MALAS EXCUSAS

Astrid vivía una historia conocida por muchos: ella amaba a alguien, pero no tenía el valor para confesarlo, al menos no al objeto de su cariño.

Y las indecisiones nublaban su juicio: peor que no hacer nada, es hacer las cosas a medias, y a medias es como aun se sentía, frente a la puerta del hogar de Gavin, quien sin buscarlo ahora ocupaba la totalidad de su corazón.

Pero el amor nos lleva a meternos en tonterías sin sentido, entre ellos, querer dar regalos con las peores excusas posibles: no un cumpleaños, no Navidad, no día de San Valentín, sino el fin de cursos y la graduación.

Si, pero supongo que al amar cualquier excusa basta.

Astrid sabía que Gavin gustaba de la literatura fantástica, y decidió hacerle un pequeño regalo ¿La ocasión? No tenía una buena, solo hacer algo por él, y el fin de cursos era más que suficiente para entregarle un presente: un libro de uno de los autores que ese chico admiraba, al menos por lo que había escuchado la joven..

Pero de la acción al acto es una transición difícil: en su mente Astrid lo había repasado infinidad de veces, pero ahí, en el hogar de a quien deseaba tanto tener las inseguridades surgían ¿Que podía hacer? No quería que malinterpretara el acto ¿O si? ¿Sería tan malo? ¿No es ese el punto? Que supiera lo que siente: que lo amaba, que lo quería con toda el alma, que le dolía verlo con cualquiera que no sea ella.

Si interpretaba su acción como una muestra de sincero deseo de estar con él ¿Como podría estar mal? En todo caso, el mensaje seria entendido de la manera más directa, pero Astrid amaba a corta edad: a sus 14 años, era la primera vez que sentía esto de modo tan fuerte, tan intenso, y todo aquel primerizo del amor debe aprender, de preferencia, más temprano que tarde.

—Gavin yo...quería darte esto, y...te deseo un feliz fin de cursos y...—murmuró Astrid, y aun sin aquel chico frente a ella, la jovencita ya batallaba para poder pronunciar con facilidad.

¿En que pensaba? ¡Eso sonaba más ridículo en su voz que en su mente! No, no era posible que diera el paso: había gastado su dinero en vano, y seguiría con la angustia de no poder decir lo que tanto la consumía, pero era un precio aceptable y preferible a la vergüenza del ridículo, por lo menos, eso era lo que sentía.

Y con más tristeza que temor, dio media vuelta, y se retiró: aquello que quería confesar no sería confesado ese día.

—De seguro él pensaría que soy una idiota...

Demasiada negatividad, sin duda, pero ¿Podían culparla? Muchos nos hemos sentido así al estar enamorados, y si no lo creen, pregúntenle al propio Gavin.

—Astrid...yo quería...quería darte esto y...desearte un feliz fin de cursos—repasaba Gavin frente a la puerta de esa señorita, con un libro entre las manos, pues había escuchado que Astrid gustaba de la literatura romántica, y pensaba que si quería confesar aquello que debía confesar, al menos tenía que entregar un presente...

No: no podía, era demasiado para él: prefería lidiar con el dinero perdido y la angustia que con la vergüenza del ridículo...