Es aconsejable haber leído primero mi otro one-shot: El vals de las hadas muertas porque aunque éste transcurre mucho antes en el tiempo, creo que impacta más si se lee primero ése.

Este relato trata sobre cómo se conocieron los padres de Idril por lo tanto transcurre mucho antes de que la historia comience así que lo puede leer todo el mundo aunque no conozca la historia.

Los personajes de esta historia pertenecen al Pink Rol, un juego de rol que se está haciendo en el foro de fics originales Pink Lemonade.

El segundo párrafo es un poco traumatizante por así decirlo, espero que eso no es eche para atrás porque se va poniendo mejor según avanza el relato. La advertencia de lemon es por eso aunque no hay lemon en sí, sino más bien un poco de lime.


La esencia del otoño me ponía melancólica y yo detestaba ponerme melancólica. Todas esas hojas cayendo a mi alrededor, secas, arrugadas…como algún día se volvería mi piel, quedaban mil años para eso pero el sólo imaginarme de aquí a ese tiempo llevando una vida aburrida encerrada en el palacio observando mis alas arrugarse me enfermaba. En esta época del año las aves emigraban, los insectos morían y los animales hibernaban. Estaba rodeada de muerte y letargo y eso me deprimía. ¡Necesitaba algún entretenimiento o acabaría entrando en una depresión de verdad! Entonces, como si algún dios hubiese escuchado mi plegaria, el rumor de dos voces rollizas y juveniles llegó a mí. Venían del río por lo que me acerqué sigilosamente.

Dos varones humanos jóvenes, en sus veinte, se estaban bañando en las cristalinas aguas. Reían y hacían mucho bullicio. Me daba envidia lo bien que se lo estaban pasando, pero como princesa hada que era no podía unirme a ellos por lo que se me ocurrió otra idea. Sonreí maliciosamente para mi interior y acaricié mis membranosas alas. Conseguí que los dedos se me impregnaran de un polvo suave y brillante como fragmentos de estrellas trituradas. Me lo llevé hacia mi boca y soplé, esparciendo el mágico viento hacia ellos. El resultado fue inmediato. El moreno rodeó a su amigo que era una cabeza más bajo que él pero más corpulento, y comenzaron a intercambiar húmedos besos cargados de anhelos reprimidos. Me relamí los labios satisfecha por el resultado y me apoyé sobre el tronco de un roble. Me remangué mi largo vestido azul y me dispuse a introducir mi mano dentro de mí mientras contemplaba el morboso espectáculo, sin embargo una voz a mis espaldas hizo que me sobresaltara y soltara de inmediato la tela.

Detrás de mí había aparecido un hombre muy misterioso. Lo primero que pensé es que no estaba nada mal, después ya recaí en que debía de tratarse de un elfo oscuro y entonces entré en pánico, aunque me esforcé por disimularlo. ¿Qué estaba haciendo un ser como él aquí? Me observaba desde la sombra que proyectaba las ramas del árbol con dos penetrantes ojos rojos, con la melena de un rubio oscuro cayendo por sus perfectas facciones. No era muy común que alguien de su raza tuviese ese color de cabello y eso me gustó de él, además que vestía con ropas bastante extravagantes pero que puestas en él parecían el último rito en moda. Eso también me fascinó. La luz otoñal dibujaba sombras que se superponían a las del roble, parecía que había sido creado como elemento de decoración y hacer este lugar más hermoso.

—¡Ya lo tengo! —exclamé ignorando lo que fuese que me había preguntado—. ¡Por favor, déjeme que le retrate! Eres perfecto…

—Claro que lo soy…—respondió algo sorprendido por mi actitud.

—No me refiero a esa clase de perfección, sino que eres artísticamente perfecto.

Le tomé del brazo y le coloqué justo debajo de los últimos rayos solares, quería que mi dibujo tuviese la iluminación perfecta. Él me miraba con una expresión indescifrable, pero no se movió. Corrí un momento hacia donde había dejado mis cosas apiladas y tomé mi cuaderno de dibujo. No tardé mucho en regresar junto a él.

—A ver, ponga expresión mágica —le pedí.

—¿Y eso cómo se supone que es?

—Oh vamos, tú tienes que saberlo… ¡expresión mágica! Aquella que capta los sueños del atardecer, la esencia de la vida, el sabor de los colores… ¡Que pongas mirada guay, vamos!

—Oh claro, mirada mágica, yo la llamo "la mirada del viaje interior".

—¿Y eso por qué?

—Porque siempre que la hago, mato al infeliz que la ve.

Me quedé petrificada unos instantes. ¿Me estaba amenazando? Retrocedí unos pasos, aferrándome con más fuerza sin darme cuenta a mi cuaderno. Él sin embargo se abalanzó sobre mí y me lo arrebató.

—Quiero verlo.

—¡Ey, devuélvemelo! Es algo privado y personal.

—¿No te sientes orgullosa de tus obras? —me preguntó mientras pasaba las hojas. Vi que se detuvo sobre uno bastante colorido y sentí mi interior ruborizarse.

—No es eso, pero la gente es demasiado idiota para comprender mi arte.

—¿Por qué has pintado el sol de color morado?

Mi rubor aumentó aún más. La gente se había reído de mí por haber pintado las cosas de diferente color. El sol era morado, el cielo rosa y la hierba, azul. También había pintado un manzano con manzanas de color arco-iris y rosas naranjas.

—Porque pegaba más con el vestido que llevaba ese día —respondí automáticamente, aunque tras ver el gesto que puso él rectifiqué—. Porque no me gusta el fuego y el sol es una maldita bola de fuego, así que lo pinté morado, y el cielo lo pinté rosa porque es un algodón de azúcar gigante. A los ángeles les encanta el algodón de azúcar, ¿sabes? y a veces no se pueden contener y comen más de la cuenta, hasta que engordan demasiado y se convierten en nubes para cubrir los huecos que dejan.

—En el dibujo no hay nubes.

—Los ángeles tenían mucho trabajo que hacer ese día, no tenían tiempo para comer.

Él me volvió a examinar, de manera diferente pero seguía siendo completamente indescifrable para mí.

—¿Y cómo se llama esa mirada? —me atreví a preguntar casi sin aliento.

—La mirada del artista. Los artistas de verdad sabemos cuando estamos ante uno de los nuestros.

—¿Tú también eres un artista?

—Soy un maestro artista, el mayor artista del universo.

—Eso resulta muy pretencioso por tu parte.

—¿Conoces a alguien mejor que yo?

—No, la verdad que no —confesé riéndome entre dientes—. La gente es muy aburrida… ¿Entonces te gustaron mis dibujos?

Que alguien supiera apreciar mi talento me emocionaba.

—Digamos que de alguna manera…me han fascinado.

Me agité mi larga melena plateada nerviosa. Ese hombre me intrigaba demasiado, tenía que leerle el corazón.

Me acerqué a él dispuesta a cogerle la mano izquierda, pero él fue más rápido que yo y me tomó por la muñeca, acorralándome contra el roble de antes. La rugosa corteza me arañaba la espalda y la sensación de peligro disparó mi adrenalina. Y eso me pareció genial.

Él me observaba ahora con "la mirada del depredador" mientras perturbadores gemidos llegaban desde el río.

—Espera, antes de matarme…hazlo de nuevo.

—¿El qué?

—Eso de acorralarme contra el árbol. Ha sido genial.

—El botón de rebobinar no funciona.

—Eres un aguafiestas.

—La fiesta no ha hecho más que comenzar.

—Si vas a contarme tus planes malvados espera un momento —le pedí, hiperventilando.

—¿Qué te ocurre ahora? —gruñó él.

—Es la adrenalina...demasiadas emociones fuertes para un hada —conseguí decir con la visión prácticamente nublosa. Me caí hacia adelante apoyándome en él.

—Esto es mejor que las endorfinas—susurré.

Él hundió sus largos dedos en mi cabellera, creo que le gustaba mi pelo. Después me recostó sobre un colchón de hojas apiladas.

—¿Y ahora qué se supone que debo hacer contigo? —preguntó, aunque más bien hablaba para sí mismo.

—No es obligatorio que me des un beso para que nos volvamos a ver otro día.

—¿Quién te ha dicho que quiero volver a verte?

—Esa mariposa de allí. En realidad nadie, pero me gustaría…

—Qué fácil sería si yo te besase ahora.

—No me malinterpretes. Hace mucho que no pruebo un sabor que merezca la pena. El único hombre que me gustó hace mucho ya que no sé nada de él.

Él giró su cabeza hacia mí. Cada vez que hacía eso un escalofrío me recorría de arriba abajo y eso me daba mala espina. En realidad si estudiaba la situación, no tendría que estar allí habándole como si le conociera de toda la vida, no tenía sentido lo que estaba haciendo, pero de todas formas quería averiguar más sobre él.

—¿Cómo te llamas? ¿Quién eres? —le interrogué.

—Ya te lo dije: soy el mejor artista del mundo.

—Pero entonces tienes que tener un nombre muy conocido. ¿Tu nombre es famoso?

—Oh, sí que lo es. De hecho los dioses no me dejan en paz, están siempre fastidiándome con sus cosas de la luz y la oscuridad.

—Claro, los dioses, cómo no se me había ocurrido antes… Oye, ¿y tú que te fumas? Yo también quiero.

—Para ser un hada tienes unos vicios muy poco adecuados. El té es mucho más sano.

—No soy un hada cualquiera. Pronto me convertiré en la reina.

Me entristecí al recordar la muerte de mi madre y los sucesos escandalosos que habían acabado desterrando a mi hermana mayor.

—¿Eres la futura reina?

Parecía sorprendido por el descubrimiento, o al menos fingió sorpresa.

—Bueno, no es más que una maldición familiar, tampoco es para tanto… aunque soy la más hermosa y la más inteligente.

—Y tú me llamabas a mí pretencioso.

—¿Acaso conoces a alguien más hermosa que yo?

Él se tomó su tiempo en responder. En vez de hacerlo de inmediato, sostuvo entre sus dedos un mechón de mi larga melena y se la llevó a los labios.

—Me gusta tu pelo—contestó finalmente.

—A mí no me gusta que me lo toqueteen—le advertí. Yo era la futura reina y él...un artista drogadicto, seguro que no tenía ni donde caerse muerto de hambre. Que le quisiera utilizar para obtener un poco de placer prohibido no le daba derecho a toquetearme como si le perteneciese.

El "artista" misterioso volvió a sumergirse en mis dibujos, aunque no se disculpó por su osadía, y esta vez pasaba de hoja más lentamente, se fijaba más en los detalles y se quedaba analizándolos, pensativo, intentando averiguar qué quería expresar con ellos. Se detuvo al llegar a un dibujo abstracto.

—¿Y esto qué se supone que es? —preguntó con curiosidad.

—El único cuyo sabor me gustó. Ya te lo mencioné antes.

—Vaya, sí que es guapo, hasta yo creo que me he enamorado de él —se burló señalando el crisol de colores que se extendían por el lienzo como si alguien hubiese derramado un vaso de arco-iris líquido.

—No se trata de un retrato físico. Cualquiera con mirarle ya sabe lo que está viendo, pero es un retrato emocional, como el que iba a hacer de ti.

—Entonces has conseguido que me enamore de su…interior emocional.

Nos quedamos en silencio, mientras una lluvia de hojas doradas caía alrededor nuestro. Me fijé, con asombro, que éstas parecían evitarle a él, como si le temiesen o como si tuviese a su alrededor una coraza invisible que le cubría. Y eso también me inquietó y fascinó por partes iguales.

—Me gustaría besarte ahora—rompí el silencio—. Aunque está prohibido que un hada de luz y un elfo de oscuridad se junten, pero también está prohibido dejarme morder por un vampiro y no lo pude evitar, las endorfinas son geniales, así que tengo mucha curiosidad por saber lo que se siente.

—Sentirías algo único.

—Tú también.

—Lo dudo, princesa Ellette.

—¿Me estás infravalorando? Veo que conoces mi nombre, pues deberías saber entonces que todos los hombres suspiran por mí también.

—Yo también suspiro, cuando me aburro.

—¡Eso sí que no te lo permito! ¿Me estás llamando aburrida? —alegué muy enojada, incorporándome. Unas hojas con forma de copo de nieve resbalaron por mi espalda.

—Te alteras con mucha facilidad, muñeca.

—Tú me alteras. Te haces el interesante y el enigmático para ocultar tus carencias.

—¿Qué carencias?

Ese hombre no parecía inmutarse por nada, o lo disimulaba muy bien.

—Admite que no sabes besar.

—Los magos no mentimos, sólo jugamos con los sentidos.

Doblé mis rodillas y las abracé, enterrando mi barbilla en ellas. Volvimos a quedarnos en silencio. El cielo sangraba y yo detestaba los atardeceres, era como si el cielo estuviese en llamas y semejante visión me horrorizaba.

—Si no para de nevar nos vamos a congelar.

Mis palabras provocaron que él alzara las cejas.

—La verdad es que hacía tiempo que no nevaba de esta forma. El tiempo está loco—me siguió el juego.

—Si no te sacudes el pelo se te va a quedar más blanco que el mío—proseguí—. Déjame hacerlo a mí.

Me acerqué hacia él. Así tan próximos, yo de rodillas y él sentado, casi quedábamos a la misma altura, aunque él seguía siendo más alto. Yo era bastante bajita, como todas las de mi raza, y él bastante alto, como todos los de la suya. Hundí mis dedos en su cabellera y la removí, despeinándole. Riéndome en voz alta, continué removiendo su cabello, dejándoselo hecho un caos, y reí más fuerte aún cuando contemplé el resultado. Cuando me aparté, me pareció pillarle infraganti mirando de reojo mi escote, aunque fue casi tan fugazmente que no tenía muy claro si sólo había sido producto de mi imaginación.

—Ahora es mi turno —anunció esforzándose por arreglar el caos de su cuero cabelludo.

Antes de que pudiese darme caza, corrí a escabullirme entre el laberinto de árboles. Reía jovialmente en voz alta y le provocaba para que me persiguiera. Él hizo como que recogía nieve del suelo y la amasaba entre sus hábiles manos formando una bola de nieve imaginaria. En el fututo llegué a amar y a temer por partes iguales esas manos.

Me debió de dejar ventaja a propósito porque en cuanto le perdí de vista desapreció, para reaparecer detrás del tronco de un sauce. Me atrapó entre sus brazos. Yo forcejeé y solté grititos, pero me dolía tanto el pecho de reírme que no opuse demasiada resistencia. Él introdujo su mano dentro de mi vestido, como si me metiera nieve dentro y la aplastara contra mi vientre.

—Mmm… ¡qué fría está! —protesté actuando.

Me había metido algo de verdad por lo que en cuanto me deshice de su agarre me sacudí el vestido y recogí los suaves pétalos blancos que me había introducido. Los sostuve entre las palmas de mis manos. Pequeñas lágrimas blancas extremadamente suaves con vetas plateadas que les hacía parecer agua congelada de verdad.

—¡Son pétalos de idril! —exclamé al reconocerlos.

Él me lanzó una mirada como queriendo decir "y a mí qué".

—Las idriles son muy difíciles de encontrar. Antes crecían de forma habitual pero debido a su increíble belleza y su fragancia sin igual la gente comenzó a arrancarlas desconsideradamente hasta casi extinguirlas; se dice incluso que las mismísimas rosas las envidiaban y colaboraron en su desaparición. En realidad son flores muy delicadas que sólo germinan si el equilibrio entre luz y oscuridad del lugar es perfecto. En el lenguaje floral significan esperanza, pero no una esperanza cualquiera como anhelo desesperado y cabezota del corazón, sino esperanza que otorga una fuerza especial para conseguir que cosas imposibles se vuelvan posibles.

—¿Cómo derrotar a los dioses, por ejemplo? —preguntó mientras hacía girar una idril entre sus fascinantes e hipnóticas manos.

—Sí, ¿por qué no? Las idriles lo hacen todo posible. Que halla de ellas en mi bosque me alienta.

Hubiese dado cualquier cosa del mundo por poder saber qué estaba pasando por su mente en ese momento. Parecía completamente absorto en sus cavilaciones mientras contemplaba el baile de la singular flor entre sus dedos.

—Ellette, ¿eres poderosa? —preguntó volviendo a fijar su atención en mí.

Aquella pregunta me dejó un poco descolocada.

—Soy la princesa y próxima reina de las hadas de luz, ¡claro que soy poderosa! La naturaleza me obedece además que puedo controlar el aire a mi antojo. Si quiero puedo dejar de hacer que fluya a tu alredor. También puedo imbuirle una fragancia tan embriagadora que te obligaría a adorarme y a morirte por mí en estos mismos momentos, así como puedo hacer que las plantas lo absorban y crezcan a mi antojo.

También podía leer el corazón de la gente, pero eso no se lo dije.

—Si alguien ocasionase mucho daño a tu reino e incluso amenazara con destruir el planeta, ¿te vengarías?

Sus preguntas cada vez se volvían más extrañas, pero le respondí igualmente.

—¡Por supuesto! Además que eso me daría una excusa para abandonar mi aburrido palacio. La mayoría piensan que ser reina consiste en lucir una bonita tiara y encerrarme en la sala del trono a tocar el arpa, pero yo defenderé a los míos peleando con mi propia magia y exhibiendo mi singular belleza. Dejaré anonadados a mis enemigos.

Por primera vez le vi sonreír, y era una sonrisa que volvía más perfecto aún su rostro, pero también había algo siniestro en aquel gesto.

—Me alegro. Me decepcionaría si no fuese así —contestó.

Sin previo aviso se acercó a mí, apresándome contra su inquebrantable pecho. Sin haberme repuesto aún de la impresión, buscó mis labios, los exploró y los conquistó.

El inesperado gemido de sorpresa que se me escapó rápidamente echó alas y se transformó en un hermoso cisne que se dejó llevar por las dulces corrientes.

Rodeé su cuello con mis brazos y me pegué más a él mientras dejaba que me desarmara con sus caricias cada vez más chispeantes. No me pasaron desapercibidas las pulsaciones violentas de sus yemas, como si a lo que estuviesen acostumbradas era a matar y se esforzaban por contenerse, por luchar contra algo que les salía sumamente natural. No me importó, al contrario. El saber que en cualquier momento podía doblarme como a un junco aumentó mi excitación. Estábamos haciendo algo sumamente prohibido pues él era un ser de oscuridad y yo, de luz, pero las idriles lo hacían posible.

Me dejé acorralar contra el sauce de antes, cerrando los ojos y ensortijándome de placer. Su aliento ácido sobre mi boca me sumía en un sueño exquisito, transportándome a un lugar demasiado lejano. El roce de su lengua me hacía creer que yo era en realidad una heroína que había conquistado el corazón de alguien muy malvado y que con nuestro amor, salvaríamos el mundo. En mi deleite, m imaginé que yo era muchas cosas que siempre había querido ser, de todo menos una simple y frágil hada. Podía percibir la impaciencia de sus manos, que ansiaban entrar en mí y entonces comprendí que había llegado el momento de detenerle.

—Espera—logré decir entre jadeos. Mis venas ya no transportaban sangre, sino que ésta había transmutado en fuego incandescente. Él parecía tan aturdido como yo.

—¿Qué ocurre ahora?-gruñó.

—No quiero llegar tan lejos—en esas condiciones me costaba pensar con claridad, pero aún así no solté su mano derecha, si lo hacía él me ignoraría pues era del tipo de hombres que una vez que querían algo, lo tomaban a su antojo—. No hoy…

—Pensaba que a ti te iban las emociones fuertes.

—Un error que los hombres cometen muy a menudo. En realidad… —le aparté un poco de mí, necesitaba respirar—… no quiero entregarte todo en el primer encuentro.

—¿Es que acaso tu cuerpo es todo lo que tienes? —con la mano que tenía libre, la izquierda, trazó una línea sobre mi vientre, arrancándome un dulce estremecimiento y le odié por tener tal influencia sobre mi cuerpo.

—No intentes persuadirme, por favor… Sé cómo sois los hombres…

—Ésta es nuestra única oportunidad. La próxima vez que nos veamos todo habrá cambiado tanto que ni siquiera tú serás la misma.

—¡Pero qué cosas dices! Ahora te la das de profeta predicando el fin del mundo. Yo quiero volver a verte, tú quieres volverme a ver, entonces sucederá.

Salté sobre él, enroscando mis piernas alrededor de su cintura para quedar a la altura deseada y rodeé su cabeza con mis brazos, pegándome a él lo máximo posible. Así de próximos, le susurré al oído:

—Y en el caso de que realmente ocurriese algo muy malo que impidiese esto, no te preocupes porque las idriles lo hacen todo posible, no lo olvides.

Dicho esto, le mordisqueé la oreja. Él me tumbó en el suelo, cubierto por un manto de hojas secas, pero para mí era como si me hubiese colocado sobre una cama de sábanas doradas.

Continuamos besándonos e intercambiando cálidas caricias. A veces rodábamos y yo quedaba sobre él. Otras veces teníamos que parar a recuperarnos unos segundos, porque parecíamos poseídos por una violenta fiebre pasional, pero me mantuve firme en mi decisión. En realidad yo lo deseaba tanto como él, pero tenía mis motivos y en el fondo disfrutaba atormentándole.

El tiempo pasó tan rápido que ni nos dimos cuenta de que estaba oscureciendo. Sus iris se volvieron púrpura y los míos, dos manantiales que reflejaban la luna.

—Tengo frío—gemí—. ¡Y eso que hemos derretido toda la nieve!

Como respuesta a mi súplica me abrazó con todo su cuerpo y me besuqueó el mentón, descendiendo por el cuello.

—Eso es porque tú quieres, porque sabes perfectamente cómo podríamos estar ahora.

—Si ni siquiera me has dicho tu nombre todavía.

Elevé la vista al cielo y me topé con el cielo cobaltoso cuajado de estrellas. Como no parecía dispuesto a decírmelo, enuncié otra pregunta.

—Mira las estrellas, ¿qué te recuerdan?

Nos tumbamos boca arriba, con nuestras cabecitas pegadas la una a la otra.

—No me gustan las estrellas—respondió—. El cielo nocturno es perfecto así, oscuro y sereno, profundo y enigmático…las estrellas acaban con el aura misteriosa.

—Pues a mi me recuerdan a las idriles. El cielo es una extensa pradera y las estrellas, los capullos abiertos.

—Se me olvidaba que tú pintabas la hierba azul.

—En algún lugar del mundo—proseguí ignorando su comentario sardónico—sé que existe un campo repleto de idriles. Si algo malo pasara, sé que nos reencontraremos allí y entonces yo seré tuya y tú serás mío. Te entregaré todo lo que quieras, menos mi vida. Eso de morir por amor se lo dejo a Romeo y Julieta.

Ese hombre no era Gelsey, pero siempre tuve claro que jamás podría aspirar a nada serio con él, por lo que este misterioso "artista" de manos ágiles y buen gusto artístico podía sustituirle perfectamente.

Decidí que tenía que averiguar algo sobre él para calmar un poco mi ansiosa curiosidad, por lo que esta vez conseguí agarrarle de la mano izquierda y entrelacé mis dedos a los suyos. Me dispuse a leerle el corazón.

Sus latidos palpitaban lentos y constantes, al contrario que los míos que se disparaban con suma facilidad cuando él me tocaba o me hablaba.