Su madre y sus hermanos le habían contado innumerables veces historias sobre pequeños seres que deambulaban por el bosque. Eran de color dorado, como el amanecer. Sus alas eran poco más pequeñas a las de una hoja de maple, y sus voces eran tan dulces como el cantar de un ruiseñor.

El niño, encantado por tales relatos, decidió ir en busca de aquellas llamadas "hadas". Entró al bosque, apretando un reloj con su mano. Era el reloj de su padre y lo había tomado sin permiso. Pegó su oído al pequeño artefacto, escuchando los engranajes. Lo miró, dándose cuenta de que sólo faltaban unas horas para que el sol se ocultara.

Su plan era regresar antes de la cena, para no preocupar a su familia.

Caminó, infiltrándose entre ramas y espinas, mascullando cada vez que sufría un rasguño. No le importaba, ya que su objetivo le daba fuerzas para seguir.

Luego de un par de minutos, que le parecieron horas, escuchó el sonido de lo que parecía un cascabel.

"¡Campanillas!" Pensó. Sonido característico de las gráciles criaturas.

Miró a la izquierda, luego a la derecha, y por último al frente. Un brillo... había un brillo delante, pero no era color oro. La luz resplandecía intensamente, y era del color de la plata.

La luz se movió en dirección al pequeño niño, haciendo ademán de acercarse. Él retrocedió, sintiendo cómo un trémulo recorría su cuerpo. Su madre había dicho "El estar en presencia de un hada es tan reconfortante, que hay personas que jamás regresan del bosque...". No, no sentía comodidad en absoluto. La luz se intensificó, y el miedo recorrió su cuerpo.

Cerró los ojos, escuchando cada vez más cerca el tintineo. Juntó todo el valor que le quedaba, mirando aquél ser del que provenía el ruido.

Se abrazó a sí mismo al no creer lo que veía. Sus alas eran como las de un cuervo, sus ojos eran rojos, inyectados de sangre, y su boca dejaba escapar un aullido que le encogía el corazón. Dientes iguales a los de una barracuda se dejaron ver cuando "eso" separó los labios.

La criatura lanzó una mordida al pequeño. Él sintió cómo su brazo se humedecía, sintiendo la sangre salir de éste. Corrió y corrió, alejándose como podía, arrastrándose entre el lodo y las hojas, sintiéndose más débil con cada paso que daba.

Maldecía una y otra vez a su madre, por haberle mentido. Deseaba lo peor para sus hermanos, por haberlo engañado. ¿Qué clase de familia maniaca mentía de tal forma a un niño de diez años? Sus ojos se empaparon con lágrimas, y se tropezó con una raíz que sobresalía del suelo.

Sintió cómo algo aruñaba su espalda, pero no tuvo ánimos para voltear. El tibio líquido lo empapó, pero ya no sentía más el dolor.

Su último pensamiento fue que, si sobrevivía, no creería más en los cuentos de hadas.