Este texto no sabía si publicarlo o no...como ya lo tenía escrito pues lo comparto con el resto del mundo xD. En teoría iba a ser un lemon sobre Gelsey y Maddie pero me entretuve escribiendo y cuando se acercaba la parte del lemon dejé de escribir xD (aunque personalmente me parece bastante cutre pero en fin xD)

Está basado en la época en la que Gelsey y Maddie se conocieron por primera vez y vivieron su corto pero intenso romance ocultos en el bosque xD. Los personajes de este relato perteneces a mi historia Léiriú que a su vez está basada en el juego de rol del foro Pink Lemonade. El texto no está acabado, quizás algún día me digne a terminarlo pero soy una maldita vaga.

¡¡Churii te lo dedico TM mía!!


Aún no terminaba de asimilar todo lo acontecido y la verdad era que prefería no pensar en ello. Madelaine y yo estábamos ahora juntos en el bosque, huyendo como dos fugitivos de los que hasta hoy habían sido mi gente. No me importaba pues todo mi sentido común había quedado absorbido por la fascinación que desprendía esta humana de grandes y soñadores ojos de ámbar líquido y voz de alondra. Cada vez que ella hablaba, me costaba prestar atención de sus palabras ya que mi vista quedaba fija en ella, completamente absorto, deleitándome simplemente con el placer de su compañía. Quizás éste comportamiento mío la asustó pues poco a poco se fue volviendo más callada y tímida y percibí que evitaba mi penetrante mirada.

El sol pasó a ser un pequeño e iridiscente disco rojo que se fue hundiendo, dejando en el cielo una sangrienta herida roja. No me gustaban los crepúsculos pues el cielo flagrando producía en mí cierto desasosiego porque como todo silfo, el fuego era lo que más temía junto con el hierro. La atmósfera se tornó amarilla, como los nenúfares de los pantanos, para después teñirse de un azul cárdeno; los árboles se volvieron de cristal y finalmente llegó la intensidad del añil. Las estrellas parpadeaban sutilmente sobre el lienzo negro que cubría nuestras cabezas, pero ninguna brillaba con la misma nitidez que lo hacía Madelaine.

En el bosque corríamos peligro, pero fuera de él yo me volvía vulnerable. Existía una zona donde la vegetación era demasiado espesa cerca del mismo corazón frondoso que me pertenecía y confiaba en que allí la naturaleza se pondría de mi parte, por lo que conduje a Madelaine hacia mi refugio.

Por el camino, la joven se cortó con una raíz en el tobillo. Podía haber quedado envenenada por lo que la obligué a que se sentara sobre una roca recubierta de musgo y me agaché para examinar el corte. Los tobillos de Madelaine eran estrechos y delicados, como el tallo más tierno de un rosal. Me apresuré por absorber con mi boca rápidamente el veneno; para ello presioné mis labios contra su piel herida y succioné. Cuando lo consideré suficiente, escupí hacia un lado la sangre envenenada y para que no se le infectara, vendé el tobillo utilizando unas plantas medicinales. Su piel resultaba más suave que la seda y no pude evitar que mis manos la acariciaran, ascendiendo por su pierna como dos serpientes haciendo el amor, y antes de que me diese cuenta, se habían introducido por el interior de su vestido y había alcanzado su vello. Noté su sobresalto y cómo el latido de su corazón se aceleraba. El mío también se había disparado.

Quité mi mano izquierda de allí y la entrelacé a la de Maddie, mientras que la otra se enroscaba en su caliente vello. Ella gimió sutilmente y parecía que quería decirme algo pero las palabras morían en sus labios antes de nacer.

La besé con ímpetu y mientras mi lengua se iba introduciendo lentamente en su boca, mis dedos iban avanzando entre la carne de sus muslos. Me tendí sobre ella, forzándola a que su espalda quedara recostada sobre la dura roca. No quería soltarla por miedo a que se escabullese.

Ella no parecía saber qué hacer muy bien con su mano libre, por lo que la hundió en mi nuca, insegura.

Para ese entonces la bestia de mi interior ya se había descontrolado, desatando una ardiente fiebre que derretía mi mente.

Atraje su cintura contra mi cuerpo, impaciente. Ahora que mis dedos se habían abierto camino por su intimidad, la sentía húmeda y preparada para ser poseída por mí, si embargo, ella me detuvo. Intentaba decirme algo pero sólo soltaba sílabas inconexas. La miré con el ceño fruncido pues no entendía lo que me quería decir hasta que el viento fresco fue aclarando mi mente. Madelaine temblaba bajo el peso de mi corpulento cuerpo y comprendí que no estaba tan preparada. Intentaba buscar la forma de decirme que nunca había hecho algo así y que se sentía aterrada, pero mi impulsiva conducta la intimidaba.

Contra mi voluntad despegué mis manos de su cuerpo y nuestros rostros quedaron muy próximos entre sí. Yo jadeaba con fuerza y cerré los párpados para destilar mis pensamientos. Poco a poco fui volviendo en mí y conseguí incorporarme, liberándola. Nunca había hecho algo así, siempre que quería algo lo acababa tomando, pero la forma en que había perdido el control me avergonzaba; no quería que esta chica acabara muerta como las demás. Por eso, por ella y sobretodo por mí, reanudé la marcha. Ella se quedó completamente inmóvil unos segundos hasta que decidió seguirme, seguramente porque comprendió que ella sola en un bosque tan peligroso como éste no tenía nada que hacer.

El resto del camino lo hicimos en silencio. Cuando llegamos, era medianoche y la luna reinaba en la noche pegajosa. Alguna que otra luciérnaga flotaba sobre la calmada superficie de un pequeño lago de aguas plateadas y diáfanas. Madelaine insistió en que quería una hoguera. Yo me rehusaba, pero al final accedí con la condición de que no se quemara ninguna planta.

Las flamas dibujaban sombras de diferentes tonalidades sobre su blanca tez y sus ojos brillaban con una chispa dorada que la dotaban de una apariencia sobrenatural, aunque lo único sobrenatural que había en ella era su extraña personalidad y el misterio no revelado de cómo hizo para derrotar a diez guardias feéricos sólo con tocarles.

—Te avisé de que era peligroso —le dije rompiendo el tenso silencio que se había tejido entre nosotros como una telaraña.

—Nada de eso. Me has salvado la vida —se apresuró ella a aclarar—. Además… —bajó la mirada y un pequeño rubor coloreó sus mejillas—. …Me gustan tus caricias. Mucho. Pero yo…sólo soy una humana y tú…

Sacudí mi cabeza en un gesto negativo. ¿Qué iba a hacer con esta chica?

—De hecho estoy enfadado contigo —al escuchar mis palabras su rostro quedó modificado por el terror, temiendo que me hubiese cansado de ella y hubiese decidido segar su vida—. Te dije antes que debías empezar a imponerte sobre los demás. Que seas una humana no quiere decir que seas débil y que los demás puedan hacer contigo lo que quieras, así que cuando te moleste algo sobre mí, pégame una bofetada.

Sus ojos adoptaron una expresión de desconcierto, pero rápidamente volvieron a serenarse.

—¿Me has entendido, Madelaine? —insistí levantándole el mentón para obligarla a mirarme fijamente a los ojos. Los míos brillaban como dos trozos de hielo negro que goteaban pasión, derritiéndose por la cercanía del fuego. Dudaba seriamente de que fuese a hacer caso de mis palabras y me gustaba intimidarla. Entonces ella, completamente serena, elevó su mano y me abofeteó.

—Lo he entendido, Gelsey.

Incluso los grillos dejaron de cantar. Quedamos sumidos en un completo silencio estático. Las comisuras de mis labios comenzaron a emitir pequeños espasmos y finalmente estallé en carcajadas. Madelaine seguía sin inmutarse y mi boca se curvó en una amplia sonrisa. Me acerqué a ella y volví a besarla; esta vez fue un beso dulce y lento, como el trémulo crepitar de las llamas.

—Será mejor que descansemos —proclamé cuando me separé de ella—. Si alguien se acerca lo sabré así que duerme tranquila.

Dicho esto me dirigí hacia mi árbol favorito, e intenté relajarme aunque en mi cabeza no paraban de fluir imágenes sobre todo lo acontecido. Con ellas revoloteando por toda mi mente, me resultaba imposible conciliar el sueño. Esa humana me había gustado desde el momento en que la vi por primera vez y me estaba costando bastante esfuerzo controlarme. No podía dejar de preguntarme qué se sentiría al estar dentro de ella, con esos pliegues tan suaves que había acariciado, endurecidos alrededor de mí. Maldita humana, no era más que eso: un frágil ser de naturaleza corrupta que no tiene ni idea del valor de la vida