IV

Rizah jamás olvidaría la imagen de él en esos días. El chico de los Edeha que insistía en ir a las prácticas de los pupilos a guerreros, y que daba la talla en ellas aunque no tuviera la mejor técnica.

Podía verlo por la ventana del tercer piso, donde estaba su cuarto de estudio, distrayéndose de sus clases de historia y economía, más que todo.

Con los días, dejó de preguntarse si estaría ahí, para decirse que vería qué tanto estaba haciendo en ese momento. De extrañarse o divertirse con su extraña presencia, empezó a ser para ella casi como ver a cualquiera del grupo haciendo los ejercicios, solo que más atrayente a la vista por ser… él. La nota más misteriosa, diferente y original en su monótona vida.

No tuvo dificultad en que le dieran información sobre él, aunque sabía tan poco como todos en la casa: quería ser guerrero, era fuerte y resistente y un agricultor de los Edeha, que trabajaba sin familiares en los campos del maíz. Aunque varias veces le hubiera encantado bajar para preguntarle directamente cualquiera de las cuestiones que se le ocurrían, no podía hacerlo porque a esas horas estaba ocupada bañándose, arreglándose y apenas lo veía en medio de su primera clase matutina.

Aunque intentó hablar sobre él con su madre, ella hizo un levantamiento del labio superior que le dijo que no lo tenía en alta estima, por lo que se imaginó que abogar por él con ella no era la mejor estrategia. Siempre lo imaginó, su padre era con quien tenía que ir, pero él estuvo muy ocupado (más que siempre) con lo de la crisis alimentaria para el invierno, y los tratos con Senchak con el fin de tratar de palearlo para el invierno. Estuvo más en viaje que en casa.

No había podido hacer nada por él (nadie si quiera sabía su nombre) y, de alguna manera, se sentía culpable por ello al verlo como volvía todos los días a entrenar.

Al día anterior de irse a tierras más calientes, como todos los años, por el invierno; había decidido preguntar en más profundidad sobre él y ayudarlo a que consiguiera el puesto por el que tanto había trabajado. Toda la mañana quiso hacerlo, pero los preparativos hizo a su padre aún más inalcanzable.

Mientras caminaba con su padre hacia el carruaje, lo vio entre la barrera de lluvia que empezaba a ser más fuerte en ese momento. Y fue en ese momento en que Rizah supo que no podía irse sin haber conseguido aquella misión que se había autoimpuesto con cada vez más determinación y frustración.

No se sorprendió de que Dariush consiguiera hacer a su padre pasar de su naturaleza desconfiada, para darle una oportunidad. Su fuerza y perseverancia lo hacía digno de cierta admiración, y más sabiendo un poco de su historia personal.

Quiso decirle algunas palabras para compartir su felicidad, pero no le pareció adecuado. No solo porque estaba su padre con ella, también porque no le conocía y sabía que no tenía que darse esas libertades con él. Que, de alguna forma, ella también se tomara esa misión de él por entrar a ser guerrero como algo personal, no lo hacía estar en equipo con Dariush o algo por el estilo.

Sin embargo, le hubiera gustado ser al menos testigo de su celebración… lo cual, para su alegría, sí logró serlo. Apenas ellos estuvieron varios metros lejos de él, y sin importarle nada más, Dariush había empezado a brincar y gritar, tirando sus brazos a lo alto en puños mientras pringaba todo el cuerpo del agua encharcada que pateaba con sus brincos. Aunque el capataz dio unos pasos lejos de él para no terminar más lleno de lodo, se rio con el chico que, luego, empezó a subir y bajar de las carretas, la pared, un burro… los del pelotón empezaron a reír con él, hasta ella se sonrió, viéndolo desde el carruaje. Y, por primera vez, por un segundo quiso quedarse en el frío de esa casa un poco más.

Aún seguía viendo hacia atrás, por la ventana y con la imagen distorsionada del vidrio de la ventana y el agua, cuando su madre le dijo:

—Rizah, no es decoroso que se te vea el rostro pegado al carruaje —como extrañada de que ella misma no lo hubiera pensado.

—Lo siento madre.

Sin embargo, ella siempre se asomó un poco para seguir viendo la cúpula de su casa cada vez más a lo lejos.

—¿Qué pasa mi niña? —preguntó entonces su madre, después de tener una mirada extrañada con su esposo—. Es la primera vez que no estás saltando de alegría por ir a la casa de invierno.

Rizah los volvió a ver pensando en lo extraño que era, en verdad, que no estuviera tan ilusionada. Sin embargo, mientras dejaba de ver lo último de su casa, sombra de los árboles que le quitaron la vista de ella; se le ocurrió algo que sí la entusiasmó de alguna forma.

—¡Padre! —exclamó de repente, más alegre de lo necesario y con una sonrisa enorme. Ante la mirada divertidamente admonitoria de él, se guardó más de la emoción, aunque siempre presente en ella y dijo—. Podemos ir donde los Edeha. Está de camino.

—¿Desde cuando quieres ir donde los Edeha? ¿No que te parecen algo descarados sus hijos? —le preguntó su madre, realmente extrañada y sin malicia.

—Vamos a estar fuera todo el invierno, madre. Tenemos que hablar con los Edeha antes de irnos, ¿no cree usted?

La mujer pareció preguntarse por un instante a cuenta de qué, hasta que entendió con un suspiro y asintió. El padre dio la orden al cochero, que fuera del carruaje se estaba mojando mientras hacía su trabajo, para que hiciera esa parada. Afuera, el cochero se los gritó a los guerreros, que rodeaban, también sobre caballos, al carruaje.

Pocos minutos después, los criados les dieron la bienvenida a la gran casa, más ostentosa que la de ellas. Mientras los llevaban al cuarto de la chimenea, y los agasajaba con algunos bocadillos y bebidas calientes; fueron a decirle a la señora de los Edeha la llegada de ellos, y los entretenían mientras la mujer se arreglaba para darles la bienvenida. Como si marido no estaba, ella tenía el poder en su casa y sus asuntos.

Por lo menos media hora después, se apareció la rolliza pero muy bonita mujer. Tenía el cabello negro peinado en una simple y gruesa trenza, pero con varias cadenas de oro decorándola.

Después de saludarse y dar las disculpas del caso por llegar sin haberles avisado antes, y de hablar de temas intrascendentes pero amables, Rizah fue sorprendida por lo que dijo su padre:

—Bueno querida, creo que ya puedes explicarle tu idea y pedido a la señora.

Tratando de aparentar que no estaba nerviosa, Rizah asintió y miró a la mujer, de buen trato, con amabilidad.

—Me gustaría hablarle del trueque que necesitaríamos hacer para poder tener a una familia de cuatro de sus agricultores para nuestro servicio.

Convencerla fue fácil. Ella estaba al tanto, vagamente, del niño de su servicio que iba a la otra Casa con el fin de ser guerrero. También sabía que la familia de él tenía poca cuota, y que era más bien un poco cara de mantener, porque habían dos personas que no trabajaban. Los regaló de buena fe… o por futuros favores, pero ni Rizah, ni su madre ni padre temían a lo que le pudieran pedir de vuelta.

No era una familia valiosa, el favor no podía ser de gran envergadura.

Al salir del lugar, más o menos una hora después de haber entrado, Rizah ya estaba totalmente despejada para poder emocionarse de ir a la casa de invierno… mucho más cuando su padre dejó a un personero para que hiciera efectivo el favor ese mismo día.

-o-

A Karen no le hizo mucha gracia eso de tener que irse de la casa, el barrio, los amigos, familias y rutinas que siempre había conocido. Los primeros días en esa gran construcción de piedra, de cinco pisos y con varias y grandes habitaciones, la niña lloró queriendo volver a su casa. Su madre dormía con ella para consolarla, y la pequeña se dormía rápidamente con eso.

Aunque la mayoría de las familias que vivían en el lugar eran amables, habían varios niños ahí y Karen hacía poco a poco más alarde de su amistosa forma de ser, a la niña le costaba darse a la idea, por ejemplo, que se comía en el gran comer de la planta baja del lugar, y no en familia, con la sazón de su madre o su hermano.

Tampoco se daba a la idea de la nueva ropa, más apretada por lo que tenía menos libertad de movimiento, que se debía poner. O que ahora, tuviera que ir a un lugar con otras niñas y niños al cuido de unas señoras, en vez de seguir a su madre en las nuevas labores que tenía…

Para sus padres, también era difícil. Su madre estaba aprendiendo el trabajo con la ropa, y a su padre no le habían dado en sí un trabajo, (la mayoría del tiempo, cuidaba de Karen y de los otros niños, por añadidura) y como Dariush apenas era pupilo, y tenía que aprender mucho de la técnica del arte de pelear; la familia tenía menos cosas que cuando eran agricultores.

Pero se tenían a ellos, estaban en una casa con amos más amables, trabajos menos pesados y en un lugar donde no tendrían frío, ni se mojarían. Estaba prácticamente asegurado que no enfermarían y pasarían sin problemas por ese crudo invierno.

Cuando la nieve llegó, ya Karen era feliz con sus nuevos amigos y los juguetes que había en el lugar al que iba, junto a su padre, cuando su madre estaba trabajando. Y Dariush hacía menos muy buenos avances (aunque pudieron ser impresionantes, pero él se aseguró que no lo fueran para que no sospecharan que era un ranot) avances en el arte de la batalla… hasta la comida hecha por otras manos empezaron a tener su gracia.

Dariush a veces se escabullía a una rama alta de algún árbol, por más que hiciera frío y nevara, para ver la puesta del sol… curiosamente, era la misma dirección a la que se había ido el carruaje con Rizah en él.

-o-

La pasó tan bien en la casa de campo, donde podía salir aunque tuviera el cabello corto, tenía menos clases y convivía con familias de criados que se debían menos al protocolo; que cuando le dijeron, a inicios de primavera, que era hora de marchar, se puso tristona. Pero que recordó las cosas interesantes de vivir en el Centro de Dor, como hacía cada año para subirse el ánimo.

Pronto, estuvo en su mente el recuerdo que nunca olvidó del todo, de Dariush, el chico que quería ser guerrero y al que ella había podido ayudar. Siempre lo recordaba con cierto orgullo y cariño. Él fue su primer proyecto llevado avante. Claro, el esfuerzo fue más del muchacho, pero ella había abogado por Dariush y los dos, conseguido que se quedara.

En el camino a la casa, ver sus avances fue de las cosas que más la entusiasmaba. Siempre, como parte de las pequeñas festividades de su regreso, se les hacía, entre otras cosas, unas presentaciones de los pupilos a guerreros en peleas o coreografías.

Al día siguiente de su llegada, ella no pudo dejar de ver a Dariush ni un segundo, con una gran sonrisa en los labios. Era uno de los más bajos de su pelotón, por lo que estaba al frente. Sus miradas se encontraron una que otra vez, cuando él se permitía ver un poco al lado en vez de al frente. La sonrisas de los dos, y la evidente emoción en él que no se podía estar quieto y parecía pronto a saltar todo el tiempo, de alegría, eran muy visibles.

La familia se encontraba sentada en un pequeño atril, con las personas de alto rango a ambos lados. Los sirvientes que eran solo testigos, estaban al frente y alejados de ellos por varios metros. Los que trabajan ese día, atendían a los familiares de esa dinastía, invitados a la celebración por la llegada de ellos.

Aunque todos tenían el mismo apellido, los demás ostentaban menos peso en la sociedad que los padres de Rizah y ella, porque no eran la familia destinada a tener voz y voto en el Consejo. Aún así, vivían en la misma tierra y tenían prácticamente las mismas comodidades. La mayoría de los niños estudiaban y trabajaban muy estrechamente a la cabeza de la familia, los de menor rango administraban a los criados que trabajaban en los suministros.

Pocos de los tíos y primos entraba entre la gente que a Rizah le gustaba tratar. Lo hacía, claro, porque tenía que llevar relaciones cordiales con ellos y saber tratarlos para cuando tomara la cabeza de esa Casa; pero eso no quería decir que les cayeran todos bien. Aunque nadie se lo decía, ella sabía determinar cuales de sus tíos y algunos de sus primos; eran los que preferían con mucho que su padre abdujera al poder para que el sucesor fuera un varón. Posiblemente, los mismos que le habían pedido que despidiera a su madre y desposara a otra mujer, cuando fue obvio que ella ya no podía darle más hijos.

Claro que se habían dado mujeres en el Consejo. Los tres primeros hijos de una pareja con poder a sucesión, fueran varones o mujeres, eran preparados para tomar el cargo por cualquier eventualidad. En los casos en que el padre moría prematuramente, y el varón aún no tenía edad mínima para tomar el cargo, la primogénita lo tomaba por el tiempo que hiciera falta. Esas mujeres se recordaban con gran respeto en la memoria de Dor y los historiadores, con algunas de ellas, hasta proclamaban que habían hecho mejor su trabajo que sus hermanos. Eso había pasado, pero ¿una mujer en el cargo, de su Casa? Nunca.

Sin embargo, en ese día a Rizah no le podía importar menos los juegos de poder alrededor del consejo y entre las familias dentro de cada Casa. Porque estaba muy concentrada viendo a la coreografía bélica de los pupilos, o solo a Dariush realmente, como para ver ciertas miradas u oír ciertos matices en los comentarios de algunos. Pocas veces se reunían todos, por lo que tenían que aprovechar esos momentos para sondear terrenos y sembrar ideas… cosas de familias de Casas.

Pero Rizah no tenía oídos más que para los gritos o exclamaciones de los pupilos, como sus ojos solo veían eso. ¡Ni siquiera comía por lo atenta que estaba!

Vestido en sus mejores galas, con el signo de su Casa en los escudos, por más de quince minutos estuvieron haciendo su faena. Concentrados, totalmente sincronizados, fueron haciendo cada vez cosas más difíciles hasta terminar simulando una batalla entre ellos… eso último, fue lo que hizo que todos les pusieran atención. Rizah aplaudía tempranamente, como unos pocos guerreros de su familia más entusiastas por ese arte.

Finalmente volvieron, poco a poco, a tomar sus lugares y terminar la coreografía con todos los pupilos haciendo unas reverencias hacia las personas de la Casa… aunque, desafortunadamente, Rizah no tuvo al frente a Dariush, y ella le hizo un asentimiento de cabeza y un ademán con la mano al pupilo que no quería alabar, pero que siempre se lo merecía.

… Aunque el verse, apenas un segundo y él curvando el cuello y ella viendo a un lado, a los ojos; los dos supieron que él era su guerrero.

OoOoO

Y eso es todo. Sí, sé que soy el mal y que vuelvo a dejar algo inconcluso. Pero como dije desde el principio, esta historia es cosa de que Ruby la haga. Tengo ideas claro, pero si lo escribía… ya ven como iba la cosa, terminaba, por lo menos, con una novela pequeña y ese no era el punto.

Ya saben que si quieren saber más de la historia, se lo puedo decir en los comentarios.

¡Besos y abrazos y chau!