Locuras de amor

No era la primera vez que iba allí, quizás la quinta o sexta. Solía ir a comprar cosas para su artesanía, a pesar que le quedaba bastante retirado de su hogar, la señora que allí atendía siempre la trataba de buena manera y le daba consejos. Pero lo que realmente la llevaba allí era otra cosa: el hijo de la dueña.

No fue hasta la segunda vez que fue a comprar que lo vio, aquellos ojos castaños claros, su cabello corto y del mismo color de los ojos, un poco de barba que no alcanzaba a verse grotesca y una sonrisa divina, con solo recordarlo suspiraba y se imaginaba toda una vida al lado de aquel chico.

Entró como siempre, con una gran sonrisa pintada en los labios mientras se sacaba los audífonos de los oídos y apagaba su mp3. Y allí estaba él, como siempre, le sonrió y se saludaron como si fueran grandes amigos, aunque en realidad solo se habían visto un par de veces y dudaba si la recordaba.

Se acercó lentamente al mostrador y comenzó a mirar buscando lo que necesitaba, aunque no lo encontró así que le pidió ayuda al chico que no le quitaba ojo de encima. Ella le explicó lo que buscaba, él la miró dudoso y continuó preguntando, pero justo en ese momento aparecieron por la puerta unos señores.

Él saludó, como le correspondía hacer por estar atendiendo, y ella se mordió el labio y miró un punto fijo mientras una extraña idea se le cruzó por la cabeza, después de meditarlo por varios segundos, aceptó lo que su «Pepito Grillo» le decía.

—¿Y ya sabes lo que quieres?

—No, aún no… —Lo miró con cara de afligida y él la observó con extrañeza. Ella se acercó y susurró—: ¿Sabes? De hace rato que esos dos me están siguiendo, no es por ser paranoica, pero a cada almacén que entro, ellos también, y ya me están asustando.

—¿Y quieres que llame a la policía o algo? —preguntó con gesto algo burlesco y ella rodó los ojos.

—No, quiero que me atiendas después de ellos.

—Trato hecho —dijo y se fue a atender a los que llegaron.

Ella suspiró, hasta ese momento las cosas iban bien… Continuó mirando el mostrador en busca de lo que necesitaba —aunque en realidad hace rato que lo había encontrado— y sintió que era el momento justo para hablar, pero el chico se le adelantó.

—¿Y cómo está tu novio?

Aquella pregunta la descolocó un poco, pero luego meditó bien y respondió.

—Hace tiempo que ya terminamos, no tenía sentido aquella relación. ¿Y tu novia?

Él sonrió de medio lado al mirarla mientras sacaba unos botones y los comenzaba a contar, ella lo miró fijamente y en su mente esperaba atentamente esa respuesta.

—Estoy solo desde hace seis meses, no soy de relaciones largas.

Sin poder evitarlo ella esbozó una gran sonrisa cuando él se agachó para sacar unos hilos del estante de abajo. Decidió seguir con el interrogatorio, su idea iba viento en popa. Aunque a veces las cosas siempre se arruinan…

—¡Hola! —Ésa era la voz de la dueña del local, obligándola a mirar al frente y sonreír, aunque en realidad quería que la señora se devolviera por donde vino—. No me digas que éste te tiene esperando —dijo meneando la cabeza—. Mejor dime qué quieres.

—Yo…

—Gracias. —Él acabó de hacer la venta y caminó hasta su madre—. Má, yo sigo.

—Está bien —contestó al mirarlos a ambos—. Pero deja de ser tan tonto y date cuenta de las cosas, ellos no la estaban siguiendo. —Ella abrió la boca del asombro—, simplemente era una excusa para acercarse más a ti.

Dio la media vuelta y entró por donde salió, ambos se quedaron mirando el suelo, aquello había sido un golpe fuerte para los dos.

—¿Y? —preguntó él dubitativo mirándola de reojo.

—Ese elástico, ese hilo y esos cordones —respondió con rapidez, sentía que le picaban los ojos y echaría a llorar en cualquier momento de la vergüenza.

—Vale…

Volteó para comenzar a sacar lo pedido y ella se mordió el labio, otra vez su consciencia le pedía hacer algo, pero de seguro se le arruinaría, como siempre, la consciencia tenía buenas ideas, eso no lo negaba, a pesar que siempre pasaba algo que todo lo estropeaba.

—¿A qué hora sales? —habló sin darse cuenta, él se levantó—. Por si no te diste cuenta, tu mamá tenía razón y sí hice eso para llamar tu atención. —La rapidez de sus palabras lograron que él sonriera—. No sé si tus miradas son un gesto de que te gustó o qué, pero desde que vengo y estás siempre me miras raro, quizás son solo ideas mías… Pero si me preguntaste por mi novio es porque te intereso, tal vez estoy hablando mucho y no quiero…

—¿No quieres qué? —Se acercó al notar que ella se silenciaba y dejó las cosas sobre la mesa.

—Asustarte… —suspiró y bajó la mirada—. ¿Cuánto es?

—¡Qué lentos son! —dijo la madre al volver a salir—. Tiene la tarde libre, si trabaja aquí es porque no tiene tareas de la universidad, así que puede salir contigo cuando quiera. Lo que pasa es que ambos son unas tortugas, él corre a atenderte cuando te ve…

—¡Mamá! —reprochó y ella notó que sus mejillas se coloraban, sonrió por eso.

La señora continuó reclamando por lo lento que eran mientras empujaba a su hijo fuera del mesón, le pasó sus cosas y los corrió del negocio. Los observó alejarse con una sonrisa y luego entró.

Ellos caminaron cabizbajos por varios metros, sin mirarse y sin decir nada, hasta que el silencio rompió por la voz de él.

—Ni siquiera sé tu nombre.

—Ni yo el tuyo, pero tienes unos ojos lindos.

—Y tú unas manos suaves.

Ninguno se había percatado que caminaron tomados de las manos durante todo el rato, se miraron a los ojos y sonrieron, no necesitaron más, se gustaban pero como decía la señora: «eran unos lentos». Siguieron caminando y conociéndose hasta que el día acabó.

Dicen que suelen verlos aún juntos, caminando de la mano. Él va a buscarla todos los días y le regala una rosa, ella lo espera y le regala una sonrisa. Ambos se besan y se toman de las manos. A ella le siguen gustando sus ojos, a él le siguen agrandando sus manos. Ella le dice «te amo» y él responde «no puedo vivir sin ti».

Y así continúan, juntos aún, no hay quien los separe, porque no hay poder que logre hacer un mal cuando el amor es tan grande, porque al fin y al cabo estaban destinados a estar juntos y seguir juntos.