No necesitaba mucho para ser feliz. Con estar en esa repisa vieja, gastada, sucia y fea le bastaba.

Le gustaba mirar a los otros juguetes que eran más suertudos y aún no eran olvidados. Quisiera advertirles el futuro que les espera, pero… sólo era un muñeco tonto. Quizás a los otros no les deparaba ese destino, quizás era él el que tenía la falla y merecía ser olvidado. Aunque él no olvidara. Nunca.

Fue el compañero de su niño —porque tal como los niños dicen que tal o cual es su juguete, ellos dicen que tal o cual era su niño— cuando era a penas un pequeño, y él era sólo uno más salido de la fábrica. Pero a ninguno de los dos le importaba, el mundo era perfecto para ellos. Eran inseparables.

Pero… luego sus costuras se gastaron, su tela se oscureció evidenciando el paso del tiempo. Y la memoria de humano es frágil, sobre todo cuando es cachorro. El pequeño muñeco ya no destacaba entre las montañas y montañas de juguetes que el chico recibía mensualmente. Así que, con el tiempo, el que alguna vez fue "el mejor compañero del mundo" dejó de ser testigo de las prácticas de juego de su niño lentamente, hasta llegar a donde estaba.

No podía evitar entristecerse. Era más humano de lo que creía, y si los botones que tenía por ojos se lo hubieran permitido, hubiera llorado.

Oh, no, eso sería muy triste… ¿en qué estábamos? ¡Ah, sí! La vista que tenía era hermosa y alegre, y eso le bastaba para ser feliz… porque ya era tan viejo que no merecía tener el otro tipo de felicidad que tenía antes, la felicidad verdadera.

Sí, su repisa era maravillosa.