Antes muerta que sencilla

Caminaba con mi ropa de marca a mi prestigioso liceo donde no se veía ni un solo ratero, ni hablar de la chusma. Esperé dos minutos antes de llamar desesperada a mis amigas. ¡Cómo se atrevían a dejarme esperando!, ¡Me podrían secuestrar y ellas felices con sus cabellos recién secados junto con sus falsas uñas acrílicas! Marqué el número de Natasha en mi Blackberry Torch y descubrí que estaban a mis espaldas. Esas zorras.

Caminamos por el lustroso pasillo hablando sobre quienes habían perdido la virginidad y de las mensas que aún la tenían. ¿Qué chica de diecisiete años podía conservarla? ¡Que lol!

– ¿Crees que hayamos pasado las materias? –preguntó Carolina.

–Eso espero, nos esforzamos mucho las últimas semanas –contestó Natasha acomodándose el pelo hacia atrás.

–Claro que sí, me imagino cuánto sufriste al averiguar los gustos del viejo pervertido –dije.

–Sí, tuve que pasar toda la tarde y parte de la noche metida en una tina llena de champagne.

– ¿Y a la final se le paro? –preguntó Carolina. Natasha rodó los ojos hacia ella y respondió.

–El Viagra hace milagros –nos reímos disimuladamente.

–Violeta ¿Cómo te fue con chichón de piso? –le sonreí a ambas.

–Sencillo, es alcohólico. Nada que el dinero no pueda comprar.

Fuimos hasta donde estaban publicadas las notas y nos sonreímos satisfechas al ver todas las materias eximidas. Suerte que ninguno de nuestros profesores era mujer. Como siempre fuimos a festejar yendo al centro comercial para ver quien calentaba más la tarjeta de crédito.

– ¿Les dije que mi papá me comprara un Dogde Caliber (carro) por haber eximido todas las materias? –habló sonriente Carolina terminando su helado. Instantáneamente Natasha le pregunta sobre el carro, con una sonrisa plástica eterna en su rostro. Mostrando el reciente blanqueamiento de sus dientes.

– ¿Eso es una carie? –me pregunté viendo la suciedad en uno de los caninos de Carolina. –Ah, no. Es una chispa de chocolate –saqué mi espejo para mostrarle ese pequeño detalle.

Como Natasha aún seguía con sus insistentes preguntas con Carolina sobre su carro, no me pude aguantar ¿Qué se creía?

–Escuche una conversación de mis padres donde estaban hablando de un Bugatti (carro) –hablé para llamar la atención.

– ¿Acaso tu papá va a cambiar su Mercedes? –preguntó Carolina.

–Zorra –le dije mentalmente. –No, posiblemente se trate de MI regalo de graduación –expresé remarcando la palabra "mi"

Fui la comidilla del resto de la tarde. El rostro frustrado de Carolina y la emoción de Natasha alimentaban mi ego, después de todo no podía permitir que me opacaran. Ahora el único problema era obtener el Bugatti que supuestamente mis padres me regalarían. Mientras nos despedíamos, maquinaba la estrategia para obtener la tarjeta de crédito de mi padre.

Robar, iba a tener que robar. No podía dejar de pensar en eso. Estaba tan sumergida en mis pobres pensamientos que ni me percaté del olor a alcohol, a tabaco y de lo que parecía ser… ¿Perfume chanel? Me volteé a tiempo de ver a mi padre con la camisa sutilmente desabotonada cargando la corbata en la mano y ligeramente despeinado. Ni se inmutó por mi presencia, probablemente porque no me había visto. Esperé veinte minutos, el tiempo suficiente para que un hombre con grandes dosis de alcohol cayera inconsciente sobre la cama. Me metí sigilosa al cuarto, después de todo mi mamá no estaba en el mismo estado de mi padre.

– ¡Victoria! –susurré por lo baje viendo la brillante tarjeta al salir del cuarto. –Cómete eso zorra –pensé con malicia por imaginarme la cara de Carolina. Estaba a punto de salir a comprarme el carro ahí mismo para devolver la tarjeta, hasta que el reloj de la cocina me detuvo. Eran las dos de la mañana. Me fui a regañadientes a mi cama y puse el despertador. Saldría al concesionario antes de que mi padre pudiera si acaso salir de casa.

Todo el trámite me llevo unas dos horas y fui con mi nuevo y flamante Bugatti a recoger a mis mejores amigas. Sus caras fueron un coro de ángeles y la que más disfrute fue la de Carolina. La zorra aún no tenía su carro.

Guardé el carro en la casa de mi novio, después de todo, mis padres no sabían sobre mi nueva adquisición.

Mientras pasaban los días, organizábamos el viaje a Mónaco por nuestra graduación. Me moría de ganas por ir a Monte Carlo.

– ¡¿Qué significa esto, Violeta?! –preguntó colérico mi padre.

– ¿Qué cosa? –pregunté sin entender. Me mostró una factura y otra hoja donde se veían los movimientos de la tarjeta. Dentro de la hoja aparecía el lugar, la compra y mi nombre. Sentí un balde de agua fría que me congelaba el cuerpo y me dejaba sin habla.

– ¡Esto es todo!, ¡Se cancela el viaje a Mónaco, el Spa, las idas a la peluquería y al centro comercial!

–Pero papá…

–Dame tu teléfono, tu laptod, tu ipod, tu cámara, tu tarjeta de débito y tienes prohibido ver a tu novio Reinaldo.

– ¡Papá, se llama Ricardo!

– ¿Y qué pasó con Reinaldo?

–Terminamos hace dos meses.

– ¡Como sea que se llame el actual, tienes prohibido verlo!

– ¡Espera! ¿Por cuánto tiempo? –le grité al verlo alejarse.

–Por dos semanas –sentenció.

Me sentí a morir. ¿Cómo podía prohibirme ir a la peluquería?, ¿Quería que pareciera indigente? Se me heló la sangre de repente. Mis amigas se iban a enterar que mi papá no me pagaría el viaje a Mónaco, ¡Creerían que no teníamos plata! Me quería morir. No podía aguantar tanta frustración. Todos se reirían de mí, y lo que empeoraba todo era la zorra de Carolina, imaginar su rostro formando una gran risa a mis costillas. ¡Jamás!, ¡No se lo permitiría! Si no voy a ese viaje prefiero que piensen que fue porque me morí.

Fui corriendo a la cocina, y con las manos temblorosas tomé el cuchillo que me salvaría de la terrible desgracia. Me metí en el baño de huéspedes puesto que es el que tenía más cerca. Me metí en la bañera, totalmente desnuda. Tenía pensado abrir el grifo para que pareciera que estuviese tomando un baño, pero desistí de la idea al pensar en limpiar el blanco piso de porcelana manchado de agua y sangre. Era mejor que todo quedara dentro de la tina. Coloqué el cuchillo en la parte interna de la muñeca y antes de poder ejercer presión, la puerta se abrió de par en par. Por reacción quité el cuchillo de mi mano y lo puse cerca de unos centímetros por encima de mi rodilla.

Mi madre y yo nos miramos unos segundos eternos. Había sido descubierta ¿Por qué coño no le puse seguro a la puerta?

El rostro de mi madre se transformó en la propia imagen del horror.

– ¡¿Qué haces masturbándote con un cuchillo en la tina de huéspedes?! –me gritó.

– ¿Acaso mi madre no veía mi sufrimiento? –pensé con pesar.

Agarré una toalla y salí tapándome con ella del baño.

– Mamá ¿Qué hace el chofer en este cuarto? –le pregunté conteniendo toda mi ira frustrada. No me respondió, así que seguí con mi dramática salida.

En la noche mi mamá me informó sobre mi cita con el psiquiatra. Me negué rotundamente, pero me amenazó con mandarme a trabajar así que estaba contra la espada y la pared.

Fui al psiquiatra al día siguiente. Y el morboso, desquiciado y sádico ése, tenía complejo de Chirinos (Edmundo Chirinos es un psiquiatra venezolano que fue arrestado por abusar sexualmente de sus pacientes) Era aún peor que mi ex profesor pervertido.

Apenas salí de ese consultorio le conté toda la verdad a mi madre, quien me comprendió inmediatamente. De tal palo tal astilla.

–Esta noche en el recibidor encontraras la tarjeta de tu padre –me dijo. Sus palabras fueron mi salvación. La batalla contra la zorra de Carolina no estaba perdida.

Logré el fantástico viaje a Monte Carlo, fui alabada por mis amigos y tuve todas las noches encuentros amorosos con mi novio. Nada podía arruinar estos días.

Al regresar, más de una sorpresa cayó sobre mis hombros. Mis padres se divorciaban, mi papá tenía una amante, mi mamá tenía de amigo con derecho al chofer, y como si fuera poco al pasar los mese descubrí mi embarazo. ¡Y lo peor de todo es que Ricardo había chocado mi Bugatti!

Todo se mantuvo en secreto, porque primero muerta que bañada en sangre antes que permitir que mi status social se manchara. Mi nombre es Violeta, la más perfecta, la más popular. Y éste título nadie me lo iba a quitar.