Brushstrokes.

¿Cómo seguir pensando en el futuro si su presente se hacía cada vez más precario?

Al pasar los días se sentía mucho más solitaria y cansada. El final se acercaba y aunque su cuerpo luchara contra el mal que la perjudicaba en sí, su mente se había rendido y resignado, ya no podía seguir batallandocontra algo que ya no tenía solución, no había vuelta atrás. La vida se estaba encargando de terminar con todo a su paso, sin compasión alguna.

Su mundo se había vuelto opaco y gris a medida que avanzaba en su extensión. Nada era bueno, nada era malo, todo era relativamente igual y parejo, sin masa ni volumen con el cual poder sentir o apreciar. Sin colores que observar al pasar, todo era como un frío cuadro solitario colgado a la merced de una pared.

¿Y cómo apreciar esencia en las cosas si nadie lo notaba? Todos iban bajo su pensamiento e inquietudes. ¿Por qué escuchar a una solitaria chica? Todos nos cegamos ante lo que le sucede a los demás, pero cuando ya esta persona desaparece, recién ahí nos damos el tiempo de escucharla. Injusto.

Caminar bajo la ceguera luz del sol y la perezosa sensación que producía su calor era un tedio de cada día para los transeúntes de Santiago. En pleno otoño el sol no daba ni la más ligera notificación de alejarse y eso hacía mojar las frentes de sudor.

Celeste se encontraba exhausta de recorrer el lugar. La gente la sofocaba y le causaba un molesto dolor de cabeza. Siempre sucedía lo mismo; dolores, dolores y más dolores en su cuerpo, tenía que tomar un descanso.

Rápidamente, bajo constantes roces y golpes leves de hombros contra las cientos de personas que se interponían en su camino, llegó a una banca que era cubierta por la refrescante sombra de un árbol que ya estaba a punto de deshollejar sus oscuras hojas.

Era sorprendente ver que con tan sólo detenerse unos momentos y observar a su alrededor su mundo se detenía.

Todos corrían de un lado a otro, todo parecía de locos y sus constantes balbuceos hacían ver el mundo de cabezas.

¿Desde cuándo la vida se había vuelto tan corta? ¿Qué hacía que las agujas del reloj corrieran a un ritmo indescifrable?

Se sentía la única humana dentro de una jauría de robots. Desesperada de pensar que ella se convertiría en lo mismo a penas retomara su camino.

Quería gritar a los cuatro vientos que todos se detuvieran y observaran los detalles y pinceladas de la vida.

Un leve roce en el brazo y el calor que este le trasmitía la hizo voltear a mirar. A su lado había un joven. Vestido divididamente de negro y blanco, con zapatos perfectamente lustrados. Levantó la mirada y sus ojos se encontraron con un rostro pintado completo de blanco maquillaje, una redonda y roja nariz de payaso y una lágrima artificial oscura dibujada en su mejilla.

Un mimo.

Era como la viva imagen del mundo que se imaginaba vivir Celeste de forma irónica. Blanco y negro, sin colores; y la tristeza de sus ojos eran trasmitidos por ese colorete simple y sutil compartido por la lágrima.

Todo su mundo opaco.

Sin embargo él le regaló la más hermosa y radiante sonrisa que jamás pensó presenciar. La hizo sentir feliz, como hacía mucho no lo estaba y sus mejillas tomaron un rosado color por la vergüenza. También le sonrió.

El mimo levantó su dedo índice, avisando que le había surgido una idea, y lo esperara para realizarla. Metió su mano en el bolsillo del pantalón y sacó rápidamente de él lo que parecía un bulto.

Una rosa forrada en un rojo pasional hacía presencia ante los ojos de Celeste y otra sonrisa hermosa formaba parte de la escena, eran dos regalos que le estaba ofreciendo.

El mimo tomaba un rol de conquistador ya que luego de recibir la bella flor, comenzó a dibujarle en medio del aire corazones esparcidos, trasmitiendo que ella le había robado su corazón. Celeste se puso nerviosa y cada vez más avergonzada ante lo que el mimo le expresaba, mas hubo un momento de calma cuando éste tomó su tibia mano y la resguardó entre las gruesas y robustas de él.

Sus miradas se toparon y sus ojos se hechizaron en una magia indescriptible e invisible que sólo ellos podían sentir. Sus respiraciones se angustiaron y aceleraron. Sus corazones se exaltaron en un bit incomparable.

Como si sus mentes estuvieran conectadas y tomaran las mismas decisiones y acciones, sus labios se secaron, esperando beber de la boca del otro. Se acercaron inconscientemente, esperando el ansiado desenlace. Sus bocas se rozaron y tras sentir sus alientos azucarados comenzaron un beso apasionado, en donde sus labios subían y bajaban en movimientos desesperados.

Era una sensación indescriptible de sentimientos. Una lucha de emociones que iban y venían en sus interiores, conmociones desconocidas que sin embargo era compartida y profesada por ambos. Era una dicha máxima y estado de frenesí interior que habían sentido jamás.

Un fuerte ruido los hizo despertar a la mecánica realidad. El teléfono de Celeste sonaba en su cartera y el trance de confusión se alzó en el aire. Torpemente trato de tomar su teléfono.

—¿Si? —sus miradas no se despegaban, ni con el hecho de que ella hablara tras el aparato. Celeste se sentía nerviosa y avergonzada.—. Claro —despertó la chica de su trance, al escuchar las palabras de la persona en la otra línea. Tenía prisa, lo había olvidado, y aunque no quería alejarse del muchacho, tenía que hacerlo—. Sí, sí, voy enseguida —finalizó, haciendo énfasis que se retiraría del lugar.

Luego de colgar, hubo un intenso silencio entre los jóvenes. No sabían que decir tras lo sucedido. No encontraban explicación.

—Debo irme —comenzó Celeste.

—Lo sé. —hablo él, rompiendo la leyenda por lo que eran caracterizados los mimos. El pacto del silencio.—. Debo saber cómo encontrarte.

—Mañana, mismo sitio, misma hora. —habló nerviosa dedicándole una cómplice sonrisa. Giró rápidamente para comenzar su camino, pero la mano de él la detuvo.

—Necesito saber tu nombre —dijo sonriendo, a lo que ella contesto felizmente Celeste. Los ojos del mimo brillaron en un centenar y su corazón pareció saltar sin control—.Te esperaré.

Sonrieron juntos, y transmitieron en miradas lo excitados y acalorados que estaban tras lo ocurrido, sentían lo mismo.

¿Sentimientos? ¿De verdad habían florecidos sentimientos? ¿Con tan solo un beso?

No fue sólo un beso. Pensó Celeste.

Quizás era atracción, una mezcla de necesidad junto con la emoción y la ansiedad del otro. El sabor de esos labios se había convertido en el favorito de ambos. Un juego de movimientos sensuales y apasionados para ver quien era el vencedor, se convertía en un capricho instalado en sus cabezas.

Celeste sentía que la cabeza le daba vueltas y que por primera vez había vivido bajo la sencillez y esa improvisación de la vida. No se había guiado bajo la normas y una estructura moral o racional, solo había actuado bajo el impulso del querer hacerlo.

Disfrutar al máximolos detalles que la vida anteponía en el camino de cada persona, esa era la clave. Era como disfrutar una pintura; cada persona anhelaba un cuadro y el mensaje general que este traía, pero ¿quién miraba las pinceladas que el pintor había utilizado para marcar esos hermosos detalles?

Eso era lo que importaba, siempre mirar más allá, lo más simple, lo más dedicado y pequeño era lo más significativo de la vida.

Eric, el mimo, se encontraba en el mismo estado. No sabía exactamente qué había pasado hace unos momentos, no sabía qué era, pero lo que menos le importaba era pensar en el arrepentimiento. Jamás se arrepentiría de haber hecho tal cosa.

Había aparecido de la nada y cuando la vio ahí sentada sola, completamente hermosa y perdida, no dudó en acercarse, algo lo atrajo, algo lo hizo avanzar más y más a ella.

Quería volver a verla, quería sentir nuevamente esa sensación tan placentera al besarla, al tocarla. Cualquier cosa era efímera ante lo que había sentido en ese pequeño contacto.

La esperaría, no podía esperar más para el siguiente día, el tiempo corría lento y su pensamiento en ella se hacia interminable.

En la mañana del día siguiente Eric quiso ir vestido de civil, quería ser, quería sentirla siendo Eric.

Llegó al encuentro y con una rosa celeste como su nombre, la esperó en el lecho que los vio unirse por primera vez en un beso. Estaba ansioso y feliz, estaba asustado y nervioso.

Los segundos pasaban y se convertían con ello la espera ansiosa de su consiente. Los minutos pasaban y con ello la necesidad de verla. Las horas pasaron y la desesperación se apoderaba de él.

¿Qué había pasado? ¿Se había olvidado? Imposible. Eric estaba seguro que lo que había sentido por ella había sido mutuo, ella se lo transmitió en ese beso, en esas mirada tan fogosa.

Quizás no pudo. Pensó.

La luz del sol se había esfumado y con él la esperanza de ver a Celeste.

¿Por qué lo había abandonado? ¿Por que le había mentido? ¿Por qué lo había ilusionado?

Eric se fue en la oscura y solitaria noche, con la rosa entre sus manos, derrotado y decepcionado.

Entre las brillantes estrellas que iluminaba la noche lo observaba Celeste.

Esa noche Celeste al dormir y soñar con su mimo enamorado, no volvió a abrir sus ojos.

Desde el cielo lo observó esperar, desde el cielo lo vio llorar. Y su corazón no pudo decirle adiós a esa única e importante pincelada que había marcado su vida.

Fin.

*Celeste: Habitante del Cielo