Para: aglaiacallia

La gracia

La había visto ir al campamento todos los terceros días, al atardecer, sin falta. Cuando ella aparecía, bajando de la carreta con sus movimientos fluidos, él no podía más que quedarse viendo, embelesado.

La primera vez que la vio, simplemente miraba hacia afuera, al horizonte. Se daba un descanso de apilar los cuerpos que habían tenido como saldo en ese día de guerra, para hacer la pira funeraria.

Miraba sin mirar, hasta sin sentir y de repente ahí estaba ella. Su cuerpo se llenó de alguna emoción que lo hizo sonreír tan embargado, que se le salieron las lágrimas. Fue una visión que lo dejó sin aliento. La mujer más hermosa que había visto en su vida y, a la vez, parecía extrañamente accesible. No era muy alta ni muy delgada, sonreía con facilidad a las personas que la miraban y, aunque vestía como alguien de alta alcurnia, no había nada de ostentación en ella.

Era una mujer limpia de sudor y sangre, sus cabellos brillantes y no de grasa, sus ropas sin marcas de pelea y con una sonrisa vivaz en los labios. Ella sació un hambre interior que no sabía que tenía.

La vio caminar, hablar con algunos pocos afortunados, pasearse con tranquilidad entre los heridos y entrar a la tienda de los generales.

Ya en la noche, a la luz del fuego, nunca pudo verla salir de esas tiendas para iniciar camino hacia donde fuera que estuviera. Sin embargo, eso lo hacía dormir mucho mejor en la noche, como si pensara que tanta belleza y felicidad se quedaba para dormir con él. Lograba olvidar por un momento que al amanecer, tenía que volver a la guerra.

La guerra seguía. Cada vez había más sangre regada, frío y lluvia; menos comida y esperanza de terminar pronto.

Pero ella llegaba cada tercer día, y solo con su presencia limpia, libre de mancha y de horrores, todos volvía a sentirse vivos, o buenamente vivos. Dos veces había estado cerca de ella. Solo una, ella lo miró y le sonrió. Muchas más en su mente, sus ojos claros lo reconfortaron a todo momento y a todas horas.

Tal vez por eso, solo por eso, no se volvió loco cuando vio morir a su hermano de la infección por una herida, después de llorar del dolor por varias horas.

Sin embargo, al día siguiente de su muerte, en el que llegaría la mujer, como le decían en el campamento; decidió que ese sería su última cruzada. Y luchó como nunca, mató uno y otro y otro y, poco antes de que terminara el día, fue herido en el costado.

El dolor era más horrible de lo que nunca imaginó. Pero lo soportó como un valiente, porque sabía que pronto terminaría y se encontraría con su hermano, esposa e hijos, que habían muerto en la primera invasión, que seguía repeliendo a como podían.

Ese atardecer, la mujer se paseó entre los heridos, como siempre. Cuando llegó a la par de él, tuvo la consideración de agacharse a su lado.

—Me dicen que morirás como héroe de la campaña, gran hombre —le dijo, con una voz limpia, fresca como un arroyo.

Sintió como su suave mano le tocó el cabello y el dolor se fue por un momento.

—Yo veré para que el recuerdo tuyo y de tu gente no sea olvidado.

Él casi no pudo ver, porque sus ojos se le inundaron de lágrimas mientras le decía eso. Pero sentir su tacto y oírla tan cerca, ya era demasiado para él.

—No los aleje de su gracia, mi señora Aglaya —apenas le pudo decir, porque respirar y hablar era tremendamente doloroso.

La mujer le asintió, y puso su mano sobre el corazón que pronto dejó de latir. Luego, como siempre hacía, se puso en pie, y siguió caminando y prodigando su gracia a los que más la necesitaban. Porque la belleza puede anular el horror, aunque fuera un instante.