Para: o_o_aurora_o_o

Marcos Duarte

Se tiró al sillón de la sala como si su cuerpo se hubiera quedado sin fuerza. Estaba cansado. Ya era el quinto país que visitaba en menos de dos semanas, para promocionar el final de la Saga de los Escribas. Al menos, después de mañana, tendría algunos días de vacaciones, para turistear un poco por Suramérica, antes de irse para los Estados Unidos.

A veces, le gustaría ser en serio el escritor ermitaño que algunos se figuran que es, y no tener que ir a venderse como si fuera otro personaje de sus libros. Pero si ese es el precio por vivir de lo que escribía, bien lo podía pagar.

Llamaron al timbre del pequeño chalet donde se estaba quedando en ese país. Imaginó que sería James, su publicista, que había ido a por una comida china.

Como no tenía ganas de nada, no se movió de donde estaba, esperando que el otro tuviera la cortesía de no hacerlo moverse de ahí, y usar sus propias llaves. Sin embargo, pocos segundos después, el sonido del timbre se volvió a dar, tres veces seguidas.

Antonio se dijo que James en verdad estaba de mal humor, y tal vez había olvidado las llaves. Haciendo de tripas corazón, se puso en pie de ese sillón que parecía querer engullirlo en pura comodidad.

—Vamos James, tranquilo —le dijo, hasta con la voz amodorrada, y abrió la puerta.

Nunca en su vida había sentido un subidón de ánimo como en ese momento. De la total pereza, pesadez de cuerpo y como ese dolor leve general cuando se está desganado, pasó a estar totalmente alerta y con una leve sensación de temor.

—Veo que se acuerda de mí, Antonio María —afirmó entonces el otro, con una sonrisa nerviosa y una mirada airada.

Sí, ¡Claro que se acordaba de él! Aunque habían pasado treinta y pico de años sin verse, se acordaba de Marcos Duarte, uno de los conocidos del barrio donde creció. Aunque estaba más obeso, arrugado, calvo y pálido de lo que recordaba, estaba seguro de que era él.

—¡Claro que me acuerdo! —respondió entonces, con una sonrisa nerviosa. Miró hacia la salita y tuvo ganas de decirle que pasara. Pero algo en la mirada torva del otro, el sudor en su frente y que se traslucía por su camisa, y ese acariciarse las manos con desesperación, lo hizo declinar de la idea—. Y dime, ¿para qué soy bueno, hombre? ¿Cómo está tu hermana Sofía? —intentó hacer conversación, pero el otro fue de una vez al punto, demandante y furioso:

—¡No tenías derecho a escribir sobre mí!

Antonio cerró los ojos. Ya se imaginaba que iba a salir con eso. Sí, tal vez no debió usar su historia familiar, con tintes de maldición, para escribir uno de sus cuentos. Pero había cambiado los nombres, las fechas y hasta en algo los personajes. Actuó éticamente, aunque sí que usó su historia como base.

—Marcos lo siento. Sí, admito que "La familia Fuentes" se parece un poco a la historia de tu familia, pero no hay nada en ella que…

El tipo lo hizo callar tomándolo de las solapas del saco, y Antonio iba a pedirle que lo soltara, empujándole, cuando miró su rostro. La desesperación que el otro demostraba, lo hizo sentir culpable y avergonzado en un segundo.

—¡Por Dios! ¡Cambie el final, solo cambie el final!

Antonio supo que estaba hablando con un loco. Y lo único que se le ocurrió, tratando de controlar su miedo, fue hacer tiempo mientras llegaba James a ayudarle con la situación.

—De acuerdo. Entonces, ¿Cuál final quiere? —fue lo que dijo, dándose cuenta de que ni recordaba del todo cual final le había hecho… ¡Era uno de tantos cuentos en uno de tantos libros de cuentos, que había editado hacía más de treinta años!

—No, no. No creo que sirva así… leí el cuento apenas hace unos meses, cuando mi hija me contó de él. ¡Por Dios santo, Antonio! ¡Por Dios! —pareció necesitar cerrar los ojos y respirar para no caer en un estado de total histeria—. Ya me has destruido la vida en éstos treinta años. Me convertiste en un don nadie, me hiciste enviudar, me hiciste ser timado dos veces, me mataste a mi hermanita de cáncer… ¡Solo te pido que cambies ese final! ¡Por favor!

Antonio se quedó de piedra. ¿Acaso le estaba diciendo que él le había escrito la vida desde hacía treinta años? Sintió que todo era un sueño, irreal y su conciencia embotada. Lo miró a la cara y tartamudeó, empezando a sudar también.

—Marcos, solo es ficción. Solo es un cuento de humor negro, nada más…

Pero el hombre lo hizo meterse al chalet, furioso.

—¡Ahora mismo, Antonio! ¡No me desgracies más! Mi hija cumple años dentro de tres meses, y me la matas en un accidente, ¡Malparido! Juro que si es así, cumplo lo que escribiste y me suicido. Y será tu culpa… ¡Todas esas vidas perdidas estarán en tu conciencia!

Lo tiró al sillón, donde Antonio fue a dar sin, en algún momento, hacer resistencia. El hombre se sentó junto a él y sacó un libro de bolsillo viejo, para que lo viera.

—¡Ya, Antonio María, ya! Escribe el cuento, y cambia el final.

El autor solo acató a abrir su computadora personal y a escribir según Marcos Duarte le iba leyendo, nerviosa y furiosamente, pero sin perder la paciencia cuando Antonio le pedía que repitiera.

James no llegó, solo le envió la comida china y le mandó un mensaje diciendo que tenía problemas con la Librería de mañana. Antonio se dijo que solo debía escribir, y que toda esa situación bizarra terminaría con ello.

Cambió el final a lo primero que se le ocurrió, un final feliz y nada de acuerdo con el cuento. Creyó que Marcos Duarte sería feliz con eso, pero él insistió:

—Llama a la editorial, por si acaso. Llama y has que saquen una nueva edición, pero con ese cuento cambiado.

—Marcos, eso es…

—¡Hazlo! —era increíble como ese hombre honrado, sin armas e intentando no ser violento, podía hacerlo actuar como quería con solo su estado de puros nervios y desesperación.

Antonio hizo unas llamadas. Dio de su dinero, pidió favores y dio favores, y consiguió que su segundo y muy poco aclamado libro de cuentos tuviera una nueva edición.

Marcos Duarte se fue de la casa entonces. Le dio las gracias por su ayuda, con un rostro y expresión que parecía decir que, cada tantos segundos, rezaba al cielo.

Lo último que supo Antonio de Marcos Duarte, fue que se ganó la lotería y que su hija era una de las cineastas más prometedoras de Latinoamérica.

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