Lemon divague que escribí en un momento de ociosidad alcohólica. Es el que está puesto como prologo de la segunda parte del pink rol, que me aburría y revisando viejos escritos he encontrado estas cosas xD. Está basado en los personajes del Pink Rol, un juego de rol del foro Pink Lemonade. Otros relatos con estos personajes son: El vals de las hadas muertas y Nieve Otoñal. Para entender este relato quienes no conozcáis los personajes hago un poco de situación:

Idril es el rey de los feéricos de luz. Grisel es una bruja exiliada y líder de un grupo rebelde que planea asesinar a toda la monarquía. Grisel se hace pasar por sirvienta de Idril para poder espiar. Idril se enamora de Grisel a primera vista, pero ella que reniega del amor se hace la dura con él. Durante la historia desarrollan una retorcida relación morbosa hasta que al final de la primera parte, Grisel decide que lo suyo con Idril no puede funcionar y se va a las montañas con un maestro legendario para volverse más poderosa. Para consolarle, la princesa de las brujas Rosalie le regala a Idril por su cumpleaños un espejo mágico con el que la puede ver.


Ella desliza el tirante de su vestido, dejando al descubierto la diosa que es. Clava su intensa mirada verde en mí y se muerde el labio. La respiración se me agita y ella se vuelve hacia el otro. Le empieza a desabrochar los botones de la camisa, quedando los tres en igualdad de condiciones. Ella se coloca sobre sus piernas y comienza a contonearse rítmicamente, reptando por su abdomen, besando su cuello, gimiéndole en el oído. Eso termina por tensarnos a ambos.

Él despega sus manos de la nuca de ella y le quita con delicadeza el sujetador negro, liberando sus redondos y voluptuosos pechos, y los acaricia con firmeza, llenándose las manos. Una de ellas se filtra por debajo del vientre de la mujer. Los gemidos de ella y los míos se incrementan. Cuando cree que la ha hecho llegar a la humedad perfecta, la tumba cual larga es sobre el improvisado lecho; ahora era él quien quería llevar el control. Mientras sus cuerpos entrechocaban, fusionándose, yo no veía la hora en que llegase mi turno. El deseo me consumía hasta hacerme agonizar.
Anhelaba desesperadamente colocarme sobre su espalda, llenársela de caricias, girarla para verla tendida a mi merced, besar los efluvios de sus adictiva boca, apretar su cuerpo contra mí, deslizarme por su vientre, detenerme sobre su ombligo, enredar mis dedos entre su vello mientras me detengo a admirarla; lamer sus muslos de terciopelo, clavarme muy dentro de ella, alineando los latidos desenfrenados de nuestros corazones.

Sus embestidas aumentaron de ritmo. Se volvieron frenéticas, febriles. Él se relamió con una sonrisa de oreja a oreja al saber que ella había llegado y yo también alcancé el éxtasis cuando los labios de ella se curvaron para pronunciar excitada:

—Idril.

Había dicho mi nombre. Limpié con mi mano izquierda el vaho que había empañado el espejo y examiné la reflectante superficie por si no había sido producto de mis fantasías. Grisel había dicho mi nombre a pesar de que estaba con otro y nos separaban miles de kilómetros de distancia.