Disclaimer: La historia es mía. Lilian también lo es. Y bueno, Álvaro es de Leeh.

Título: I Need Your Love.

Summary: "Supo que jamás habría alguien como ella. Alguien que pudiera hacerlo sonreír. Alguien por la cual dejara todo, sin importarle las consecuencias."

Nota: Esto va para mi Leeh, porque es un amor de persona, y porque ella se merece un amor mejor que ésta porquería que acabo de escribir, y porque Álvaro y ella son una OTP, aunque ella no lo admite. Gracias por siempre estar ahí para mi, bonita. Por aguantar mis estupideces, y amarme como yo te amo a ti.

I Need Your Love

«So break me to small parts, that go in small doses.»

La hilera de personas frente a la dirección se extendía hasta dar una vuelta por el estacionamiento principal. El sol parecía compadecerse de los aspirantes que hacían fila aquella mañana, quedando oculto tras una delgada capa de nubes. El viento volaba los cabellos de las chicas, arrancando las hojas de los árboles, obligándolas a danzar improvisadamente por la atmósfera.

Álvaro metió las manos en su chamarra negra, abrigándose un poco. Notó más de una mirada de la chica que esperaba frente a él. Curvó suavemente los labios, dedicándole una corta sonrisa sin compromiso adjunto.

Los primeros acordes de 'Solitude is Bliss' se filtró por sus oídos, mientras seguía el ritmo con la cabeza. Inconscientemente rió al recordar la primera vez que la escucho. Lilian había estado ahí.

Lo había mirado con esos ojos tan suyos, sonriendo levemente mientras seguía el ritmo con el pié. Esa había sido una de las pocas veces que se había permitido mirarla. Dedicarle más de unos pocos segundos a ver sus facciones. La forma en como sus mejillas se arrebolaban cuando sonreía, y como sus ojos brillaban suavemente, quedando ocultos tras sus gafas.

La fila avanzó. Acortó la distancia entre él y la chica de frente que ya había avanzado, en tres largas zancadas. Ella volvió a sonreír por encima de su hombro. Él metió una mano en el bolsillo de su pantalón, palpando la cubierta de sus propias gafas. Tal vez la chica perdería un poco la esperanza si lo viera como lo que su hermana llamaba un 'total fracasado con gafas y tic en el ojo'. Lo de las gafas sería pan comido.

Las sacó del estuche, colocándolas sobre el puente de su nariz. El usual mareo que siempre venía a él cuando su vista se ajustaba por las laminillas de vidrio, pegó con más ímpetu esta vez. El viento que en ese momento arreció, no ayudaba demasiado a su estabilidad. Seguía sin entender el por qué de usar gafas cuando no las necesitaba.

Suspiró. Claro que sabía el por qué. Sus papás lo habían descubierto mirando gafas en el centro comercial, con su nariz prácticamente pegada al estante de vidrio. Sonrió de lado al recordar. Era en Leeh en quien pensaba en ése momento. Con sus pequeñas gafas cuadradas, y el cabello lacio rodeando su rostro.

-Combinamos – había dicho aquel día cuando se presentó ante ella con las gafas.

-Como dos gotas de agua – acordó ella con una de sus sonrisas irónicas.

Pasó una mano por su cabello desordenado. Más de una vez se había reprochado el ser tan obvio. Había pasado noches en vela, pensando en las posibilidades que traería consigo el invitarla a salir. Simplemente pasar más tiempo con ella.

A diferencia de él, ella parecía siempre mantener la compostura. Sonreírle como si fuera parte de la familia. Dar suaves golpes en sus brazos, o sacarle la lengua cuando él robaba parte de su comida. Cerró los ojos, tallando la palma de la mano contra la incipiente barba de su mentón.

Estúpido día de viaje. Estúpido entusiasmo de Paola. Estúpido desvelo de la noche anterior.

-¿Bravo Rosales, Álvaro?

Alzó la mano por impulso, rogando a todos los Dioses que el día se terminara y pudiera regresar a la comodidad de su cama.

-Estará supervisando a los chicos de tercero.

Pablo rió a su lado, dándole una palmada en la espalda. Álvaro rodó los ojos con un suspiro, encaminándose a los chicos que parecían más emocionados que el resto de la escuela… y después la miró a ella. Parada con los brazos cruzados, junto a su hermana menor, y la cabeza recostada en su hombro.

Casi inconscientemente camino hasta ellas, sonriendo en anticipación.

-Hey.

-Dime por lo que más quieras que no te tocó con los chicos de tercero.

Ignorar olímpicamente a Paola era una tarea que se facilitaba con el paso de los años. Leeh rió a medias, mirándolo por debajo de sus gafas.

-Estoy con los chicos de tercero – Álvaro alzó una ceja, y la mano esperando que ella la chocara contra su palma.

-¡Genial! – sonrió ampliamente, atribuyendo a su saludo.

Una voz de tenor resonó por los altavoces de la explanada, anunciando a las siguientes 30 personas para recoger los resultados. Por las puertas dobles de la derecha, salía una fila incontable de alumnos. Algunos de ellos con gruesos sobres acunados a su pecho, como si de un tesoro se tratara, otros con el celular pegado al oído, hablando con palabras que Álvaro no tenía interés en escuchar.

Una de las chicas que salía por entre la multitud, llamó su atención. Y no, no lo malinterpreten, no llamó su atención por lo linda que era, o por los botines que podría apostar, resonaban tras su paso. Llamó su atención el mentón elevado, y la manera de mirar a los demás. La manera déspota de sonreír, y el cabello ondulando al viento.

Álvaro desvió la mirada para no recordar a la chica que partió su corazón en mil pedazos. Para no recordar a Delos.

La música resonaba por el aparato de sonido improvisado que habían llevado para organizar la fiesta de cumpleaños. La mitad de la escuela estaba abarrotando el espacio entre esas cuatro paredes. Paola reía con sus amigos, casi sin notar la ausencia de Leeh.

Él la notaba. Probablemente con ella habría podido criticar las malas elecciones del DJ, y la torpe manera de bailar de la mayor parte de sus amigos. El pésimo menú, y lo genial que sería estar en un concierto repleto de gente, en vez de una estúpida fiesta de preparatoria.

Siguió mirando entre la multitud, buscando al menos algo que acaparara su atención, cuando la vio levantarse de su mesa, y caminar hasta la pista de baile, ondulando las caderas. Comenzó a moverse con una mano en la cintura, y la otra alborotando su cabello sin siquiera estar pendiente de su acompañante.

Dio una vuelta sobre sus talones, y su mirada se encontró con la de Álvaro. Lo lamentó un segundo antes de que pasara. Tragó en seco, levantándose de la mesa, y por primera vez en su vida, agradeció la impertinencia de su hermana.

-¿Dónde vas?

-Fuera.

-Dime que no piensas ir a fumar.

En otro momento, Álvaro se habría carcajeado de las suposiciones de su hermana.

-No. Dame tu celular.

Paola sacó el pequeño artefacto de su ridícula bolsa de mano, y se lo extendió.

-No tengo mucho saldo…

Ni siquiera se quedó para escuchar lo que tenía que decir. Cuando alcanzó el lobby del salón, el celular temblaba entre sus dedos. Una voz a sus espaldas lo hizo maldecir bajo su aliento.

-Hola, Álvaro.

Giró sobre sus talones.

-Hey, Delos.

-¿Cómo has estado? Te ves muy bien.

-Bien, gracias. ¿Tú?

-Muy bien – por alguna razón rió suavemente, enredando un mechón de cabello entre su dedo-. Me habían dicho…

-¿Álvaro? – Paola cruzó la puerta que lo separaba de su hermano y la chica frente a él.

-Oh, supongo que te veré después, Álvaro.

Delos sonrió una última vez, alejándose de él.

Paola no tuvo que adivinarlo dos veces. Con la mirada perdida, Álvaro fue capaz de sentir como le quitaba el celular de la mano, y marcaba uno de los primeros números de la agenda. No recordaba las palabras exactas, o la voz empleada. Solo recordaba la sensación de estabilidad que lo inundó al escuchar su nombre al otro lado de la línea.

-¿Álvaro? ¿Qué sucedió?

-Delos estaba aquí.

La respiración de Leeh se perdió en el auricular.

Cuando Álvaro avanzó de nuevo en la fila, accidentalmente, su hombro rozó con el brazo de la chica de frente. Ésta supo que probablemente sería la única oportunidad de entablar comunicación con él, y se giró con lo que ella pensaba, era una sonrisa esplendorosa.

-Lo siento – se disculpó, con extremadamente fingido arrepentimiento.

-No te preocupes.

Álvaro se encogió de hombros, desviando la mirada.

-¿Qué número de ficha tienes?

-1036.

-Oh, 1034 – sonrió-. Al parecer el 1035 esta faltando.

-Eso parece – sonrió a medias-.

-Hace un frío terrible, ¿no crees?

-Nada para morir de hipotermia – balbuceó.

La chica estalló en pequeñas risas falsas que pretendían llamar su atención. Álvaro sonrió a secas.

-Hey, estaba pensando en ir a tomar un café con unos amigos cuando den los resultados – acomodó el gorro sobre su cabeza, enredando los dedos en su cabello castaño-. Tal vez querrías venir con nosotros.

Álvaro negó con la cabeza, curvando los labios en una mueca que denotaba arrepentimiento, pero exhalaba alivio.

"Recuerden conseguir una pareja para el gran baile del Día del Amor y la Amistad. No querrás que Cupido te fleche con alguien a quien tu no has elegido."

La voz de la vocera escolar, resonaba en cada esquina de la institución.

-Eso es lo que llamo una pérdida total de recursos – declaró Álvaro a todos y a nadie en especial.

Estaba infinitamente agradecido con la universidad por haber elegido ese día para aplicar el examen de admisión. Le ahorraría el tener que invitar a una chica en la que realmente no estaba interesado, pero que llevaría a la fiesta, y con la que después iría a pasar el rato con sus amigos, para no estar solo.

-Eso es lo que yo llamo una celebración estúpida – sentenció Leeh caminando a su lado.

Álvaro río entre dientes cuando la miró guardar el celular en el bolsillo de su pantalón. Últimamente había estado apegada más al pequeño artefacto, pero cuando le preguntó al respecto, se había encogido de hombros con una sonrisa, diciendo que era una amiga que vivía lejos.

Por supuesto que no le creía.

-Oh, vamos, puede que Cupido te fleche éste año, Leeh – automáticamente se maldijo por siquiera plantear la oportunidad. Ella rió fuertemente.

-Ya – acomodó su cabello detrás de sus oídos-. Será una fiesta asquerosa.

-Completamente de acuerdo.

Leeh trastabilló por un momento, jugando con sus dedos. Frunció el ceño, y lo volvió a desfruncir. Acomodó sus lentes en el puente de su nariz, y se aclaró la garganta. Álvaro solo quería tocarla. Acariciar su mejilla, o acomodar su cabello en aquellos mechones desordenados.

-¿Qué? – preguntó más por ansiedad que verdadero interés. Podría estar todo el día mirando sus gestos, y éstos seguirían sin descubrirse completamente.

-Bueno, yo había pensado… – rió entre dientes como si ella misma considerara la idea absurda-. Tal vez podríamos ir juntos.

Un millar de posibilidades se extendieron en la mente de Álvaro. Una noche de verdadera diversión, bailando a medias, y platicando el resto del tiempo. Sonriendo sinceramente, y pasando un buen rato… con Leeh. Pero antes de que si quiera pudiera considerar la opción de decir que si, recordó la verdadera razón por la que antes no se había preocupado en llevar a alguien.

-No puedo. Tendré el examen de la universidad ese día.

La sonrisa de Leeh se esfumó de su rostro, sus ojos perdieron su brillo, y volvieron a ser dos orbes castaños tras sus gafas. Sus labios se abrieron y cerraron con palabras perdidas entre cortas respiraciones, y asintió una última vez, mirándolo profundamente.

Y Álvaro odió a la Universidad en ese momento.

La chica frente a él seguía esperando su respuesta con una sonrisa ilusionada.

-Creo que no podré ir.

-Oh, supongo que te verás con tu novia.

La legendaria táctica para sacar información que Álvaro conocía tan bien, probablemente habría funcionado perfectamente si su mente estuviera con él. Pero estaba a kilómetros de distancia. En una chica bajita, en sus ojos avellana, y su sonrisa honesta.

-¡Los siguientes!

Álvaro caminó dentro del pequeño salón, escuchando como nombraban a gente desconocida para él. Avanzó entre la multitud, estando alerta de escuchar su nombre de uno de los voceros. Una maestra alta y espigada, tomó el micrófono.

-Bravo Rosales, Álvaro.

El mencionado avanzó entre la masa humana que se juntaba en el pequeño salón, y extendió la mano derecha. La maestra lo saludó con un asentimiento de cabeza, y estrechó su mano.

-Felicidades. Bienvenido a la UPAEP.

Álvaro sonrió a medias, saliendo de aquel salón, con un grueso sobre acunado en su pecho.

***

Cuando Álvaro depositó el examen de Cálculo sobre la mesa del profesor, inhaló profundamente. Después de dos semanas de estudio, al fin el día había pasado. El maestro respondió con un asentimiento de cabeza, dándole a entender que se podía retirar.

Bajando las escaleras a la cancha principal, solo se escuchaba el botar de una pelota. No tuvo que mirar dos veces para reconocer la figura de Leeh encestando sola. Ella apenas y pudo voltear cuando Álvaro corrió para enredar su cintura con ambos brazos, despegando sus pies del piso.

-¡Terminé el examen de Cálculo! – dijo entre respiraciones agitadas, girando con ella pegada a su cuerpo.

-¡Eso es fabuloso, Álvaro! – Leeh estaba aferrada a su cuello, con la cara hundida en su hombro.

Cuando la bajo al suelo, su rostro quedó a un palmo de sus labios, y supo que tenía que hacerlo. Que tenía que inclinarse y probar su aliento rozando el suyo. Tener su cabello lacio entre los dedos, y su respiración contra su mejilla. Estrecharla entre sus brazos y retenerla ahí hasta que el mundo dejara de girar.

El estremecimiento que recorrió su espalda no fue por el poco viento que había aquel día en las canchas, pero que era suficiente para mecer suavemente el cabello de ella. Tenía todo que ver con lo que encontró en los ojos castaños tras las gafas.

Porque mirándola directamente a los ojos, supo que ella deseaba lo mismo.

Álvaro expulsó las palabras que tenía semanas deseando evitar.

-Quedé en la UPAEP.

Leeh pestañeó, desenfocada.

-¿Te vas a Puebla?

Él asintió, bajando la mirada al piso.

-Felicidades.

Su tono de voz estaba lleno de entusiasmo y buenos deseos. Sus ojos, por otra parte, llenos de nostalgia y melancolía. Álvaro la abrazó una vez más, la envolvió entre sus brazos. Respiró el perfume de su cabello, y besó su frente.

Supo que jamás habría alguien como ella. Alguien que pudiera hacerlo sonreír.

Alguien por la cual dejara todo, sin importarle las consecuencias.

Y mirándola directamente a los ojos, supo que ella sentía lo mismo.