¡Hola Gente!

Decir que esta es otra de mis historias donde pincelo un mundo y luego, lo dejo con final abierto. Creo que es lo que va más, porque lo hice para regalo de cumpleaños y navidad de RubymoonFaith que me pidió historia de una pareja de su historia original "D.A", por lo que creo que de esta base, ella puede bien hacer su propio canon y tal… ¡Ojalá a ella le guste y a ustedes!

OoOoO

La Princesa y el Escudero

I

Ella era la primogénita de una de las Casas destinadas a tener voz y voto en el consejo del gran pueblo de Dor. Como tal, desde la más tierna infancia, había recibido lecciones no sólo de Rayo Control, sino de historia, agricultura de y ganadería, economía, estrategia bélica, magia… y educación en sociedad. Por ésa última, no había comido gran cosa en la celebración del cumpleaños de la nieta de uno de los integrantes del consejo.

Esa fue la razón de su primer encuentro.

Tarde en la noche y con un pequeño candelabro en las manos, ella caminó con el mayor disimulo hacia la planta subterránea, donde se encontraban las cocinas y los cuartos de los criados. Imaginaba que ellos sabían de esas escapadas a las cocinas, pero le guardaban el secreto. Una que otra vez, hasta la vieja cocinera le había servido.

Hacía esos viajes varias veces al mes. Como señorita de sociedad, las buenas maneras le mandaban a no ser glotona. El problema era que ella, por naturaleza, sí lo era.

Medio encorvada sobre sí misma, pasó rápida y silenciosamente por el gran comedor para invitados, en donde siempre sentía más temor de ser encontrada por sus padres o los criados de más rango. Cuando por fin se encontró frente a la puerta que daba a las escaleras a los aposentos inferiores, dio un gran suspiro de alivio que precedió a una gran sonrisa de felicidad y congratulación.

Ya ahí, bajó rápidamente, tanto que apagó una de las velas por su movimiento. Cuando fue a dar al pasillo inferior, caminó con naturalidad hacia la cocina. Allí agarró con fuerza el candelabro de metal con una mano para abrir la puerta de madera pulida con la otra. El sonido de algo cayendo al suelo, tal vez la tapa de una olla, y los pasos lustrosos de alguien descalzo la hicieron tener un leve respingo de miedo. Y, luego, se puso en guardia. A sus doce años, tener casi diez de clases de rayo control (las que prefería con mucho), la estaban haciendo una presa difícil en contra de posibles enemigos de su Casa o reino.

Muchos creían que su padre la estaba mal educando, pero él insistía que estaba siendo previsor. Como hijo de un general que era, había oído mucho sobre la guerra contra los ranot salvajes. Y tenía cicatrices que atestiguaban que nunca se era muy precavido con los enemigos… algunos seguían libres, sin haber sido esclavizados como la mayoría de ellos.

Sin embargo, mientras entraba a la zona a oscuras, algo iluminada por la luz lunar de una ventanas y las de sus velas, pequeñas y potentes luces amarillas danzantes; se dijo que tal vez no era para tanto.

Las luces no estaban prendidas, pero su hogar era uno de los más seguros del reino. Se sonrió, diciéndose tonta y, viendo hacia donde podía intuir que estaba la gran mesa central de la cocina, cerca de donde creía que estaría quien fuera.

—¿Lilia? —dijo, con voz tranquila, como si estuvieran en la tarde, entre una clase y otra—. Soy yo, Rizah… Solo tengo ganas de un poco de las sobras del pastel.

Ella rio un poco, pensando en que la cocinera de la casa a veces se la encontraba ahí, cuando iba por agua o leche para ella o sus nietos.

La chica empezó a prender los candelabros que estaban alrededor de la cocina. Eran un poco altos, pero podía llegar poniéndose en puntillas. Estaba prendiendo el segundo cuando esa persona, que para ella era una sombra que salió de la nada, la golpeó en su carrera por salir del lugar. Rizah perdió el equilibrio, cayó y se quemó el cabello con la única vela del candelabro que seguía prendida.

-o-

Él era un ranot.

Aún ni sus padres entendían como era eso posible. Pero lo era. Estaban seguros.

Empezó a caminar a los seis meses y, desde pequeño, dejó ver su gran fuerza, rapidez y agilidad de forma tal que a los siete años podía hacer prácticamente cualquier malabarismo y subirse donde deseara. Por más que parecía imposible, jamás caía sino de pie o a gatas, como si su cuerpo se contorsionara felinamente para evitar cualquier golpe. Por eso, se había escapado de todo tipo de heridas, más que muy leves dolores de articulaciones.

Además, sólo una vez se enfermó: de una enfermedad que había matado a muchos de los agricultores y a su hermano mayor… En ese momento, sus padres se dieron cuenta, total cuenta, de que era un ranot y que debían protegerlo. Ahora era su único hijo, y no querían que fuera tomado y adiestrado para ser un guerrero.

Por eso, Dariush creció aparentando ser el hijo común de cualquier agricultor más, viendo como sus padres trabajaban todo el día, él en los campos y ella preparando los alimentos para la Casa a la que trabajaban, sin descanso. Se daba cuenta de como cuidaban hasta el último de los granos en los crudos invierno y toda gota de agua, en los calientes veranos, con estoicismo.

Muchas veces les preguntó por qué no lo dejaban hacerse guerrero. Su cuerpo lo pedía en cierta forma. Nunca se había podido estar quieto, odiaba no correr, no brincar, no golpear como sabía que podía hacerlo; aparentar que seguía herido cuando no lo estaba, que se cansaba cuando sabía que podría seguir trabajando por al menos tres horas más, para aligerarle la carga a su padre.

Sabía que los guerreros vivían en mejores condiciones. Eran de los sirvientes directos de las Casas. Si él se hacía guerrero, sus padres descansarían con trabajos menos demandantes y la familia dejaría la choza de madera que siempre se inundaba con las lluvias, por las habitaciones de piedra alrededor de los hogares de las familias de las Casas.

Sin embargo, su madre y padre le insistían que no lo hiciera.

—Ahora tienes a Erika para cuidar… eres el único familiar que le quedaría si a nosotros nos pasa algo —le decía su madre, acostándose con dolor de cuerpo, y cansada, pero mirándolo con infinito cariño y mucho miedo de que algo le pasara.

Y ante eso, él no podía acotar nada. Ellos tenían razón.

Sus padres eran mayores, tras de todo envejecidos por el duro trabajo. La única razón por la que no habían tenido varios hijos, era porque su madre había perdido varios antes de nacer a lo largo de los años. Su difunto hermano, siete años mayor que él, había sido débil al nacer unas semanas antes de lo previsto, y sufrió terribles convulsiones desde bebé. Para sus padres, él y Erika, su hermanita de cuatro años (todo un milagro por la avanzada edad en que la tuvo su madre y por nacer sin complicaciones), eran sus más grandes tesoros.

Dariush aprendió entonces, que la familia era lo más importante. Y dejó de pedir ser guerrero. No podía morir en una batalla lejos de sus cada vez más ancianos padres y su pequeña hermana… que era aún más especial que él en ciertos sentidos, y que debía protegerla de que alguien más que su familia se diera cuenta de eso.

Era una suerte que pronto se diera la labor de ser el protector de su familia, porque esa primavera su padre tuvo un accidente en el trabajo y tuvieron que amputarle una pierna para salvar su vida. Por eso, a sus trece años, tomó el trabajo de su padre y el de él mismo para subsanar la cuota que debía llenar su familia, con el fin de tener comida, agua y techo en los territorios de esa Casa.

Sin embargo, la cosecha de ese año fue muy escasa por una sequía que mató también a muchas cabezas de ganado. Las raciones a las familias de clase baja se diezmaron demasiado para que las familias de las Casas tuvieran la misma de siempre.

Algunos temían que el invierno fuera mucho más crudo ese año, por la falta de provisiones que iban a tener. Posiblemente los niños débiles, ancianos y enfermos morirían con más facilidad.

Eso fue lo que hizo a Dariush salir una noche de su casa, mientras sus padres y hermana dormían, para ir a robar comida a las cocinas de las familias de las Casas cercanas.

Era increíble como las personas a las que servían tiraban la comida. En los dos ciclos lunares que había salido para robar un poco, en busca de acrecentar las arcas para el invierno de su familia, se dio cuenta de que lo hacían solo porque sí, porque eran sobras.

¡Si supieran lo mucho que se trabajaba por cada grano de arroz, jamás lo tirarían de esa manera!

Solo pensando en eso, y sabiendo que sus padres no tenían idea de lo que hacía; fue que no se sintió mal por pasar varias noches usando sus habilidades físicas para saber cómo entrar en los palacios.

Casi un ciclo lunar después de su primera incursión, cuando casi fue arrestado por quinta vez por unos centinelas exteriores, por fin pudo entrar en la primera cocina.

Pocas noches después había entrado, cogido comida y salido en tres diferentes casas, haciéndolo tan bien que nadie se dio cuenta de su estadía. Hasta esa noche.

Mientras estaba buscando (con carne dentro de una tela atada a su cuello) en dónde estaban los granos, oyó como la puerta de la cocina se abría. Con unos reflejos más rápidos que su misma conciencia, Dariush salió disparado hacia un lado, dejando caer la tapa del gran recipiente que había querido ver a la luz de la luna.

Como ranot, podía ver en la noche mucho mejor que los humanos comunes y por eso encontró su camino sin problemas.

Corrió hacia la gran mesa del centro de la cocina, fue a un lado de ella y brincó silenciosamente a un lado, se agarró de unas molduras y subió hacia la parte alta de un gran mueble de madera. Se quedó quieto ahí, metiéndose a las sombras como podía, esperando que quien llegara, se fuera pronto de ahí.

Sin embargo, cuando oyó la voz, una voz joven, femenina y tan serena y noble, que decía:

—¿Lilia? Soy yo, Rizah… Solo tengo ganas de un poco de las sobras del pastel.

No pudo más que volver a ver, de pura curiosidad.

Era la niña más linda que alguna vez hubiera visto en su vida… ahí, parada con un gran camisón blanco que debía estarle dando calor, la miró ver a los lados con tranquilidad. Sus ojos azules eran los más brillantes que él había visto jamás. Su cabello negro, aunque algo despeinados, prometían ser de los más lacios y suaves posibles, con un extraño tono dorado al brillar que le dejaron maravillado.

En sus movimientos y la forma en que habló, le dijeron que debía ser de las niñas de familia de esa Casa. Pero, por una vez, no sintió cierta repugnancia o desdén ante ella simplemente por eso. De hecho, se movió un poco para poder atisbarla mejor, intentando ver su rostro de frente, no de perfil. Sin embargo, cuando ella prendió la luz más cercana a donde estaba él y sus pies quedaron por un instante iluminados, Dariush sintió como su cuerpo se movía por instinto. Se tiró de la cima del mueble al suelo y, en silencio, fue hacia la salida, sintiéndose descubierto.

Cuando pasó a la par de la niña, la empujó un poco solo para darse más tiempo, al tener que levantarse, por si ella quería seguirlo. Sin embargo, solo unos segundos después, cuando oyó su agudo grito, se vio devolviéndose en seguida.

La chiquilla veía, espantada y tirada en el suelo, como parte de su cabello se quemaba, haciendo más grande el fuego. En esos pocos segundos, intentó ponerse en pie, "alejándose" del fuego. Sin embargo, pronto cayó de nuevo al suelo, golpeándose un poco en la cabeza. Un pie descalzo en el pecho la mantenía quieta aunque ella se debatiera gritando y moviéndose sin cesar, temiendo al extraño y el calor del fuego.

—¿¡Qué hace! ¡Suélteme, Suélteme! ¡Guardias!

Gritó ella, pero pronto se dio cuenta, a la luz del fuego, que el tipo estaba pateando su cabello. No dijo nada al respecto, porque estaba muy aliviada y agradecida como para hacerlo. Apenas pudo ver que era joven, alto, y que tenía algo a su espalda.

Justo cuando el fuego se apagó y ella se puso en pie para agradecer, se dio cuenta de que el chico había desaparecido en las sombras.