Una historia basada en "El juego del ángel", la novela de Carlos Ruiz Zafón. Concretamente, parte de la misma premisa que crea el protagonista, David Martin, en su primera publicación en La voz de la industria. Por ello, he decidido ponerle el mismo título que lleva en el libro.

Sin más, que disfruteis con la lectura.


Cae la noche, y la bruma recorre las calles de Barcelona, reptando sobre el asfalto como si de una serpiente se tratase, transformando edificios, objetos y personas en apenas sombras confusas e irreconocibles. A la luz de una farola, un vagabundo apura las últimas gotas de un cartón de vino mientras saca de entre los pliegues de su chaqueta, raída y sucia, un sustituto de cristal. Tirado a la puerta de una pensión barata, de la cual el habían echado por impago dos semanas atrás, su hedor, formado por el aroma de la basura, el alcohol y el sudor en ese orden, anunciaba su presencia. Tenía una barba espesa, con calvas aquí y allá en las cuales se adivinaban viejas cicatrices, y un ojo amoratado, probablemente trofeo de una pelea callejera.

La noche avanzaba, muchas de las sombras desaparecían. Una de aquellas se aproximaba a la luz, que la iluminó hasta transformar la figura en un hombre alto, enfundado en un elegante traje, con las manos en los bolsillos y un cigarro en los labios. El vagabundo lo miró de arriba abajo. Llevaba un corte de pelo impecable, la barba recién afeitada y la mirada cargada de misterio. Sonriendo tras el examen, el vagabundo le tendió su botella.

—Necesitará fuerzas para poner una buena cornamenta—dijo entre dientes.

El hombre dejó caer un gran billete verde, llevándose un dedo a los labios. El vagabundo examinó el papel y, tras darse por satisfecho y esconder el papel en el único bolsillo sin agujeros que le quedaba, repitió el gesto sin molestarse en contener una carcajada. Sólo entonces el hombre aceptó la botella. Dio un buen trago, una última calada a su cigarro, dejó ambos objetos en las manos del mendigo y se internó en la pensión. Diez minutos más tarde, y con los gemidos de una mujer en los oídos, el vagabundo se levantó. Vació la botella de un trago, echándose más de la mitad de su contenido sobre su ropa. Dejó caer el cristal, que se rompió en mil pedazos al tocar el suelo, y echó a andar, en busca de un lugar donde le cambiasen aquel papel verde por un poco de pan y un buen vino.

Las únicas sombras que quedaban ya eran las grandes, las que correspondían a los edificios. El vagabundo se internó entre dos de las siluetas, guiado por una mancha luminosa que resultó ser una bombilla. Bajo ella reconoció el tacto rugoso de la madera. Golpeó la puerta tres veces. Ésta chirrió al ceder el paso a un hombre corpulento, que lanzó al vagabundo una mirada asesina.

—Creía haberte dicho que no quería verte más por aquí—gruñó a modo de saludo.

El mendigo le ofreció el papel verde como quien ofrece una invitación. Se rió al ver la expresión de incredulidad del hombre que le impedía entrar y que, ahora, le invitaba a pasar. Dejó que lo guiaran hasta un gran salón, ampliamente iluminado por dos lámparas de araña. Las mesas se distribuían uniformemente por toda la estancia, procurando ofrecer una buena vista del escenario en el que la banda del local tocaba desde los clásicos hasta la música de la época. Al vagabundo lo sentaron en la mesa más cercana al decorado, y al instante apareció un camarero que le ofrecía una botella de vino mientras le nombraba platos exóticos que sonaban a poco. Pidió algo parecido a un chuletón de ternera, y esperó pacientemente a que se lo sirvieran, dando buena cuenta del tinto que le habían entregado. Necesitó otra botella para cuando le sirvieron la carne.

Devoró el chuletón como si no hubiera mañana. Sólo cuando el hueso cayó limpio sobre el plato se dio por satisfecho. Llamó al camarero para que le trajese la cuenta, y mientras le cobraba terminó de beberse la segunda botella. Cuando éste regresó, le ofreció un platillo con un par de monedas.

—Es imposible que, de ese billete, sólo me quede esto—protestó entre hipidos.

—El señor me ha pedido que añada a la cuenta de esta noche lo que usted debía con anterioridad—se excusó el camarero—, y me ha ordenado comunicarle que aún no está saldada.

El vagabundo, enfurecido y borracho, lanzó la botella contra la pared que tenía más cerca. Antes de que cayera el último trozo de cristal al suelo, el hombre corpulento de la entrada había hecho su aparición, obligando amablemente a que el mendigo abandonase el establecimiento. Al llegar a la salida, lo lanzó como quien se deshace de una bolsa de basura.

—¡Y vuelve cuando tengas otro billete de esos!—le gritó antes de cerrar la puerta.

El vagabundo se puso de pie. Se sacudió la suciedad de la chaqueta, aunque mucha se quedase ya pegada a su ropa. Se internó un poco más en el callejón, buscando un lugar donde aliviarse antes de ir a su refugio para dormir. Allí, rodeado por la oscuridad, se bajó los pantalones y dejó que su vejiga se vaciase libremente, con las manos entrelazadas tras la nuca. Tras terminar, se vistió y caminó hacia la calle principal.

Mientras retornaba oyó unas voces que se escapaban por una ventana entreabierta. Un hombre y una mujer. El vagabundo se asomó por la rendija. El hombre quedaba fuera de su campo de visión, pero la mujer era totalmente apreciable. Enfundada un ajustado vestido rojo que no dejaba nada a la imaginación, su pelo negro enmarcaba su rostro, y sus ojos verdes cautivaban todos los sentidos con una sola mirada. Llevaba un pintalabios del mismo color que su atuendo, y tenía la piel más pálida que había visto nunca.

—Es una lástima que ya te hayas puesto ese pintalabios, Chloé—dijo el hombre, posando una copa de champan junto a la de ella, vacía sobre la mesa y con la marca de sus labios en el borde.

Ella le dedicó una sonrisa como respuesta, y se encaminó a la ventana. Entonces lo vio. La mujer dijo algo que el vagabundo no alcanzó a entender del todo. Sólo comprendió que estaba en peligro cuando el hombre apartó el cristal y le apuntó con un arma.

—Quizá nuestro inesperado visitante quiera entrar con nosotros.

La mujer, Chloé, le abrió la puerta. Lo llevaron hasta una pequeña habitación, sin más muebles que una silla de madera en la que le obligaron a sentarse. Allí, el hombre posó el cañón sobre la frente del vagabundo. El frio metal le sacó del mundo creado por el alcohol.

—¡Yo no sé nada!—balbuceó—¡No he oído nada, lo juro!

—No podemos…—comenzó Chloé, hasta que el hombre la detuvo.

—Esté tranquilo, buen hombre—le dijo, apartando el arma—, tan sólo queremos que nos dé su opinión acerca del nuevo pintalabios de mi acompañante.

La mujer le dedicó una mirada incrédula, mientras el vagabundo asentía frenéticamente.

—¡Haré lo que sea, señor, lo que usted me pida!

—Entonces, Chloé, si haces el favor…—invitó el hombre, guardando la pistola.

Chloé, a regañadientes, se acercó al mendigo. Cada uno de sus movimientos era hipnótico. Se agachó, llevó una mano a la barbilla del vagabundo y le obligó a levantar la cabeza.

Y entonces le besó. A lo largo de un minuto, Chloé se adueñó de su boca; jugó con su lengua como nunca antes una mujer había hecho. Cuando se separaron, el vagabundo se relamió.

—Es exquisito—empezó, buscando las palabras apropiadas—, tiene un sabor que…

Pero no pudo decir nada más. Su boca se paralizó, sus músculos no respondían. Antes de que transcurriese otro minuto jadeaba, tratando de atrapar algo de aire que llevarse a los pulmones. Poco tiempo tardó en caer de la silla, un cuerpo inerte incapaz de sentir. Estaba muerto.

—Creo que necesitaré otro baso de champagne antes de irme—dijo Chloé, abandonando la habitación.