¡Hola, Gente!

Este regalo de cumpleaños, fue para briece en LJ.

Decir que esto parte del mundo de lo que yo llamo la historia-rol, que hago en conjunto con Renaissance Lady-K (en FF) y que, se puede decir, que nos pertenece a las dos. Más que todo, Lica le pertenece a ella.

Una llamada en la madrugada

Atenea sintió como estaba siendo mecida en contra de su voluntad. Lo único que quería era dejarse caer en la cama y dormir. Eso de ser casi humana, y una casi humana embarazada, la tenía muy cansada. ¡Dormía más de 6 horas al día siempre! Aún no se daba a la idea, pero no peleaba con ella. Necesitaba dormir, dormiría y punto.

—Dicen que es demasiado importante, cariño —le decía Licaón, muy cerca de ella y por arriba de su rostro.

Solo por el tono que él tenía, Atenea gruñó y levantó la mano un poco aún sin abrir los ojos. Licaón le dio el celular al instante, ella cogió éste y la mano de él con la otra para acurrucarse con su marido a su espalda, abrazándola, mientras lograba llevar el auricular a su oído.

—Atenea —respondió con una lengua aún adormilada.

Una voz femenina nerviosa, temerosa y rápida le dijo al instante:

—Señora, lo siento pero esto sólo usted lo puede atender. Prometeo ha muerto.

Atenea olvidó todo el sueño al instante, su cuerpo estuvo de repente muy consciente de que no podía tener miramientos cuando debía ponerse en acción. Se sentó al instante y miró la hora en el reloj despertador: 3:28 a.m.

—¿Cómo pasó?

—Atropellado por un conductor ebrio, no parece ser en relación con los panteones, pero se investigará —le contestó al instante, con más aplomo profesional.

—¿Dónde está?

—Va a ser entregado a Otto dentro de unos minutos. Está en el hospital Brisbane.

—Voy para allá. Llama a Hermes. Gracias —y colgó.

En seguida retiró las cobijas y sacó sus piernas al suelo alfombrado. La barriga de unos cinco meses de gestación humana sobresalía respingona de su vientre. Aunque no era muy grande, el sobrepeso que tenía Atenea por ella sí era considerable. Sus piernas y brazos que siempre habían sido fuertes y fibrosos, aparecían más suaves, redondeados. Y, después de milenios siendo bien representada como alguien casi sin pecho y con caderas pequeñas, embarazada ahora los parecía tener del tamaño justo.

Atenea se puso en pie mientras se hacía un moño descuidado en su cabello ensortijado y rebelde.

Licaón estuvo totalmente alerta al instante, y se levantó detrás de ella. Mientras iba a prender la luz para que Atenea pudiera buscar su ropa, le preguntó:

—¿Qué pasa? ¿No pueden Hermes o Hades hacerse cargo de lo que sea?

El señor del inframundo y el "mandadero" de los dioses, habían sido designados a hacer el trabajo de Atenea mientras esta se quitaba de su poder divino para poder tener a su bebé. Ella tenía a cargo la seguridad de los acólitos y las divinidades o creaturas sobrenaturales griegas, más o menos cuatro millones de seres en todo el mundo para ser controlados y cuidados. Aunque Atenea hacía ese trabajo mediante muchos héroes, funcionarios y ayuda de otros dioses, Licaón empezaba creer que ni dos dioses mayores podían con los zapatos de su mujer. Siempre estaban pidiéndole consejo en todo tipo de situaciones.

Sin embargo, Atenea había los había atendido o dado ayuda rápidamente, con tranquilidad. Pero esa vez, no parecía ser como las otras.

—No, sólo yo puedo hacer esto… —contestó ella y le tiró el celular. Cuando ya había encontrado qué ponerse, empezó a quitarse la pijama diciendo—. Prometeo ha muerto.

Licaón tragó saliva. De todos los dioses, Prometeo, el de "las causas sociales" o algo por el estilo, le caía bien. Le hubiera caído mucho mejor sino fuera uno de los ex que su mujer había tenido hace cientos de años; pero con todo y eso, le caía bien. Era uno de los dioses más interesados en el bien común.

Se acercó en seguida a ella, gimiendo caninamente pero muy bajo, listo para sentir su dolor y reconfortarla. Sin embargo, lo que sintió llegar a su nariz de Atenea fue algo parecido al nerviosismo mientras le decía.

—¿Qué esperas? Cámbiate de ropa —y sacó el celular para pedirle a Hefesto, su otro ex por cierto, que conectara la "puerta dimensional" a la casa en Australia de Prometeo.

Licaón se puso la ropa, sin entender algo de lo que pasaba.

-o-

Atenea miraba por la ventana hacia la calle. Tenía una mano cerca de la boca y movía su pierna incesantemente. Licaón la miró y le frotó el muslo, que empezó a moverse cada vez más lento mientras él se acercaba aún más a ella.

—Pronto llegaremos —le dijo al oído.

Ella lo volvió a ver, tratando de no externalizar su exasperación.

—Me mal acostumbré a la teletransportación, es todo. Aunque gracias a Ford por el auto, y a la humanidad por inventar los taxis —intentó ver el lado positivo, susurrándole muy bajito.

El hombre que conducía miraba un poco de reojo a sus pasajeros. Desde que habían tomado el taxi en la esquina, el tipo se había presentado como una de los conductores conversadores y curiosos. Licaón lo vio de vuelta y dio un suspiro. Miró a Atenea como diciéndole que él extrañaba su telepatía, porque en ese instante, podrían seguir hablando de lo que ella le empezara a explicar cuando salieron por la puerta de la casa de Prometeo en Australia. Sin embargo, habían cogido el taxi rápidamente, y con un civil curioso a un metro de ellos, no se sentían a gusto para seguir hablando de cosas del panteón.

Atenea puso la mano de ella sobre la de él, y volvió a ver por la ventana, aunque un poco más tranquila.

—Te ves preciosa vestida de ejecutiva… —le susurró Licaón de repente, y le dio un beso en la mejilla con cariño.

Ella volvió a verlo, sonriendo y le acarició un poco la mejilla antes de decir.

—No voy de ejecutiva, amor.

-o-

La sala de espera era un lugar grande y con varias sillas de plástico que no daban la sensación de ser muy cómodas. Por lo menos 15 personas estaban ahí, la mayoría parecía más bien estar acompañando o esperando noticias de alguien adentro, que necesitando ser atendidas. Las paredes verdes y algo descorchadas estaban algo tapadas por varios posters con todo tipo de información sobre temas de salud.

La gran mayoría de las personas los volvieron a ver apenas entraron. Solían tener ese efecto, más que todo Licaón, cuya aura de licántropo y héroe era muy fuerte, como su atractivo físico.

Atenea lo abrazó de lado mientras caminaban, en un movimiento posesivo que a su esposo le encantó.

Cuando él fue hacia ellos, Licaón ya había sentido su olor y aura. Dejó de caminar y Atenea lo hizo también, preguntándole con la mirada qué sucedía, y él cabeceó hacia una dirección como toda respuesta. A quien indicó se había levantado de una silla, apagó el mp4 e iba hacia ellos. Era un joven como de 20 años, vestido con jeans desgastados, una camisa con dibujo de un graffiti y un cabello castaño muy ensortijado y crecido. Fue hacia ellos con una expresión diferente a como generalmente lo veían tener. Hermes se encontraba serio, aunque intentó animarse un poco al decir.

—Vengan por aquí, es obvio que ustedes tienen que entrar al instante —en son de broma, uniéndose a caminar junto a Atenea.

Licaón vio como Hermes le hizo un guiño a un hombre alto, moreno y fuerte, que olía diferente, y tenía un aura extraña, como adormilada. Éste les dejó entrar hacia la sala de emergencias y Hermes, mientras los llevaba hacia el ascensor, empezó a decir:

—Tenemos un problema.

Una de las enfermeras que caminaba por el pasillo blanco y limpio, los miró extrañada, pero no fue hacia ellos para decirles algo.

—¿Qué problema? —preguntó Atenea, impaciente de nuevo. Tomó la mano de Licaón mientras entraban al ascensor.

El joven tocó el botón del piso subterráneo y se dispuso a decir:

—Antes que todo, no sabía de nada de eso hasta después que pasó por lo que no es algo que...

—¡Al punto Hermes! —le exclamó Licaón, impaciente, siendo eco de la emoción que sentía de su esposa.

—Otto dejó que trasplantaran órganos del cuerpo de Prometeo —respondió entonces, a bocajarro.

Salió del ascensor al instante.

Licaón sintió un terrible escalofrío recorriendo toda su espalda. En ese instante, recordó lo que alguna vez le había dicho Prometeo: "Créeme, lo del hígado es solo una parte de lo que esas águilas me hacían todos los días…" por alguna razón, la idea de que le quitaran partes del cuerpo para donarlos, le recordó mucho ese terrible castigo.

Atenea se había quedado a la par de él, pálida y confusa. Luego de un instante, sin embargo, preguntó:

—¿Llamaste a los geeks para que encuentren la información de las personas que recibieron las donaciones?

Hermes la volvió a ver un instante mientras seguía caminando y asintió. Atenea pareció darse fuerza para lo que iba a hacer, abrazando un poco más fuerte a Licaón, y caminó detrás del joven.

Pronto llegaron a un pequeño pasillo que, de un lado, tenía una puerta metálica que rezaba "Solo para personal autorizado" y, en la otra pared, varias sillas y una mesita donde había revistas. Ahí se encontraba sentado dos personas, pero Atenea fue hacia la silla al lado del señor mayor que veía la puerta de la morgue, ido.

Licaón la iba instintivamente, pero Hermes se le atravesó en el camino.

—¡Fuera de mi camino, muchacho que… —le empezó a decir Licaón al dios con apariencia juvenil, enseñando sus dientes.

—No, puedo sola amor.

—Pero…

Ella lo miró con severidad, y le asintió, como diciendo que era su última palabra. En contra de lo que deseaba, Licaón cedió, le dio un beso en la boca y la vio ir y sentarse para hablar con Otto, la pareja humana de Prometeo por más de 30 años.

—¿Él sabía quién era? —se le ocurrió preguntar Licaón, como si lo hiciera al aire.

Hermes le respondió mientras miraba como Otto volvía a ver a Atenea lentamente, para atenderla.

—Creo que cualquiera podría sospechar que Prometeo no era solo Mathew Fromm, pero de ahí a saber quién era, es muy diferente —Le respondió. Luego se encogió de hombros, como tratando de quitarle importancia—. Bueno Lica. Tengo mucho qué hacer… ya sabes. Cualquier cosa, me llamas.

Haciéndole un ademán con la mano junto a su oído, entró en la morgue y, Licaón estuvo seguro aunque no lo vio hacerlo, desapareció.

Después de girar un poco sobre sí mismo sin encontrar nada de interés, decidió sentarse en una de las sillas. Pronto, se encontró viendo hacia Atenea que hablaba con suavidad y cierta intimidad, con el viudo. Sonrió al instante, y respiró con cierta finura para poder olerla. Estaba tranquila y eso le hizo sentirse mejor.

Sin embargo, el aroma que llegó con el de ella a su nariz, le decía que Otto se encontraba en verdad destrozado. El olor de lágrimas era fuerte, y él en sí parecía derrotado. No quería imaginar como se sentía en ese momento. Nunca había tenido que pasar por algo así y sin embargo, era un temor que, de solo pensarlo como una posibilidad, lo dejaba sin aliento por unos segundos. Imaginarse perdiendo a Atenea era… le hacía doler el pecho y gemir bajito.

… La mujer de mediana edad que estaba más cerca de él, lo miró con el ceño fruncido y extrañada. Licaón dejó de dar gemiditos caninos, e hizo como si nada hubiera pasado. Solo porque Atenea estaba en ahí, no se alejó de ese lugar triste, con un levísimo olor a muerte desde la morgue y que lo hacían pensar en sus más crueles temores.

-o-

A día siguiente, temprano en la mañana, la funeraria Olímpica hizo una muy grande ceremonia por el entierro de Mathew Fromm. Eso fue posible porque Atenea se hizo pasar por agente de la funeraria, y logró que Otto le diera los permisos para hacer los preparativos del sepelio. No le fue muy difícil, porque el hombre seguía en shock y se dejó ayudar por ella hasta agradecidamente.

Esa noche, durmieron en un hotel, después de seguirla todo coordinando los preparativos del funeral. Para cuando Atenea se durmió, él se sentía mucho más tranquilo al entender porqué estaban ahí. Solo ella, había dispuesto Prometeo, podía hacerse cargo de las responsabilidades después de su muerte. Se podía decir que solo en ella confiaba lo suficiente.

El día era algo frío y ventoso, pero hermosamente iluminado. Unas dos centenas de personas estaban alrededor del féretro suspendido sobre al hueco en la tierra. Licaón pudo sentir que más o menos la mitad eran humanos, muchos otros semidioses o híbridos y muy pocos seres totalmente divinos.

—… Pero sí estuvieron muy interesados en alborotar en la celebración de nuestra boda, ¿eh? —le dijo al oído a Atenea.

Ella lo miró con incomprensión solo por un instante, para luego asentir y responder:

—Prometeo no es muy apreciado en las altas esferas del panteón. Es mejor esto que hipocresía, ¿no? A mí me parece que es justo como se lo merece.

"O un poco aburrido", pensó Licaón, pero no se lo dijo y siguió oyendo a las personas que hablaban de lo maravilloso que fue Prometeo. Sí, la ceremonia era hasta un molesta, al menos para Licaón. No pudo evitar imaginar que su propio sepelio no sería tan espléndido como ese. Pero dejó de pensar al respecto cuando Otto fue hacia el podio a intentar hablar mientras lloraba. Así supo, que él sí era mucho mejor que Prometeo en varios aspectos.

-o-

—Solo por si acaso, la gente de Mnemosine puso un cerco alrededor del cementerio. No quieran los dioses que terminemos pareciendo unos profanadores y robadores de cadáveres ante humanos incautos —les dijo esa noche Hermes, algo ufano.

Licaón miró alrededor y sonrió un poco, con ironía. Los tres estaban congregados alrededor de la tumba de Prometeo, con Licaón y Hermes usando palas para escavar frente a la lápida, con el fin de llegar al féretro.

Unos robadores de cadáveres eran lo que parecían ser. Pero lo más extraño del asunto es que nadie creería que se trataban del dios griego del comercio y mensajeros, la diosa griega convertida en humana para tener un bebé, de la sabiduría y estrategia bélica y el primer hombre lobo hecho por ese panteón. Pero las personas sí pensarían que eran unos robadores de cadáveres, y eso ya era un poco espeluznante.

—Esto me recuerda hace como 300 o 400 años, en que —empezó a contar con ánimos el que parecía el más joven de ellos, paleando con ritmo y rapidez— la gente del panteón neoafricano en América empezó a experimentar con…

Licaón gruñó, exasperado, y Hermes lo vio divertido. La pareja sabía que a él le encantaba molestarlo, por lo que el licántropo volvió a preguntar, agachando los ojos con sospecha:

—Hermes, ¿Estás seguro de que no puedes hacer uno de tus "hocus pocus" y sacar toda la tierra o aparecer el féretro, de una vez fuera?

—¿Cansado, Lassie? —le sonrió el otro, apoyándose con mucha seguridad en su pala, juguetonamente.

Licaón empezó a gruñirle abiertamente y Hermes a reír. Cuando parecía que su marido estaba a punto de gritarle a su medio hermano (o usar la pala con propósito más bélicos), Atenea habló rápidamente:

—¿Pueden seguir, por favor? —Cuando lo volvieron a hacer, aunque aún con los ánimos enardecidos, ella decidió explicar—: El cuerpo de Prometeo no puede ser manipulado por el poder cuando está en ese estado, sólo por el mío. Es una de las condiciones que se dispuso cuando decidió hacer aquel trato, para que no lo exterminaran del todo. Si él lo trata de aparecer fuera, creo que el cuerpo de Prometeo quedaría sin féretro y enterrado aún. Además, Hermes no tiene ese tipo de poderes, no puede hacer nada manipulando la naturaleza, por lo que no puede manipular la tierra.

—¿Ves? ¡Te lo dije!

—¡Cállate y sirve de algo! ¡Palea!

Los dos volvieron a discutir, y por varios minutos, eso fue lo que hicieron además de palear, con la atenta y condescendiente mirada de Atenea sobre ellos.

El cementerio estaba oscuro por la falta de luna y demasiado frío, aunque solo Atenea iba muy abrigada, porque era la que sentía más los cambios de temperatura. Además, había tenido problemas al inicio de la caminata, ya que como humana tenía muy mala visión nocturna, pero Hermes se había dado cuenta de eso y aparecido una linterna de luz fluorescente para ella. La misma que alumbraba la algo tenebrosa escena.

—Me hacen falta los árboles de ramas casi marchitas y el canto de los búhos. Digo, si vamos a recrear una escena lúgubre, podríamos haberlo hecho bien, ¿no? —había dicho Hermes entre su parloteo de la noche.

Licaón le gruñó, como casi siempre hacía con todos sus comentarios, pero Atenea miró hacia la lejanía del lugar, extrañando a sus lechuzas…

Unos minutos después, ella estaba empezando a moverse en su sitio por el frío y un poco de dolor de pies, mientras Hermes hacía ascender el féretro con telequinesis.

—¿No les parece una pérdida de tiempo eso de hacer objetos que sólo se pudrirán en la tierra? —preguntó Atenea, viendo el ataúd fijamente.

—No —respondió Licaón, cogiendo impulso con las manos para subirse rápidamente del hueco que acababa de cavar con Hermes.

Atenea lo miró como esperando que desarrollara su punto, interesada. Pero, en seguida, volvió a ver al otro lado al oír un golpe. Apenas el ataúd tocó la lápida como de medio metro de altura sobre el suelo a la par de la que había excavado, Hermes lo abrió. Atenea tomó la mano de su marido y se acercó para ver. Licaón también lo hizo y abrió la boca, sorprendido.

—Ya entiendo porqué no dejaron verlo en toda la ceremonia.

Frente a sus ojos, acostado plácidamente dentro del féretro, estaba alguien que Licaón nunca había visto. Para él, Prometeo había tenido la apariencia de un nombre que rondaba los 70 años y aún así, poseía una vitalidad y fuerza interior que irradiaba hacia las personas. Sin embargo, el hombre dentro del féretro podría estar apenas en sus veintes. Sin embargo, las facciones de su rostro eran las mismas de las de Prometeo, como su olor, que fue lo que convenció a Licaón de que el hombre de sus recuerdos y ese joven, debían ser la misma persona.

—Sí, creo que nadie debía ver como se iba llenando de órganos internos mientras se rejuvenecía solo —le respondió Hermes, como de pasada, palmeándose las manos. Luego se volvió a Atenea y sonrió con ilusión—. ¿Y ahora qué, hermanita? ¡Ya quiero ver como revives a los muertos!

La mujer lo vio admonitoriamente, pero lo dejó ir, mientras miraba a los alrededores, como buscando algo. Luego decidió:

—¿Podrías simplemente voltearlo en donde está?

Hermes hizo un ademán militar y movió telepáticamente a Prometeo para ponerlo de espalda. Atenea le movió, cariñosamente, la cabeza a un lado, y volvió a pedir:

—¿Y desnudarle la parte superior del cuerpo?

Licaón la miró con cierto mal humor, y enseñó los dientes un poquito. ¿¡Qué tenía que estar viendo su mujer la espalda de uno de sus ex!? La abrazó por la espalda calentándola y llenándose del olor de su cabello, con las dos manos sobre su barriguita, acariciándola un poco. Ella volvió la cabeza a él, le dio un besito en la mejilla y le acarició las manos con las de ella, enguantadas. Se sintió tranquilo, feliz, al instante.

—¡Con todo gusto! —le había dicho Hermes a Atenea. El saco negro, la camisa blanca y la corbata azul desaparecieron.

Licaón miraba, otra vez maravillado y sorprendido por detrás del hombro de ella, el tatuaje. Justo encima de donde debía estar su columna vertebral, y posiblemente hasta en su cabeza que los rizos rubios ocultaban, era de colores dorados, blancos y negros algo descoloridos. Licaón no entendía qué decía, pero le pareció como una franja de letras entrelazas, de más o menos siente u ocho centímetros de grosor. Era a la vez algo cotidiano pero fascinante, porque se podía apreciar que se trataba de más de lo que parecía.

—Mientras digo el hechizo tocando el tatuaje, Hermes, me pasarás constantemente de tu energía agarrando mi otra mano, para que este pueda funcionar…

Licaón frunció el ceño y movió la cabeza contra la mejilla de ella, preocupado. Eso no le gustaba, pero no dijo algo al respecto ni preguntó. Si Atenea lo hacía, era porque estaba segura de que tener la energía de Hermes dentro de ella no le haría mal a Bebé. Diciéndose eso mentalmente, como si fuera un mantra, presenció la ceremonia haciendo lo posible por no moverse.

A simple vista, parecía que simplemente Atenea estaba diciendo algo en una lengua extinta, con una mano en la espalda del difunto y la otra tomando la de su hermano. No brillaban siquiera, todo era demasiado mundano. Claro, para una persona que no podía sentir las auras. Pero Licaón podía y él se dio cuenta de lo tanta energía que esas palabras parecían transformar en vida (así fue como pudo pensarlo), que pasaba desde Hermes hasta Prometeo teniendo de canal a Atenea.

No supo por cuantos minutos estuvieron haciendo eso. Para Licaón la voz de Atenea, junto a la brisa nocturna, le empezó a parecer un arrullo. Sin embargo, se mantuvo alerta. Desde que ella era casi humana (y, por lo tanto, mortal), siempre estaba muy alerta alrededor suyo, listo para protegerla hasta del aire.

En algún momento, se dio cuenta de que algo cambió. Sintió como Atenea se recostó un poco más a él. En seguida, la tomó con más fuerza y la olió, esperando encontrar alguna pista de qué era lo que le pasaba. Sin embargo, ella siguió diciendo el hechizo muy concentrada.

—Atenea, ¿qué sucede? —esperó un instante, nervioso, moviéndose un poco en su sitio, y oliéndola sin conseguir algo de ella—. ¿¡Hermes!?

Cuando lo miró, el otro parecía totalmente concentrando, con los ojos cerrados. Licaón maldijo por lo bajo y estuvo a punto de zarandear a Atenea o alejarla del contacto con las otras dos personas, pero temió que eso empeorara las cosas. Apenas controlándose para no lanzar gemidos caninos al aire, la envolvió contra su cuerpo con más necesidad y enterró la cabeza en su cuello con la nariz y la boca en contacto con la piel, para poderse tranquilizar con su olor y el latido de su corazón estable. Casi al instante, todo terminó y ella le tomó las manos con las suyas y volvió a mirarlo en seguida.

—Estamos bien, tranquilo.

Él le asintió y le dio un beso, pero no aligeró el agarre, necesitaba aún poder tranquilizarse.

—Espero que no tengas muchas ganas de comer cerebros, viejo —bromeaba Hermes, divertido.

Licaón no lo vio, estaba más interesado en sentir a su mujer para tranquilizarse. Además, ya se había dado cuenta del aura tranquila, ligeramente impresionante y honda de Prometeo.

—No, lo que quiero es algo para el dolor… —le dijo él. Su voz más joven de cómo al recordaba, aunque rasposa.

—Un "gracias por volverme a la vida" no estaría mal, ¿sabes? —comentó Hermes, mientras aparecía una aguja y una ampolleta de algún anestésico.

Atenea le tocó el hombro a Prometeo con suavidad y cariño y le explicó:

—Fuiste atropellado y caíste en un coma con prácticamente, muerte cerebral. Te sientes tan mal porque tu cuerpo ha tenido que hacer un trabajo extra al...

—Sí, Otto hizo remate con las partes de éste, y ahora tenemos que vigilar a los donados a ver si hay secuelas divinas o algo —la interrumpió Hermes, algo hastiado con esa situación.

Como respuesta a ese comentario, Licaón le hizo un gruñido y Atenea lo miró con maternal reproche. Sin embargo, Prometeo dio una leve carcajada que se convirtió en un gemido antes de decir:

—Fue una gran decisión de parte de él. No tenía forma de saber que no podía hacer algo como eso. Estoy a favor de la donación de órganos.

—¿Por qué no me extraña? —hizo una pregunta retórica Hermes, volviendo a su acostumbrado tono risueño.

Atenea se aproximó un poco más a Prometeo, y Licaón levantó la cabeza. Su parte más canina le gritaba que no la dejara alejarse de él para irse con otro, pero la acalló como pudo y le hizo un poco más ligero el abrazo. Vio como ella y Prometeo hicieron contacto visual, y la sonrisa que se dibujó en el rostro tan atractivo de él en respuesta. Licaón estaba seguro que era muy parecida a la que él mismo a veces le dirigía a su esposa y se maldijo de nuevo por sentirse menos que el otro, que había estado en la vida de ella por miles de años y, algunos de ellos, como su pareja.

Dio un muy leve gruñido, pero conteniéndose de enseñarle los dientes. ¿¡Por qué tártaros ella se tenía que llevar tan bien con sus ex`s!? La miró y vio que Atenea le devolvía la sonrisa a Prometeo. Luego le acarició un poco la mejilla mientras decía:

—Te sentirás mejor en unas horas, no te preocupes.

—¡Y un pinchazo en tu nalga! —exclamó Hermes, le desapareció el pantalón también y casi que usó la jeringa como dardo contra esa parte de su anatomía.

Licaón sonrió perversamente al oír el grito de dolor del recién resucitado… que se quitó de su rostro cuando Atenea dijo:

—Vendrás a nuestra casa por unos días, mientras te recuperas por completo. Panacea ya te está esperando ahí para revisarte, pero siento que estarás muy bien con un poco de tiempo y cuidos —su tono era cariñoso y maternal aunque, no daba espacio a réplicas.

Ni siquiera la reticencia de Prometeo y Licaón juntas le quitaron la idea. Aunque en el fondo, sabían que de nada serviría quejarse. Al final, siempre parecía que ella terminaba haciendo lo que deseaba.

OoOoO

Y eso fue. ¡Espero que les haya gustado en algo! Decir que esta historia la vamos a novelizar Lady K y yo y subir en el perfil de fp con nombre: Lady Ciam… ¡Espérenla!

Un beso y abrazo y chau!