz grave y suave.

–No, yo sabía que regresarías como siempre lo haces –su sonrisa se ensanchó.

–Vamos, pongámonos en camino que estoy seguro que te volviste a escapar de los deberes que te puso tu madre – me encogí de hombros cuando me puso en el suelo.

Caminaba por el sendero de tierra, tomada de la mano de mi padre. Ya yo estaba grande para eso, después de todo ya tenía diez años, pero no me importaba porque mi padre siempre se ausentaba demasiado y todo por protegernos de los espantosos ogros.

–Hoy cumples diez años si no me equivoco –comentó, mirando al horizonte. Salté de gozo al ver que no se había olvidado de mi cumpleaños.

–Sí, ya soy grande y tendrás que dejar de tratarme como una niña –le dije con decisión. Se rió.

–Podrías tener cincuenta años y aún así siempre serás mi niña –refunfuñé palabras initenligibles que causaron que él riera.

Atravesamos un pueblo, pasamos de largo por muchas tiendas, y mi vista se quedó hipnotizada en una vidriera. Era la juguetería, y mis ojos no se despegaban de una hermosísima muñeca de trapo. Tenía un sombrerito y un vestido a cuadros de color rojo. Su cabello estaba trenzado y era de igual color. Sus ojos eran azules y sus mejillas rozadas, mostraba una tierna sonrisa que te invitaba a abrazarle todo el día.

–Una linda muñeca ¿No crees? –me preguntó mi papá, divertido. Asentí, aún mirando a la muñequita de vestido a cuadros rojos. Mi papá tuvo que halarme varias veces antes que yo empezara a caminar. En cuestión de minutos llegamos a casa, me apresuré a la puerta a ver si me salvaba del sermón de mi mamá por haberme escapado, pero antes de poder entrar, la puerta se abrió, mostrando a una mujer de estatura media, cabello negro y ojos almendra, con piel blanca. Su cara enfadada no me auguraba nada bueno.

–Se puede saber ¿Por qué te fuiste sin terminar tus deberes? ¿Cuándo vas a aprender a responsabilizarte? ¿Y cuántas veces tengo que decirte que no te escapes? ¿No sabes que cuando lo haces preocupas a tus padres? Tienes que… –se detuvo en su regaño cuando visualizó a mi papá. –Jason –susurró, mientras una sonrisa afloraba en sus labios rosados.

–Tan gritona como siempre Elizabeth –dijo, acercándose a mi mamá, ésta le dio un golpe en el hombro antes de besarle apasionadamente.

Intenté zafarme de mi castigo entrando silenciosamente a la casa, pero una mano suave y delicada, impidió mi objetivo.

–Aún no terminamos señorita –dijo mi madre.

–Pero mamá quería ir a ver a papá.

–Podías hacerlo después que terminaras con tus deberes.

– ¡Me mandaste muchos!

–Sólo te faltaba alimentar a los animales –me mordí el labio. Tenía razón, eso era lo único que me faltaba, pero es que mi impaciencia no me dejó esperar. Su mano acarició mi cabello. –Hazlo ahora y no te pondré un castigo –la miré incrédula. Me guiñó el ojo, al tiempo que exhibía su radiante sonrisa. –Te salvas porque es tu cumpleaños.

Inmediatamente agarré la comida de los animales para terminar rápido con todo. Teníamos una granja y por lógico me tomaría un muy buen rato terminar de alimentarlos a todos. Apenas puse un pie en la tierra arenosa, sentí como unas patas grandes y peludas me tumbaban al piso.

– ¡Atlas, mira lo que hiciste! –exclamé quitándome al enorme San Bernardo de encima. Toda la comida de Atlas estaba regada en el suelo, al perro ésto no pareció importarle porque empezó a devorar su alimento. Eché una mirada al interior de la casa y sonreí al notar que no me habían visto, así no tenía que limpiarlo, ya que Atlas lo estaba haciendo por mí.

Terminé de alimentar a las gallinas, gallos, caballos, vacas y cerdos; debían de ser como las cinco para cuando entré en la cocina, y me llegó un olor dulce que me hizo agua la boca. Mi mamá estaba preparando el pastel. Iba a sentarme, pero la voz de mi madre me detuvo.

– ¿No pensarás sentarte así de sucia? –me preguntó, claramente incrédula.

–No mamá –respondí. Subí y me aseguré de quedar muy aseada para no recibir más regaños hoy.

Al bajar noté la ausencia del guerrero de la casa. Iba a preguntarle sobre su paradero a mi madre, quien ponía mucho esmero acomodando la mesa, pero me detuve al sentir sus ojos fijos en mi persona. ¿Ahora qué había hecho? Se acercó y se sentó junto a mí en la mesa. Del bolsillo de su vestido azul pálido, sacó un objeto pequeño, no supe con exactitud qué era, puesto que su mano lo cubría completamente. Miré su puño cerrado, curiosa por saber el contenido.

–Este regalo ha pasado de generación en generación en nuestra familia. Mi abuela se lo dio a mi madre, mi madre a mí y ahora es tu turno de cuidarlo –dijo con voz nostálgica. Extendí mis manos cuando acercó su puño. Algo frío y liviano, aterrizó en mis palmas. Lo observé con toda mi atención. Era una cadena de plata con un dije de un ángel ofreciendo una rosa.

–Es hermoso –dije maravillada. De nuevo su rostro mostró esa sonrisa cautivadora.

–La rosa de un ángel, ése es el nombre del collar –dijo, levantándose y colocándome el collar.

–Es como yo.

–Exactamente.

La noche había caído y mi papá aún no llegaba. En las nubes podían verse las luces de los relámpagos.

–Mamá ¿Dónde está papá? –pregunté, viendo preocupada la tormenta que pronto empezaría.

–Haciendo una diligencia, no debe tardar en llegar.

La lluvia empezó a caer, la mesa estaba lista y aún no llegaba el guerrero. No sé por qué estaba tan preocupada, era como un presentimiento de que algo iba a salir mal. El primer trueno cayó, las luces titilaron. Mi mamá empezó a preocuparse.

Atlas empezó a ladrar, fui a verle al ver que no paraba con sus potentes ladridos. Al salir, un olor nauseabundo inundó mi olfato, mi cuerpo experimentó varias arcadas. Al recuperarme, visualizo a Atlas que ladra al horizonte. Con la lluvia cayendo a cántaros y los relámpagos, más el fuerte viento, se me hizo imposible ver qué era lo que provocaba los ladridos de Atlas. Obligué al canino a entrar en la casa. El perro se ubica en la cocina sin dejar de ladrar, mi madre al mirarme me dirige una mirada reprobatoria por haber inundado todo por donde pasaba. Pero antes de poder reprenderme, el olor nauseabundo invade la cocina quitando cualquier apetito. Experimenté más arcadas y sentí como mi mamá acariciaba mi espalda, al mirarle, observó su rostro espantado.

–Tenemos que salir de aquí –me dijo con voz apenas audible. Le obedecí. Otro trueno cayó y apagó las luces. Causó un cortocircuito.

–Mamá ¿Qué pasa? –alcancé a preguntar, mientras calmaba a Atlas para poder salir en silencio.

–Los ogros están aquí –respondió.

Eso era imposible, para eso tenían que haber pasado por la línea de fuego de los guerreros que cuidaban los límites del reino. Tendrían que masacrar a más de veinte soldados.

A pesar que mi mente trabajaba pensando en la suposición de mi madre, mi boca se mantenía cerrada. Atlas se calmó. Mi mamá abrió la puerta y nos azotó el fuerte viento. Salimos con dificultad. El suelo era puro lodo, la lluvia hacía que nuestras ropas se pegaran al cuerpo, nuestro cabello estaba pegado al cuero cabelludo y parte del rostro. Escuché pasos. Pasos pesados y fuertes, seguidos de un olor que daba náuseas. Gruñidos se hicieron presentes, Atlas retomó sus ladridos, miré hacia atrás y me horroricé por ver sombras. ¡Eran demasiadas!, suficientes para arrasar con todo el pueblo, pero no con el reino.

– ¡Corre! –gritó mi mamá. Empezamos a correr hasta más no poder. Mis pies resbalaron en el lodoso suelo, caí de lleno, embarrando todo mi cuerpo con esa superficie pastosa. Con desesperación intenté levantarme, pero me había atorado. Mi mamá siguió corriendo sin percatarse de mi estado.

Atlas se detuvo y regresó a mi lado, con sus dientes halaba de mi vestido, ayudándome a salir sin éxito. Sus ladridos alertaron a mi madre, quien de inmediato vino en mi auxilio. Le tomó demasiado tiempo sacarme. Una sombra nos envolvió, levanté la vista a tiempo de ver como un ogro de piel verde azulada con escamas, se detenía a unos cinco metros de nosotras. Mi mamá me tomó fuertemente de los hombros.

–Hay que correr y no importa lo que pase, no te detengas por nada –asentí sin entender muy bien a qué se refería. Éste no era momento para pensar, era momento de actuar.

No duramos mucho tiempo corriendo porque los ogros nos dieron alcance, para nuestra suerte, pudimos escabullirnos en una casa abandonada. Volvimos a salir, por una puerta trasera, la tormenta se hizo más fuerte y no pude escuchar ni los pasos de los ogros ni los de mi madre, ni siquiera podía escuchar los latidos de mi corazón. Únicamente escuchaba al viento que me azotaba, helando mi cuerpo y la fuerte lluvia que me empapaba. Atlas igualaba mi velocidad, él era el perro más fiel que he conocido.

Estuve corriendo sin saber a dónde iba, tampoco sabía dónde estaba, pero tenía miedo de parar. Mi vista fue cegada por la lluvia, era imposible ver algo en ésa situación. Tropecé contra algo duro que me hizo caer, grité y forcejeé con las manos que me atrapaban. El escuchar mi nombre en su voz, me tranquilizó. Pude ver sus ojos verdes cuando un trueno cayó.

– ¿Y tu madre? –me preguntó mi padre gritando. Le miré confusa y luego miré hacia atrás. Todo este tiempo estuve corriendo sola. Una gran angustia me invadió, sentía como lloraba, pero muy difícil diferenciar mis lágrimas de la lluvia. Me halaron bruscamente cuando intenté correr.

–Hay que buscarla –grité. –Seguramente se cayó y necesita ayuda –siguió sin dejarme avanzar.

–No –meneó la cabeza.

– ¿Por qué? No podemos abandonarla, los ogros la pueden encontrar.

–Hay que salir de aquí.

–Hay que ir por mamá.

– ¡Ya está muerta! –me quedé helada en el lugar, eso no era cierto, mi mamá no estaba muerta.

– ¡No! –me zafé de su agarre y corrí de regreso.

Escuché como me llamaba, pero le ignoré.

"No te detengas por nada" recordé sus palabras, ¿A esto se refería? No, mi mamá tenía que seguir viva. Ella estaba viva.

Una sombra me envolvió de repente mientras estaba sumergida en mis pensamientos. Sólo pude ver como una superficie dura y áspera me golpeaba con fuerza, haciéndome volar tres metros del suelo. Al caer, mi cuerpo rodó sobre sí varias veces. Me puse en pie con dificultad a tiempo de ver como Atlas se enfrentaba al enorme ogro que me había atacado. El ogro levantó algo, muy parecido a un hacha, y lo cortó en dos.

No me moví ¿Cómo se suponía que debía reaccionar? Sólo observé como ese ogro avanzaba hacia mí, su enorme hacha estaba preparada para deleitarse con mi sangre. Algo me tumbó justo a tiempo de esquivar la mortal arma. Observé a mi padre, quien de inmediato se levantó y combatió con el ogro blandiendo su espada. Él nunca se despegaba de ella. Todo mi cuerpo me dolía, me costaba mucho respirar y mantenerme en pie. No estoy segura de qué pasó después, no escuchaba a más ogros, no veía a ninguna persona a nuestro alrededor. Sólo la lluvia y los truenos nos acompañaban en éste caos.

Un sonido sordo, miré a mi papá, asustada. El hombre sacó su espada del ogro inerte que yacía en el suelo lodoso. Me cargó en brazos al ver que no podía mantenerme por mucho tiempo en pie, y corrió una considerable distancia. No sabía qué sucedía, ¿Los ogros se habían ido? ¿Todas las personas estaban muertas? ¿Por qué nadie nos ayudaba?

La lluvia menguó un poco, permitiéndome ver el lugar donde nos encontrábamos. Era el bosque, nos habíamos alejado bastante del pueblo. Mi papá se detuvo, y justo en ese momento algo nos embistió con una fuerza brutal. Sentí el vacío y luego un descenso que me arrancó más de un grito de dolor. Cuando todo se detuvo, descubrí que no podía moverme del dolor que sentía. Levanté la cabeza para buscar a mi papá con la mirada y me mareé, logré superar el mareo y vi a mi padre poniéndose en pie buscando su espada. Un gruñido vino del cielo, seguido del temblor de la tierra. El ogro saltó el acantilado por donde nosotros caímos, mi papá encontró su espada, pero fue en vano. El ogro le despedazó antes que mi padre pudiera siquiera ponerse en posición, su sangre me salpicó. No me dio tiempo de gritar o si quiera reaccionar porque el ogro me pateó con fuerza. Mi cuerpo golpeó una roca que me sacó el aliento. Ahí, tirada en el suelo, mi vista se posó en algo rojo muy diferente a la sangre que me rodeaba, enfoqué un poco mejor y pude ver la muñeca de la juguetería que vi en la mañana. Todo se detuvo, las gotas de lluvia cayeron más despacio, el dolor empezaba a compadecerse de mi alma, mi vista no se despegó de la muñeca mientras recordaba cómo comenzó el día.

"¿Dónde está papá?

"Haciendo una diligencia"

Recordé esa conversación con mi mamá. Lloré, sentí como las lágrimas inundaban mi rostro, la lluvia caía tan despacio que se podía diferenciar del líquido que manaban de mis ojos.

El ogro me envolvió, le observé. Su piel púrpura y llena de arrugas, sus ojos eran amarillos, su cuerpo tan grande como un árbol o incluso más. En su rostro grotesco apareció una sonrisa donde exhibió sus pútridos dientes. Levantó su arma y al ver su descenso, mi vista se posó de nuevo en la muñeca.

Lo había perdido todo. A mi padre, a mi madre y a mi fiel amigo ¿Por qué vivir? ¿Por qué luchar? ¿Por qué todo había pasado en mi cumpleaños? ¿Por qué todo esto ocurrió? Ya no tenía razones de vivir. El grito que salió de mi garganta se oyó a pesar del viento, los truenos y la fuerte lluvia. Alcancé a escuchar como el ogro gruñía de dolor y pude ver como huía. Me dejé envolver por los brazos de la muerte, pero una voz masculina, inentendible, se rehusó a que ella me llevara.

Un único milagro ocurrió en ese ataque por parte de los ogros, y ése milagro fui yo. Yo sobreviví al ataque de los ogros. Todas las personas que me conocían, todos a los que amaba, murieron. Mi pueblo ya no existía.

Pensaba morir hasta que me enteré que ese ataque lo provocaron los caballeros. Ése fue el primer ataque que hicieron para romper el tratado de paz.

Desde ese día, mi vida cobró un único sentido. La venganza.