Epílogo.

Alexander lleva entre sus brazos a nuestro hijo recién nacido, Orestes, quien duerme plácidamente, sabiendo que será protegido por su papá. Yo intento terminar una carta a mi editor, pero no puedo concentrarme del todo. Aun siento que mi historia no ha concluido, pero creo que eso es algo que decidirá, una vez más, mi destino.

- Mañana tengo una reunión.- me comenta Alexander, en voz baja para no despertar a Orestes.- Pero, sinceramente, no tengo ganas de ir. Hace mucho que aprendí que la vida es muy corta.

Supongo que él aun no se hace a la idea de aparecer en los textos médicos de neurocirugía como un milagro médico, pero es algo con lo que aprendió a vivir, ya que, después de todo, Alexander dice que ése es el mejor recordatorio para seguir mirando la vida con entusiasmo todos los días.

- Vi a tu madrina.- me comenta Alexander, de repente, y yo me quedo muda.

- ¿Cómo?.- exclamé.- ¿A cuál madrina?

- Pues a Catrina, a quien me presentaste cuando acabábamos de conocernos.- me respondió él, tranquilo.

- ¿Cómo que la viste? ¿Qué te dijo?.- no lo quería creer.- ¿Cuándo?

El ver a Catrina nunca era una buena señal, yo lo sabía perfectamente bien. Alexander no podría haberla visto, pues desde que se recuperó de la cirugía perdió la capacidad de hacerlo, así que si en verdad se la había encontrado, sólo podía significar que él estaba próximo a morir, otra vez. ¡No, no podía ser, no ahora que acababa de nacer nuestro bebé!

- Pues hará un par de días.- respondió él, sin darse cuenta de mi creciente estrés.- Me dijo que había estado ocupada y que no había podido seguir en contacto contigo, pero que esperaba pronto volver a visitarte, pues tiene una propuesta por hacerte.

- ¿Una propuesta?.- me sorprendí.- ¿De qué tipo?

- No me lo dijo.- negó él.- Dice que quiere tratarlo directamente contigo.

¿Una propuesta? ¿Qué podría querer Catrina ahora? Tenía meses de no saber de ella, muchísimo tiempo ya, y entonces me pregunté si no sería yo, y no Alexander, quien estuviese a punto de morir. Quizás había llegado el momento de cobrar la deuda que se había quedado pendiente tiempo atrás, ahora que mi bebé ya había nacido. Me estremecí de solo pensarlo, pero al menos me confortaba saber que Enzo tendría una vida plena y que yo había tenido momentos muy felices al lado de Alexander; lo único que me dolería, sería tener que abandonar a mi familia tan pronto…

- Ya veo.- dije, tratando de sonar normal.- Ojalá que venga a visitarme pronto.

- Invítala a cenar, si la ves.- dijo Alexander.- Me dará gusto verla.

Yo asentí con la cabeza, aunque no dejaba de sentir angustia. No sabía lo que me esperaba y de verdad que no quería saberlo. En el tiempo transcurrido desde aquél trágico día, Alexander y yo habíamos rehecho nuestras vidas, uno al lado de otro. Él no pudo volver a la música de forma inmediata, de hecho, todavía estaba en recuperación y, aunque había vuelto a tocar el violín, todavía le quedaba un largo camino por recorrer antes de volver a retomar su antigua habilidad. Yo continué con mi trabajo en rehabilitación y, tiempo después, tras no poder seguir guardando mi historia, decidí escribirla como un cuento de ficción, el cual había tenido una aceptación decente; no faltó, por supuesto, quien dijera que este tema ya estaba muy visto, pero aún así tuvo buena acogida. Orestes nació a finales de mayo, rebosante de salud y vida, y sólo los más allegados a nosotros pudieron entender el milagro que se había logrado cuando Alexander lo sostuvo entre sus brazos. Catrina no estuvo presente durante el nacimiento, obviamente, pero en su lugar me pareció ver a un hombre de cabello muy claro, vestido de blanco, quien me sonreía desde el fondo de la habitación, aunque quizás fue una alucinación mía.

¿En verdad quería Catrina verme? ¿Y para qué querría hacerlo? Si bien agradecía los momentos de vida que me seguían dando, sabía que tarde que temprano pasaría alguien a cobrarme la factura. No habría de esperar mucho para ver a mi madrina, pues ella se me apareció a la mañana siguiente de la charla que tuve con mi esposo. Yo estaba cantándole una canción de cuna a Orestes, la casa estaba tranquila pues Alexander se había marchado a su importante reunión con la Gewandhaus, así que estaba disfrutando del momento. Catrina apareció de la nada, a la entrada de la habitación, con una ráfaga helada que me hizo notar su llegada y me trajo recuerdos de antaño.

- Cuánto de no verte.- me dijo ella, sonriendo.- Te abrazaría, pero creo que no sería bueno para tu salud.

- Nunca lo fue.- yo también sonreí, pues a pesar de todo, me daba mucho gusto volver a ver a mi madrina.- ¿Qué te trae por aquí? Alexander me dijo que te vio hace dos días.

- Así es.- asintió Catrina.- Tenía curiosidad de verlo de cerca. Perdí una apuesta con Vitta.

- Me dijo que necesitabas algo.- dije, ignorando lo último que dijo.- Que tenías una petición por hacerme. La verdad me desconcertó y me asustó un poco que, bueno, que él pudiera verte…

- Sí, pero tranquilízate.- dijo ella, de inmediato.- No es lo que estás pensando, no pienso llevármelo, aun no ha llegado de nuevo su turno.

- Entiendo.- me tranquilicé, aunque sólo un poco.- ¿Entonces qué sucede? ¿Será acaso que yo…?

- No, cálmate.- Catrina se rió.- Tú tampoco estás a punto de morir. No vine a llevarme a ninguno de ustedes.

Sonreí. Y me relajé. Me había pasado de tonta y de paranoica, era obvio que Catrina solo quería darme una visita; después de todo, ella era mi madrina.

Orestes gorjeó en su cuna, y Catrina se asomó a verlo. El niño era una copia idéntica de su padre, en todo, excepto en los ojos puesto que había heredado los míos, pero tenía el mismo cabello negro que se encrespaba en la nuca y tras las orejas. En cuanto Orestes vio a Catrina, le sonrió y estiró sus manitas hacia ella, haciendo que los ojos de mi madrina se tornaran de un color violeta y sonriera con ternura.

- Lo siento, pequeño.- dijo ella.- No puedo tocarte o te enfermarás. Eres igualito a tu padre.

- Lo sé.- sonreí yo también, enternecida.- Los adoro.

- Será un niño muy sano, según me dijo Vitta.- comentó Catrina, mientras yo arropaba a Orestes para protegerlo del frío que ella despedía de su cuerpo.- Debes estar feliz y orgullosa.

- Lo estoy.- asentí.

- En realidad estoy aquí.- continuó ella, con cierta picardía en su mirada, sin dejar de ver a mi hijo.- Porque más que hacerte una petición, quiero hacerte una pregunta.

- Dime.- dije, sorprendida por este hecho.

Catrina se incorporó, ensanchando aun más su sonrisa, y me miró fijamente.

- ¿Ya tienes madrina para tu hijo?

Yo también la miré fijamente, sonriendo a mi vez, preguntándome por cuántas veces más podría repetirse la misma historia.