La Ahijada de la Muerte.

Prólogo.

Hubo una vez, no hacía mucho tiempo, una pareja conformada por un médico y su esposa, quienes esperaban alegremente la llegada de su tercer hijo, un suceso que, como es de esperarse, llena a cualquier ser humano de alegría. El médico era un hombre bueno, con fe en la vida y en el futuro que le depararía ésta, y creía que trabajando duro se podrían conseguir cosas buenas. Su esposa era una mujer sencilla con grandes aspiraciones, una persona llena de temple y de buena fe. La pareja tenía ya otros dos hijos más, pero no por eso el bebé que esperaban era menos importante que los demás, ese bebé sería el pequeño rayito de sol de la familia y por eso era que todos lo esperaban con muchas ansias.

El embarazo transcurrió sin complicaciones, todo parecía marchar de maravilla hasta el momento del parto, en donde las cosas comenzaron a ponerse mal. Al bebé, una niña, se le enredó el cordón umbilical en el cuello hasta casi estrangularla y su vida peligró de un momento a otro. Los compañeros galenos del médico hicieron cuanto estuvo a su alcance para tratar de salvar la vida de la pequeña, sin mucho éxito, por lo que no se le auguró a la muchacha un buen futuro. La madre de la niña, presa del dolor, se soltó a llorar sin poder evitarlo mientras el médico tomaba a la niña en brazos y salía con ella del lugar, dejando simplemente que sus pasos lo guiaran hacia el mortuorio, el sitio más macabro y fúnebre de todo el hospital. Una vez ahí, el hombre alzó a la niña por sobre su cabeza y suspirando largamente, habló.

- No te la lleves, por favor.- musitó el hombre.- Te daré lo que quieras a cambio, pero no te la lleves. No quiero perderla, no lo soportaría.

De entre las sombras más oscuras surgió entonces la figura de una mujer hermosa, pero tremendamente pálida y con cara de melancolía, que llevaba en sus manos una enorme guadaña que blandía con cierto desasosiego.

- ¿Por qué los humanos reniegan siempre de su destino?.- murmuró la mismísima Muerte, con voz lacónica.- La fecha del Fin de la Vida que nos viene marcada desde nuestro nacimiento no puede modificarse.

- Eso lo sé perfectamente.- musitó el médico.- Lo comprendería en caso de una persona que ha vivido largamente, o en caso de alguien como yo, que ha visto cumplido sus más grandes sueños, pero no en caso de una niña que no ha tenido la oportunidad de vivir.

- ¿Qué quieres que te diga?.- suspiró la Muerte.- Irónicamente, así es la Vida.

- Por favor.- musitó el hombre, con los ojos llenos de lágrimas.- No te la lleves. Te daré lo que desees, pero no te la lleves.

Habrán sido las lágrimas del médico, o simplemente un deseo personal oculto, sea como fuere, la Muerte pareció conmoverse; suspirando largamente, ella se cambió la guadaña de mano y miró fijamente al médico. Éste sintió que esa mirada iba a matarlo por dentro.

- ¿Lo que sea?.- preguntó la Muerte, muy tranquila.- ¿Me darás lo que te pida?

- Lo que sea.- asintió el galeno.- Te daré mi propia vida, si así lo deseas.

- No quiero tu vida.- negó la Muerte.- Vidas son lo que más me sobran. Quiero algo más útil, algo que no pueda conseguirme tan fácilmente.

- ¿Qué es lo que deseas?.- el hombre comenzó a preguntarse qué podría desear la Muerte que no pudiese conseguir tan fácilmente.

- A tu hija.- respondió la Muerte.- Quiero ser su madrina, y que ella sea mi ayudante especial.

- ¿Quieres ser su madrina?.- el doctor parpadeó.- ¿Y que ella sea tu ayudante?

- Exactamente.- asintió el hombre.- No es tan difícil como pareciera.

- ¿Para qué la quieres?.- preguntó el médico, temiéndose lo peor.

- No temas, que no es para nada malo por lo que quiero a tu hija.- contestó la Muerte.- Únicamente, deseo que alguien ayude a la gente a aceptar mi llegada con más tranquilidad.

El hombre no estaba del todo convencido, pero si había alguien con palabra en este mundo, alguien que siempre cumplía lo que prometía, era la Muerte, así que podía confiar en ella, sin dudarlo. La Muerte esperaba una respuesta y, después de pensarlo un poco más, el hombre aceptó, por supuesto, era mejor esa salida que el perder definitivamente a su hija. La Muerte extendió entonces su mano y tocó con su dedo índice la frente de la niña; al médico le dio un escalofrío, pero la pequeña hizo un puchero tierno.

- Con esto, solo tú podrás verme.- dijo la Muerte a la recién nacida.- Acudirás siempre a mi llamado, y por ningún motivo habrás de desobedecerme.

La Muerte le dio entonces al médico un pendiente de obsidiana, en forma de gota y sostenido por una fina cadena de plata, el cual él tomó no sin cierta reserva.

- Dale este pendiente a tu hija cuando cumpla los 21 años, no antes.- ordenó la Muerte.- No habrás de hablarle de mí sino hasta ese momento, cuando ella tenga la edad para comprender lo que has hecho por amor. Cuando cumpla los 21 años, yo vendré a visitarla para convertirla en mi ayudante.

El hombre asintió sin decir palabra y entonces la Muerte desapareció, dejando todo tan tranquilo y quieto como si nada hubiese sucedido, tan era así que el médico comenzó a pensar que todo había sido un sueño, de no ser porque en su mano brillaba el pendiente que le había dado la Muerte…

Notas:

Esta historia la escribí originalmente como fanfic, entre los años 2008 y 2009. Ahora, en el 2011, le he hecho una edición profunda, con muchas correcciones, algunos cambios en la historia y en los personajes, para convertirla en novela original. La trama está basada en el cuento de los hermanos Grimm: "La Muerte Madrina".