Para: melisa_ram

Un caballito de mar

Cuando su madrastra gritó "¡Papá está en casa!", Angélika dejó a medio cambiar el pañal de Hope y corrió con los brazos al frente hacia la entrada de la cabaña. La acompañaba un sonoro "Papá" en la boca.

Era raro que toda una adolescente, y más tan seria y madura como Angélika, hiciera algo tan infantil. Pero por esa vez se dejaba seguir el impulso, porque su padre había estado fuera de casa por casi tres meses, y no habían tenido noticias de él en casi un ciclo lunar.

Su padre, aunque visiblemente cansado y aún sin quitarse el saco al hombro, la abrazó fuerte y hasta le levantó en brazos. Angélika sintió el olor y la textura de su gran abrigo de oso y, sin darse cuenta de lo tanto que estaba tensa, se relajó en seguida.

Su madrastra había ido a por las bebes, y le pedía que terminara de cambiar los pañales de Hope. Su padre la bajó de nuevo al suelo.

—Ve querida, que ella no es la única que necesita aseo con urgencia —le dijo él, con una sonrisa cansada en los labios.

—Tenemos agua almacenada, no tienes que ir al río. —y lo llevó de la mano hacia la mejor silla a la mesa.

Angélika fue hacia adentro después de darle un beso en la mejilla a su padre, sin importarle lo sucio y sudoroso que estaba.

Cuando estuvo adentro, le pidió a su madrastra que le alistara el baño mientras ella se hacía cargo de la comida.

Pronto, los cuatro estuvieron reunidos a la mesa hablando, mientras Angélika cocinaba parte de la carne de venado que había cazado el día anterior. Su madrastra le daba de mamar a la menor y su padre jugueteaba con Faith, que apenas había empezado a caminar.

La felicidad de la casa era tan grande, que Angélika solo necesitaba ver hacia la mesa de tanto en tanto, y sonreír más que hablar. Además, su madrastra parecía tener la facultad de hacer todas las preguntas de las que ella deseaba conocer las respuestas.

—… Entonces, tuve que seguir a la presa hasta el mar, por eso…

—¿El mar? —preguntó Angélika.

Y todos, hasta sus hermanitas, la volvieron a ver. Era lo primero que decía desde que le pidió a su madrastra que fuera a alistar el baño de su padre.

Mientras ella ponía la olla a la mesa y empezó a servir a todos, su padre le respondió con entusiasmo:

—Sí, el mar. Pude matar a la presa en una pequeña población porteña...

—¿Y cómo es el mar? —Insistió Angélika.

Norm "el cazador" Schwan, pocas veces sonreía como hizo en ese momento hacia su hija mayor.

—Es como un río enorme, que se extiende a todo los lados y no se le ve la otra orilla. Además no tiene corriente, pero sí marea.

Angélika solo lo veía, totalmente interesada. Parecía tratar de pensar o imaginar eso, inconmensurable para ella de alguna forma. Norm le siguió contando del mar y el pueblo, aunque su mujer insistía en que estaban dejando enfriar la comida.

Para cuando comieron, el estofado estaba frío y su grasa endurecida. Pero los dos pasaron de ello, porque estaban muy contentos y emocionados con las aventuras que él le había referido. Angélika estaba segura, algún día iría a conocer el mar, tal vez en alguna cacería importante como su padre lo hizo.

Unas dos horas y mucha conversación después, ella veía el techo de la casa ya acostada en su cama. Angélika imaginaba como sería el mar, y lo que necesitaba para hacer una pintura de su padre viéndolo, tan emocionada que ni tenía sueño. Así se la encontró el cazador cuando fue a darle las buenas noches, con una vela en la mano y…

—¿Qué es eso? —preguntó en seguida Angélika, viendo hacia la bolsita de cuero que su padre llevaba también.

El cazador se sentó a su cama y sacó el contenido de la bolsita.

—Quería dártelo para tu cumpleaños, pero no me he podido contener.

Angélika cogió la pequeña pieza de cerámica que representaba el animal más extraño que alguna vez hubiera visto. Lo movió cerca de la luz de la vela. Era muy meticulosamente detallado, y de colores rojizos. Sonrió al ver que tenía una cola enrollada, ninguna pata y en la espalda algo parecido a un inicio de alas.

—¿Qué es? Es del agua, ¿no? Porque no tiene patas para ir en el suelo —preguntó enseguida, sin dejar de mirarlo.

Su padre asintió:

—Es un caballo de mar. Los lugareños insisten en que existen, pero nunca vi uno. Sin embargo, quiero creer que es real.

Angélika pensaba que, sin lugar a dudas, era difícil de creer que una cosa así existiera. Pero decidió que también quería creer que sí. Lo miró sonriente y muy segura de lo que decía:

—Cuando vayamos al mar, sí veremos uno de estos caballos de verdad.

Él asintió como haciendo un trato, le acarició el cabello con cariño y se fue a dormir. Angélika soñó ese día con una masa enorme de agua que se veía azul y con cabalgar en enormes caballos marinos. Su padre tenía razón: había magia en todos lados.

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