Para mordaz en LJ, en su cumpleaños.

Otra historia de esbozo de mundo sin final… espero que les abra la imaginación.

Cosa de familia

Liz frunció el ceño apenas lo vio salir del ascensor.

"Oh, gran madre, ¿ahora qué?" dijo mentalmente, con exasperación. Luego, le entró la premura y fuerza a su carácter, alistándose para hacerle frente a lo que fuera. Se irguió en su cubículo y le hizo una señal con la mano.

Zil, su hermano mellizo, se había quedado frente al ascensor con las manos en los bolsillos de su pantalón de mezclilla con sendos huecos en las rodillas, remendadas por cuero. La esperaba, en vez de buscarla. Viejas costumbres itinerantes.

—No hay forma que le entre en la cabeza que… —se dio cuenta que estaba susurrando su pensamiento… su vecina la miraba extrañada.

Bajó el rostro, se peinó el cabello más por nervios que necesidad, e hizo su ademán más visible con la mano.

A su alrededor, sus compañeros de trabajo rápidamente habían visto al visitante y luego a ella. Zil no se daba por enterado. Cuando se dio cuenta de su señal, fue hacia su hermana muy sonriente, con paso rápido y los brazos al frente.

Fue cuando Liz se dio una tremenda cachetada mental.

No veía a su hermano, en carne y hueso, por poco más que tres años. Importándole poco que todos se dieran cuenta que el visitante no era común (su sombrero de vaquero, el gran sobretodo con protuberancias que indicaban que estaba lleno de cosas, y el tatuaje con joyas incrustadas en la mano izquierda, era suficiente evidencia de eso), se levantó también y le tendió las manos.

Al carajo. Los comunes ya creían que era rara. Ser abrazada y llevada en volandas por su hermano mellizo, mientras le hablaba entre risas en un idioma que casi nadie conocía, era lo que quería.

"Es bueno sentirte, Liz… ¿Has subido de peso, no?" "No, tú eres un debilucho". Se dijeron en una rápida sucesión en el idioma de los Escribas.

Le señaló la silla extra de su cubículo. Zil la tomó y la alejó a casi medio pasillo para poder repantigarse en ella como si estuviera en su casa, listo para ver su programa favorito. Su hermana le envió una mirada de advertencia y él le hizo un ademán interrogativo. Luego, por él solo, se devolvió y se sentó correctamente, hastiado solo con eso.

—No sé como puedes vivir así… ¡Por gusto!

—Tener siempre donde bañarse con agua caliente tiene sus recompensas —le respondió, en son de broma.

Pero, secretamente, Liz recordaba que a veces se preguntaba eso mismo. Sin embargo, luego recordaba la vida de los Escribas Itinerantes. Yendo de lugar en lugar, con el remolque como casa los que tenían suerte, todo tipo de mentiras y vestimentas de máscaras. En pos de la búsqueda interminable de información y misiones por ello donde se ponía la vida, muchas veces, a juego.

Sí, se reconocía que era mucho más emocionante ir de allá para acá desentrañando todo tipo de misterios del mundo mágico, ese que los comunes hasta despreciaban y creían solo quimeras de la imaginación.

Sin embargo la vida de una típica joven oficinista de banco, con todo y cuentas para pagar, tenía su encanto. Y no solo se trataba de la posibilidad de una ducha diaria, sino cosas como tener la seguridad de que había personas para las cuales las reglas racionales del mundo jamás eran quebrantadas. O de que vas a ver a las personas siempre en su casa, sus lugares favoritos o trabajo; mientras que siendo Itinerante, podía pasar por varios años si noticias de amigos y familiares.

Puede que se mentía para intentar sentir esa seguridad. Pero, en tres años, lo único fuera de lo natural se lo había traído sus contactos escribas, no esa vida que había escogido.

Por eso, se puso tan a la defensiva apenas vio a su hermano ahí, ni siquiera esperándola en su departamento. No pronosticaba nada bueno.

Después de verse, sonrientes y animados por reencontrarse en carne y hueso, la emoción remitió y Liz fue la primera en hablar, aún en su lengua:

—No me dijiste que venías.

—No sabía que lo hacía hasta hace unos minutos.

—¡No te hagas el gracioso, Zil! —se movió más cerca de él, con una sonrisa cómplice en el rostro—: Dime, ¿de qué va esta vez? Si me sales de nuevo con lo de las manzanas de Idunn, la piedra filosofal o cualquier cosa que…

Pero algo en la mirada de su hermano y en la emoción que sintió llegar de él, incómoda, reticente; la hizo callar, esperando que Zil hablara.

—Se trata del legado de Jebiad. Tenemos un rastro.

Liz reaccionó alejándose lo más que pudo de su hermano. Era un acuerdo tácito que Zil había cumplido en esos tres años: no hablar de Jebiad. ¿Y ahora venía a decirle que tenían un rastro de los registros que su pareja había protegido, recopilada por generaciones de escribas itinerantes?

Por un instante, tuvo un imperioso deseo de preguntar sobre la misión en sí. Recuperar esa información sería de extrema importancia para los Escribas. Luego, se mandó a recular.

—Jeb está muerto. Su legado no lo volverá a la vida.

Zil la miró, tremendamente injuriado por su tono tan indiferente y tosco.

—"No muere el que es recordado".

—¡No, sí muere! Jeb seguirá muerto aunque encuentres el legado de su familia. Y si sigues jugando en fuego en tan altas esferas como él hizo, ¡tú también lo estarás pronto! —no se dio cuenta cuando había subido la voz, pero sí que se mandó callar cuando su hermano se puso en pie.

Pudo sentir el furioso pensamiento de Zil fluir hacia ella. No era algo nuevo. "Cobarde" y "traidora" dicho mentalmente, era mejor que por medio de la boca, como lo oyó de él hacía tres años.

—Un gusto verte —le dijo en el idioma de ese país, despidiéndolo, tajante.

Zil asintió, y se fue hacia el ascensor. Cuando subió al mismo, la voz de él le dijo mentalmente, más sosegado: "Te mantendré informada".

Sí, se dijo Liz, como buen escriba.

-o-

Espero que les haya gustado en algo.

Besos!