Cap. 41

Unión

Anderson (Guerrera)

La oscuridad fue reemplazada por la luz. El dolor por la calidez. No me sentía apoyada en nada, era como si me encontrara suspendida en el aire. Abrí los ojos ante tanta iluminación. Una gran luz amarilla, blanca, anaranjada y rosada me recibía. Me quedé ensimismada viendo esa combinación tan perfecta de colores. No había un camino exacto. Era una luz que envolvía todo, como si de un atardecer se tratase. Para donde sea que mirara, esa luz estaba allí. No sabía muy bien qué hacer o hacia donde ir. Me sentía bastante bien donde estaba, pero algo me decía que este no era mi lugar.

Me desconcerté al ver una mano a escasos centímetros de mi rostro. Poco a poco fui rodando la vista hasta encontrarme con el resto de su cuerpo. Una mujer bellísima me sonreía con dulzura y orgullo. Su cabello era rubio, casi blanco. Sus ojos azul pálido y su piel blanca como la nieve. Era albina. Nunca había visto a una persona así. Su belleza no podía tener igual, parecía irreal que existiera. Siguió mirándome sin meterme prisa.

No podía reaccionar. Nunca había visto a esa mujer y, sin embargo, la conocía. Como si toda la vida hubiera estado a mi lado, pero no lograba encontrar su lugar en mi mente. Miré de nuevo su mano. Por la posición que tenía me daba a entender que yo estaba de espaldas al suelo, y ella estaba inclinada ofreciéndome su ayuda para incorporarme. Tomé de su mano. Si era posible, su sonrisa se intensificó más. En cuanto estuve de pie, noté que traía un vestido blanco que cubría mis piernas en su totalidad. Mis pies, por alguna razón, no tocaban el piso, flotaban sobre él. La mujer siguió tomando mi mano, mientras me guiaba a un lugar desconocido. No me resistí, sabía que ella no me haría daño. No sabía cómo lo sabía, pero lo sabía.

No entendía mucho y mi mente se encontraba en las nebulosas. Era como si todos mis recuerdos no existieran, y no me interesaba esforzarme por encontrarlos. Me sentía en paz conmigo misma. Mi mano libre fue hasta mi cuello, en un auto reflejo por encontrar el collar, pero no estaba allí. Palpé varias veces, pero fue inútil. Miré de nuevo a la mujer y todas las piezas encajaron. Recordaba de dónde la conocía.

Muchas voces se hicieron presentes. Presencias numerosas se aparecieron. Me quedé en blanco al verlos a todos. No supe cuándo la mujer me soltó, sólo fui consciente de mi pueblo, o para ser específicos, de la gente de mi pueblo. Todos estaban ahí. Mi vista quedó fija en mis padres, quienes me miraban con un cariño inconfundible y un orgullo invaluable. Extendieron sus brazos sin dudarlo. Lágrimas resbalaron por mis mejillas. Recordé todo apenas los vi. Mi pasado, mi presente, todo…, ya recordaba qué había pasado y podía hacerme una idea del lugar donde estaba. Caminé hacia ellos para poder sentir ese calor que me habían quitado hacía diez años.

Roberts (Caballero)

Ya no podía moverme. ¿Qué sentido iba a tener que siguiera golpeando el suelo bañado con su sangre? Nada la iba a traer de vuelta. Ya no tenía fuerzas para nada, sólo permanecía ahí, a su lado, incapaz de alejarme o hacer algo. Nada tenía sentido ahora, sin ella ya nada valía la pena para mí. Mis pensamientos no existían. Ni una sola idea cruzaba por mi mente. Era como si yo no estuviera allí, a pesar de estarlo. No podía sentir dolor físico. La tortura de mi alma era suficiente para hacerme desear la muerte para irme con ella.

No levanté la vista cuando sentí un peso descomunal sobre mi hombro. Una mano de ogro sin duda. ¿Qué iba a ganar recibiendo lástima? ¿Eso la traería de vuelta? Seguí con los ojos cerrados y en la misma posición que adopté luego de maltratar la tierra.

—Ella cumplió con su parte del trato, es hora que yo cumpla con la mía —la voz de Ren resonó en todo el campo. La única voz que se escuchó luego de que mis gritos los destrozaran a todos. No entendí nada de lo que dijo, tampoco me interesó. La guerra terminó. La guerra se la llevó ¿Qué importaba la alianza?, ¿Qué importaba un nuevo reino donde todos vivirían en paz si Anderson no estaba para verlo?

Anderson se había ido con mi alma. Ella había sido la única mujer en hacerme sentir vivo y ahora ella… estaba muerta, al igual que yo.

Dejé de sentir ese peso sobre mi hombro. No abrí los ojos cuando una sombra me envolvió, pero sí cuando sentí que se aproximaban al cuerpo de Anderson. Ren se inclinó. Puso su mano sobre el rostro de ella. Una tenue iluminación se alojó en la punta de su dedo índice. Tocó la frente de Anderson con sutileza. El brillo desapareció de su frente. Todos esperamos expectantes. Pasaron los minutos y nada ocurrió. Seguí mirando su rostro ensangrentado, pero no había vida en él. Nuevas lágrimas descendieron. Una fugaz esperanza había aparecido en mí ser y así de rápida como se formó, así de rápida se fue. Los pedazos rotos de mi alma se hicieron añicos ante ese nuevo dolor. Ni la magia de los ogros pudo traerla. Ella no volvería. Nunca más lo haría.

Ren se sentó a un lado de ella. No le presté atención. Ya nada importaba. Sin Anderson nada me sería importante de nuevo.

Anderson (Guerrera)

—Todo está bien, cariño —repitió mi madre sin dejar de abrazarme.

—Los extrañé tanto —mi voz era quebrada, no podía evitarlo ¿Desde hace cuánto anhelaba verlos? Sus brazos, sus respiraciones. Esto era lo que deseaba cuando iba al cementerio, sentirlos una vez más.

—Lo sabemos, mi ángel, pero siempre nos tuviste contigo —negué con la cabeza.

—No es lo mismo. Yo… —mi padre acarició mi cabello de esa forma tan paternal que tanto extrañaba.

—Sé a lo que te refieres.

Atlas puso sus patas en mis rodillas cuando me separé de ellos. Me agaché para acariciarle en agradecimiento por protegerme esa noche. Esa noche…, ahora que tenía oportunidad de estar con ellos quería decirles lo que por tantos años me había guardado.

—Papá, mamá perdónenme —me miraron comprensivos. Mi padre pronunció mi nombre. La nostalgia me llegó de pronto. Hacía tantos años que no escuchaba mi nombre, fue como retroceder en el tiempo.

—… no tuviste la culpa de nada. Eras mi pequeño angelito, nuestro pequeño angelito —se corrigió al tomar la mano de mi mamá. —No hay nada que perdonar, en todo caso estamos muy orgullosos de ti.

—Eres muy valiente mi niña, y me alegro mucho que hayas encontrado tu verdadero camino, también lamento no haber estado para aconsejarte con ese muchacho. Se habrían evitado varias peleas —los colores me subieron a la cara.

— ¿U-ustedes lo saben? —sonrieron picarones.

—Te estamos cuidando siempre, mi ángel. Era normal que lo supiéramos —bajé la vista, avergonzada ¿No se suponía que al menos aquí tus padres no te avergonzarían?

—Es un buen chico ese Sergio. Te ha ayudado mucho para encontrar tu sendero.

—Claro que es un buen chico, lo crié para que fuera así —abrí los ojos de par en par al ver a Julián Roberts. Era como ver a Roberts pero con años de sobra. Me sonrió con presunción. La sonrisa de Roberts era herencia de familia. —Sergio no pudo haber encontrado una mejor mujer — ¿La pena tendría límites? Si era así, yo estaba a punto de rebasarlo.

—Debe de estar molesto conmigo —murmuré, recordando donde estaba.

—Molesto no, pero sí muy dolido —corrigió mi madre. Le miré con tristeza. —Has cargado con una tarea que no era tu responsabilidad, porque deseabas más que cualquier otro que nadie sufriera lo que tú. Digno de admirar.

—Sin embargo esa no era tu misión —agregó mi padre. Le miré interrogante, pero fue otra persona la que completó sus palabras.

—No, era mía —miré alrededor hasta hallar de nuevo a esa mujer albina, sonriéndome de esa forma dulcificada.

—Auremily —asintió a su llamado. —Tú eras el dije —volvió a asentir.

—Ya es hora que escuches mi versión. Conoces la historia de Ren, la de Anthony y la de Gustavo Marcano II, también conoces la leyenda, por lo que queda muy poco por aclarar —hizo una pausa, como si ella pudiera sentir las preguntas que me estaban carcomiendo.

—Pero… —me instó a seguir. — ¿Cómo es que se llegó a conocer la leyenda?, ¿Por qué mi familia tenía el dije?, ¿Era cierto lo que dijo Ren sobre el destino?, ¿Yo estaba destinada a cumplir con tu legado? —esa sonrisa siguió allí, sin inmutarse ni un poco por mis dudas.

—El destino puede parecer inevitable, y lo es. Pero tú también estabas en lo cierto. Cada quien forja su destino.

—Pero yo… nunca imaginé cumplir con tu tarea. No sabía que estaba destinada a ello.

—En cierta forma no lo estabas ¿Recuerdas lo que dijo Ren? "Nadie nace siendo héroe, pero alguien debe convertirse en uno".

—Yo no nací para cumplir con tu legado, pero me convertí en la persona que lo haría —dije para mí, expresando mis pensamientos en voz alta.

—Así es. Todas tus decisiones fueron marcando el sendero que yo había transitado alguna vez. No buscabas lo mismo que yo, sin embargo teníamos el mismo objetivo. Tú buscabas recuperar tu identidad, ésa era tu rosa, tu poder. Yo buscaba la verdadera rosa que me robó, el regalo de mi querido ángel.

—Eso es otra cosa que no acabo de comprender. Si los demás ángeles sabían lo que ocurrió ¿Por qué no te ayudaron? —unas luces cegadoras aparecieron. Alrededor de nosotros se mostraron formas angelicales. Eran ángeles, sus bellísimas alas lo confirmaban y esa mirada penetrante y cálida no dejaba dudas de sus orígenes.

—Anthony, al encerrar el poder de la rosa, hizo un hechizo. Utilizó el poder de ésta para apartar a los demás ángeles de la tierra. El poder de la rosa era superior al de los demás ángeles, por lo que no tuvieron otra opción que mirar atormentados lo que sucedía.

Seguí mirando a Auremily, aún había una pregunta que no respondía.

—Ya sabes que Anthony les estaba dando caza a los ogros para poder quedarse con lo último de su magia, y Ren ya te dijo que le cedí gran parte de mi poder para salvarle. En ese momento no pensé lo que hacía, sólo quería dejar de verlo sufrir, pero cuando él me preguntó: ¿Cómo vencería a Anthony, si él era más fuerte que yo? Caí en la cuenta que no lo sabía. Ahora podía morir, y si yo moría, Anthony ganaría. No podía permitirme aquello. Fue en ese entonces cuando pensé en una forma de detenerlo, aunque técnicamente no sería yo quien lo hiciera. Ése sería mi plan de respaldo en caso que todo saliera mal. Y en efecto tuve que aplicarlo cuando Anthony detuvo mi corazón. Antes de cerrar los ojos para siempre, logré convertirme en un collar. Me tomó dos días lograrlo, pero fue un éxito una vez que tomé la forma del dije.

—Pero eso no explica cómo es que conocemos la historia.

—Aún convertida en dije, podía influir en la mente de las personas. Me encontró un chico de veintidós años, tuve la fortuna que fuera un poeta. Él pudo difundir mi historia creyendo que él la había creado.

—Si podías influir en la mente de las personas ¿Por qué no los hiciste cumplir con tu misión?

—Está prohibido utilizar el poder de los ángeles para controlar a una persona en su totalidad. No podía y me negaba a hacer que alguien llevara la carga de mis errores. Lo que pretendía al tener esta forma era encontrar a alguien con el mismo deseo que yo: detener a Anthony, pero esa persona nunca llegaba. Pasé por varias manos, incluida la nobleza. La princesa tuvo la mala fortuna de ser robada. El ladrón negoció con un comerciante y éste terminó vendiéndoselo a una pareja de enamorados. Desde ese entonces permanecí en una sola familia, hasta que llegó tu turno de tenerme.

—Tú nunca me indujiste a enfrentarme a Anthony.

—No pensaba hacerlo. Tú tomaste la decisión de detenerle, yo únicamente te ayudé a completar el trabajo. En ese instante nuestros deseos se convirtieron en uno y pude otorgarte mi poder para cumplir con la misión.

—Aquella vez donde Anthony me atacó en forma de ogro por segunda vez, iba a morir ¿cierto? —Auremily asintió.

—Me introduje en tu subconsciente para que pudieras captar lo que las personas te deseaban, para que vieras que eras importante y que no debías darte por vencida.

—Fuiste esa rosa que me hizo abrir los ojos.

—No podía dejarte morir por un error mío. Era inaceptable.

—Recuperamos nuestra rosa —volvió a sonreír.

—Al morir Anthony, el hechizo se rompió y el poder de la rosa se desvaneció para que ya nadie pudiera poseerlo —me quedé un rato en silencio. Ya todo había terminado definitivamente. El malo se fue y la rosa también, la historia había acabado. —Te debo una ¿Qué te parece si te devuelvo el favor? —le miré interrogante. Unas manos pesadas se posaron sobre mis hombros. Alcé la vista para ver sorprendida a Ren ¿Él también había muerto?

—Teníamos un trato, humana Anderson. Tú lograste forjar de nuevo esa alianza entre ogros y humanos, y yo te devolveré favor.

—Líder Ren ¿Qué quiere decir? —se puso al frente de mí. Con su índice gigantesco tocó mi frente con suavidad. Sentí una oleada de calor reconfortante.

—Has salvado a muchos, es hora que alguien te salve a ti —todo fue haciéndose borroso. —Humana Anderson, ya cumpliste con tu objetivo. Hay algo que me debes —le miré fijamente, entrecerrando los ojos para poder enfocarle. —Tu nombre —le sonreí. Por primera vez en diez años pude dar mi nombre sin sentir un vacío en mi interior.

Auremily vino hasta donde yo estaba y me entregó un objeto frío.

—Esto te pertenece —abrí mi mano para ver el collar, pero esta vez sólo estaba la lámina que me había dado Roberts.

Hasta los ángeles necesitan su guardián —leí el grabado. —Ellos también necesitan ser salvados de vez en cuando —murmuré para mí. Todo se volvió neblinoso. Me giré a donde me llamaban mis padres y el padre de Roberts.

—Tenemos un mensaje para tu novio.

— ¿Cuál? —pregunté alzando la voz. Se me estaba dificultando el oírles. Me desconcerté ante lo que dijeron. No pude preguntarles nada porque empecé un brusco descenso a lo desconocido.

Roberts (Caballero)

Todo se volvió silencio. Repentinamente se detuvieron los sollozos. No volví a abrir los ojos. No quería ver el cuerpo destrozado de Anderson. No quería que la realidad volviera a torturarme. Quería ver sus ojos azules con ese brillo maquiavélico cuando hacía travesuras; quería ver su sonrisa; quería ver su sonrojo. La quería a ella aquí y ahora.

Una mano delicada y suave se posó en mi mejilla. No abrí los ojos. Conocía esa mano, conocía ese tacto y ese calor. Puse mi mano sana sobre la suya. No me importó mancharla de sangre. Esta no era ella, era una alucinación. Mi mente ya estaba perdiendo la razón y no me iba a molestar en recuperarla si al menos podía conservar a Anderson de esta forma.

—Sergio —me llamó. Sin duda era una alucinación ¿De cuando acá Anderson me llama por mi nombre? —Sergio, abre los ojos —obedecí como un autómata. Ahí estaba ella. Extrañamente sin armadura y limpia de sangre, de tierra y del polvo. Traía un vestido blanco, que dejaba al descubierto su collar con la lámina que le había regalado, por alguna razón no traía el dije del ángel de la rosa; su cabello le llegaba a la altura de los hombros. Seguí mirándola, felicitando a mi imaginación. Nunca creí poder mentalizarla tan hermosa.

No quería recuperar la cordura nunca. Ella no podía ser real ¿Cómo se explicaría que no tuviera su vestimenta anterior ni ese agujero en su pecho? Aún así no quería apartarme de ella. Quité mi mano de la suya para poder tocar su rostro. Anderson no se apartó aunque la ensuciara con sangre. Apoyé mi frente sobre la suya, aspirando ese aroma tan dulce.

— ¿Por qué me hiciste esto, mi ángel? —se me quebró la voz al tener conciencia que ella no era real y nunca iba a serlo.

—Perdóname —odié esa palabra. Era la que había pronunciado antes de irse para siempre. —Pero estoy aquí, volví para estar contigo —lágrimas resbalaron por mi rostro. La mente podía ser cruel cuando quería.

—Tú no eres real, tú estás… —no pude terminar la frase. No frente a la Anderson falsa. Intentó alejarse pero no se lo permití. Pasé mi mano por su espalda para poder fundirla en mi cuerpo. La Anderson real se fue, la falsa no se iría así tuviera que dar mi cordura a cambio.

—Sergio —Anderson no se resistió en ningún momento. Esta no era mi Anderson. Mi Anderson no me llamaba por mi nombre y ella no se disculpaba. —Mírame —le volví a obedecer. Apenas si logré enfocar sus ojos cuando sus labios reclamaron los míos. Un millón de emociones me abrumaron. No sentí el suelo. No podía diferenciar qué era arriba y qué era abajo. Estos eran sus labios, estos eran sus besos. Se separó de mi rostro. La miré sin poder decir ni sentir nada. Estaba en shock. Únicamente podía concentrarme en sus ojos azules. —Soy real, regresé para cumplir con nuestra promesa —la separé para poder observarla detenidamente. Era imposible que yo pudiera recrear ese beso con tanta exactitud.

— ¿Anderson? —pregunté receloso. Me miró divertida.

—En persona —volví a estrecharla contra mí como si nunca la hubiera tenido en brazos. Sentía que respiraba, que todo cambiaba de color, que mis heridas no eran tan graves. Había vuelto a nacer con solo tenerla a mi lado.

—Volviste, volviste mi ángel. Mi dulce ángel —Anderson me rodeó con sus brazos.

—Perdóname, Sergio, yo en serio pensé que…

—No importa —le interrumpí. —Estás aquí y ya no te irás —volvió a darme un beso que me hizo sentir seguro. Esta era Anderson. No había posibilidad de error.

—Estás herido —comentó de pronto.

— Y eso ¿qué?

—Sergio —me amenazó.

—No quiero volver a separarme de ti —me quejé.

—Te vas a desangrar, idiota. Levántate y ve a que te examinen —esta sí era mi Anderson.

—De acuerdo, pero te vienes conmigo —me levanté, obligándola a seguirme. Se recargó totalmente en mi cuerpo. Sentí cómo la electricidad no tenía piedad de mí. Miré a Anderson y fue entonces cuando noté lo frágil que se veía. Parecía desmayarse en cualquier momento. — ¿Anderson? —estaba preocupado, recién acababa de recuperarla, no podía arriesgarme a perderla de nuevo.

—Estoy bien, sólo algo agotada.

— ¿Algo? —pregunté, alzando una ceja. Sonrió de esa forma tan maravillosa que tiene.

—Bastante agotada.

—Vamos a donde Torin, allí descansaras un rato —asintió. Empezamos a caminar. Ninguno de los que estaban alrededor había pronunciado palabra. Mientras caminábamos noté el cuerpo de Ren. Se veía…, recordé sus palabras.

"Ella cumplió con su parte del trato, es hora que yo cumpla con la mía"

Esperaba que Ren pudiera saber cuán agradecido estaba con él. Nunca un ogro había sido tan honorable. Me iba a encargar que nadie nunca lo olvidara. Apenas nos acercamos a una parte del círculo de personas y ogros, se apartaron para dejarnos pasar, formando un camino estrecho sólo para dos personas. Seguimos caminando en ese silencio que extrañamente no era incomodo.

— ¡Viva! Imparable Anderson ha cumplido con su palabra —era imposible saber quién empezó con los gritos de victoria, pero todos los demás le siguieron.

—Nadie ha sido capaz de detenerla, ni ogros, ni humanos, ni siquiera la muerte.

— ¡Viva!

—La Gran leyenda Imparable Anderson, ha vencido.

— ¡Viva!

Anderson se esforzaba por no bajar la cabeza. Ella entendía que esto era por ella y para ella no podía rehusarse. Seguimos caminando ese sendero hecho de personas y disfrutando del nuevo futuro que se nos abriría de ahora en adelante.

Era medianoche cuando Anderson despertó. Apenas entramos a la tienda de los médicos, ella se recostó sobre un colchón, después de asearse por estar cubierta de sangre por mi culpa, y se quedó dormida. Torin permaneció a su lado mientras a mí me atendían. Había muchos heridos y varios médicos desocupaban las camas de los pacientes que agonizaron hasta morir. Lo cierto era que esta guerra había sido dura, prácticamente una matanza entre nosotros. Torin sólo pudo regenerar mis huesos rotos, pero nada más. El ogro bebé estaba agotado de todos los que había atendido anteriormente. Agradecía que Anderson durmiera, así los demás se ocuparían de limpiar el campo donde tuvo lugar la guerra. Teníamos mucho trabajo por delante, pero por fin ya no existiría más odio contra ninguna especie. A la final Anderson logró conseguir la paz para nosotros. Tuve que aguantarme todas mis dudas hasta que ella despertara, no fue difícil, sentirla a mi lado me era suficiente.

Sus ojos azules me enfocaron por entre la oscuridad de la tienda. Observó mis vendajes con el ceño fruncido.

—Estoy bien, Anderson, solo unos cuantos golpes —contesté a su pregunta sin formular. Miró alrededor.

— ¿Los demás?

—Algunos descansando y otros terminando de poner en orden las cosas. Tenemos un nuevo reino por delante —hubo un momento de silencio entre ambos. —Anderson ¿Qué ocurrió? —miró al infinito por unos instantes.

—Morí y volví. El líder Ren dio todo su poder y magia para poder curar mis heridas y unir mi alma a mi cuerpo, al parecer también sufrió cambios mi antigua vestimenta. Él dio su propia vida por la mía. Fue su forma de salvarme —la abracé con firmeza pero sin hacerle daño. —Fue un gran ogro.

—De los mejores —seguimos así, recostados uno al lado del otro. Anderson, sin previo aviso, empezó a relatarme la historia de Ren y la de Auremily. No me molesté, ya no podía hacerlo ni tampoco valía la pena. Si Anderson me la hubiera contado antes, nunca la hubiera dejado participar en la guerra.

En cuanto terminó, me quedé viendo el techo de tela de la tienda. Era muy egoísta lo que quería pedirle, terriblemente egoísta, y no podía evitar no pedírselo.

—Anderson —me miró expectante. —Yo… quiero que dejes de ser una guerrera. No quiero que vuelvas a luchar —fue su turno de ver el techo. Esperé pacientemente su respuesta.

—Imparable Anderson ya cumplió su objetivo. Esa parte de mí puede descansar. Es hora de que Rosangel rehaga su vida —me le quedé mirando con duda.

— ¿Rosangel?, ¿Quién es Rosangel? —se rió tan fuerte que tuvo que taparse la boca. ¿De qué parte me había perdido? Tomó aire varias veces antes de poder volver a hablar.

—Yo soy Rosangel, ése es mi nombre —me miró divertida mientras mi cerebro encajaba las piezas.

Rosangel. La rosa de un ángel. Su antiguo collar, que en realidad era la esencia de Auremily, simbolizaba su nombre. Todo el tiempo tuve su identidad frente a mis ojos y no pude verla.

—Mis padres me pusieron así porque decían que mi belleza fue un regalo de un ángel. Yo vendría siendo algo así como la rosa del ángel. Por eso me gustaba tanto esa leyenda. Me gusta mucho mi nombre y al fin pude recuperarlo —la besé con delicadeza.

—Es un nombre hermoso, Rosangel —se sonrojó de inmediato. Se sentía tan bien saber y pronunciar su nombre.

—Sergio —le miré con cariño. Ella no tenía ni idea de lo feliz que me hacía al llamarme por mi nombre. Me preocupé un poco al ver su rostro confuso. —Cuando… morí, vi a mis padres y al tuyo. Ellos… me dijeron que te diera un mensaje —permanecí mudo. Esto no era fácil, aún no me acostumbraba que hablara de su muerte, menos que hablara de las personas que vio allá.

— ¿Cuál? —pregunté intentando disimular mi piel erizada.

—Ellos… te dan su bendición —me quedé estático. —No entiendo qué significa, pero me pidieron que te lo dije…—la besé como nunca antes la había besado.

Esa fue la señal que les pedí cuando ella me llevó a las tumbas de sus padres. Mi padre también estaba de acuerdo. No podía sentirme más feliz.

—Te amo, Rosangel —volvió a sonrojarse.

Nunca me cansaría de eso. Nunca me cansaría de ella. Quería pasar el resto de mis días a su lado, y ya tenía pase libre para hacerlo. En cuanto se normalizaran un poco las cosas, me pondría manos a la obra. Mi ángel no volvería a escapárseme.

Meses después

Anderson (Guerrera)

Paseaba por las calles del nuevo reino. El reino de Roslem. El rey Gustavo Marcano II e Ismael estuvieron de acuerdos en ponerme como representante de todos los humanos, y todas las demás personas pertenecientes a los anteriores reinos, los apoyaron. Lemni era el nuevo líder de los ogros. Ren se lo había encomendado antes de devolverme la vida. El nombre que surgió de mezclar Rosangel con Lemni, fue Roslem. A todos les pareció un buen nombre para un reino.

Miré ensimismada el cementerio. Era inmenso. Tuvo que ampliarse después de la guerra, sobre todo para poder darle sepultura a los ogros. Las mujeres y los niños arreglaban las tumbas y les ponían flores. Caminé por las lápidas. Algunos nombres los conocía, eran guerreros que tuve bajo mi mano en algunas misiones y otros no me eran familiares, debían de ser caballeros. Caminé más lento a medida que recordaba los rostros de los nombres. Francisco, Adrián, el General Raúl Pérez. Se me hizo un nudo en la garganta. Ese General siempre me cuidaba y se sentía tan orgulloso de mí como si fuera mi propio padre. No era fácil esto.

El cuerpo de Anthony fue quemado. Nadie quería tocarlo. Los ogros que sobrevivieron bajo su control, pudieron volver a su tribu original, y nosotros ganamos mucho, pero también perdimos a buenos hombres. Sin riesgo no hay ganancia, eso decían, y tenían mucha razón.

—Rosangel —quité mi vista de las tumbas para responder al llamado de esa voz. La conocía tan bien que no me hacía falta verla, pero necesitaba hacerlo para cuando…

Un cuerpo pequeño me embistió. Di una vuelta sorbe mí sin soltar a Ro en ningún momento. Con el tiempo se aprendía a no caer al suelo cuando te saludaba de esta particular manera.

—Rosangel —saludó Nico, deteniéndose para tomar aire. Ni me molesté en preguntarles de dónde venían corriendo. Esos niños eran imposibles de ubicar.

A Ro y a Nico no les importó que no me llamara Ángela. La verdad se veían contentos porque todos hubiéramos regresado con vida. Unos pasos me hicieron alzar la vista para encontrarme con Torin en su forma humana. Había congeniado muy bien con los niños apenas se conocieron. Torin utilizaba su forma humana para no intimidarlos tanto.

— ¿Terminaron con sus deberes? —asintieron efusivamente.

—Ven con nosotros a la plaza del pueblo —Ro tomó de mi mano para que le siguiera.

—Ya les dije que iría luego.

—Pero… —empezaron a decir al unísono.

—Se los prometí. No voy a faltar —ambos dejaron caer los hombros.

—Si Rosangel prometer, entonces cumplir —los niños rieron.

—Así no se dice, Torin. Se dice: Si Rosangel lo prometió, entonces lo cumplirá —Torin miró concentrado a Nico, intentando memorizar la lección.

—Recuerda llegar para el mediodía —refunfuñó Ro.

—Allí estaré —observé a los tres alejarse. Aún no entendía el porqué de mi presencia en la plaza. Todos se veían más que decididos a llevarme a rastras hasta allá.

Salí del cementerio. Todos dieron su vida por este futuro. No iba a fallarles. Di una última mirada antes de alejarme. Me pareció ver un resplandor celestial en una de las tumbas. Me di la vuelta. Los ángeles también eran bienvenidos en este nuevo reino, aunque muy pocos los vieran.

Caminé por las calles, deleitándome con la vista de ver a hombres, ogros y mujeres trabajando duro con una sonrisa en sus rostros. A veces bromeaban entre ellos y se golpeaban de manera "amistosa". Respiré profundamente. Hasta el aire olía diferente. Nunca imaginé sentirme tan libre, sin una misión que recordar, sin un trabajo que hacer. Podía darme el lujo de no hacer nada.

Me desvié del camino hacia la plaza para visitar otro lugar. Un monumento recién creado para honrar a los héroes que forjaron el reino de Roslem.

Mis pies se detuvieron ante las estatuas de bronce de un ogro gigantesco tamaño natural de apariencia ruda, una mujer con rostro de facciones dulces y cuerpo cubierto por una armadura descomunal, y un hombre alto de rostro serio con una armadura diferente a la de la mujer. Todas miraban al infinito.

Bajé la vista a los pies de las estatuas para leer el grabado.

El Ogro Ren, La Guerrera Rosangel Anderson y El Caballero Sergio Roberts

Los héroes legendarios del reino de Roslem.

Fue idea de Sergio hacer una estatua de Ren. Quería que se le recordara como un héroe. ¿Cómo llegamos a formar parte de las estatuas? No teníamos ni idea, para mí era suficiente con que Ren fuera reconocido como el héroe de Roslem. Ése era su puesto, un héroe, el mejor de todos.

Mientras veía las estatuas recordé cómo se forjó el nuevo reino. El rey Gustavo Marcano II no tenía descendientes y el príncipe Ismael había perdido a sus padres. Ellos dos decidieron unirse como familia. No había rencores entre ellos, puesto que Anthony fue el culpable de todo, y la verdad es que nunca había visto al rey tan feliz. Se llevaba muy bien con Ismael, debí de darme cuenta antes cuando estábamos en el antiguo reino de los guerreros. Antes de despedirme del rey, le pedí que pusiera en funcionamiento mi antiguo pueblo, ya era hora de que cobrara la vida que se merecía, también antes de irme Ismael vino a hablar conmigo para asegurarme que no quería arrebatarme mi puesto como futura reina, a lo que le supliqué que no me dejara esa carga. No quería y no tenía intención alguna de ocuparme del reino. Aún podía escuchar su risa en mis oídos.

—Nunca lograré entenderte, Rosangel, eso es una tarea imposible —eso había dicho, aún riéndose.

Después de esa unión familiar. Se utilizaron las riquezas para restaurar el reino y recompensar a todos los que participaron en la guerra. Con este dinero Frank pudo comprar una casa con un amplio terreno para sus padres. Ya había recuperado el tono rubio de su cabello, y ahora estaba ayudando a su padre a construir un nuevo taller de carpintería. Por fin se dedicaría a lo que siempre quiso. La carpintería era su pasión, pero por cuestiones de dinero tuvo que convertirse en guerrero.

Luka, con el dinero amplió la cocina de su casa, ganándose un apasionado beso de Mary. Ahora podía seguir experimentando con las comidas hasta hartarse. Y de una vez aprovechó la oportunidad para retirarse del ejército, si no mal recuerdo dijo que se dedicaría al oficio de las letras. No se le daba mal con esa labia que poseía.

Sergio compró una bonita casa alejada del pueblo. No estábamos muy aislados, pero sí teníamos privacidad en lo que se refería su familia y amistades. Él también dejó el ejército para convertirse en médico. Raymor estaba más que feliz con la noticia. Y yo como ahora no sería guerrera estaba pensando en invertir el dinero para abrir una academia de canto. Ro ya se estaba apuntando de primera entre mis estudiantes.

Todo era perfecto, y aún así algo me molestaba ¿Por qué todos me sonreían picarones? Desde que desperté me encontré con esas irritantes sonrisas.

—Te encantara llegar a la plaza, bella dama, ya lo verás —dijo Luka, guiñándome el ojo.

—Cuidado con faltar porque iremos a buscarte —me amenazó Mary.

—Te espero en la plaza —me recorrió un escalofrío cuando Elisa Roberts me dijo eso. Hasta Frank había dejado su trabajo para venir.

—Estoy seguro que serás muy feliz, Rosangel —eso fue lo que me dijo antes de irse y dejarme con la incertidumbre.

No sabía si ir realmente. Me estaban asustando con todas esas extrañas frases. Podía ser paranoia o no, pero creía recordar que hasta Ismael y el rey me habían dicho algo. Era imposible no ir.

—Sabía que te encontraría aquí —pegué un brinco en el lugar. Miré a Sergio, molesta. ¿Por qué siempre me asustaba así?

Sergio se veía radiante. Un brillo de diversión asomaba en sus ojos. Traía los brazos cruzados por la espalda, como si ocultara algo.

— ¿Qué quieres?, ¿No me digas que también vienes a decirme que vaya a la plaza? —su sonrisa se ensanchó.

—No vengo a eso justamente, pero sí pretendo llevarte hasta allá —le miré confusa. Sergio se puso en cuclillas y antes de poder preguntarle, sacó de su espalda a un cachorro Golden retriver.

Me quedé desconcertada al verlo. Era una forma bastante singular de entregar a un perro. Miré al animal, tenía una linda mirada verde con ligeros toques marrones y una gran lazo lila alrededor del cuello. Le presté más atención al ver una caja en su hocico. ¿De dónde había sacado la caja? Estiré la mano para tomarla. El perro no se resistió al dármela. Le miré algo asqueada, estaba llena de baba. Apenas encontré la abertura, me quedé en blanco, no por su contenido ni siquiera lo había visto, fueron las palabras de Sergio las que me paralizaron.

— ¿Quiénes casarte conmigo, Rosangel? —me tembló el pulso. Con esfuerzo pude ver el hermoso y sencillo anillo con un zafiro tan azul como el océano.

—Sergio… —no pude pronunciar nada más. Sergio se puso de pie, aún no había soltado al perro. Una repentina ola de felicidad me azotó al ver esos ojos verdes mirándome con un cariño inagotable. Me le lancé encima. Le rodeé el cuello con los brazos y lo besé con una alegría irreconocible.

—Lo tomaré como un sí —dije entre risas. —Rosangel, vas a matar a tu perro si sigues cortándome la circulación con tus brazos.

— ¿Mi perro? —se apartó para mostrarme al pequeño cachorro. Tomé al canino con cuidado de no dejar caer ni la caja ni el anillo. El cachorrito era una ternura, parecía un sol.

No me di cuenta de cuándo Sergio me arrebató la caja y el anillo, hasta que tuve en el dedo ese zafiro que simbolizaría nuestra unión de ahora en adelante.

— ¿Qué nombre le pondrás? —miré al cachorro nuevamente. ¿Nombre? Si él ya estaba diciendo claramente cuál era.

—Sole —me miró interrogante.

— ¿Sole?, ¿Qué significa Sole? —bajé la mirada, avergonzada. —Vamos, no puede ser tan malo.

—Solecito —murmuré.

— ¿Qué?

—Solecito —repetí.

—No te escuché ¿Qué dijiste?

— ¡Solecito! ¡Se llama Solecito, sordo! —se rió tan fuerte que me atormentó los oídos. Puso una mano sobre el can.

—Lo siento amigo, de saber esto yo te habría bautizado —coloqué un pie detrás del suyo y lo empujé levemente. Me regodeé en la satisfacción al verlo caer de espaldas al suelo.

—Y por eso Sole, nunca debes llevarme la contraria. Te puede ir mal —el cachorro ladró una vez. Lo tomé como una afirmación a mis palabras.

—Soy tu futuro esposo, Rosangel, deberías de tener consideración conmigo —se quejó poniéndose en pie, fingiendo dolor.

—No cuando te burlas de mí —me revolvió el cabello.

—Ya sabemos que no nos vamos a aburrir en nuestro matrimonio —me sonrojé ante esa palabra, aún no me creía que él y yo íbamos a ser una familia. —Vamos, ahora sí podemos ir a la plaza.

— ¿Qué tiene que ver la plaza con esto? —le miré confusa hasta más no poder.

—En la plaza van a celebrar nuestra unión, algo así como una pre-fiesta antes de nuestra boda —le miré, incrédula. ¿Cómo es que todos lo sabían menos yo?

— ¿Cómo estabas tan seguro que aceptaría? —sonrió presuntuoso.

—Porque soy irresistible, y también… —atrapó mi mentón y puso sus labios a centímetros de los míos. —… porque las golondrinas nunca se equivocan —me besó de forma lenta y tortuosa. —Nos esperan, ya es mediodía —se alejó a paso lento, disfrutando de dejarme con ganas de más. Me le quedé mirando fijamente.

No era justo, aparte que me dejaba con ganas de seguir ese beso, estuvo todo este tiempo haciendo planes a mis espaldas. Sole se removió en mi agarre, buscando más espacio. Lo miré entre mis brazos. Otro perro en mi vida. De un momento a otro una idea se formó en mi mente. A Atlas no tuve la oportunidad de entrenarlo, por eso siempre me delataba frente a mis padres, pero Sole… tal vez…

Lo alcé al frente de mi rostro. Sus ojitos verdes se profundizaron en los míos. Era un perro con un excelente instinto, si pudo aprender ese truco que le enseñó Sergio, entonces podía aprender muchos más. En vez de un delator podría tener a un cómplice para cuántas formas de molestar a Sergio se me ocurrieran.

—Sole, presiento que tú y yo seremos grandes amigos —el cachorro ladró, como aceptando mis palabras. Oh, sí, nos íbamos a llevar muy bien.

Miré la espalda de Sergio en la lejanía. Sin duda ningún matrimonio se parecería al nuestro y eso era justamente lo divertido. Puse a Sole en el suelo y ambos corrimos hacia nuestro nuevo y prometedor futuro que nos esperaba al lado de ese caballero, guardián, médico y futura víctima, que ignoraba su porvenir. Sí que sería prometedor ese futuro, muy, muy prometedor.


Hemos llegado al final chicos. Espero hayan disfrutado mucho con esta historia. Muchas gracias por leerme durante tanto tiempo y darme la oportunidad a mí y a los personajes de entrar en sus vidas ^-^

En el blog encontraran una sorpresita que prepare para este final.

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Nota: Recuerden quitar los (*)