1

El cielo era tan brillante y colorido como le habían prometido. Grande, naranja e iluminado por la gran estrella cuya luz se reflejaba en la pila de chatarra metálica sobre la que estaba parado, encegueciéndolo. Contenía el deseo de librarse de la capucha que le impedía observar por completo el enorme escenario. Por primera vez, sentía el aire seco golpeándolo y moviendo ligeramente las ropas que lo cubrían. Respiraba lentamente, absorbiendo la mayor cantidad de aire posible, como si estuviera intentando saborear cada bocanada de oxigeno. Olía la ceniza que se impregnaba en sus vendas, ya húmedas por su transpiración.

Escombros descomunales que alguna vez habían pertenecido a rascacielos y edificios se encontraban dispersos por la zona. A lo lejos, tres lúgubres estructuras se destacaban por sobre todo lo demás.

El muchacho cerró los ojos, disfrutando la calidez no sofocante que prometía aquel desconocido atardecer. Una figura intentaba llamar su atención desde el suelo, no parecía tener más de trece años, tenía el cabello pelirrojo era algo bajo de estatura y algo regordete.

—¡Nathan, baja de ahí! —exclamó el niño.

—Unos minutos más… —contestó sin apartar la mirada del cielo.

— No quiero terminar como alimento ¡Volvamos a la Grieta!

— La cacería no empieza hasta dentro de unas horas —suspiró el pelinegro con un dejo de despreocupación

—¿¡Pero qué si deciden salir antes! —dijo con una vibración en la voz, como la que viene previa al llanto.

—Sabes tan bien como yo que nunca lo hacen.

—Por favor, baja —pidió ya en un tono más sumiso.

Nathan finalmente se rindió ante el pedido de su compañero y comenzó a descender de su precario puesto de observación, mientras un par de latas caían rodando desde la cima.

Luego de unas palmadas en la espalda, se encaminaron por un pasillo a modo de trinchera que tenia chatarra como paredes y se extendía por unos kilómetros de una forma bastante irregular, desembocando en una escotilla cubierta de polvo. Una vez en el lugar, se dedicaron a abrirla, forcejeando al punto de que la oxidada manivela girara.

—¡Dios! Pensé que con el calor el metal se ablandaba —se quejó el pelirrojo.

—Agradece que por lo menos gire, en las condiciones que se encuentra podría simplemente…

Un grave y prolongado sonido lo interrumpió. Al instante, ambos miraban anonadados en la dirección de la que provenía. Escucharon el tintineo de pisadas sobre metal acercándose, corriendo a velocidad animal. El tiempo se paralizó por unos segundos, sus corazones comenzaron a bombear a gran velocidad, mientras que las pisadas se escuchaban cada vez más fuerte y más cerca.

La atención de Nathan no sabía en qué centrarse. Sabía que debía abrir la escotilla, pero sentía que si dejaba de prestar atención a lo que producía esos chirridos y esas fuertes pisadas, iba a ser arrancado de donde estaba y borrado de la existencia. Logró sobreponerse y se dedico a girar la manivela desesperadamente, sabiendo que no recibiría ayuda de su compañero, quién estaba congelado del miedo. Sus músculos comenzaban a cansarse, ya con las manos entumecidas de fallidos intentos de girar el manubrio. Gotas de sudor recorrían su frente mientras que los ruidos que tanto lo atemorizaban parecían estar guiados hacia los muchachos. Ya los sentía cerca, la vibración de las latas era cada vez más fuerte.

Luchaba por no desmallarse. Aunque su vista se nublaba, sabía que debía continuar. No bastó más que un toque de adrenalina para que, por unos segundos, dejara su cansancio atrás. Sus manos soltaron la barra de metal, temblorosas al sentir como se abría la compuerta. Arrastró a su amigo dentro para luego seguirlo y se aferró de la escalera que allí se encontraba, dejándose descansar sellando la escotilla y alejándolos de todos los ruidos, chillidos y roces de metal que los aterraban. Dejándolos en absoluta obscuridad y en silencio...

—¡Bienvenidos a la Grieta, idiotas!