María andaba camino a casa con la bolsa de las compras en su mano. En la calle en la que vivía existía un centro de ayuda a alcohólicos anónimos, al cual asistía su padre. Decidió parar fuera, a esperarlo. Eran las ocho de la noche y él salía a las ocho con quince. La puerta estaba abierta, pero sabía que no debía entrar sin permiso. Se sentó en el suelo, al lado de la entrada, a esperar.

Sacó un librito del bolso de su abrigo, era su libro favorito. Narraba las aventuras de un príncipe llamado André, en busca de su amor perdido. El libro terminaba en que el príncipe moría sin un resultado a su eterna búsqueda. María lo leía por quinceava vez, y siempre se detenía en el último capítulo. Sabía lo que pasaría, y no quería recordarlo.

Fantaseaba con encontrar a alguien igual a André, con aquél semblante soñador que el libro describía. Que su André terminara su jornada de una manera feliz, encontrándola por fin.

Una voz interrumpió su lectura, era la voz de su padre. Venía de adentro, así que María escuchó con atención.

-A todo esto se suma un problema, que es mi hija mayor, María.-Dijo su padre al psicólogo de la instalación.-Ella no sabe que me rompo la espalda para su manutención, y su madre no la quiere en su casa. ¿Cree que debería hablarlo con ella? ¿Decirle que ni siquiera estoy seguro que sea mía? Decirle que...su simple presencia me molesta a tal grado, que he decaído en la bebida.

En ése momento los oídos de María dejaron de escuchar, y su mente dejó de responder. Corrió en dirección a casa, no importándole más nada.

Un chillido vino luego de un golpe. El automóvil que la atropelló se había pasado la señal de alto. Su cuerpo estaba manchado de sangre, formando un charco del líquido debajo de ella. En sus manos sostenía aún el libro, que ahora tenía cada página manchada, dejando ilegible el texto.

El ruido atrajo a curiosos caminantes, y también a su padre, que había salido a prisa al escuchar el grito de su hija.

-¡María! ¡Despierta, hija!-Gritaba mientras su voz se quebraba con el llanto.

Los ojos de María se abrieron lentamente.

-Papá...-Murmuró. Apenas tenía fuerzas para hablar.-Si muero, papá...quiero ir a un lugar en el que André exista, y yo pueda permanecer a su lado.

Con estas palabras dio su último suspiro. Su padre la abrazó con desesperación, sintiendo cómo el cuerpo de su hija se entumecía.

-¿André?-Preguntó al cuerpo inerte.